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Relatos Ardientes

El secreto de la vecina brasileña del cuarto piso

Hacía poco más de un mes que se había mudado al cuarto piso. Una morena imponente, de piel color caramelo y origen brasileño, que parecía haber aterrizado en nuestro bloque desde otro mundo. Alta, de piernas larguísimas que nunca se molestaba en cubrir, las lucía con un orgullo que no admitía discusión.

Tenía una cara oscura de labios gruesos, la nariz fina, los ojos negros como pozos de carbón y una melena rizada que le caía hasta media espalda. Cuando hablaba, su acento portugués acariciaba el español de una manera que me dejaba sin respuesta a media frase.

Por la escalera corrían rumores sobre ella. Que si trabajaba de noche, que si se ganaba la vida frente a una cámara, que si vivía de algo que nadie se atrevía a nombrar en voz alta. Los que sabían algo callaban, y los que no, inventábamos. Yo me limitaba a mirarla de reojo cada vez que nos cruzábamos.

La que dio el primer paso fue Carla, mi mujer. Carla es así: directa, curiosa, incapaz de quedarse con la duda. Empezó a saludarla en el portal, luego a charlar en el rellano, y en menos de dos semanas ya subían y bajaban juntas como si se conocieran de toda la vida. Si Carla averiguó algo, no me lo contó. Prefirió guardarse el secreto para mejor ocasión.

Un viernes llegué del trabajo agotado y me las encontré a las dos sentadas en nuestro sofá, charlando ante un par de tazas de café como viejas amigas.

Carla estaba espléndida, como siempre. Llevaba unas mallas de licra que le marcaban las caderas y el culo respingón como si no llevara nada, y una blusa corta de escote barco que le dejaba al aire los hombros pecosos de pelirroja y un buen trozo de vientre. Tiene los pechos pequeños y firmes, y bajo aquella tela fina se le adivinaban los pezones duros. Me miró con esos ojos azules y pícaros, sonriendo como diciendo: chúpate esa, ya te he ganado la mano.

La invitada estaba para quitar el aliento. Vestía un top de seda con la espalda completamente al descubierto y los pechos generosos asomando por los costados. Un mini short vaquero le dejaba el ombligo al aire y la mitad de unas nalgas morenas, duras y respingonas.

—Cariño, ponte cómodo y únete a nosotras —me dijo Carla con esa sonrisa que ya conocía demasiado bien.

Mientras me quitaba la ropa de calle en el dormitorio, no podía sacarme de la cabeza la imagen de las dos juntas en mi salón. Cuando salí, me senté frente a ellas con mi taza de café y me dediqué a contemplar el espectáculo. Yo sabía que me había perdido algo, alguna conversación importante, pero no tenía prisa por descubrir el qué. Ya llegaría.

—Estoy tensísima del trabajo —comentó la brasileña, estirando el cuello.

Carla no necesitó más. Se colocó detrás de ella en el sofá y empezó a masajearle los hombros.

—Relájate, estás en tu casa —le susurró.

Dayane, que así se llamaba, cerró los ojos y se dejó hacer. Vi cómo mi mujer se inclinaba sobre ella, pegándole los pechos a la nuca, y cómo sus manos bajaban poco a poco por delante hasta abarcarle los senos. Primero por encima de la tela. Después, al ver que la otra no protestaba, por debajo, buscando los pezones oscuros para retorcerlos con suavidad.

Carla le besó el cuello y le recorrió la oreja con la punta de la lengua mientras le subía el top despacio pero sin titubear. Dayane levantó los brazos para ayudarla. Al fin pude ver aquellos pechos enormes al descubierto, los pezones casi negros, pequeños y duros como guijarros.

Mi mujer me hizo un gesto con la mano para que no me moviera todavía. Abrió las piernas y atrapó a su amiga entre los muslos, se quitó su propia blusa de un tirón y siguió jugando con aquellos pechos generosos. Me sonreía por encima del hombro de Dayane, provocadora, ofreciéndome aquel par de senos como si fueran un regalo. Solo entonces levantó el dedo y me llamó.

Me arrodillé entre los muslos abiertos de la brasileña y busqué su boca. Sus labios se abrieron de inmediato y su lengua salió al encuentro de la mía. Sentí cuatro manos sobre la piel: las suyas y las de Carla, que tiraba de mí para pegarme más al cuerpo de las dos. Me separé un instante.

—¿Y si vamos a la cama? Allí estaremos más cómodos —propuse.

Me levanté y tiré de sus manos. Las abracé por la cintura, las atraje hacia mí y las besé a las dos a la vez, un beso de tres lenguas cada vez más lascivo, con la saliva resbalando hasta nuestros pechos. Menos mal que ninguno llevaba ya la camiseta puesta. Carla tuvo que arrastrarnos al dormitorio antes de que termináramos follando en mitad del salón.

