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Relatos Ardientes

Mi cuñado descubrió quién era Valeska de noche

Las noches con Esteban me habían cambiado por dentro. Cada encuentro me empujaba un poco más lejos en aquella entrega, mi cuerpo y mi cabeza rendidos a un hombre que sabía dominarme con una mezcla exacta de dureza y cuidado. Aquella mañana volví a casa todavía vibrando, la piel marcada por las cuerdas suaves de la noche anterior, escondidas bajo una sudadera dos tallas grande.

Caminaba pensando en el siguiente encuentro, con esa satisfacción cansada que solo él me dejaba. Tenía la cabeza en otra parte cuando abrí la puerta. Por eso tardé un segundo de más en entender lo que veía.

Hugo estaba sentado en el sofá del salón. El marido de mi hermana, ahí, con una expresión que me heló la sangre. Y sobre la mesa baja, abierta, mi portátil.

La pantalla mostraba el perfil de Valeska. Fotos mías en lencería, capturas de los shows en la cámara con la polla dura asomando por el borde de unas bragas mínimas, mensajes subidos de tono de mis seguidores pidiéndome que me abriera el culo delante de la webcam. Mensajes de Esteban, incluso, describiéndome con detalle cómo iba a follarme la próxima vez. Todo lo que había construido en secreto durante meses, expuesto a la luz de la tarde como una herida abierta.

—Así que este es tu pequeño secreto, ¿no, Mateo? —dijo, sin levantarse—. O debería decir… ¿Valeska?

Su voz era baja, controlada, y eso era lo peor. Hugo tenía unos treinta y cinco años, era alto, con una barba muy recortada y una presencia que llenaba la habitación sin esfuerzo. Intenté balbucear algo, una excusa cualquiera, pero levantó una mano y me cortó en seco.

—No te molestes en negarlo. Entré a buscar un archivo de trabajo que tu hermana me pidió y me encontré con esto. ¿Sabes lo que diría ella si lo viera? ¿O tus padres?

Sentí cómo se me secaba la boca. Durante meses había llevado dos vidas en compartimentos estancos: de día Mateo, el cuñado tranquilo que pasaba a echar una mano; de noche Valeska, frente a la cámara, con el corazón a mil cada vez que un desconocido me pedía que me metiera un consolador hasta el fondo. Nadie de mi familia sabía nada. Y ahora la persona menos indicada lo sabía todo.

El pánico me apretó el pecho hasta dejarme sin aire. Di un paso hacia él con las manos abiertas, suplicando.

—Por favor, Hugo, no se lo digas a nadie. Haré lo que sea.

Algo cambió en sus ojos. Una chispa peligrosa, una sonrisa lenta que se le fue dibujando en la cara mientras se ponía de pie y se acercaba. Yo retrocedí por instinto hasta que la pared me frenó.

—Lo que sea, ¿eh? —repitió, saboreando las palabras—. Entonces aquí está el trato. Un fin de semana, tú y yo, solos. Y te aseguro que esto queda entre nosotros. Quiero ver a Valeska en acción. No en fotos. Quiero follármela hasta que no pueda caminar.

Me quedé congelado, la mente partida en dos. Hugo no era Esteban; no tenía esa calidez que me hacía sentir seguro al entregarme. Pero había algo en su tono, en la seguridad con la que ocupaba el espacio, que me encendía una chispa incómoda, mezclada con miedo. Sentí cómo la polla me empezaba a endurecerse dentro del pantalón, traicionera, y él lo notó al bajar la mirada un segundo. Sonrió más. Y, sobre todo, sabía que no tenía muchas opciones.

—Está bien —murmuré al fin, bajando la mirada—. Pero solo este fin de semana. Y no le dices nada a nadie.

—Buen chico —dijo, satisfecho—. Prepárate. Quiero todo de Valeska. El sábado vienes a mi cabaña del lago. Tu hermana estará fuera con sus amigas. Tendremos todo el tiempo del mundo para que te enseñe lo que es una buena follada.

