La transexual rubia del club que pagué esa noche
Bajé los escalones del Náyade contando cada uno para no pensar demasiado en lo que iba a hacer. La escalera parecía no terminar nunca, estrecha y forrada de una alfombra roja gastada, y el grave de la música subía a mi encuentro como una marea tibia. Tenía las manos frías y el corazón disparado. Era lógico, supongo, dada la situación.
Abajo, el salón olía a perfume caro y a hielo derretido. Había mujeres repartidas por los sillones bajos, algún hombre que no me miró dos veces, camareros de chaleco negro moviéndose entre las mesas. Pero yo solo la vi a ella.
Estaba apoyada en la barra como si la barra existiera únicamente para sostenerla. Rubia, altísima, de hombros anchos y espalda recta, una amazona del norte que eclipsaba todo lo que tenía alrededor. Bastó esa primera mirada para que el resto de la sala se volviera papel pintado.
Llevaba un vestido negro tan corto y tan ajustado que parecía cosido sobre la piel. El escote contenía a duras penas un pecho rotundo, y la falda apenas cubría unos muslos largos y firmes que guiaban la vista hacia arriba como dos líneas paralelas de una autopista. Por debajo del dobladillo se intuía el borde de algo oscuro, y también un bulto que no dejaba lugar a dudas sobre lo que colgaba entre esos muslos, marcándose contra la tela tirante.
Me acerqué despacio, sin saber muy bien qué hacer con las manos. Ella me vio venir desde lejos y no se movió ni un centímetro. Dejó que fuera yo la que recorriera la distancia, midiéndome con unos ojos claros que parecían divertirse.
Cuando estuve a su lado, se inclinó hasta rozarme la oreja con los labios. Tenía la voz ronca, baja, una voz que se sentía más que se escuchaba.
—Por esto se cobra, cielo —murmuró, y dejó la palabra flotando entre las dos como una cifra que yo ya conocía de antemano.
—Lo sé —contesté—. Solo quería asegurarme de lo que busco.
—¿Y me buscas a mí? —Sonrió de lado, sin apartar la mirada.
—Ahora que te encontré, no pienso dejarte sola. Quiero esa polla que se te marca ahí abajo metida en mi boca antes de una hora.
Se separó apenas para mirarme entera, de arriba abajo, y lo que vio en mi cara debió de bastarle. Mi deseo estaba escrito en cada gesto, y también en la humedad que ya me empapaba las bragas. No hacía falta que dijera nada más.
—En el segundo piso hay habitaciones —dijo—. Allí estaremos más tranquilas. Y allí te vas a arrepentir de haberme pedido eso, cielo.
—Pues no sé a qué estamos esperando.
***
Subimos otra escalera, esta más ancha, y recorrimos un pasillo de puertas iguales. La que abrió daba a un cuarto que se parecía a cualquier habitación de hotel discreto: una cama grande, una lámpara de luz cálida, un espejo. Lo único distinto era la pantalla encendida en la pared, donde corría una película muda que ninguna de las dos miró: dos tías follándose a un tipo por los dos lados, imágenes que reforzaban lo que ya sabíamos que iba a pasar entre nosotras.
Cerró la puerta con llave y el ruido del local quedó al otro lado, amortiguado, lejano. De golpe estábamos solas de verdad.
—Ya estamos solas —dije, como si necesitara confirmarlo en voz alta.
—Todavía queda arreglar un detalle —contestó ella, y golpeó suavemente la palma abierta con dos dedos.
—Si te vale efectivo, lo tengo en el bolso.
Conté los billetes delante de ella, sin esconderlos, porque me pareció más honesto así. Ella los miró un instante y asintió.
—Con eso basta. Ahora podemos entrar en materia. Y te aviso que voy a entrar hasta el fondo.
