Estrené mis primeras tetas de silicona para él
Era una de esas tardes de verano en que el calor se mete por las ventanas y se queda pegado a la piel. Trabajo desde casa, así que estaba sentada en la mesa del comedor con un top de tirantes finitos y unos shorts tan cortos que apenas me cubrían las nalgas. Descalza, con las uñas de los pies pintadas de un rosa suave, las piernas largas y recién depiladas cruzadas debajo de la mesa.
Mis dedos, de manicura impecable, se deslizaban por el teclado de la laptop más por costumbre que por concentración. Llevo el pelo rubio cortísimo, estilo pixie, y con ese calor agradecía no tener un mechón pegado a la nuca. Pero la verdad es que no estaba pensando en el trabajo. Estaba esperando.
El intercomunicador sonó y me sacó del trance.
—Señorita, llegó un paquete para usted —dijo la voz del portero—. ¿Se lo subo?
—Por favor, Genaro —respondí con una sonrisa que él no podía ver, pero que se notaba en mi tono.
Genaro es un hombre de unos sesenta años, de esos caballeros de otra época, amables y respetuosos, que nunca pierden la excusa para tocar a mi puerta. Me tiene ganas desde el primer día que me vio entrar al edificio, y los dos lo sabemos. Es inofensivo, así que cuando abrí la puerta lo hice apenas lo justo para que pudiera verme de cuerpo entero, pero sin que nadie más en el pasillo alcanzara a mirar.
—Aquí tiene —dijo, y noté cómo sus ojos hicieron el recorrido completo, de mis pies descalzos a mis piernas, de mis piernas a mi escote.
—Gracias. Eres un sol —le dije, y le di las gracias con la mirada por dejarme sentir deseada un segundo más.
Cerré la puerta y me apoyé contra ella, abrazando la caja contra el pecho. El corazón me latía rápido. Sabía exactamente lo que había adentro.
No nací mujer. A fuerza de dieta, gimnasio y una disciplina que pocos entenderían, he moldeado un cuerpo tonificado y femenino del que me siento profundamente orgullosa. No he querido pasar por el quirófano todavía; me da respeto, y la verdad es que me gusta cómo soy. Pero la curiosidad de sentir unos pechos de verdad sobre mi torso me carcomía desde hacía meses. La idea de bajar la vista y verlos ahí, de sentir su peso al caminar, se había vuelto una obsesión.
Por eso encargué este paquete. Mi primer par de senos de silicona.
Me desvestí ahí mismo, en el pasillo, dejando caer el top y los shorts en el suelo, y corrí al dormitorio con la caja. Los abrí con dedos torpes por la ansiedad. Son copa G. Enormes, pesados, deliciosamente exagerados. Para una copa B o D me habría bastado con unos rellenos discretos, pero yo no los quería discretos. Los quería grandes, que se sientan, que se luzcan, que provoquen lujuria pura con solo verlos.
Son exactamente del tono de mi piel y se sujetan como un strapless, ajustándose al pecho con una segunda piel adhesiva. Me los puse frente al espejo y contuve la respiración. Cuando me moví, ellos se movieron conmigo, con un balanceo suave y natural que me hizo reír de pura emoción. Me giré de un lado a otro, me incliné, salté un poco. Perfectos.
Hoy se los estreno a Damián.
Miré la hora. Tenía unos treinta minutos antes de que él llegara, y pensaba aprovecharlos hasta el último segundo.
***
Damián y yo llevamos casi un año. Es un hombre grande, de manos ásperas y mirada de pocas palabras, de los que no necesitan hablar para dejarte claro lo que quieren. Sabe lo que soy y nunca le ha importado; al contrario, me desea con una intensidad que a veces me asusta y casi siempre me derrite. No le había contado nada de los senos. Quería que fuera una sorpresa que descubriera con las manos.
Elegí el atuendo con cuidado. Un bikini de lunares, con una tanga que no tapaba absolutamente nada de mi culo —apenas un triangulito al frente— y una parte de arriba que más que sostener mis nuevas joyas, las ofrecía. Me calcé unas sandalias de tacón de doce centímetros que estilizaban aún más mis piernas. Me miré una última vez al espejo y supe que estaba lista.
Cuando escuché la llave en la cerradura, me puse en la cocina de espaldas a la puerta, fingiendo que cortaba algo sobre la tabla.
—Ya llegué —dijo desde la entrada, con esa voz grave que me recorre la espalda.
—Estoy en la cocina, amor —respondí sin voltearme, como si nada—. ¿Qué tal el día?
Lo escuché dejar las llaves, dar dos, tres pasos. Y luego silencio. Sabía que estaba mirándome el culo, ese culo con el que tanto ha gozado, completamente a su disposición. Sonreí para mis adentros y seguí cortando.
—Día largo —dijo, ya más cerca, con la voz más espesa—. Pero esto lo arregla todo.
No dijo más. Como buen hombre de sangre caliente, se acercó decidido y me agarró las nalgas con las dos manos, esas manos enormes y callosas que me conocen de memoria. Las apretó, las separó, jugó con ellas. Y todavía no había descubierto la sorpresa.