***

El sábado llegó demasiado rápido. Llegué a la cabaña con los nervios a flor de piel y la decisión de proteger mi secreto a cualquier precio. Era una casa de madera rodeada de árboles, lejos de cualquier mirada. En la bolsa llevaba un conjunto nuevo que había elegido a propósito: un body de encaje negro con detalles transparentes que dejaban ver los pezones, medias hasta el muslo y una gargantilla de terciopelo que me ceñía el cuello. También había metido un pequeño frasco de lubricante, porque sabía perfectamente para qué me iba a hacer falta.

Hugo abrió la puerta con una camisa ajustada que le marcaba los hombros y unos vaqueros que dejaban poco a la imaginación. Se le adivinaba el bulto de la polla apretado contra la tela, y no hizo nada por disimularlo. Su mirada me recorrió de arriba abajo, despacio, como si ya supiera lo que escondía la bolsa.

—Entra, Valeska —dijo, y solo el nombre en su boca me erizó la piel.

Crucé el umbral con las piernas algo flojas. La cabaña olía a madera y a leña apagada, y el silencio del bosque entraba por las ventanas como una presencia más. Había una chimenea, una alfombra gruesa frente a ella y, al fondo, un pasillo que adivinaba que llevaba al dormitorio. Cada detalle se me grababa con una nitidez extraña, como si mi cuerpo supiera que iba a recordar aquel lugar mucho tiempo.

Dentro, el aire estaba cargado de una tensión que me hacía latir el corazón contra las costillas. No perdió el tiempo.

—Ponte el conjunto. Quiero verte como en tus shows —ordenó, dejándose caer en un sillón de cuero con una cerveza en la mano.

Me cambié en el baño, temblando pero obediente. Cuando salí, ya era Valeska. La luz cálida de la cabaña me resbalaba por la piel, el encaje se ajustaba a cada curva y las medias estiraban mis piernas. La polla se me marcaba contra el encaje del body, ya medio dura solo de pensar lo que venía. Hugo soltó un silbido bajo.

—Maldita sea —dijo, levantándose y llevándose la mano al bulto de los vaqueros para acomodárselo sin ningún pudor—. Eres mucho mejor en persona. Ven aquí, ponte de rodillas.

Obedecí y me arrodillé en la alfombra a sus pies. Se abrió la bragueta con una lentitud calculada y sacó la polla ya dura, gruesa, con la punta brillante. Era más grande que la de Esteban, más ancha, y solo verla tan cerca de mi cara me arrancó un jadeo.

—Ábrela —ordenó.

Separé los labios y él me metió la verga entera de un empujón, hasta el fondo. Me atraganté, los ojos se me llenaron de lágrimas, pero él me agarró de la nuca y no me dejó apartarme.

—Chúpala, Valeska. Como se la chupas a tus seguidores en la cámara.

Empecé a mamársela con hambre, la lengua recorriéndole el glande, los labios apretándose en cada bajada. Notaba el sabor salado del presemen en la garganta, el olor a piel caliente, el peso de la polla contra el paladar. Él me guiaba el ritmo tirándome del pelo, cada vez más rápido, cada vez más profundo. Yo babeaba sobre el encaje del body, hilos de saliva cayéndome por la barbilla, y él sonreía como si aquella imagen fuera lo que llevaba meses esperando.

—Joder, tienes una boca de puta —gruñó—. Ni de coña te dejo correrme aquí. Quiero acabar dentro de tu culo.

Tomó el control desde el primer instante. A diferencia de Esteban, cuya dominación era intensa pero atenta a cada señal mía, Hugo era más crudo, más impaciente. Me sacó la polla de la boca con un tirón que me dejó jadeando y me llevó al dormitorio arrastrándome del pelo. Me empujó sobre la cama con la mano abierta en mi pecho.

—Manos arriba.

Obedecí. Sacó una cuerda de un cajón y me ató las muñecas a la cabecera con dos vueltas firmes. La sensación de quedar expuesto, sin escapatoria, me arrancó un jadeo. Mi cuerpo me traicionaba con una oleada de calor que subía desde el vientre y se me concentraba entre las piernas; la polla, atrapada bajo el encaje, goteaba ya sobre mi propio ombligo.

Se quedó un momento de pie junto a la cama, mirándome atado, indefenso, con el encaje subiéndome y bajándome al ritmo de la respiración. No dijo nada. Dejó que el silencio se estirara hasta que se me puso la piel de gallina, y solo entonces apoyó una rodilla en el colchón.

