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Relatos Ardientes

La trans que subió la foto equivocada al grupo

Valeria acababa de pulsar el botón de enviar. El crop top color coral le marcaba los pezones, ya endurecidos por el aire del ventilador, y los shorts de tiro alto dibujaban cada línea de sus caderas y el volumen evidente que escondía debajo de la tela elástica. Se miró una vez más en el espejo del recibidor, ladeó la cadera y se mordió el labio inferior con una sonrisa que no tenía nada de inocente.

Hoy estoy demasiado encendida para quedarme quieta.

La foto ya estaba en el grupo. Doce personas, quizá más, viéndola apoyada contra el lavabo con esa pose estudiada. Sabía exactamente lo que provocaba cada vez que subía una imagen así. Era una invitación lanzada al aire, y siempre había alguien dispuesto a recogerla.

No pasaron ni tres minutos antes de que escuchara la llave girar en la cerradura.

Era Mateo, su amigo con derechos desde hacía casi un año. Alto, con los antebrazos cubiertos de tatuajes, siempre oliendo a un perfume caro y a algo más difícil de nombrar: pura intención. Entró sin saludar, cerró la puerta con el talón y se quedó parado en el pasillo, recorriéndola de arriba abajo con una lentitud deliberada.

—Vi la foto en el grupo —dijo, la voz ya áspera—. ¿Eso era una invitación o solo querías que me imaginara cosas?

Valeria giró despacio, apoyando la cadera contra el borde del lavabo, dejando que el bulto se marcara todavía más contra la tela.

—¿Y si fuera las dos cosas? —respondió en voz baja, sosteniéndole la mirada—. ¿Qué harías?

Mateo cruzó el pasillo en dos zancadas. Un segundo después estaba pegado a su espalda, las manos cerrándose sobre sus caderas, empujándola contra el espejo. El cristal frío le rozó los pezones a través del top y un escalofrío le subió por la columna.

—Primero —murmuró él contra su nuca—, esto.

Le bajó los shorts de un solo tirón, hasta la mitad del muslo. Valeria sintió el aire fresco contra la piel y, después, la mano de Mateo abriéndose paso. No dijo nada todavía; solo respiraba sobre su cuello, dejando que la anticipación hiciera su trabajo.

—Siempre se me olvida lo bien que se te ven los shorts puestos —dijo él, los dedos recorriéndole la curva de las nalgas— y lo rápido que se me quitan las ganas de que sigan puestos.

Valeria apoyó las palmas en el espejo, arqueó la espalda y empujó las caderas hacia atrás hasta rozarle la entrepierna por encima del pantalón. Lo sintió duro, urgente, conteniéndose apenas.

—Entonces no pierdas más tiempo —susurró—. Quiero sentirte de verdad.

Mateo se desabrochó el pantalón con una mano mientras con la otra le separaba las nalgas. Se humedeció los dedos, la preparó con paciencia, trazando círculos lentos hasta que ella aflojó la respiración y dejó de tensarse. Solo entonces alineó la punta contra ella.

—¿Lista? —preguntó, y en esa única palabra había una promesa.

—Hace rato —contestó Valeria, casi sin voz.

***

Empujó de una sola vez, lento, sin pausa, abriéndose camino milímetro a milímetro. Valeria soltó un gemido largo y entrecortado, los ojos clavados en su propio reflejo, observando cómo el rostro de Mateo se contraía detrás del suyo.

—Despacio… así… —jadeó ella—. No tengas prisa.

Mateo gruñó contra su hombro, mordiéndole la piel justo donde el cuello se une al músculo. Empezó a moverse con un ritmo corto y profundo, las caderas chocando contra ella con un sonido húmedo que rebotaba en los azulejos del baño.

—Qué apretada estás hoy —murmuró—. ¿Te tocaste antes de subir la foto?

—Sí —admitió ella, entrecortada, sin apartar la vista del espejo—. Me corrí pensando en esto. Pero no fue suficiente.

—Nunca lo es.

Las embestidas se hicieron más firmes. Valeria sentía cada una recorrerle el cuerpo entero, desde el punto donde se unían hasta la nuca. Sus propios dedos resbalaban contra el cristal empañado por el calor de los dos.

—Más fuerte —pidió—. Por favor.

Mateo obedeció. Le agarró el pelo con una mano y tiró hacia atrás, obligándola a mirarse, a verse la cara desencajada de placer mientras él la tomaba sin tregua. Con la otra mano bajó por su vientre y rodeó su miembro, ya duro y goteando contra el borde del lavabo.

—Mírate —le dijo al oído, la voz ronca—. Mira lo bien que se te da esto.

Valeria apenas podía sostener la mirada. Cada vez que él la penetraba hasta el fondo, los párpados se le caían solos y un sonido grave le subía desde el pecho. La mano de Mateo se movía al mismo ritmo, apretando justo en el punto exacto cada vez que se retiraba casi por completo.

—Estás temblando —se burló él, respirando agitado—. ¿Tan rápido?

—Es tu culpa —jadeó ella—. Siempre es tu culpa.

El ritmo se aceleró. Las caderas de Mateo chocaban contra ella con un golpe seco y constante, y el espejo devolvía la imagen de los dos cuerpos moviéndose como uno solo. Valeria notó cómo la tensión se le concentraba en el bajo vientre, una presión que crecía con cada embestida.

—Me voy a correr —avisó, la voz quebrándose—. No pares ahora.

—Córrete en mi mano —le ordenó Mateo, acelerando todo a la vez—. Quiero sentir cómo te aprietas mientras lo hago.

Valeria se tensó entera. El orgasmo la atravesó como una corriente, largo y agudo, y se derramó caliente sobre los dedos de él y contra el cristal del espejo. Su cuerpo se contrajo una y otra vez alrededor de Mateo, que aguantó apenas unos segundos más.