***

Sentadas en el borde del colchón, las dos tiraron de mi pantalón de deporte y dejaron mi polla tiesa al alcance de sus bocas. Dayane resultó ser una experta: se metió buena parte de ella de una sola vez, mientras Carla se ocupaba de mis huevos depilados con la lengua.

Como sabía perfectamente lo que me gusta, mi mujer se arrodilló a mi espalda, me abrió las nalgas con las manos y empezó a lamerme. Mientras ella me regalaba uno de sus besos negros de antología, la invitada se tragaba mi polla hasta el fondo, algo que Carla nunca había conseguido.

No me dedicaron mucho rato. No era plan que me corriera tan pronto, por mucho que aquel trato lo mereciera. Se pusieron de pie junto a mí y al fin pude poner las manos sobre la redondez de sus culos, todavía cubiertos por la ropa.

Carla se liberó enseguida de las mallas. Mientras yo besaba a la brasileña en profundidad, mi mujer se arrodilló a nuestros pies y empezó a bajarle el mini short vaquero. Debajo le quedaba un tanga que ya había dejado de cumplir su función: por un lateral se escapaba una polla larga, fina y muy dura que saltó directa a los labios golosos de Carla.

Ese era el secreto que mis vecinas habían guardado toda la tarde. Que nuestra preciosa vecina del cuarto había nacido en un cuerpo distinto, y que su trabajo nocturno no era ningún misterio para quien conociera sus horarios. Una experta en cuestiones de sexo, entregada y lujuriosa como pocas.

Yo aún no me había dado cuenta, con las manos ocupadas en aquellos pechos enormes, hasta que Carla, juguetona, cruzó las dos pollas para metérselas juntas en la boca. Al menos los dos glandes, porque más no le cabía. Bajé la vista y vi el calibre que se gastaba Dayane. No quedé tan sorprendido como ella esperaba; algo había sospechado.

—Bonita polla, y parece muy dura —le dije.

—Gracias. La tuya también está muy bien —respondió ella con una sonrisa.

Pasé una mano a su culo y, con un dedo ensalivado por Carla, busqué su ano hasta perderme dentro. Mi mujer ardía por verme follar aquel culo enorme, y también quería que la brasileña nos follara a los dos. Teníamos toda la tarde y parte de la noche por delante; Dayane libraba ese día.

—Quiero que me folles, nena —le pidió Carla.

Se recostó en la cama y la llamó al interior de sus muslos bien abiertos. Cuando Dayane acercó las caderas, mi mujer agarró aquella polla con la mano y la condujo dentro de su coño, dejándome a mí el culo de la brasileña bien en pompa. Apoyada en el borde del colchón e inclinada sobre Carla, era la postura perfecta para que me lo comiera.

—Qué culo más bonito —murmuré.

Empecé besando las nalgas morenas mientras se movían despacio follando a mi mujer. Las separé con las manos y dejé que la lengua recorriera toda la raja hasta encontrar el ano cerrado. Lo humedecí, lo rocé con la punta, dejé que se abriera a mi toque. Dayane gemía con su polla en el coño de Carla y mi lengua en el culo. Le dediqué un buen rato, no porque ella lo necesitara, sino porque me apetecía.

—Qué bien lo comes. No me lo esperaba de ti —dijo entre suspiros.

Busqué el lubricante a toda prisa y me la fui clavando despacio, sujetando aquellas nalgas musculosas con las manos. El agujero se abría a la presión de mi glande bien lubricado. Como ella se sostenía a duras penas sobre Carla, era yo quien marcaba el ritmo de la follada de los tres, agarrado con fuerza a su cadera.

—Y aún lo follas mejor —jadeó.

Cada vez que yo empujaba, ella se hundía en Carla; cuando me retiraba, tiraba de ella. Las dos se besaban con ardor, intercambiando lengua y saliva. Mi postura incómoda al borde de la cama me ayudó a aguantar sin correrme. Pero sentí cómo Carla se deshacía bajo nuestras atenciones. Dayane resistió dura un buen rato, supongo que por la costumbre del oficio, hasta que descargué dentro de su culo y ella se corrió al mismo tiempo.

Nos inclinamos juntos sobre el coño abierto de Carla para lamerlo, cruzando las lenguas sobre sus labios. Me encantaba que la brasileña fuera tan guarra y entregada como nosotros. Mi mujer se corrió una o dos veces más con aquel trato.

***

Hicimos una pausa para recuperar fuerzas. Dejamos a Dayane en medio de la cama para acariciarla a gusto y descubrir cada centímetro de su cuerpo. De vez en cuando nos inclinábamos a besar sus pechos, a mordisquear sus pezones, a lamerle el cuello y los sobacos mientras descansábamos las cabezas en sus axilas. Ella giraba la cara de uno a otro, buscando nuestras lenguas.

