Mi viejo rival me reconoció vestida de mujer
Durante meses esa fue mi rutina secreta. Tres tardes por semana cruzaba la ciudad, me encerraba en el estudio que alquilaba con una amiga y dejaba de ser quien todos creían que era. Me maquillaba despacio, frente a un espejo con la luz amarilla, y cuando terminaba ya no quedaba rastro del chico tímido de la facultad. Quedaba Renata.
De noche salía. A veces a un bar de jazz donde nadie hacía preguntas, a veces a bailar hasta que las piernas me ardían sobre los tacones. Coleccionaba miradas como quien colecciona pruebas: la prueba de que existía, de que esa versión mía no era un disfraz sino lo más verdadero que tenía.
Seguía yendo a clase de día, todavía con la otra ropa, todavía conteniendo la respiración en los pasillos. Pero cada semana ese disfraz me pesaba más que el otro.
El problema tenía nombre, y se llamaba Damián.
Habíamos coincidido en el secundario y después en la universidad, esa clase de coincidencia que la vida insiste en repetir aunque uno rece para que no. En el colegio me había hecho la vida imposible: comentarios, risas a mi espalda, esa manera de mirarme de arriba abajo como si me estuviera midiendo para algo. De chico me destrozaba. De adulto aprendí a sostenerle la mirada y seguir caminando.
Pero cuando yo era Renata y me lo cruzaba, todo se complicaba. Me escabullía. Cambiaba de vereda. Me metía en una cafetería cualquiera con el corazón golpeándome las costillas, sin entender por qué la idea de que él me reconociera me daba tanto miedo y, a la vez, un calor incómodo entre las piernas que me obligaba a apretar los muslos debajo de la falda.
***
Fue en septiembre, cuando el clima empezaba a aflojar. Una de esas mañanas que arrancan heladas y al mediodía el sol apenas calienta. Yo cruzaba el patio central de la facultad, esta vez de día y de mujer, porque tenía un trámite en secretaría y había decidido, por primera vez, no esconderme.
Lo vi antes de que él me viera. Y supe, por la manera en que se quedó quieto, que esta vez no había escapatoria.
Se acercó sin apuro. Yo me preparé para el golpe: la burla, el desprecio, la frase que me arruinaría la mañana.
—Renata —dijo, y no fue una pregunta.
Me quedé sin aire. No por miedo. Por la forma en que lo dijo, como si el nombre le perteneciera tanto como a mí.
—¿Cómo sabes…? —empecé.
—Te reconocería en cualquier parte —me interrumpió—. Llevo años reconociéndote. Solo que vos creías que te miraba para humillarte.
Tragué saliva. ¿Y para qué me mirabas, entonces?
—No le voy a decir a nadie —dijo, bajando la voz, leyéndome el pensamiento—. No es lo que estás pensando. Pero hay algo que sí quiero.
El corazón me golpeó fuerte. Sabía, por el tono, que no era una amenaza. Era una propuesta. Y lo peor era que una parte de mí ya había decidido la respuesta antes de escuchar la pregunta.
—¿Qué quieres? —pregunté, con un hilo de voz.
—Quiero verte esta noche. Sin máscaras. Vos y yo. —Hizo una pausa, midiéndome igual que en el colegio, solo que ahora yo entendía esa mirada—. Si te interesa. Si me decís que no, me doy media vuelta y no me ves nunca más.
El aire entre nosotros se volvió denso. Años de tensión, de hostilidad, de algo que ninguno de los dos había sabido nombrar, condensados en esa vereda fría.
—¿Y si te digo que sí? —dije.
Sonrió, y por primera vez la sonrisa no tuvo nada de cruel.
—Entonces vas a tener que confiar en mí. Y avisarme si en algún momento querés parar. ¿Trato?
Asentí antes de poder pensarlo.
—A las diez y media. En el parque del Bicentenario, junto a la fuente vieja. Vení como vos quieras. Pero vení como Renata.
