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Relatos Ardientes

Mi esposa me vistió de muñeca para sus amigas

El sábado amaneció sin la prisa de su oficina, pero con la misma disciplina de siempre: yo debía estar listo para atenderla apenas abriera los ojos. Era lo que se esperaba de mí, y, aunque me cueste admitirlo, también lo que me daba una extraña sensación de propósito.

Renata todavía dormía. Boca arriba, desnuda como le gusta, con un brazo extendido a lo largo de la cama y el gesto sereno de quien se sabe dueña de todo lo que hay en esa casa. Incluido yo.

Ocupaba apenas un borde del colchón. Me deslicé fuera con un cuidado casi acrobático, hasta tocar el suelo con las rodillas. El camisón de seda rosa me rozó las piernas mientras avanzaba a gatas, las pantuflas de tacón bajo sostenidas entre los dientes para no hacer ruido. A mitad de camino cambié de idea y bajé a usar el aseo de la planta baja. Ella odia que la despierten temprano los días libres, y esa furia matinal después la pago yo durante horas.

El piso de cerámica estaba helado. Me calcé por fin, y empecé a preparar el desayuno antes de que bajara.

A Renata le encanta despertar con el aroma del café recién molido y encontrar la mesa servida. El pan tostado en su punto exacto, la mantequilla en el platillo de porcelana antigua que heredó de su familia, su taza brillando junto a la cuchara de plata. Y, en el otro extremo, mi taza de té rosa con orejas, bigotes y un asa en forma de cola de gato. Mi lugar en esa mesa siempre fue ridículo. Lo entendí hace mucho.

Dispuse cada cosa con una precisión obsesiva. La servilleta doblada, el periódico en su sitio, el cuchillo paralelo al plato. Solo cuando estuvo todo perfecto se me calmó el pecho. Aprendí estas cosas de joven, en la escuela de labores para hombres, donde nos enseñaban a sostener un hogar con dedicación. Lo agradecía sin pensarlo demasiado.

Me revisé en el reflejo de la heladera. El pelo revuelto, el cuello del camisón torcido. Lo acomodé justo cuando escuché sus pasos en la escalera y su voz, ya cargada, dejando un audio a alguien en un tono nada amable.

Va a ser un día difícil.

Bajé la cabeza y entrelacé los dedos al frente. Monosílabos. Silencio. No darle motivos.

—Querido, levántate ya, me molesta sentir tu mirada mientras leo —dijo sin alzar la vista del diario—. Recoge esto y ponte a limpiar, la casa apesta. Esto no es un bar de mala muerte.

—Sí, mi amor, perdón —murmuré—. No quise hacer ruido mientras dormías.

—¿Acaso me viste dormida? —ironizó—. Deja de poner excusas. Yo trabajo toda la semana mientras tú holgazaneas. Mueve ese culito que tanto me gusta, que limpies me entretiene.

La miré con una mezcla de rabia y vanidad. Odiaba el desprecio, pero algo en mí se encendía cada vez que ella recordaba que mi cuerpo le pertenecía.

Fui y vine del fregadero cargando los platos. Ella no perdió oportunidad de tocarme al pasar, sin pudor, como quien acaricia un objeto propio. Cuando terminé, se levantó sin prisa.

—Quiero todo impecable antes del mediodía. Me voy a acostar otra vez. No prepares almuerzo, comeremos fuera. Arma la lista de la compra y no te olvides de que hoy es noche de póker. Vienen las chicas con sus muñecos de turno. Ya las conoces.

Incliné la cabeza.

—Sí, amor —apenas audible.

Me quedé solo en la cocina, conteniendo las lágrimas. ¿Cómo limpiar todo sin hacer ruido? Y encima otra noche de fiesta con ese grupo en particular, el que más detesto.

***

Renata es la única casada del grupo. Buen trabajo, casa, rutina. Sus amigas viven para la noche, para exhibir al hombre trofeo del momento. Llegan con sus muñecos perfumados, caricaturas de virilidad que me miran por encima del hombro mientras yo, con el permiso tácito de mi esposa, me convierto en su sirvienta. Ella se deleita con la escena, como si su poder creciera cada vez que alguien me humilla.