—Yo también… —gruñó él, hundiéndose hasta el fondo.

Se quedó así, temblando, descargándose dentro de ella con espasmos profundos. Valeria sentía cada latido caliente llenándola y dejó escapar un gemido satisfecho, agotado, los músculos por fin aflojándose.

—Qué bien se siente —murmuró ella, con los ojos vidriosos—. No te muevas todavía.

Se quedaron pegados al espejo empañado, las respiraciones entrecortadas mezclándose. Mateo le dejó un beso lento en el cuello y habló contra su piel:

—Quita esa foto del grupo. Esto es mío.

Valeria sonrió, los ojos todavía brillantes, la voz ronca de tanto gemir.

—Demasiado tarde. Ya la vieron todos. Vas a tener que esforzarte más la próxima vez para que la olviden.

Mateo soltó una risa baja y oscura y le dio una palmada sonora en la nalga.

—Desafío aceptado.

***

No salió de ella. Se quedó dentro, medio duro todavía, moviéndose apenas, lo justo para mantenerla abierta mientras Valeria recuperaba el aliento. El espejo estaba salpicado y nublado por el vaho de los dos. A ella le temblaban las piernas, pero el hambre en su mirada no se había apagado ni un poco.

Mateo le dio otra palmada, firme, y el sonido rebotó por el pasillo.

—Todavía no terminamos —dijo, retirándose despacio hasta dejar solo la punta dentro—. Date la vuelta. Quiero verte la cara esta vez.

Valeria obedeció, girándose sobre unas piernas que apenas la sostenían. Se subió al borde del lavabo, separó los muslos cuanto pudo y se aferró al mármol con las dos manos. Su miembro seguía firme, goteando sobre su propio abdomen, y entre sus nalgas la piel brillaba, sensible y enrojecida por lo que acababa de pasar.

—Mírame —pidió ella, la voz cargada de necesidad—. Quiero que lo hagas mirándome a los ojos.

Mateo se acercó, le levantó una pierna y se la apoyó sobre el hombro. Entró de un empujón seco, sin preámbulos esta vez. Valeria echó la cabeza hacia atrás, golpeando suavemente el espejo, y lo que empezó como un grito ahogado terminó en un gemido largo y desgarrado.

—Tan profundo… —alcanzó a decir—. No te contengas.

Él empezó a bombear con fuerza, las caderas chocando contra ella sin piedad. El sonido húmedo y obsceno llenaba todo el cuarto de baño, mezclado con la respiración rota de los dos.

—Déjame oírte —le ordenó Mateo, cerrando una mano alrededor de su garganta sin apretar del todo, mientras con la otra le pellizcaba un pezón a través del top—. Quiero que se entere todo el edificio.

Valeria ya no podía contenerse. Cada embestida le arrancaba un sonido más alto, más roto.

—Sí… más… justo así… —jadeaba ella, las palabras escapándose entre gemido y gemido—. No pares.

Mateo aceleró. El sudor le corría por el pecho y le caía sobre el vientre de ella. Le soltó la garganta para rodearle el miembro y moverse al mismo ritmo, sincronizando cada golpe de cadera con cada caricia de su mano.

—Dime cuánto te gusta —jadeó él, la voz entrecortada—. Dímelo.

—Me vuelves loca —gimió Valeria, los ojos húmedos de puro placer—. Me estás volviendo loca. Me voy otra vez… me voy…

Se tensó entera, el cuerpo arqueado como la cuerda de un arco. El segundo orgasmo la sacudió con más violencia que el primero. Un gemido grave y prolongado le subió desde la garganta mientras se derramaba caliente sobre el pecho de Mateo, sobre el lavabo, sobre el espejo. Su cuerpo se cerró en espasmos alrededor de él, exprimiéndolo.

—Así, sí… —gruñó Mateo, casi sin aire—. Me estás arrastrando contigo.

Se hundió hasta el fondo con un último empujón brutal y se quedó allí, estremecido, descargándose de nuevo con fuerza. Valeria sintió cada oleada caliente golpeándole por dentro hasta que empezó a resbalar por la cara interna de sus muslos.

—Lléname —pidió ella, la voz ya quebrada y satisfecha—. No salgas todavía. Quédate.

Se quedaron pegados, jadeando, los pechos subiendo y bajando al mismo compás. Mateo la besó en la boca con hambre, mordiéndole el labio inferior, y murmuró contra sus labios:

—Eres imposible. Y no pienso parar hasta que no puedas ni levantarte.

Valeria sonrió, exhausta pero con el mismo fuego encendido en la mirada. Le rodeó las caderas con las piernas, manteniéndolo dentro.

—Entonces llévame a la cama —susurró, ronca—. Quiero terminar lo que esa foto empezó.

Mateo soltó una risa baja, la levantó del lavabo sin salir de ella y empezó a caminar hacia el dormitorio. Cada paso la hacía gemir contra su cuello.

—Prepárate —le dijo al oído—. Porque esta noche no vamos a dormir.

Y los gemidos volvieron a empezar, más bajos, más hondos, mientras la puerta del dormitorio se cerraba detrás de ellos y la foto del grupo seguía, intacta, recibiendo comentarios que ninguno de los dos iba a leer esa noche.

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Comentarios (5)

NocheVieja77

Tremendo inicio, me dejó con ganas de saber cómo sigue!!

DiegoFuentes

Por favor una segunda parte, ese final abierto es una tortura jajaja. Buenisimo relato

CarlaOk_22

Me encantó, se siente real y no es nada forzado. Seguí escribiendo!

Nico_lector

excelente!!!

LautaroMdQ

Esa sensación de saber que cometiste un error y ya no hay vuelta atras... lo describiste perfectamente. Muy bueno

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