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Relatos Ardientes

Obligué a mi jefe arrogante a vestirse para mí

La oficina del piso doce de la torre Valmar era el reino de Esteban Morales, y él se encargaba de recordármelo cada mañana. Paredes de vidrio templado, una vista de la ciudad que parecía rendirse a sus pies, un escritorio enorme detrás del cual se sentaba como un rey que nadie había coronado. Tenía cuarenta y cuatro años, la mandíbula cuadrada, un traje a medida que marcaba unos hombros de gimnasio y una barba recortada con precisión militar. Dirigía el departamento de finanzas con mano de hierro y un desprecio tan natural que ya nadie se molestaba en discutirlo.

Yo me llamo Marina Vega y, durante dos años, fui su secretaria. Treinta años, cabello castaño que llevaba siempre recogido, blusas hasta el cuello y faldas hasta la rodilla. Era licenciada en administración, la mejor de mi promoción, pero el mercado no perdona y aquel sueldo me sostenía a mí y a mi madre. Así que aprendí a tragarme sus comentarios con una calma que cualquiera habría confundido con resignación.

—Vega, el informe del trimestre. Y muévete, que no tengo todo el día para mirarte caminar —ladró aquella mañana de lunes, sin levantar la vista de la pantalla.

Me levanté ajustándome la falda. Sentí sus ojos clavados en mi espalda, esa mirada posesiva que usaba para recordarme cuál creía él que era mi lugar.

—Enseguida, señor Morales —respondí, con una voz tan neutra que ni yo me la creía.

Algún día, pensé. Algún día.

Le entregué la carpeta y la sostuvo sin un gracias. La hojeó con ese gesto teatral que tanto le gustaba, frunciendo el ceño.

—Esto es una porquería. ¿Quién lo preparó? Da igual. No las contrato para que piensen, las contrato para que decoren —soltó una carcajada seca y me miró de reojo, midiendo si me había dolido.

No le di el gusto. Volví a mi escritorio y seguí ordenando los correos. Y entonces, revisando la red compartida, una carpeta perdida entre «gastos varios» llamó mi atención. La abrí casi por inercia. Eran transferencias: sumas considerables desviadas de la cuenta corporativa a una cuenta personal. El beneficiario era Esteban Morales. Fechas, montos, notas falsificadas para justificarlos como bonos de dirección. No era un error. Era fraude, repetido y deliberado.

Cerré el archivo con el corazón golpeándome las costillas y fingí concentrarme en la pantalla. Él seguía al teléfono, regañando a un proveedor con su voz de trueno.

—Si no lo entregan a tiempo, los reviento. Así de simple —colgó de un golpe y se estiró en la silla—. Vega, un café. Negro, sin azúcar, como lo toman los hombres de verdad.

—Sí, señor —murmuré.

Mientras bajaba a la cafetería, la cabeza me iba a mil. Aquello era un delito. Si lo denunciaba, Esteban estaba acabado. Pero algo en mi pecho, esa rabia acumulada durante dos años de humillaciones, me susurró otra idea. ¿Y si lo usaba a mi favor? Por primera vez en mucho tiempo caminé con la columna recta, sintiendo un cosquilleo extraño bajándome por la espalda. No era deseo, todavía no. Era algo más antiguo: la promesa de una venganza.

Le llevé el café. Lo tomó sin mirarme.

—Al menos para esto sirves —dijo.

Me senté y oculté una sonrisa. Esa tarde copié los archivos a un pendrive y lo guardé en el fondo del bolso. Antes de irse, Esteban me lanzó una última pulla.

—Mañana ven con algo más ceñido, Vega. La oficina necesita motivación.

Guiñó un ojo y salió. Yo me quedé mirando la puerta, con el pendrive quemándome en el bolso como una brasa.

***

Llegué a mi apartamento cuando el cielo ya se había vuelto morado. Cerré la puerta, me quité los zapatos y me dejé caer en el sofá con un suspiro que me vació de la tensión del día. Inserté el pendrive en mi portátil y abrí la carpeta. Ahí estaban las pruebas, ordenadas y brutales: una transferencia de diez mil dólares directa a su cuenta, disfrazada con una firma digital que cualquier auditor desmenuzaría en cinco minutos.