Empezó besándome con fuerza, los labios ásperos contra los míos, la lengua metiéndose sin pedir permiso, mientras sus manos recorrían el encaje del body y me sacaban gemidos cortos. Me pellizcó un pezón por encima de la tela y luego el otro, sacándome un grito ahogado. Bajó la boca por mi cuello, por mi pecho, mordiéndome la piel donde el encaje dejaba huecos, dejándome marcas que iban a durar días.

—Grita como en tus shows, Valeska —gruñó.

Su mano bajó por mi vientre, apartó el encaje del body y me agarró la polla con firmeza, empezando a masturbármela con movimientos largos y lentos. Yo arqueaba las caderas contra su puño, incapaz de contener los gemidos. Con la otra mano me separó las nalgas y me pasó dos dedos ensalivados por el agujero del culo, dando vueltas despacio, presionando sin llegar a meterlos aún.

—Este agujero es mío este fin de semana —susurró, la boca pegada a mi oreja—. ¿Está claro?

—Sí —jadeé—, sí, Hugo, es tuyo.

Metió el primer dedo. Grité. Metió el segundo, y giró la muñeca buscando el punto exacto que me hacía sacudirme entero. Cuando lo encontró, me empezaron a temblar las piernas y solté una serie de gemidos agudos que no reconocí como míos. Atrapado entre el miedo y el placer, dejé escapar otro grito cuando añadió el tercero. Pronto se quitó la ropa del todo. Tenía un cuerpo firme, trabajado, la polla hinchada y roja apuntándome, y en sus ojos había una intensidad que prometía algo abrumador.

Me desató las muñecas solo para darme la vuelta y volver a atarlas, ahora boca abajo. Me puso boca abajo, levantándome las caderas, el encaje apenas apartado para dejarme a su merced, el culo en pompa, el agujero brillante de lubricante y saliva.

—Qué cuerpo tan perfecto —murmuró antes de apoyar la punta de la polla contra mi entrada y hundirse en mí con un movimiento lento y firme.

Grité. Un sonido agudo que rebotó en las paredes de madera mientras él me empalaba centímetro a centímetro, sin prisa, forzándome a abrirme para él. Cuando estuvo entero dentro se quedó quieto un segundo, respirando hondo, y luego empezó a moverse. Al principio despacio, dejando que me acostumbrara al grosor, y después marcando un ritmo cada vez más rápido, las manos apretándome las caderas con fuerza suficiente para dejar marcas.

—Sí, Hugo, más —chillé, la voz quebrándose con cada embestida—. Fóllame más fuerte, por favor.

—Eso es —jadeó él contra mi nuca—. Mira cómo aprietas la polla de tu cuñado, guarra.

El placer se mezclaba con la conciencia de estar completamente entregado a mi cuñado, al hombre que dormía con mi hermana, y esa idea prohibida me empujaba aún más al borde. Cada embestida me sacudía todo el cuerpo, la polla mía golpeaba contra el colchón sin que nadie la tocara y estaba a punto de correrme solo por el ritmo con el que me la metía. Él me agarró del pelo, tiró hacia atrás obligándome a arquear la espalda, y siguió follándome sin piedad, el sonido de nuestras pieles chocando llenando la habitación entera.

***

Cambió de posición sin avisar. Me soltó las muñecas solo para ponerme de rodillas en el suelo, frente a él, todavía con la polla brillando de lubricante y con mi olor encima.

—Enséñame lo que sabes hacer, Valeska. Límpiala.

Lo tomé en mi boca con una mezcla de timidez y desesperación, saboreándome a mí mismo en su polla. Sus gemidos, graves y roncos, llenaban el aire mientras yo trabajaba con dedicación, los labios temblando, la lengua recorriéndole cada vena. Le mamé los cojones uno a uno, chupé la base, volví a subir a la punta y me la metí hasta que la nariz me tocó su pubis, aguantando las arcadas.

—Buen chico —jadeó, enredando una mano en mi pelo para guiarme, cada vez más exigente—. Trágatela entera, joder.

