La diosa que era hombre y mujer me dominó esa noche
Tiene nombre de genio, pero no de esos que salen de una lámpara entre humo y promesas, sino de personaje de historieta, de aventura ligera, de comedia que termina bien. Se llama Yara, o eso me dijo, aunque sospecho que el nombre también es una pieza más del disfraz.
No lo sé, en cualquier caso. Pero si frotaras su lámpara, no dudes de que cumpliría tus deseos, incluso aquellos que no te reconoces ni a ti mismo.
Es joven, aunque no tanto. Alta y esbelta, con un cuerpo curvilíneo y cincelado de diosa antigua, de estatua de mármol, de monumento a deidades que todavía tenían permitido cultivar vicios y virtudes humanas. Su piel es morena, aunque lo parece más por el contraste con el rubio teñido de su pelo.
Sus ojos inquietos, su voz dulcemente áspera, sus piernas interminables y firmes, sus nalgas redondas, sus pechos altos y orgullosos, y entre las piernas una polla gruesa y recta, sin prepucio, surcada de venas, acompañada de dos cojones tersos y perfectamente esféricos. Todo en ella forma un conjunto fascinante y extraño.
Es un collage, un rompecabezas armado con las piezas más hermosas de otros rompecabezas. Un ser ambivalente en un mundo poblado por criaturas que, a diferencia de ella, no valen para gran cosa. Es ella, o él, o las dos cosas, o ninguna. Una criatura en el medio.
En el medio de todo.
La conocí en un bar de luces bajas al que entré por casualidad una noche de jueves, escapando de la lluvia. Estaba sola en la barra, mirándome desde antes de que yo supiera que la miraba. No hizo falta mucho. Apoyó un dedo en el borde de mi vaso y dijo:
—Tú vienes conmigo.
No fue una pregunta. No estaba en condiciones de discutirlo.
Dejó un billete sobre la barra sin esperar el vuelto y caminó hacia la puerta sabiendo que yo la seguiría. La seguí. La lluvia había amainado y las calles brillaban negras bajo las farolas. Ella iba un paso por delante, con esa forma de andar que no pedía permiso, y yo miraba la línea de su espalda, la curva de sus caderas, el modo en que la tela del pantalón se tensaba a cada zancada.
—¿No vas a preguntarme nada? —dijo sin girarse.
—No sabría por dónde empezar —admití.
—Mejor. Las preguntas las hacen los que tienen miedo.
Yo tenía miedo. Y aun así caminaba detrás de ella como si me hubieran atado con un hilo invisible.
Habla idiomas ancestrales que tú ni siquiera sabrías nombrar, y lleva tatuajes de significados profundos que no te atreverías a imaginar. Pero también pierde el tiempo viendo videos tontos en el teléfono y se pasea por su casa con un pijama gastado y unas chancletas compradas en el bazar de la esquina. Es tierna y cariñosa, o dura e implacable, o ambas, según lo desees.
Y he dicho según lo desees, no según se lo pidas, porque no va a escuchar tus ruegos. No los necesita. Sabe de sobra lo que quieres, lo que buscas, lo que te gusta. Lo sabe mejor que tú. Nada con la agilidad de un delfín por esas regiones oscuras de tu propia mente en las que tú no te atreves ni a meter el pie, por miedo a ahogarte.
***
Su departamento estaba en un último piso y olía a sándalo y a algo más oscuro que no supe identificar. Había libros en idiomas que no reconocí, una luz ámbar de lámparas bajas y un silencio espeso, como de templo. Me sirvió algo de beber sin preguntarme qué quería y me lo puso en la mano.
—Bébetelo —ordenó—. Lo vas a necesitar.
Lo bebí. Ella se sentó frente a mí y me observó largo rato, en silencio, con esa media sonrisa de quien ya ha leído el final del libro. Me sentí desnudo aunque seguía completamente vestido. Después se levantó, me tendió la mano y me llevó al dormitorio sin decir una palabra más.
Me besó con ansia, metiéndome la lengua a fondo, saboreándome, inundándome la boca con su saliva caliente. Me acarició el cuerpo entero de un modo que me hizo sentir bello, deseable, querido. Sus manos sabían exactamente dónde detenerse, dónde apretar, dónde aflojar para dejarme con ganas de más.
Cuando ya estaba enternecido, cuando bajé la guardia, me agarró de la nuca y me empujó la cabeza hacia abajo. Su polla ya estaba dura como una piedra, con la punta húmeda y palpitante de excitación, más grande que la mía. Con ella me folló la boca hasta que se me saltaron las lágrimas.
Traté de resistirme, de zafarme, de apartarme. No pude. No pude porque ella es tan fuerte como yo, puede que más, y no me dejaba maniobrar. Pero sobre todo no pude porque deseaba esa rudeza, ese sabor salado, esa sensación de estar al borde de la asfixia.