Se bajó los tirantes del vestido con una lentitud calculada, como quien sabe que cada segundo de espera vale más que la prisa. La tela cayó por sus hombros y dejó al descubierto un pecho alto y rotundo, con los pezones grandes, oscuros, erizados apuntándome de frente. Me incliné sobre ellos casi sin pensarlo y los lamí despacio, primero uno y después el otro, chupándolos hasta metérmelos enteros en la boca, tirando de ellos con los dientes hasta arrancarle un gemido corto. La oía respirar más hondo sobre mi cabeza y le pasé la lengua entre los dos, recorriéndole el hueco entre las tetas.
Bajé por su vientre dibujando círculos con la lengua sobre la piel tibia. Le besé el ombligo, la curva blanda bajo las costillas, el hueco donde el vientre se hundía. Mis manos terminaron de empujar el vestido hacia abajo, sorteando la redondez de las caderas, deslizándolo por los muslos hasta que la tela quedó hecha un ovillo a la altura de los tobillos. Ella, con un gesto perezoso, levantó apenas un zapato de tacón fino y lo apartó de una patada.
—Eres impresionante —le dije, todavía de rodillas.
—Y tú estás buenísima —respondió—. ¿Seguro que me buscas a mí, con lo que tengo aquí abajo?
—Lo tengo clarísimo. Me gusta mucho lo que veo. Y me va a gustar más cuando la tenga en la boca.
Frente a mi cara quedaba ya solo una prenda diminuta, oscura, tensa, con un bulto que empujaba la tela hacia adelante y una mancha húmeda en la punta. El olor del deseo salía de allí, denso y cálido, un olor a sexo cachondo que me hizo salivar. Impaciente, tiré del borde con dos dedos y liberé lo que ese trozo de tela escondía mal: una polla larga, gruesa, dura como una piedra, con la vena marcada de la base a la punta y el glande hinchado, brillante, apuntando hacia arriba. Se le meneó un poco al quedar libre, y una gota transparente se le escapó por la ranura.
—Es preciosa —murmuré—. Justo lo que necesito.
Le pasé la lengua plana desde la base hasta la punta, muy despacio, recogiendo esa gota y saboreándola. Le rodeé el glande con los labios y me lo metí entero en la boca, apretando la lengua contra la corona sensible. La sentí temblar. Fui bajando hasta donde pude, hasta que la punta me tocó el fondo de la garganta, y me quedé ahí, tragando alrededor de ella, mirándola desde abajo con los ojos llenos de agua. Ella me puso una mano en la nuca, sin empujar, solo sujetándome.
—Joder, cielo, sí que sabes —jadeó—. Chupa despacio, que quiero que me dure.
Empecé a mover la cabeza arriba y abajo, apretando los labios contra la piel tirante, ayudándome con la mano en la base. Cada vez que subía, chupaba el glande con fuerza, con un ruido húmedo que llenaba la habitación. Cada vez que bajaba, me la tragaba un poco más, hasta que se me metió entera y noté sus huevos rozándome la barbilla. Sentía su polla pulsar contra mi lengua, palpitar de sangre, cada vez más gorda dentro de mi boca. Con la mano libre le acariciaba los cojones, se los pesaba, jugaba con ellos.
—Para ya o me corro en tu boca —dijo con la voz tomada—. Y todavía tengo que follarte.
Ella me tomó de las manos y me levantó con una suavidad que no encajaba con su tamaño. Me besó. Fue un beso húmedo, hondo, de los que se abren camino, y supe que se estaba probando a sí misma en mis labios. Sus manos bajaron por mi espalda hasta agarrarme el culo con fuerza, sosteniéndome contra ella, con la polla mojada aplastada entre nuestros vientres, y su lengua se puso a jugar al escondite con la mía.
—Besas bien —dijo contra mi boca—. Dame más.
***
Entonces le tocó a ella desnudarme a mí. Sus dedos, sorprendentemente diestros, fueron abriendo los botones de mi camisa uno por uno, sin prisa. Me besó primero el cuello largo, luego los hombros, y por fin, al bajar los tirantes del sujetador, llegó a mis pechos. Se metió un pezón en la boca y lo apretó suave entre los dientes, justo en el punto exacto, mientras con la otra mano me pellizcaba el otro, retorciéndolo hasta que se me escapó un gemido. Yo enredé los dedos en su melena rubia y la apreté contra mí, incapaz de quedarme quieta.
