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Relatos Ardientes

La tarde que una travesti conoció a su verdadero macho

Aparté de mi cara la sábana blanca que me cubría por completo y me quedé un rato mirando el techo. La luz que entraba por la ventana era tenue, casi naranja, el sol se estaba poniendo y apenas había ruido en la calle. Sentí algo raro en el pecho aquella tarde, una mezcla que no sabría nombrar. Nostalgia, quizás.

Me había quedado dormida desde las tres y me desperté con el arpegio inicial de una canción de Deftones que tenía sonando en bucle. Me encanta esa canción, y escucharla en esa habitación de hotel ajena hizo que despertar fuera más irreal de lo normal. El sonido era envolvente, fiel, llenaba cada rincón. A veces me duermo escuchando música y me despierto dentro de ella.

Faltaba poco para mi encuentro con Rubén, aunque él nunca se presentaba con su nombre. Se hacía llamar Pistón, así, sin más, como si fuera una marca y no una persona. La idea de comprobar si aquel apodo se ganaba en serio me tenía la cabeza dando vueltas. Por teléfono había sido directo, seco incluso. Nada de lencería, me dijo. Nada de coqueteos, nada de ropa bonita, nada de juegos previos.

Lo único que me pidió fue poder abrir la puerta de la habitación y encontrarme desnuda, en cuatro patas, con el culo bien levantado y abierto con mis propias manos, listo para él.

—Te voy a hacer mi hembra —me había dicho con esa voz grave—. Solo deja que haga mi trabajo. No te voy a dar tregua. No vas a tocarte la verga ni una vez, todo el placer lo vas a sentir atrás. Lo único que te dejo es jugar con esas tetitas que tienes. Y no la voy a sacar hasta terminar.

Todo eso me dijo, y la verdad es que me encendió como pocas veces. Con solo esas palabras me mojé, mi clítoris de travesti empezó a gotear y a humedecerme la ropa interior, los pezones se me pusieron duros y sentí una picazón intensa muy adentro. Hace ya algunos años de esto, pero estuve recordando los detalles uno por uno, porque fue una tarde que me hizo más zorra, más yo de lo que era antes.

Dieron las cinco y media. Salí de la ducha, me maquillé apenas, me arreglé el pelo y me perfumé entera. En media hora cruzaría esa puerta el hombre que aseguraba que me convertiría en su hembra en una sola sesión. El reloj de la mesilla avanzaba despacio y mi corazón hacía justo lo contrario.

***

Pistón fue puntual. La puerta se abrió con suavidad y yo ya estaba en posición, sobre la cama, empinando el culo todo lo que podía para que lo viera apenas entrara. El corazón se me salía. Tenía las manos en mis nalgas, abriéndolas, intentando abrir y cerrar el agujero como si le hiciera guiños desde lejos.

Cerré los ojos y solo escuché su voz acercarse.

—Hola, Camila —dijo despacio—. Por Dios, qué cuadro tan bonito. Perfecto. Seguiste mis instrucciones al pie de la letra. Desnuda, en posición, ese cuerpo, ese culo. Ya veo que no eres ninguna novata, esto ya está bien usado. Pero hoy vas a subir de nivel.

Lo oí desnudarse de inmediato y no aguanté con los ojos cerrados. Los abrí y lo vi por primera vez en persona. Fue delicioso mirarlo. Era de piel morena, muy alto, con el abdomen marcado. Tenía la verga y los huevos completamente depilados, y estaba muy bien dotado. Los testículos le colgaban pesados, prominentes, llenos. Se notaba a leguas que llevaba días guardándose.

Terminó de quitarse la última prenda mientras ya se acariciaba aquella verga que me daba un poco de miedo de lo grande que era. Miedo mezclado con ganas, esa combinación que me vuelve loca. Me separó las nalgas con las manos, dejó caer un hilo de saliva justo en el centro y me la metió de una, despacio pero sin pausa.

—Acostúmbrate al grosor, zorra —murmuró—. ¿Lista? Ahora acostúmbrate al largo.

Solté un grito sin querer. Fue brusco, directo, sin contemplaciones. Por suerte mi culo ya estaba entrenado con juguetes, porque si no, no sé cómo lo habría aguantado. Apreté las sábanas con los dedos y respiré hondo, intentando aflojar.