Mientras revisaba los documentos, pensé en él. En su figura dominante recortada contra el vidrio, en cómo el traje se le ceñía al torso, en esa seguridad de macho que durante dos años me había hecho sentir invisible. Solo que ahora lo imaginaba distinto. Lo imaginaba sudando bajo mi mirada, con la voz grave suplicando en lugar de ordenando. El pensamiento me mandó un calor traidor al vientre, un pulso húmedo entre las piernas que me hizo apretar los muslos sin querer admitirlo del todo. Deslicé una mano por debajo de la falda, casi sin pensarlo, y noté la tela de la braga ya pegajosa. La rabia me estaba mojando el coño.

—Esto es real —dije en voz baja, ampliando la captura de la transferencia.

Podía denunciarlo a recursos humanos, o a la policía, y terminar su carrera en un escándalo. Pero yo no quería eso, no todavía. La rabia por sus insultos —«muévete», «al menos para esto sirves»— se mezclaba con una excitación primitiva al imaginarlo a mi merced. ¿Qué se sentiría tenerlo obedeciendo? Cerré los ojos y dejé que la fantasía se desplegara: sus hombros anchos temblando, su mirada arrogante bajando al suelo, esa polla suya —la que seguro presumía en los vestuarios— dura y encerrada, sin poder tocarla sin mi permiso. El calor se intensificó y me removí en el sofá, apretando el clítoris con dos dedos sobre la tela mojada.

Copié todo a una carpeta cifrada, con contraseña, y la respaldé también en la nube. Después me preparé un té y, mientras el agua hervía, tracé el plan. Mañana lo confrontaría. No con furia: con calma fría. Le mostraría una página, lo suficiente para que entendiera que lo tenía atrapado. Y entonces empezaría el chantaje. No por dinero —eso habría sido vulgar—, sino por control. Por cada humillación, una factura.

Esa noche dormí con una anticipación que rozaba lo erótico, soñando con el poder que acababa de desatar.

***

La mañana siguiente amaneció gris. Me miré en el espejo ajustando una blusa blanca un poco más ceñida que de costumbre y una falda lápiz negra. Me solté un mechón, me pinté los labios de rojo. El pendrive iba en el bolso, junto a una impresión de la transferencia más comprometedora. No necesitaba más para empezar; el resto era munición.

Llegué quince minutos antes que él, como siempre. Esteban entró puntual, con su traje gris impecable y esa expresión de autosuficiencia que ya empezaba a parecerme frágil.

—Café, Vega. Y el resumen de ayer —ordenó sin mirarme, tecleando en el móvil.

Le serví el café. Y esta vez, en lugar de volver a mi sitio, fui hasta la puerta y giré la llave. El clic lo alertó. Frunció el ceño y se enderezó.

—Necesito hablar contigo, Esteban —dije, usando su nombre de pila por primera vez en meses. Saqué la impresión y la deslicé sobre su escritorio.

La tomó con desdén. Pero a medida que reconocía los detalles —la transferencia, su cuenta, las notas falsas— se le fue el color de la cara. Una capa fina de sudor le perló la frente.

—¿Qué demonios es esto? ¿De dónde lo sacaste? —gruñó, arrugando el papel en el puño.

Me apoyé en el borde de mi escritorio y crucé los brazos, sin alterarme.

—Lo encontré ayer, en los archivos a los que tú me das acceso. Es desvío de fondos. Fraude. Podrías terminar en la cárcel.

Se levantó de golpe, intentando llenar el espacio con su cuerpo para intimidarme.

—No sabes lo que dices. Borra eso ahora mismo o te despido. Te arruino.

No me moví. Saqué el móvil y le mostré la pantalla: más pruebas, respaldadas en la nube.

—Inténtalo —respondí, y el filo de mi voz lo detuvo en seco—. Tengo copias en todas partes. Un correo a recursos humanos, o mejor a la policía, y estás acabado. Pero no quiero eso. Todavía. Haces lo que yo diga, o vas a la cárcel. Tú eliges, «jefe».

