La noche que me vestí de mujer para un desconocido
Ya era un hombre adulto cuando por fin junté el valor para hacerlo. Llevaba años deseándolo a ratos, en silencio, como quien guarda una llave que no se atreve a usar. No tenía experiencia de ningún tipo, salvo aquella vez en el metro de la ciudad, durante un apagón, cuando un desconocido aprovechó la oscuridad y el amontonamiento para meterme la mano por detrás.
No lo aparté. Esa fue la parte que más me costó admitir después. Sentí su palma abierta sobre mi cuerpo, la respiración de alguien que no podía ver, y en lugar de molestarme se me endureció todo en cuestión de segundos. Mientras el vagón seguía a oscuras me imaginé que me sacaba de ahí, que me llevaba a un cuarto cualquiera y terminaba lo que había empezado. Cuando volvió la luz, los dos miramos al frente como si nada. Pero yo ya sabía que era cuestión de tiempo.
No era la primera señal, claro. La primera había llegado mucho antes, una tarde de fútbol en la cancha del barrio. No teníamos petos, así que el equipo contrario jugó sin camiseta. Uno de ellos, alto y de hombros anchos, corría sudado bajo el sol y a mí se me hacía un nudo extraño en el estómago cada vez que se acercaba. No entendía qué era esa sensación, solo que no se parecía a nada que sintiera por las chicas.
Y estaba lo otro, lo que nadie sabía. Una noche, casi por accidente, me había rasurado las piernas en la ducha. Pasar la mano por esa piel lisa me gustó tanto que pronto empecé a vestirme a escondidas: una falda vieja que encontré, unas medias, lo que cayera en mis manos cuando la casa quedaba sola. Me miraba en el espejo y no me reconocía, y eso era exactamente lo que me excitaba.
***
Pasó bastante tiempo desde lo del metro hasta que decidí que ya no quería seguir solo con la imaginación. Quería que un hombre me lo hiciera de verdad. Puse un anuncio en una de esas páginas de clasificados, sin rodeos: confesaba que nunca lo había hecho, que buscaba a alguien paciente para mi primera vez. Estaba decidido a quedar con el primero que sonara medianamente normal.
Se llamaba Damián, o eso decía su perfil. Hablamos por chat un par de noches. No era el más conversador, pero tampoco insistía con fotos ni con prisas, y eso me dio cierta confianza. Acordamos vernos un jueves, ya entrada la noche, en una plaza tranquila cerca de su casa.
Llegué quince minutos antes y di vueltas alrededor de la fuente con el corazón golpeándome en la garganta. No sabía qué esperar. Cada vez que pasaba un hombre solo pensaba es él, es él, y se me secaba la boca. Cuando por fin apareció, nos reconocimos enseguida por la ropa que habíamos descrito. Era mayor que yo, de barba corta y una calma en la mirada que me tranquilizó y me puso más nervioso al mismo tiempo.
—¿Caminamos? —dijo, sin más.
—Sí —contesté, y mi voz salió más fina de lo que quería.
Fuimos hasta su edificio en silencio. Era de noche y la calle estaba casi vacía, así que nadie notó el bulto que se me marcaba en el pantalón con cada paso. Yo iba mirando el suelo, contando las baldosas para no pensar demasiado en lo que estaba a punto de hacer.
***
Su departamento era pequeño y ordenado. Puso música baja, algo instrumental, y nos sirvió dos copas de vino tinto. Yo agarré la mía con las dos manos para que no se notara el temblor. Estaba demasiado nervioso para charlar, pero necesitaba oír algo que me anclara, así que le pregunté lo único que se me ocurrió.
—¿Tú… ya lo has hecho antes? Con hombres, digo.
—No soy un experto —respondió, con media sonrisa—. Pero sí, he estado con varios. Tranquilo. Vamos despacio, al ritmo que tú quieras.
Asentí y di un trago largo. El calor del vino me bajó por el pecho y aflojó un poco el nudo. Él me miraba con paciencia, como si tuviéramos toda la noche, que era exactamente lo que teníamos.
Entonces se levantó, fue al dormitorio y volvió con algo doblado entre las manos. Era un vestido, de esos baratos que venden en los puestos de la calle, de tela brillante y costuras flojas. Lo dejó sobre el sofá junto a un par de zapatos de tacón bajo, de plástico, gastados en las puntas.
—Quiero que te lo pongas —dijo—. Si te animas.
Se me cortó la respiración. No le había contado nada de lo de vestirme, de mis tardes a escondidas frente al espejo. Era como si hubiera adivinado el secreto que más me costaba decir en voz alta. Tardé un segundo de más en contestar, y ese segundo lo dijo todo.
—Está bien —murmuré.
***
Me cambié ahí mismo, dándole la espalda al principio, hasta que el pudor se volvió absurdo. El vestido me quedaba ajustado en los lugares equivocados, los tacones me hacían dar pasitos torpes, pero al ponérmelos algo se acomodó por dentro. Me sentí, por primera vez, exactamente como me imaginaba en aquellas noches solitarias.
—Toma —dijo, y me pasó un plumero de los de limpiar—. Esta noche eres la sirvienta de la casa. ¿Cómo te llamas?
Lo entendí al instante. Era un juego, un papel, y me dio permiso para ser otra persona.
—Marina, señor —dije, bajando la mirada.
—Bien, Marina. Hay polvo en esos estantes.
