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Relatos Ardientes

Mi primera noche en la carretera como travesti

Mientras Ramiro tuvo abierto el club, trabajé en él, cobrando mi sueldo y los servicios que iba haciendo. Como estaba amancebada con él, era Ramiro quien me lo administraba todo. Vivíamos casi todas las chicas dentro del local, que tenía licencia de hostal y quedaba a las afueras, cerca de una carretera nacional del sur.

Cuando dejó de regentar el club, me llevó a un piso en un barrio tranquilo de Málaga y allí me dejó instalada, como su querida, a su disposición para cuando quisiera venir a verme o para hacer, cuando él lo pidiera, algún trabajillo. Acepté gustosa aquella situación. Primero, porque a mi pueblo no podía volver por las habladurías de la gente. Y después, porque estaba loquita por aquel hombre.

Ramiro lo mismo llevaba en el coche medio millón de pesetas, que al día siguiente no teníamos ni para comprar el pan. Su administración fue siempre muy anárquica, y todavía hoy lo sigue siendo. Con sus negocios mantenía, que supiéramos, varias casas y varias familias.

Tenía su familia oficial, al estar casado legalmente en su pueblo con su mujer, con la que tuvo un hijo y una hija. Con Bianca, compañera del club, había tenido una niña reconocida que estudiaba lejos. Y con Lorena tenía un crío de dos años recién cumplidos, al que puso su mismo nombre y por el que andaba ilusionado como un chiquillo. La única con la que no tenía descendencia era conmigo, por motivos obvios, no porque no hiciéramos sexo: como mínimo me follaba dos o tres veces a la semana.

Ramiro era lo que ahora llaman un macho alfa, bien dotado y con un vigor desmedido, capaz de atender a todas las chicas del club en un mismo día y a veces en varias ocasiones. Tenía esa capacidad prodigiosa. Cuando deseaba a una mujer, no paraba hasta conseguirla y disfrutarla. Rompió y rompe muchos matrimonios; muchas mujeres decentes, cautivadas por su verbo fácil y por su forma de mirar, cayeron en sus brazos y acabaron de prostitutas en sus clubes o en los de algún amigo suyo. Para las mujeres, Ramiro era un peligro.

Mientras tuvo el club junto a la nacional, Bianca, Lorena y yo trabajamos allí para él. Cuando lo asfixiaron las deudas, decidió cerrar y traspasar el local. Con nuestro consentimiento, nos trasladó a la ciudad y nos instaló a cada una en un piso. A Lorena y a mí en el mismo barrio; a Bianca, al otro lado del río. A las tres nos tenía cerca, pero independientes. Él sabría por qué, porque nunca llegó a explicárnoslo.

A mí se me notaba a la legua, porque era muy afeminada. Pese a ello, por el barrio no me gustaba salir vestida de mujer. Aunque siempre llevaba bajo la camisa o el pantalón sujetador y tanga, y en la cara un tenue retoque de color y sombra, prefería vestir de hombre cuando andaba por la zona.

En casa era otra cosa. En casa permanecía todo el rato maquillada y vestida de mujer, con ropa cómoda y sexy. Y cuando Ramiro llamaba avisando de que vendría a visitarme, me arreglaba como yo sabía que a él le gustaba, sin escatimar, porque se lo merecía por el buen trato y el cariño que siempre me dedicaba.

De vez en cuando nos llamaba a las tres y tocaba trabajar, porque las finanzas no iban bien y debíamos colaborar en el mantenimiento de aquella gran familia. Yo siempre preguntaba lo mismo: si era para mucho tiempo, si iba a ser en la calle o en un local, para preparar mi equipaje y para ir predispuesta de antemano. Eso sí, siempre íbamos las tres juntas, fuéramos donde fuéramos.

Por lo general acabábamos en clubes, algunos a bastante distancia de la ciudad. Otras veces, al aire libre, frecuentábamos las estaciones de servicio de la nacional, un polígono industrial a las afueras y, sobre todo, un área de descanso perdida entre campos, cerca de un pueblo pequeño.

***

La primera vez que hice un servicio en la calle fue precisamente en aquella área de descanso, y todavía recuerdo cómo discutí con Ramiro. Por miedo, me negaba a quedarme sola en aquel lugar oscuro, en la sordidez del campo más absoluto que él me había señalado, aun teniendo a Bianca a treinta metros y a Ramiro dentro del coche, a unos cien.