Pronuncié la última palabra con un sarcasmo que lo hizo retroceder un paso. El pecho le subía y bajaba. El sudor ya le humedecía el cuello de la camisa, y yo lo noté, y un pulso de excitación me recorrió al verlo: el hombre que siempre mandaba, desestabilizado, traicionado por su propio cuerpo.

—¿Qué quieres? ¿Dinero? ¿Cuánto? —se pasó una mano por el pelo, intentando recomponerse.

Negué con la cabeza y di un paso adelante, invadiendo su espacio por primera vez. Sentí el calor que despedía, su colonia mezclada con el sudor nervioso.

—No quiero dinero. Quiero control. Por cada vez que me humillaste, ahora pagas. Empezando hoy. Si no, presiono enviar.

Tragó saliva, la garganta moviéndose visiblemente. La furia y el miedo le peleaban en la cara, pero no había salida.

—Está bien —dijo entre dientes—. Pero esto no termina aquí.

Sonreí y guardé el móvil.

—Oh, termina exactamente como yo diga. Vuelve a tu escritorio. Tenemos trabajo.

***

El resto de la mañana fue una tensión que se podía cortar. Esteban fingía mirar la pantalla, pero sus ojos volvían a mí una y otra vez. El café se enfrió intacto sobre su escritorio. Yo, en cambio, saboreaba cada minuto de esa nueva dinámica: una mirada larga, una sonrisa apenas dibujada cuando él esquivaba la mía.

Al mediodía decidí dar el primer paso de verdad. Me levanté, fui hasta la puerta y volví a girar la llave. El clic lo hizo alzar la cabeza.

—¿Ahora qué quieres? —murmuró, sin nada de la autoridad de antes.

Saqué del bolso un paquete pequeño envuelto en papel de seda y lo dejé frente a él como si fuera un informe más.

—Tu primera tarea. Ábrelo.

Lo miró con desconfianza. Sus manos grandes, acostumbradas a firmar y a ordenar, temblaron al rasgar el envoltorio. Dentro había un conjunto de lencería: un sostén de encaje negro y la pieza a juego, delicados y deliberadamente provocativos. Abrió los ojos de par en par y se le escapó una risa incrédula.

—¿Estás loca? No pienso ponerme esto. Olvídalo.

Me incliné sobre su escritorio, lo justo para que entendiera que no negociaba.

—Sí que lo harás. O presiono enviar en ese correo que tengo listo para el director general. Imagina: tu carrera destruida, tu reputación en cenizas. Todo por no seguir una instrucción tan simple.

Mi voz era suave, casi dulce, pero cargada de acero. Vi cómo se le tensaba la mandíbula, cómo los puños se le cerraban sobre la tela.

—Esto es ridículo. Soy un hombre, no una de tus muñecas —protestó, pero la voz le vaciló.

—Vas al baño y te lo pones. Ahora —ordené, señalando la puerta—. Y cuando vuelvas, me demuestras que lo llevas. Ya sabes lo que pasa si no.

Maldijo por lo bajo, agarró el paquete y salió con pasos rígidos. Me senté a esperar, cruzando las piernas. Imaginé la tela fina contra su piel áspera, el encaje obligándolo a sentir una vulnerabilidad que jamás había conocido, y el pensamiento me mandó otra vez ese calor sutil e insistente. Aquello ya no era solo venganza. Era un juego que me hacía sentir extrañamente viva.

Volvió minutos después, la cara roja de vergüenza y furia. Cerró la puerta y se paró frente a mí, evitando mirarme.

—Listo. ¿Contenta?

Me levanté despacio y rodeé el escritorio hasta quedar cerca de él.

—Muéstramelo. Levántate la camisa y bájate un poco el pantalón. Quiero ver que lo lleves bien puesto.

Dudó, respirando agitado.

—Esto es humillante. Eres una sádica.

—Y tú eres un ladrón que va a aprender cuál es su lugar —respondí con calma—. Hazlo, o llamo a seguridad y les enseño las pruebas.