—Date la vuelta, Dayane —le pidió Carla—. Quiero probar tu culo. Ya has visto cómo se lo hago a Diego.

La brasileña se giró boca abajo y le cedí el sitio a mi mujer, porque yo ya lo había probado antes de follarla. Ver a Carla comerle el culo a la invitada, sabiendo lo bien que lo hacía cuando era yo quien recibía aquellas atenciones, me puso de nuevo en condiciones. Mi mujer recorría la raja con la lengua, hundiéndose en el ano, mientras una mano se colaba bajo el cuerpo de Dayane para acariciarle los huevos oscuros y la polla, que volvía a estar dura.

Entre tanto yo me besaba con la brasileña, intercambiando saliva de boca a boca, y era ella la que me acariciaba la polla, cada vez más firme. Carla tenía clarísimo lo que quería ver, y yo, como buen marido, soy incapaz de negarle nada. Puso a Dayane boca arriba otra vez y me miró.

—Ahora te toca a ti, cariño.

Recuperó el tubo de lubricante de entre las sábanas revueltas y me preparó el ano con dos dedos, antes de embadurnar la polla de Dayane.

—¿La vas a cabalgar? —preguntó la brasileña.

—Pues claro.

—Vaya par de viciosos estáis hechos —rio ella.

Me subí sobre las caderas de Dayane y me fui clavando su polla despacio, notando cómo entraba dentro de mí centímetro a centímetro. No era mi primera vez, o jamás habría aceptado algo de aquel calibre. Carla me folla de cuando en cuando con alguno de sus juguetes, y a estas alturas conozco bien mi propio cuerpo.

Cuando estuve sentado del todo, con la polla clavada hasta el fondo, Carla se acomodó frente a mí sobre la cara de Dayane, que no desaprovechó la ocasión para comerle el coño y el culo a la vez. Mi mujer y yo nos besábamos con tanta lascivia y tanta saliva que esta resbalaba hasta el vientre moreno de la brasileña. Yo me agarraba a los pechos de Carla como a un salvavidas, mientras mi polla apuntaba dura como una roca hacia su vientre.

Los tres gemíamos, aunque a Dayane apenas se la oía con la lengua ocupada entre las piernas de Carla, las manos sujetándole las nalgas para abrirlas. Mi mujer me acariciaba la polla de vez en cuando, sin intención de hacerme correr; me reservaba para ella. No paré hasta sentir el culo lleno de semen, y aun así seguí un rato más, hasta que la polla que tenía dentro perdió su dureza.

—Ahora quiero cabalgarte yo —anunció Carla, que se había adjudicado el papel de maestra de ceremonias.

Me tumbó boca arriba cerca del borde de la cama, con las piernas colgando. Se subió encima mirando hacia mis pies y se fue clavando mi polla en el culo, despacio, sin prisa. Dayane, sin necesidad de que nadie le dijera nada, se arrodilló entre mis piernas y siguió usando su lengua experta con los dos: tan pronto me chupaba los huevos como subía al coño abierto de Carla, que de piernas separadas se lo ofrecía. Conocía la flexibilidad de mi mujer, pero aquella postura solo la había visto en las películas.

Todo tiene su final, y con tanta excitación llegué al orgasmo sin remedio. Mi semen rezumaba del ano de Carla, y Dayane no perdió la ocasión de lamerlo sin dejar que mi mujer se bajara de encima de mí.

***

Aprovechamos para hacer una pausa de verdad y cenar algo. Por supuesto, le pedimos que se quedara a dormir, y no fue la única noche que pasó con nosotros, hasta que su exigente trabajo la obligó a cambiar de ciudad.

Alguna escapada hemos hecho desde entonces para verla y pasar la noche con ella en algún hotel. Incluso la hemos visto bailar un striptease en un club, rodeados de otras parejas y de hombres solitarios dispuestos a pagar por su compañía. Pero ninguna noche fue como aquel primer viernes en que descubrimos el secreto de la vecina del cuarto piso.

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Comentarios (5)

Nico_lector22

Tremendo relato!!! Me enganche desde el titulo, no pude parar de leer.

RosaNegra

increible como lo contaste, se siente tan real. Sigue asi!!

Sebas_Cba

Muy bien narrado, la tension del principio es perfecta. Te mete en situacion de inmediato y ya no podes soltar la lectura. Ojalá haya continuacion.

DiegoNK_lector

Por favor necesito una segunda parte, no puede terminar ahi!!!

Carlos_Mza

Me recordo a algo que me paso con una vecina hace unos años, aunque no fue tan epico jajaja. Muy bueno.

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