—No, Ramiro, aquí no me quedo yo sola —dije de manera imperativa.

—Anda, no seas boba. Tú aquí y Bianca un poco más adelante. Si no hay nadie más que vosotras y yo. Ahora enciendo las luces, las ven los camioneros y entran a echar un rato con vosotras —contestó con ese tono de quien ya sabe lo que va a pasar.

—Que no, que me da miedo, que puede venir un perro o un bicho y darme un bocado… —contesté ingenua.

Me agarró del brazo y me llevó al sitio, una piedra de escasa altura que hacía de pequeño baluarte. Subida en ella, me pidió que me quitara la bata, y me quedé en tanga y sujetador negro, con mis medias negras de red al muslo sujetas con ligas de encaje, como únicas prendas.

—Cuando te entren, diles que eres una chica con algo más, que sepan lo que compran, que si no luego se enfadan —me recordó.

No hizo más que encender y apagar los faros del coche y no tardó ni medio minuto en entrar el primer camión. Despacito, fue examinando a las tres que esperábamos casi desnudas al borde del carril. Paró y dejó las luces encendidas para no perdernos de vista. Bajó, fue primero hasta donde estaba Lorena, habló con ella, después con Bianca y, por último, llegó hasta mí.

—¿Tú eres la última? —preguntó.

—Sí, solo somos tres esta noche. Y te aviso: soy una chica con algo más —contesté.

—Encima travesti… Creí que había más ganado. Para tres no habría parado —dijo, y por el acento parecía del norte.

Le preguntó a Bianca por el precio, se subió a la cabina y se marchó. Al poco rato entraron dos camiones más por el carril. El segundo paró justo a mi altura. Bajó el cristal de la ventanilla y me preguntó casi a gritos, con el motor en marcha:

—¿Eres travesti?

—Soy una chica con algo más, ¿por qué? —respondí alzando la voz para que me oyera.

—Anda, sube, guapa, y rapidito, que tengo prisa —contestó.

Trepé por aquella escalerilla empinada y accedí al habitáculo. Olía a tabaco frío y a café.

—A ver, date la vuelta, que te vea —dijo. Me giré, dándole la espalda—. Tienes buen culo… acércate, que te lo toque.

Doblé el cuerpo hacia delante, dejando mi trasero en pompa a la altura de su rostro. Él seguía sentado en el asiento del conductor, aunque lo había volteado hacia mí. Noté sus manos palpando mis glúteos, recorriéndolos despacio.

—Vaya culazo… Tenía ganas de una como tú —comentó—. Anda, date la vuelta, arrodíllate, sácamela y empieza a lamerla.

—No me has preguntado por las tarifas, y antes de empezar tienes que pagar, guapo —intervine, dejando las cosas claras.

—Joder con la lista, qué exigente se pone para cobrar… Dime cuánto te tengo que dar —añadió, mientras echaba mano a una riñonera que tenía bajo el cuadro de mandos—. Toma, a ver cuánto es, no será por dinero…

—Si quieres un completo, ochenta euros. Si quieres una francesa, sesenta. Tú dirás —dije mientras sacaba un condón del bolso.

—¿El completo es chupar y follar? —preguntó.

—Sí, chupar y follar —contesté.

—Pues toma setenta y empieza ya —soltó, dándoselas de listillo y regateándome el precio.

—Te he dicho ochenta. Si no, no empiezo. ¿Entendido? —argumenté, poniéndome firme.

—Joder, que no me va a rebajar ni diez euros… Tómalos, ahí los tienes. Venga, arrodíllate y empieza.

Tras dejar los ochenta euros en mi bolso, me arrodillé entre sus piernas, le desabroché el pantalón y le saqué del calzoncillo un buen ejemplar que, con la conversación y el manoseo, ya había empezado a tomar calibre.

—Vaya… buen instrumento gasta el señor —dije ante el volumen que tenía delante.

—¿Te gusta? —preguntó—. Aunque tú habrás visto muchas, y más grandes, ¿verdad?

—Ahora me gusta esta, que es la que tengo delante —contesté, balanceando mis manos de la punta hacia abajo. Rocé el glande con la lengua y le arranqué un suspiro a aquel hombretón.