Con un gemido de frustración, obedeció. Se subió la camisa: el torso de gimnasio, contrastado de pronto con el encaje negro que se le ceñía al pecho, resultaba casi irreal. Después se desabrochó el cinturón y bajó el pantalón hasta los muslos. La braga de encaje se le ajustaba mal, tirante, y el bulto de su polla apretaba la tela hacia adelante, marcándose obscena, gruesa, más dura de lo que él quería admitir. El rubor le trepó del cuello a las mejillas y apartó la mirada, mortificado.

Me acerqué más y extendí una mano para ajustarle un tirante, rozándole la piel caliente. El contacto fue eléctrico; lo sentí estremecerse. Bajé los dedos, despacio, siguiendo la línea del encaje hasta el vientre plano, y de ahí, sin apuro, a la protuberancia obscena que empujaba la braga.

—Vaya, vaya —murmuré, apretando la palma sobre su polla vestida de encaje—. Mira lo que tenemos aquí. La estás poniendo dura, Esteban. ¿Te gusta que te humille? ¿Es eso?

—No es… no —jadeó, pero la verga le brincó bajo mi mano, delatándolo.

Lo agarré por el mentón y le obligué a mirarme. Los ojos se le habían puesto vidriosos, esa mezcla de vergüenza y rabia y algo más, algo hambriento que no sabía cómo esconder.

—De rodillas —ordené.

—¿Qué?

—Que te arrodilles. Que si tengo que repetirlo, la próxima palabra va a ser «policía».

Se le doblaron las piernas casi solas. El señor Morales, el rey del piso doce, cayó de rodillas frente a mí sobre la alfombra cara de su propia oficina, con las medias del cinturón por los muslos y la braga negra tensada por una erección que ya no podía negar. Fue el momento más obsceno y más satisfactorio de mis dos años en esa empresa.

Me subí la falda lápiz hasta la cintura, despacio, dejando que él viera cada centímetro de piel. Debajo no llevaba braga. Había venido preparada. El coño se me marcaba brillante, ya empapado desde que había girado la llave por primera vez.

—Mírame —dije—. Mira bien lo que llevas dos años deseando y tratando como basura.

Se le escapó un sonido gutural, algo entre queja y súplica. Le agarré el pelo con una mano y le acerqué la cara a mi entrepierna.

—Ahora vas a usar esa boca que tanto ladra para algo más útil. Vas a chuparme el coño, Esteban. Y no vas a parar hasta que yo me corra. Si lo haces mal, si se te ocurre morder, si dudas, mañana estás preso. ¿Entendido?

—Marina, por favor…

—Señorita Vega, para ti. Ábreme.

Con las manos temblorosas me abrió los muslos y hundió la cara. La barba recortada, tan presumida, me raspó la piel del interior, y esa sola sensación me arrancó un gemido. Empezó torpe, con la lengua rígida, como quien nunca había querido hacerlo. Le tiré del pelo.

—Más lento. Con la lengua plana. Súbela. Ahí. El clítoris, imbécil, no es tan difícil.

Se corrigió. Y una vez que encontró el ritmo, empezó a lamer con una desesperación que me sorprendió: como si mamármelo bien fuera la única manera de salvar el pellejo. Su lengua se enroscaba en mi clítoris, subía, bajaba, se hundía dentro de mi coño y volvía a subir. Los labios se le llenaron de mi flujo, brillante y espeso, resbalándole hasta la barba. Yo lo miraba desde arriba, apoyada contra el borde del escritorio, con la falda arrugada en la cintura y la blusa a medio abrir. El hombre que me había dicho «muévete» ahora estaba de rodillas comiéndome el coño como si su vida dependiera de eso. Porque, en cierto modo, dependía.

—Así —jadeé—. Así, jefe. ¿Ves qué bien se te da cuando cierras la puta boca y obedeces?

Metió dos dedos, gruesos, callosos, y los curvó buscando ese punto por dentro. Lo encontró casi de casualidad y solté un grito que tuve que morderme para no gritar en toda la planta. La lengua no le paraba. Me tiró un dedo mojado de mi coño hasta el ano y presionó, tanteando, y yo apreté los muslos alrededor de su cara.

—Ahí no te di permiso —siseé—. Todavía.