Sé lo que me espera al amanecer del domingo: copas rotas, ceniceros desbordados, el desorden de su decadencia esperándome. Pero ya eran las diez y media. No tenía opción.

Terminé el salón mareado por el olor a whisky y tabaco frío. Subí a cambiarme y, al pasar frente al dormitorio, vi que Renata estaba despierta. Con un gesto de la mano me llamó.

Me acerqué en silencio. Me indicó que subiera gateando a la cama, como a ella le gusta, y me retuvo contra su cuerpo mientras me hablaba al oído, mostrándome la pantalla del móvil sin interés real en que yo mirara nada.

—Voy a comprarme un arnés enorme, querido, y voy a usarlo contigo cuando se me antoje —susurró, divertida, antes de apartarme la cara con dos dedos—. Pero ahora estoy cansada. Tal vez esta noche tengas premio frente a mis amigas. O tal vez te ofrezca a la ganadora del póker. Sabes cuánto me gusta verte complacer.

Se rió de mi expresión. Abrió el cajón de la mesa de luz, sacó su juguete favorito, me lo hizo besar como una burla y volvió a guardarlo.

—Anda a ducharte. ¿A eso venías, no? Quiero salir pronto. Almorzamos en el club y después vamos de compras.

Bajo el agua, la oí entrar. Se sentó al borde de la bañera con el móvil en la mano, sin el menor recato, hablándome como si yo fuera parte del mobiliario. Cuando terminó, se metió conmigo, me recorrió el cuerpo con las manos y me usó a su antojo, rápida y eficiente. Me tomó por la cintura, me pegó contra el azulejo, me abrió de piernas con una firmeza que no admitía discusión y rozó mis labios con los suyos antes de bajar a morderme el cuello. Sentí su mano deslizándose entre mis muslos, separándome con decisión, explorando con una precisión experta, y luego el empuje seco de sus dedos primero, después de su cuerpo entero, llevándome al borde con una facilidad obscena.

—Así, quieto —me murmuró al oído—. No te muevas. Quiero sentirte temblar.

Me temblaban las rodillas. El vapor me empañaba la vista, pero la vi sonreír con esa satisfacción cruel que le conocía tan bien. Se arrodilló frente a mí, me sujetó por las caderas y me hizo inclinarme hasta apoyar las manos en la pared. El agua corría entre los dos, golpeando su espalda y mis nalgas mientras ella me penetraba con un ritmo decidido, profundo, sin pausa, marcando cada embestida con un golpe húmedo que resonaba en toda la bañera. Mis gemidos se me escapaban solos, vergonzosos, y ella los usaba como combustible, apretándome más fuerte cada vez que yo me quebraba.

—Eso es —dijo, respirando hondo—. Así me gustas. Bien abierto, bien obediente, bien caliente para mí.

Me llevó con una mano al pecho y con la otra me sujetó la garganta solo lo justo para hacerme mirar hacia abajo, hacia la forma en que nuestros cuerpos se unían bajo el chorro. Su mano bajó otra vez, embarrándose en mí, y me masturbó con dos dedos largos, exactos, mientras seguía follándome con esa persistencia cruel de quien conoce cada reacción del otro. Cuando me arqueé, casi llorando, ella soltó una risa baja y me empujó de vuelta contra la pared hasta sacarme un jadeo roto.

El clímax llegó de golpe, feroz, como una descarga que me vació las piernas. Ella siguió un momento más, apretándose contra mí, moviéndose hasta exprimirlo todo, y después se retiró con un suspiro satisfecho, dejándome tembloroso bajo la ducha, empapado, con la respiración hecha trizas.

—¿Por qué me tratas así, mi amor? —me atreví a preguntar—. ¿Qué te hice?

Soltó una carcajada.

—No me vengas con tus necesidades románticas. Lo hago porque quiero, porque puedo y porque me encanta tenerte siempre así, ardiente para mí. ¿O te crees una mujer, con mis derechos sobre ti? Si quieres vivir como un rey y ocuparte solo de la casa y de tu belleza, aguántate mis gustos. Nada te falta como mi maridito. Y si no te gusta, ahí tienes la puerta.