—Lo haces bien —comentó, levantando un instante la cabeza—. Pensé que te gustarían más los chicos.
—Deja de hablar y bésame —contesté—. O te como yo el coño, si es que lo tienes.
—No lo tengo —se rio, agarrándose la verga y meneándomela delante de la cara—. Tengo esto para meterte hasta las tripas.
Me liberó del sujetador y me empujó hacia el colchón con un solo movimiento. Se arrodilló a mis pies, me sacó las sandalias de tacón, me bajó el pantalón de pinzas y me dejó solo con las bragas, la única prenda que me quedaba, empapadas y pegadas entre los labios del coño. Subió sobre mis piernas repartiendo besos, dejando a su paso pequeñas marcas de carmín que tardarían en irse. Todavía guardo aquellas bragas con la huella roja de su boca justo sobre la mancha húmeda, como un sello que no quise lavar.
Trepó por mi cuerpo besando el vientre, el ombligo, el costado, la curva inferior de mis pechos. Atrapó mis pezones oscuros entre los labios, los chupó, los rodeó con la lengua, y yo, suspirando, ya no era capaz ni de hablar. Antes de subir del todo se detuvo entre mis piernas y me arrancó las bragas de un tirón. Me abrió los muslos con las dos manos y hundió la cara en mi coño, sin preámbulos, buscándome el clítoris con la punta de la lengua. Me lo lamió en círculos, arriba y abajo, chupándomelo entre los labios hasta que me arqueé sobre el colchón. Después metió dos dedos, largos, dentro de mí, curvándolos hacia adelante, mientras seguía comiéndome. Sabía exactamente dónde tocar.
—Me corro —le avisé, agarrándole el pelo con las dos manos—. Joder, no pares.
No paró. Siguió lamiéndome hasta que se me sacudieron las caderas contra su boca y solté un grito que ni yo reconocí. Cuando levantó la cara la tenía brillante, empapada de mí de la barbilla al mentón, y sonreía como quien acaba de ganar algo. Mordió la piel tierna del costado, volvió a mi boca y la recorrió entera para que me probara yo también.
Sentí el calor de su pecho contra el mío, la presión firme y cada vez más evidente entre mis piernas abiertas: su polla dura resbalaba entre los labios empapados de mi coño, buscándose sola el sitio. Sin separar su boca de la mía, ayudándose con la mano para colocarse la punta en la entrada, entró en mí. Lo hizo hondo, de una vez, hasta el fondo, y mis muslos se cerraron alrededor de su cintura buscando tenerla más adentro. Sentí cómo me abría, cómo la carne me cedía centímetro a centímetro hasta acomodarse a su tamaño. Era gruesa, más de lo que había calculado con la boca, y me llenaba entera.
—Así —le pedí contra el oído—. No pares. Rómpeme.
—Eso pienso hacer, cielo —gruñó—. Te la voy a meter hasta que me la pidas.
Le arañé la espalda, intenté alcanzarle las nalgas duras, los muslos, cada centímetro de su piel tibia. Le clavé los talones en el culo para hundírmela más. La sentía dentro, poderosa, ocupándome entera, y nos mirábamos a los ojos como si en esa habitación no quedara nada más. Solo el olor de nuestro sudor, el ruido pegajoso de su polla entrando y saliendo de mi coño empapado, el latido acelerado, la música amortiguada al otro lado de la puerta. El primer minuto duró un siglo, y solo entonces sus caderas empezaron a moverse de verdad.