Fingí un sobresalto —que era justo lo que esperaba— y, aún de espaldas, giré la cara para besarlo. Un beso tierno, lento, mientras movía las caderas hacia atrás, restregando mi cola contra su entrepierna. Lo sentí endurecerse contra la tela del bikini. Ya estaba despierto; solo le faltaba salir a jugar.
—Te extrañé —murmuré contra sus labios.
—Se nota —dijo él, y soltó una risa ronca.
Con las manos en mis caderas y mi boca en la suya, bajé una mano hacia atrás, liberé su verga del pantalón y la guié hasta mi entrada. Estaba lista para él desde hacía rato.
Entonces una de sus manos abandonó mi cadera y subió por mi torso, buscando lo de siempre. Y se encontró con algo nuevo.
El efecto fue inmediato. Lo sentí congelarse medio segundo, sorprendido, y después escuché ese gruñido suyo, profundo, de animal que acaba de encontrar algo que quiere devorar. Esa era su sorpresa. Ahora venía la mía.
Sus dos manos se aferraron a mis pechos nuevos, los amasaron, los apretaron como si quisiera comprobar que eran de verdad. Y con un bramido digno de un gorila en celo, su verga, que hasta hacía un instante entraba en mí despacito, me ensartó hasta el fondo de una sola embestida.
Me levantó del suelo. Literalmente. Mis pies dejaron de tocar las baldosas y por un momento todo mi peso quedó sostenido únicamente por él, clavada en su verga, sin nada más bajo de qué agarrarme. Busqué apoyo en la encimera por instinto, pero no lo necesitaba. Me tenía a su merced, y en ese momento sentí que esa tranca no iba a salir nunca más de mí.
Me cogió como una bestia, poseído, embistiendo mi culo a su antojo mientras me estrujaba los senos como si la vida se le fuera en ello. Yo solo podía gemir, entregada, sintiendo cómo cada empujón me partía en dos de la mejor manera posible.
—¿Cuándo... cuándo te las pusiste? —alcanzó a gruñir entre embestida y embestida.
—Hoy —jadeé—. Son para ti.
Eso pareció enloquecerlo todavía más.
***
Me hizo girar sin sacármela, hasta quedar por fin cara a cara. No detuvo el bombeo ni un segundo. Me besó con una urgencia distinta, de esos besos en que las lenguas se confunden, en que te muerdes los labios, en que más que besar lo que quieres es saborear al otro entero, tragártelo.
Abracé su cuerpo con las piernas, mis tacones cruzados detrás de su espalda. Sus manos volvieron a mis nalgas para sostener mi peso, las mías se enredaron en su cuello, y mis tetas nuevas rebotaban entre los dos al ritmo de cada estocada. Verlas moverse así, sentir su peso saltar contra mi propio pecho, me daba un placer que no había sentido nunca.
Mi primer orgasmo no tardó en llegar. Ese temblor que arranca en las piernas y sube por toda la columna, el grito que se queda atascado en la garganta sin lograr salir, los ojos en blanco, la boca abierta en una «O» que nunca miente. Damián lo notó y, lejos de aflojar, me aferró más fuerte y me ensartó con firmeza, prolongándolo hasta el límite de lo soportable.
Apenas me recuperé, lo miré directo a los ojos. Sonreí mordiéndome el labio y lo apreté más hacia mí con las piernas. Sentí cómo mi cuerpo se cerraba alrededor de su verga, apretándola, aprisionándola, sin querer dejarla ir. Él era mío. Yo era suya. Así de simple.
—No hemos terminado —dijo él, y no era una pregunta.
Me cargó sin esfuerzo y me recostó de espaldas sobre la mesa del comedor, esa misma mesa donde unas horas antes yo fingía trabajar. Me subió las piernas sobre sus hombros y volvió a clavarse en mí, esta vez con las manos otra vez en mis pechos, jugando con ellos mientras embestía.
Dejé caer la cabeza hacia atrás, los brazos estirados sobre la madera, mirando el techo blanco mientras me sentía flotar. Completamente entregada, lo dejé hacer y deshacer conmigo, dándome el mejor sexo de mi vida sin una sola objeción de mi parte.
Por un instante me la sacó. Solo un segundo, pero me sentí vacía, abandonada, y lo miré con un reclamo en los ojos. Él sonrió de medio lado, disfrutando de mi desesperación, y justo cuando iba a protestar me la volvió a clavar con bríos renovados, arrancándome un grito que seguro escuchó todo el edificio.
El segundo orgasmo me invadió como un terremoto, infinitamente más grande que el primero. Mi cuerpo entero se contrajo y, en ese mismo momento, sentí latir cada vena de su verga dentro de mí justo antes de que estallara. Su semen me llenó por completo, caliente, en oleadas. Llevé las manos hasta sus nalgas y lo empujé contra mí, asegurándome de que ni una sola gota quedara afuera.
Nuestros gritos se fundieron en uno solo. El conquistador y la conquistada, el macho y la hembra, los dos jadeando sobre la mesa del comedor con el sol del verano todavía entrando por la ventana.
Damián apoyó la frente contra la mía, sin aliento, y soltó una risa suave.
—Avísame la próxima vez que recibas un paquete —dijo.
Me reí, todavía temblando, con sus manos aún sobre mis senos nuevos.
Definitivamente, la mejor compra de mi vida.