—Pero, mi amor, yo so...

—Cállate. Vamos, llevo prisa.

—Sí, amor. Perdón.

—Así me gusta que entiendas.

***

Treinta minutos después me esperaba junto al auto, tocando la bocina, furiosa. Odio esos bocinazos: todos los vecinos se enteran de su humor y de cómo me trata. Salí a toda prisa pese a los tacones, con el abrigo en el brazo, los guantes de piel y el sombrero de tul, accesorio imprescindible para que me dejaran entrar al restaurante del club a su lado.

—Ya va, ya va, mi amor, aquí estoy, perdón —dije, subiendo al asiento del copiloto. Los hombres no podemos conducir; lo prohíbe la ley, como tantas otras cosas.

Me sermoneó todo el camino. Que mi actitud no era la correcta, que tardaba demasiado en arreglarme. Frenó de golpe en una esquina.

—Baja y cómprame cigarrillos, también de los tuyos, y tres puros de los buenos. Toma mi tarjeta. Si te dicen algo por venir solo, les señalas que estoy aquí afuera.

En el quiosco, las clientas me miraron con una mezcla de sorpresa y deseo. Una silbó. Otra comentó en voz alta lo que acababa de entrar. Intenté terminar rápido, pero ellas estiraron el momento para incomodarme. Volví al auto perseguido por sus risas.

Para cuando llegamos al club, Renata se había calmado. Bajó primero, me abrió la puerta, me tendió la mano para ayudarme a salir y caminamos juntos hacia la entrada con su mejor sonrisa, como una pareja perfecta.

Adentro me condujo al salón de maridos y me entregó a la encargada con la cortesía justa, explicando que tenía una reunión y que me cuidaran hasta que volviera. La empleada me recibió con una reverencia.

—Bienvenido, señor de Solveig. Qué elegante luce hoy.

Me ofreció las actividades del día. El club de mujeres tiene una subcomisión de maridos que organiza talleres para entretenernos mientras nuestras esposas conversan de negocios. Me uní a un grupo que tejía mantas para un hogar de hombres sin techo. Charlamos, nos reímos, olvidé por un rato las tareas de casa. Lo confieso: me gusta venir aquí.

Media hora más tarde, la encargada volvió a buscarme. Renata me esperaba con una sonrisa franca y me besó delante de todos, con un descaro que me hizo enrojecer. Agradecí por dentro a quien quisiera escuchar: su humor había mejorado.

Pasamos a la terraza climatizada, donde nos esperaba una mujer imponente que yo no conocía, acompañada de su marido, un rubio dócil que no me quitaba los ojos de encima. Renata me la presentó como la señora Brunner, presidenta de no sé qué empresa, recién llegada de años en el extranjero. La mujer me elogió la belleza mientras me apretaba la mano hasta hacerme doler, disfrutando de mi incomodidad frente a mi esposa.

—Encantado, señora Brunner —dije, con el protocolo que se espera de todo hombre.

Su marido y yo nos saludamos con dos besos. Ambos sabíamos lo que éramos: maridos anónimos, caras bonitas, trofeos sin nombre propio. Mientras ellas hablaban de un proyecto de construcción en otro continente, él y yo cuchicheábamos en voz baja, descubriendo gustos en común, fingiendo que no nos dolía la indiferencia.

Sobre el final del almuerzo, Renata se giró hacia mí.

—La señora Brunner nos invita unos días a su yate. Tú y su marido conocerán la ciudad y irán de compras mientras nosotras trabajamos.

Se me hizo un nudo en la garganta. Nunca había viajado. Se me llenaron los ojos de lágrimas de pura emoción.

—Qué atento es tu marido —dijo la señora Brunner—. Habla muy bien de ti. Pero ten cuidado al viajar con él; allá es otro mundo. Yo ya perdí dos muñecos por no enseñarles las reglas a tiempo.

Su marido y yo nos reímos de la broma, agarrados de la mano, agradecidos por la oportunidad.