Empezó a follarme con embestidas largas, sacándola casi entera antes de volver a meterla hasta el fondo, hasta que sus huevos me golpeaban el culo con cada empujón. La cama crujía, el cabecero daba contra la pared, y yo la insultaba y le pedía más al mismo tiempo. La apretaba cada vez con más fuerza entre las piernas, cruzando los tobillos por detrás de ella. Cada empujón la metía un poco más en mi cuerpo, lento y firme, sin perder nunca el ritmo. Sus pechos rozaban los míos, su melena me caía sobre la cara, y yo me abría para ella como se abre una flor a la fuerza justa, ni una pizca más.
—Ponte a cuatro patas —me ordenó de repente, saliéndose de mí con un chasquido húmedo—. Quiero verte el culo.
Obedecí. Me giré, apoyé las manos en el colchón y arqueé la espalda para ofrecerle todo. Me sentí las nalgas separadas por sus manos, el aire frío contra el coño abierto y goteando, y luego, sin previo aviso, la punta de su polla empujando otra vez para dentro. Entró de un envión, hasta el fondo, y me arrancó un grito. Desde ahí empezó a bombearme sin piedad, agarrándome de las caderas, tirando de mí contra ella con cada embestida. Con una mano me daba palmadas en el culo, con la otra me alcanzaba por delante para pellizcarme el clítoris entre los dedos. Yo no podía más que gemir contra la sábana y empujar hacia atrás, ensartándome yo misma en su verga.
—Qué bien follas, joder —jadeé—. Más fuerte, más.
—¿Así, cielo? ¿Así lo quieres? —Y me dio un envión que me subió media cama.
Con una paciencia que parecía aprendida en mil noches iguales y a la vez distintas, me fue arrancando un orgasmo y después otro, sin dejarme respirar entre uno y el siguiente. Me corrí sobre su polla dos veces seguidas, apretándola con el coño en espasmos, sintiendo cómo la boca de mi sexo la ordeñaba mientras seguía martillándome. Me tumbó boca arriba de nuevo, me levantó las piernas y me las puso sobre sus hombros, doblándome casi en dos. Desde ese ángulo su polla llegaba más adentro todavía, hasta un punto que yo no sabía que tenía. Los muslos le brillaban de sudor y de mis jugos.
Cuando por fin se dejó ir, la sentí estremecerse entera, tensarse y soltarse contra mí. La polla se le hinchó todavía un poco más dentro de mí y noté el primer chorro caliente de su corrida golpeándome por dentro, y luego otro, y otro, un torrente espeso que me llenaba y se desbordaba entre nosotras. Ella gruñía apretando los dientes, empujando a fondo con cada latido, vaciándose entera. Me quedó dentro un rato más, todavía firme, mientras las dos recuperábamos el aliento y su semen se me escurría por las nalgas hasta la sábana.
No oíamos nada que no fuera nuestra propia respiración. No veíamos más que los ojos de la otra, demasiado cerca para enfocarlos del todo. No olíamos más que el sudor, el sexo, y las dos gotas de perfume que me había puesto esa tarde antes de salir de casa, sin saber muy bien para quién. No tocábamos más que nuestra piel pegajosa, y no quedaba en la boca más que la sal y un resto de la otra.
Cuando por fin se retiró, lo hizo con cuidado, despacio, como si le costara dejar ese sitio. Salió con un ruido húmedo y un hilo de corrida vino detrás. Rodó hacia un lado, me tomó la cara entre las manos y depositó un beso suave, casi tímido, justo en la punta de la nariz.
—Vuelve cuando quieras —dijo, todavía con la voz ronca—. Pero la próxima vez, no traigas tanto dinero.
—¿Y eso por qué? —pregunté.
—Porque a ti te cobraría la mitad.
Me reí bajito, con la cabeza apoyada en su hombro, y por un momento aquel cuarto de paredes desnudas dejó de parecer lo que era. Afuera seguía sonando la música, seguían bajando otros por la misma escalera roja. Pero a mí solo me importaba la mujer que tenía al lado, esa que había encontrado al primer vistazo y a la que, lo supe entonces, iba a volver a buscar.