Tenía que aligerar, porque Ramiro consideraba que debíamos despachar a los clientes en veinte minutos como mucho. Empecé a metérmela en la boca, hasta lo más profundo. Su sabor salado y su olor fuerte me ponían muy cachonda. Así estuve unos cinco minutos, hasta que él, con un manotazo en mi trasero, me dijo:

—Venga, a la cama, que te voy a reventar.

—Espera, que antes tengo que terminar la faena —contesté, mientras con la boca le ponía el condón que había sacado antes del bolso.

Acto seguido me cogió del brazo, me levantó del suelo y, de un empujón, me dejó caer boca abajo sobre el catre de la cabina, con el culo a su disposición. Retiró a un lado el hilo del tanga y, de improviso, arremetió contra mí de forma bruta e impulsiva. Sentí su miembro duro como un palo abrirse paso, y se me escapó un grito que pronto se transformó en otra cosa.

—Ay… ay… así, sigue, dame más fuerte, dame más… —gritaba y hablaba con grititos, casi sin que se me entendiera nada.

—Cómo disfrutas teniéndomela dentro —dijo, empujando cada vez más fuerte—. Nunca había estado con una como tú y me está gustando.

Empinaba el culo y movía las caderas, disfrutando de las embestidas que sentía dentro como un hierro candente. Cada vez que me daba una nalgada, yo apretaba para sujetarlo, mientras repetía una y otra vez:

—Vamos, dale, no pares.

De repente lo noté tensarse, soltar un gemido largo, y se vació entre jadeos como un caballo desbocado. Después quité el condón, lo tiré por la ventanilla, me retoqué el maquillaje y me coloqué la poca ropa que llevaba. Me despedí de aquel camionero que me había follado con dureza y me había dejado, no me cuesta admitirlo, satisfecha.

—¿Estarás aquí pasado mañana? —preguntó.

—No lo sé. Igual sí, igual no. Depende de adónde me lleve mi hombre —contesté mientras bajaba de la cabina.

***

Fui hasta el coche, donde esperaba Ramiro, y le entregué el dinero. Volví a colocarme en mi sitio, sobre la piedra, para seguir atendiendo al siguiente cliente. No tardó ni cinco minutos en aparecer otro camionero, que me hizo señales para que me acercara. Nada más llegar, echó una manta al suelo y me dijo:

—Toma sesenta euros y empieza a lamerme.

—¿Tú cómo sabes que son sesenta? —le pregunté.

—Porque me lo ha dicho por radio el de antes —repuso, bajándose los pantalones—. Venga, coge el dinero y empieza.

Cogí los billetes, los guardé en el bolso, me arrodillé sobre la manta y me puse a trabajárselo a aquel nuevo cliente. Así estuvimos las tres hasta bien entrada la madrugada, cuando empezó a refrescar y Ramiro nos llamó. Nos hizo subir al coche y nos fue dejando a cada una en su casa. Durante el trayecto fuimos hablando entre nosotras, comentando los lances de la noche y la forma de actuar de cada uno de aquellos hombres.

De esta manera hice mis primeros servicios en la calle, y no serían los últimos. Trabajar en la calle es difícil y muy penoso. Tienes que soportar muchas vejaciones y aguantar a muchos machos que vienen a usarte como si fueras un kleenex. Podría seguir contando mis experiencias a lo largo de toda mi vida, pero no quiero cansar a quien lee con vivencias que igual no le gustan.

Daniela

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Comentarios(8)

NocheCaliente88

Increible relato, me dejo sin palabras. Eso es escribir bien.

Curiosa22

Por favor seguí con esto, me quede con ganas de saber cómo termino la noche!

MartinaR88

Que manera de meterte en la piel del personaje, se siente autentico. Seguí adelante!

Rulo_BA

genial!!!

LucasSur_lect

¿Vas a continuar? Me dejaste en suspenso, quiero saber que paso despues.

LoboNocturno_22

Esa tension de esperar en la oscuridad... me tuvo pegado hasta el final. Tremendo.

DiegoPM

Hacia tiempo que no leia algo de esta categoria que me enganchara tanto. Se nota que hay algo real detras, no es inventado de escritorio. Esperando la segunda parte si la hay!

Cande_NK

Sigue asi, muy bueno!!

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