Volvió obediente al clítoris. Lo chupó entero, cerrando los labios alrededor y succionando con una fuerza que me hizo doblarme sobre él. El orgasmo empezó a subirme desde las plantas de los pies, un temblor que me recorrió las piernas, la espalda, y cuando me llegó a la cintura ya no había vuelta. Me corrí en su cara, apretándole el pelo, restregándole el coño contra la boca, sintiendo cómo se ahogaba un poco y seguía lamiendo porque yo no le había dicho que parara. Le empapé la barba y el cuello de la camisa cara con mi corrida.

—Buen chico —jadeé, temblando—. Buen chico.

Se apartó apenas, con la boca abierta, el mentón brillante, los ojos rojos y respirando por la nariz como un animal. La braga negra se le había manchado por delante de una mancha oscura y húmeda. Se había corrido él también, o casi, dentro del encaje, sin que nadie lo tocara. La verga le seguía tiesa contra la tela mojada.

Me bajé la falda con calma, alisando las arrugas. Él seguía de rodillas, esperando instrucciones como un perro.

—Levántate.

Se levantó, tambaleándose.

—No te vas a cambiar esa braga. La vas a llevar así toda la tarde, con tu propia corrida encima. Cada vez que te muevas, cada vez que se te pegue, quiero que te acuerdes de quién manda ahora en esta oficina. ¿Está claro?

—Sí —murmuró, con la voz rota.

—Sí, ¿qué?

Tragó saliva. Cerró los ojos.

—Sí, señorita Vega.

Sonreí. Le pasé un dedo por la barba mojada, se lo llevé a la boca y él lo chupó sin que yo tuviera que pedírselo.

—Muy bien. Súbete los pantalones. Vuelve a tu silla. Y termina el informe que me habías criticado, esta vez sin errores.

—De ahora en adelante lo llevarás todo el día —dije, alejándome—. Y si intentas quitártelo, lo sabré. Mañana traerás algo más… adecuado. Esto es solo el comienzo, Esteban.

Volví a sentarme. El calor en mi propio cuerpo era innegable, y todavía sentía el temblor de la corrida entre los muslos. Verlo así, humillado, con mi flujo secándosele en la barba y su propio semen en la braga, removía algo profundo en mí. El resto del día lo pasó inquieto en la silla, sintiendo el roce constante de la tela pegajosa, mientras yo lo observaba con un placer que no me molesté en disimular.

***

Al terminar la jornada, cuando recogía la chaqueta con movimientos torpes, lo detuve con una voz tranquila pero firme.

—Una última cosa antes de que te vayas. Para mañana, aféitate esa barba. Hay que estar presentable, ¿no es lo que siempre repites?

Lo miré directo a los ojos, y mi sonrisa fría le devolvió cada palabra que él había lanzado contra mí y contra otras durante dos años. Se quedó congelado un segundo, tocándose por instinto la barba que tanto presumía —la misma barba que todavía olía a mí—. Enrojeció de nuevo, pero no replicó. Solo asintió y salió sin decir nada, dejando la puerta entreabierta.

Me quedé sola en la oficina, rozándome el cuello mientras revivía cada gesto suyo. Tenía dos años de cuentas pendientes y todo el tiempo del mundo para cobrarlas, una por una.

Mañana subiré la apuesta, pensé. Y, por primera vez en mucho tiempo, no podía esperar a que llegara.

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Comentarios(7)

ReyNocturno77

Tremendo relato!!! Me enganche desde la primera linea y no pude parar

MarisolR

Necesito la segunda parte ya!! Se quedo justo en lo mejor

Cande_Ro

que morbo tan bien manejado, sin pasarse de la raya. Me encanto la tension del principio, se notaba que algo iba a explotar

VigilaK

jajaja se lo merecía ese tipo, eso le pasa por creerse tanto

LectoraK33

Me recordo a una situacion que vivi en mi trabajo, obviamente no tan extrema jaja, pero esa sensacion de tener el control despues de tanto aguantar... que catarsis. Muy buen relato, muy bien escrito.

Sultana_85

increible, sigue asi!!

GonzaloMdp

La forma en que construiste el personaje del jefe es perfecta, odiable desde el primer parrafo. Se nota que te tomaste el tiempo para armar bien la historia antes de ir al grano.

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