La noche siguió con una intensidad casi salvaje. Me llevó al borde de la cama, me levantó las piernas hasta apoyármelas en sus hombros y volvió a penetrarme de frente, el body de encaje todavía colgando de mi cuerpo como un trofeo, los pezones rojos e hinchados asomando por los agujeros de la tela. En esta postura podía verle la cara y él podía ver la mía, y esa mirada fija mientras me embestía me resultaba casi más humillante que la penetración. Mis gritos eran incontrolables.

—Hugo, por favor, no pares. Córrete dentro, por favor, córrete dentro.

Me escupió en la boca, sin decir nada, y siguió embistiendo. Bajó la mano y empezó a pajearme al ritmo de sus embestidas, la polla mía dura y goteando entre sus dedos. El ritmo se volvió frenético, la cama crujía bajo nosotros, la cabecera golpeaba contra la pared. Sentí cómo el orgasmo me subía desde los pies y me corrí con un alarido, salpicando de semen el encaje del body y su mano, sin dejar de temblar. Él ni siquiera aflojó; me siguió follando el culo mientras yo aún me sacudía por el clímax, exprimiéndome cada espasmo.

Me giró otra vez, ahora a cuatro patas, y me tomó con una fuerza que me hizo arquear la espalda, los gemidos convirtiéndose en alaridos de puro placer. Me metió dos dedos en la boca para callarme y siguió embistiendo hasta que lo oí gruñir mi nombre. Se hundió hasta el fondo y se corrió dentro con un rugido, chorros calientes llenándome por dentro, sus caderas apretadas contra mis nalgas hasta la última gota. Cuando por fin sacó la polla, sentí el semen escurriéndose por el interior de los muslos, y él lo recogió con dos dedos y me lo metió en la boca para que lo chupara. Lo hice sin dudarlo.

Entre un encuentro y otro había treguas raras. Hugo me soltaba, me alcanzaba un vaso de agua, me miraba con una curiosidad casi tierna mientras recuperaba el aliento sobre las sábanas revueltas y manchadas. En esos minutos hablábamos poco, pero él me observaba como si quisiera entender qué había dentro de Valeska que no había en el Mateo que conocía desde hacía años. Yo evitaba sus ojos, y aun así notaba que algo se iba ablandando entre los dos. A veces me pasaba la mano por la espalda, o me acariciaba el pelo, y en cinco minutos ya me tenía otra vez con la boca en su polla o con el culo levantado.

Aquel fin de semana fue una maratón de deseo. Me llevó al límite en cada rincón de la cabaña: contra la pared del baño, con el vaho del agua caliente pegándose a los cristales mientras me follaba de pie, sujetándome una pierna en alto; sobre la alfombra del salón, con las rodillas ardiéndome por la fibra rasposa mientras me cabalgaba por detrás; incluso en la terraza bajo la luz de la luna, donde me rendí del todo, aún en lencería, doblado sobre la barandilla de madera con la polla suya entrando y saliendo de mi culo, mis gritos perdiéndose entre los árboles. En una de esas me hizo montarlo a horcajadas en el sillón de cuero, y me quedé cabalgándolo durante lo que me parecieron horas, botando sobre su verga mientras él me chupaba los pezones a través del encaje y me susurraba guarradas al oído. Cada encuentro era más crudo, más demandante. Y aunque echaba de menos la ternura de Esteban, no podía negar lo que Hugo me arrancaba. Mi entrega alcanzaba un nivel que no sabía que tenía dentro.

***

Cuando llegó el domingo yo estaba agotado, el cuerpo marcado por las cuerdas y por sus manos bruscas, el culo dolorido, los muslos aún pegajosos por más semen del que podía contar. Antes de dejarme ir, Hugo me miró a los ojos. Su expresión era más suave ahora, casi cálida.

—Tu secreto está a salvo, Valeska —dijo—. Pero esto no tiene por qué terminar aquí.

No respondí. Recogí la bolsa, todavía con la gargantilla marcándome el cuello, y salí a la luz pálida de la mañana. Mi vida como Valeska acababa de complicarse mucho más de lo que imaginaba. Y lo más inquietante no era el chantaje. Era que, en el fondo, una parte de mí ya estaba pensando en el siguiente sábado, y en cómo me abriría de piernas otra vez sin necesidad de que me obligaran.

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