Deseaba ese placer exquisitamente culpable de abandonarme, de dejarme usar. Como una herramienta. Como un pedazo de carne sin sentimientos. Como una cualquiera sin dignidad ni moral ni todas esas tonterías inútiles que me enseñaron que había que tener para ser un hombre.
Creí que ahí se acababa todo, que me daría su leche y listo. Lo deseé un poco, incluso. Pero no. No se acababa todavía.
Porque en ese momento se apiadó de mí y me devolvió el favor. Me regaló una felación minuciosa, delicada, recorriendo con la lengua húmeda y los labios suaves mi polla, mis huevos, la cara interior de mis muslos temblorosos. Se metió todo mi sexo hasta la garganta sin inmutarse.
Me miró a los ojos, lo sacó despacio y lo alejó solo para que yo pudiera admirar el grueso hilo de saliva que pendía, trémulo, uniendo mi glande con su lengua. Después volvió a tragárselo entero y a hacerme gemir como si yo fuera otra cosa, algo barato y desesperado.
Porque en ese momento, lo era.
***
Por eso, cuando me preguntó qué quería hacer, no supe qué contestar. O no quise decirle la verdad. Pero mis ojos me delataron: se clavaron en su miembro erguido. Mi boca me traicionó: me relamí sin darme cuenta. Mi mente me jugó una mala pasada y me empujó a desear con tanta intensidad que ella me follara, que cuando me agarró y me puso a cuatro patas sobre la cama y me clavó toda la polla de golpe, agradecí para mis adentros la brutalidad con que me trataba.
—Eso querías —murmuró contra mi oído—. No mientas.
No mentí. No podía.
Su polla me taladró sin piedad, sin preámbulos, con la delicadeza de un mazo y la suavidad de una pedrada. Me dilató a la fuerza al entrar y al salir de mi cuerpo dolorido. Me marcó con su vaivén inclemente y monótono, violento y obstinado.
Me hizo gritar cuando se puso de pie sobre la cama sin sacármela de dentro y me folló todavía más a fondo, dejando caer todo el peso de su cuerpo atlético sobre mí, estrellando sus pelotas contra las mías con una fuerza inusitada. Me hizo gozar y sufrir a la vez, hasta convertirme en un cuerpo sin más fin que ser penetrado una y otra vez. Y disfrutar con ello.
Cuando ya no pude más, me la sacó y me dio la vuelta. Tendido allí, con las piernas abiertas, temblando como una hoja, ofrecido y anhelante, volvió a entrar en mí. Pero esta vez despacio, con ternura, besándome los labios con entrega, mirándome con una dulzura que me derritió hasta las lágrimas.
Acariciaba mi cuerpo con manos tan devotas que llegué a sentirme distinto, como si en lugar de un tipo sudoroso y común fuera la reencarnación de un dios antiguo. Y con esos besos, con esa mirada, con ese vaivén lento y profundo, llegué al clímax. En ese arrebato sublime eyaculé copiosamente, manchándome a mí mismo y también a ella.
***
También a ella. Y entonces, para mi sorpresa, me reprochó haberla ensuciado. Extrajo su polla todavía tiesa directamente de mi cuerpo y me la metió en la boca sin piedad, sacándola solo para golpearme las mejillas con ella mientras me insultaba en voz baja.
Me hizo saborear su esencia, su sudor, el aroma almizclado de mi propio cuerpo. Y yo no solo no ofrecí resistencia: chupé con denuedo, como si me fuera la vida en ello, llenándole el sexo de saliva, temblando de emoción mientras ella avanzaba poco a poco hacia el orgasmo.
—Mírame —exigió, apretándome la mandíbula con una mano—. Quiero que me mires mientras lo haces.
La miré. Tenía los ojos entrecerrados, la mandíbula tensa, la respiración entrecortada. En ese instante no era ni hombre ni mujer, ni dura ni tierna: era pura voluntad concentrada, una fuerza que me había elegido a mí esa noche por razones que nunca llegaría a entender. Y yo, de rodillas, sostenía esa mirada como quien sostiene una brasa con las manos.
Al final me apuntó a la cara con la verga agitada por los espasmos y me escupió un chorro tras otro de leche cálida y espesa que me entró por la nariz, por los ojos, por la boca, llenándome de calor, de vergüenza y de gozo.
Mientras me ayudaba a limpiarme, me hablaba con voz amable de cualquier bobada, como si nada de lo anterior hubiera ocurrido. Yo pugnaba por mantenerme en pie sobre mis piernas temblorosas.
—¿Volverás? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
—Cuando me dejes —dije.
Y esperaba ya, desde ese mismo instante, el momento de volver a verla, a admirarla, a sentirla, a gozarla y a sufrirla. A ser, yo también, una criatura en el medio de todo. Un compendio de vicios y virtudes. Un collage cosido con retazos de todo lo que no me atrevo a admitir que me gusta.
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