Cuando llegaron los puros, Renata me pidió que preparara el de la señora Brunner como solo yo sé hacerlo. Retiré el envoltorio con esmero, se lo ofrecí para que aprobara el aroma, humedecí una de las puntas y lo corté. La señora Brunner me observaba con admiración.

—Madre mía —le dijo a mi esposa—. Qué joya de marido tienes.

***

De vuelta en casa, después de la compra, acomodé todo, preparé los platos para la cena y subí a descansar un momento junto a Renata. Ella me dejó relajarme apenas unos minutos antes de hablar.

—Hoy quiero que te luzcas. Voy a dar una noticia a mis amigas, así que ponte esto.

Me entregó un paquete con un moño rojo. Lo abrí imaginando un vestido. Me quedé helado al verlo: un body de látex negro con detalles rosados y una abertura en el vientre.

—¿No te gusta, querido? Esperabas algo más romántico, claro.

—Es divino, mi amor —mentí, tragándome la rabia—, pero no tengo panza, ni siquiera estoy embarazado todavía.

—Lo tendrás —dijo, con una calma que me heló la sangre—. El lunes te llevo al ministerio. Vas en ayunas, con un bolso, para los estudios. Te van a evaluar la salud y la calidad de tus futuras hijas. Más te vale sacar nueve y medio o más.

La miré sin entender. Ella suspiró.

—Por favor, hombre, no pongas esa cara de ingenua. ¿Pensabas que serías un padre enamorado rodeado de hijas felices? No, mi amor. Tú eres un negocio. Cubrí todos tus gastos y espero una ganancia: tus embarazos, o tu venta. Con buen puntaje, sigues viviendo como un rey, con viajes y ropa hermosa. Con poco, te cambio por otro y terminas en el área de servicio. Y si fallas del todo, vas a una granja de cría. Así que basta de lágrimas y esfuérzate.

Caí de rodillas, destrozado, incapaz de rebelarme. Sentí la rabia subirme por la garganta, pero también, debajo, el miedo paralizante de perder lo único que conocía.

—Sécate y ponte linda para mí —ordenó, alejándose—. Esta noche serás el centro de atención.

***

Solo frente al espejo, con la cara todavía húmeda, algo cambió dentro de mí. Si ellas querían una muñeca, tendrían una muñeca. Si querían un rubio dócil y tonto, eso sería. No por sumisión, sino por cálculo: era mi forma de evitar la granja, de conservar esta vida absurda y dorada que, después de todo, era la mía.

Encendí las luces de neón de la mesa de maquillaje, puse mi lista de música preferida y empecé a pintarme las uñas en tonos rosa chicle, agregando perlitas en algunos dedos, bailando sentada mientras la lámpara secaba el esmalte. Me maquillé recargado, con mucho brillo, porque quería resplandecer. Después me calcé el body de látex con esfuerzo, ajustándolo a presión sobre cada centímetro de piel.

Sentí el peso delicioso de las botas rosas de tacón aguja. La plataforma me elevaba, me obligaba a caminar con una lentitud felina que hacía vibrar cada músculo. Frente al espejo de cuerpo entero, terminé de peinar el rubio largo en capas, dejando que los mechones se curvaran como alas sobre el cuello y la espalda. El aire caliente del secador, el perfume del cabello limpio, el leve sudor de la anticipación: cada movimiento era una caricia, cada reflejo una promesa.

Elegí, casi a regañadientes, los accesorios que más detesto y que ahora definían mi nueva actitud: argollas enormes, anillos exagerados, pulseras rosas en ambas muñecas. Levanté el frasco del perfume más dulce y vulgar que ella me había regalado, ese que huele a caramelo, y me envolví en una nube espesa hasta quedar impregnado.

El aroma se mezcló con mi respiración y despertó algo profundo, en ese límite incierto entre la vanidad y el deseo. El look perfecto para una muñeca viva, encendida bajo el brillo rosa de su propia creación.

Faltaban minutos para las ocho. Respiré hondo, ensayé la sonrisa exacta y me preparé para la función. Si esta es la única partida que puedo ganar, voy a jugarla mejor que nadie.

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Comentarios(1)

RobertoNight

Que relato!!! no podia parar de leer hasta el final

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