Me puse a pasar el plumero por los muebles, fingiendo el oficio, sintiendo cómo él me observaba desde el sofá. Cada vez que me estiraba o me agachaba, sabía que sus ojos seguían el movimiento del vestido. La tela me rozaba los muslos y yo, que nunca había hecho nada parecido frente a otra persona, descubrí que la vergüenza y el deseo eran la misma corriente recorriéndome la espalda.
Me incliné para limpiar la parte baja de una repisa. Sentí su mano antes de oírlo levantarse. Me apoyó la palma en una nalga, por encima de la tela, y yo me quedé inmóvil, sin decir nada, fingiendo que seguía con mi tarea. Él tampoco habló. Subió la mano despacio, levantó el borde del vestido y empezó a recorrerme las piernas.
—Dime, Marina —dijo en voz baja, muy cerca de mi oído—, ¿a tu novio le gustan tus piernas así, con todo este vello de hombre?
—No tengo novio, señor —contesté, siguiendo el juego, con la voz entrecortada—. Soy virgen.
—Una sirvienta virgen. —Su mano se detuvo en la parte alta del muslo—. Eso hay que arreglarlo. Pero primero quiero que te las rasures. Ya.
***
Obedecí sin pensarlo. Fui al baño con los tacones repiqueteando en el piso, me metí bajo la regadera con el vestido subido hasta la cintura y me mojé las piernas con agua tibia. Tomé su rastrillo y un poco de jabón, y me las rasuré lo más rápido que pude, con el pulso temblando de pura anticipación.
Pasé la palma por la piel recién depilada y se me erizó todo. Esa lisura era una promesa. Me miré un instante en el espejo empañado: el maquillaje que no llevaba, el vestido pegado a la piel mojada, la cara de alguien que por fin estaba a punto de hacer lo que llevaba años posponiendo. Salí del baño con las piernas brillantes y el pecho agitado.
Él me esperaba de pie junto a la cama. Me tendió la mano y yo la tomé. Me llevó hasta el colchón, me recostó con cuidado y se quitó la ropa sin apuro. Después me bajó los tirantes del vestido y empezó a acariciarme el pecho con la yema de los dedos, trazando círculos lentos.
—Me encantan tus tetas —dijo, jugando con la fantasía—. Son tan suaves.
Yo me dejaba hacer, completamente entregado. Cada caricia me arrancaba un suspiro que ya no intentaba disimular. Lo dejé que me desnudara del todo, que recorriera con la boca el cuello, el pecho, el vientre, mientras yo me aferraba a la sábana sin saber qué hacer con las manos.
Lo vi tomar un preservativo de la mesita y ponérselo con calma.
—No quiero embarazarte —dijo, y los dos nos reímos por lo bajo, sin romper el hechizo.
***
Quedé boca arriba. Él me sujetó por los tobillos y me los apoyó sobre sus hombros, abriéndome por completo. Fue un momento imposible de describir. Sentir mis piernas dobladas contra su pecho, su peso encima, fue como cruzar una línea de la que no había regreso. Iba a pasar de verdad. Un hombre estaba a punto de hacerme suyo.
Bajé la mirada y la vi: dura, lista, la primera que iba a entrar en mí. La observé un segundo de más, queriendo grabármela en la memoria, y después dejé caer la cabeza hacia atrás y cerré los ojos.
Sentí la punta contra mí. Respiré hondo y traté de relajar el cuerpo, de aflojar todo como había leído mil veces que había que hacer. Él empujó muy despacio, con una paciencia que le agradecí en silencio, y noté cómo me abría centímetro a centímetro. Hubo un ardor breve, una resistencia, y luego una sensación nueva, llena, que me hizo soltar el aire de golpe.
—Eso es —susurró—. Tranquila, Marina. Despacio.
Poco a poco entró del todo. Se quedó quieto un momento, dejándome acostumbrar, y después empezó a moverse en un vaivén lento. Yo intentaba acompañarlo, torpe al principio, hasta que mi cuerpo encontró el ritmo del suyo. El ardor se volvió placer, un placer profundo y desconocido que me subía por la columna y me hacía arquear la espalda contra el colchón.
No sé cuánto duró. El tiempo se volvió elástico, hecho de su respiración acelerándose y de mis propios gemidos, que ya no reconocía como míos. Cuando él terminó, lo sentí estremecerse entero, hundirse una última vez y quedarse ahí, jadeando sobre mí.
***
Salió con cuidado y se dejó caer a mi lado. Me giré hacia él, todavía agitado, y entonces hizo lo único que no habíamos hecho en toda la noche: me besó en la boca. Despacio, sin máscaras ni juego de roles. También era mi primer beso con un hombre, y resultó ser lo que más me marcó de todo.
Nos quedamos así un buen rato, enredados entre las sábanas, sin hablar mucho. Me deshice del vestido y los tacones quedaron tirados junto a la cama como dos testigos mudos. Pasamos la noche entera en su departamento, y al amanecer me vestí con mi propia ropa y me fui antes de que despertara del todo.
Nunca supe su verdadero nombre. Nunca lo volví a ver. Pero esa noche dejó de ser una fantasía guardada bajo llave y se convirtió en algo cierto, algo que ya nadie podía quitarme. Y, por supuesto, no fue la última vez. Después de aquella puerta, supe con exactitud qué era lo que había estado buscando todo ese tiempo.