Pasaron unos diez minutos de lo que él llamaba calentamiento: movimientos rápidos, golpes secos, una entrada en calor que para mí ya era demasiado. Pero después conocí de verdad a Pistón. El ritmo cambió de golpe. Empezó a embestirme más rápido, más fuerte, manteniendo una cadencia que no aflojaba nunca. Entraba tan deprisa que se me colaba un poco de aire, y yo no paraba de gemir como una desquiciada.

No tuve más remedio que aguantar y pujar un poco para cederle el paso, esa técnica rara que es como un intento de defecar al revés, la única forma de recibirlo entero sin partirme. De verdad que me llevó a otro lado. No me daba descanso. Cada tanto la sacaba del todo y se quedaba mirando.

—Mira cómo te quedó —decía—. Eres profunda, zorra. Tienes un hueco que aguanta de todo. Te queda abierto y latiendo, pidiendo más.

Y volvía a metérmela hasta el fondo.

Mi culo soltaba algún sonido de lo dilatada que estaba, y a él eso lo encendía todavía más. Me taladraba con más entusiasmo cada vez, como si esos ruidos fueran un permiso. Yo ya no estaba del todo ahí. Estaba en una especie de viaje, flotando, todavía en cuatro patas, sintiendo cómo me llegaba muy adentro sin parar por nada del mundo.

Empecé a sobarme los pezones. Me moría de ganas de que me los chupara, pero él seguía concentrado en lo suyo, en su única misión. Ni cuenta me di de que ya me había corrido solo de la excitación. Mi cosita estaba encogida, pequeñísima, como un capullo de rosa húmedo, goteando sobre las sábanas sin que yo hiciera nada.

Pistón seguía dándome y yo ya estaba en automático, era su juguete y nada más. Entonces sentí cómo la verga se le hinchaba dentro de mí, cómo se ponía más dura todavía.

—Sácamela, por favor —le supliqué—. No puedo más, creo que voy a terminar otra vez.

—Aguanta —dijo, sin frenar.

—Ay, siento que me desfondo...

Y me corrí de nuevo, esta vez consciente, sintiéndolo todo. El recto se me contrajo en oleadas alrededor de su verga, una sensación increíble, un orgasmo que me subió por toda la espalda. Me sentí su hembra de verdad, completa. Pistón había cumplido su palabra.

***

La sacó por fin, dejándome el agujero muy abierto, y me giró para ponerme la verga en la boca. Descargó ahí toda su leche, espesa, abundante. Fue rico saborearla entera. Tragué un poco y el resto lo dejé caer despacio, mirándolo a los ojos todo el tiempo. Le había salido tan espesa que parecía leche condensada.

Qué zorra me sentí en ese momento, de rodillas, con su néctar resbalándome por la barbilla y él mirándome desde arriba con media sonrisa.

—Bien, putita —dijo, recuperando el aliento—. Ahora sí tienes un culo digno de follar. Demostraste aguante y entereza. Felicidades.

Y me dio una palmada seca en la nalga, un golpe que sonó en toda la habitación.

Al día siguiente tuve que ponerme compresas de hielo. Me dejó irritada, con una sensación de vacío enorme pero placentero, como si me faltara algo que hasta el día anterior ni sabía que necesitaba. Fue la única vez que Pistón y yo estuvimos juntos. Nunca volvimos a vernos, y quizás por eso lo recuerdo tan claro.

Creo que era militar, o lo había sido. Su forma de mandar, su disciplina, su manera de medir el rendimiento sin dejar nada al azar tenían algo de cuartel. Yo fui obediente, di la talla, serví como él quería. Y la verdad es que me sentí honrada de poder hacerlo, de arrancarle esa última sonrisa antes de que se vistiera y se fuera sin mirar atrás.

Apagué la música cuando la puerta se cerró. La habitación volvió a quedar en silencio, con la misma luz naranja de antes, y yo me tumbé otra vez bajo la sábana blanca, dolorida y satisfecha, sintiéndome más mujer que nunca. Pistón, dondequiera que estés, cumpliste con creces.

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Comentarios (6)

TomVargas

excelente!!!

RolandoXX

Muy bueno, de lo mejor que leí en esta categoría. Seguí así!

FantasiaLibre

Por favor una segunda parte!!! me quede con ganas de mas

CarlosR_BA

Que relato tan intenso, se siente muy real. Gracias por compartirlo.

Manu_BA

genial jaja, me encantó. Corto pero poderoso.

LuciaMilena

Increible como lo contaste, transmite una tension increible desde el principio. Esperando el siguiente!

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