***
Llegué diez minutos antes. Me había vestido con cuidado: una falda de cuero negra hasta media pierna, una blusa de encaje crema sin corpiño debajo, un abrigo largo para el frío y tacones que me hacían sentir alta y peligrosa. Debajo de la falda me había puesto una tanga mínima de encaje negro, y ya en el colectivo la había sentido humedecerse de solo pensar en él. Me había maquillado los ojos en tonos ahumados, los labios de un rojo discreto, y me había puesto el perfume que guardaba para las noches que importaban.
Mientras esperaba, mi mente divagaba. Imaginaba todo lo que podía pasar y todo lo que quería que pasara, y me sorprendía descubrir cuánto coincidían las dos listas. Me imaginaba de rodillas frente a él, la boca abierta, mirándolo desde abajo mientras le sacaba la verga del pantalón. Me imaginaba con la falda subida hasta la cintura, la tanga corrida a un costado, sintiendo cómo me abría con los dedos primero y con la polla después. No me daba vergüenza desear que alguien me deseara así. Me daba poder.
Lo vi acercarse con las manos en los bolsillos del abrigo. Se veía distinto sin la coraza del día. Me saludó con un beso en la mejilla, cerca de la comisura, y el roce me erizó la piel y me apretó los pezones contra el encaje.
—Estás hermosa —dijo, y lo dijo en serio.
—Lo sé —respondí, y me reí de mi propio descaro.
Él también se rió. Algo se aflojó entre los dos.
—Antes de cualquier cosa —dijo, poniéndose serio—. Esto es entre nosotros. Vos mandás aunque parezca que mando yo. Si decís «basta», se terminó. ¿Estamos?
—Estamos —dije. Y lo besé yo a él, para que quedara claro quién había empezado. Le mordí el labio de abajo al soltarlo, y sentí cómo el aire se le cortaba en la garganta.
***
Me tomó de la mano y me guió por un sendero lateral, lejos de las luces principales, hasta un recodo escondido detrás de unos cipreses. La ciudad sonaba lejana, un murmullo de autos y viento. Había una banca de madera y la sombra densa de los árboles.
Me apoyó contra el tronco de un ciprés y me besó de verdad, sin prisa, una mano en mi nuca y la otra firme en la cintura. Yo me derretí contra él. Años de evitarlo, de cruzar de vereda, y al final terminaba aquí, deseándolo con una intensidad que me asustaba. Su lengua me buscaba adentro de la boca y yo se la chupaba como si ya le estuviera anticipando lo que le iba a hacer más abajo. Sentí, contra mi cadera, cómo se le endurecía la polla bajo el pantalón, y bajé una mano para agarrársela por encima de la tela. Estaba dura, gruesa, insoportablemente viva.
—Mierda —murmuré contra su boca—. Tenés una verga hermosa.
—Y vos una boca sucia —contestó, y me la mordió.
—Te gusta jugar a que mando yo —murmuró después contra mi oído—. Decime que sí.
—Me gusta —admití, y la confesión me soltó algo en el pecho—. Me gusta que me uses.
—Entonces arrodillate.
Obedecí sin pensar. Los tacones se me clavaron en la tierra, el abrigo se me abrió a los costados y quedé de rodillas frente a él, en la penumbra de los cipreses, con la cara a la altura de su bragueta. Le abrí el cinturón despacio, le bajé el cierre, le liberé la polla de una vez. Era gruesa, con las venas marcadas, la punta ya brillante de una gota transparente. La agarré con la mano y la miré un segundo, embobada, antes de sacar la lengua y pasarla por debajo, desde la base hasta la punta, recogiendo el gusto salado de esa gota.
—Puta madre —gimió él, echando la cabeza para atrás.
Me la metí entera en la boca, o tanto como pude, sintiendo cómo me llenaba la garganta y me hacía tragar saliva. Empecé a chuparla despacio al principio, con los labios apretados contra la carne dura, subiendo y bajando, ayudándome con la mano en la base. Le lamí la punta en círculos, después me la volví a meter hasta atrás, hasta atragantarme, hasta que se me llenaron los ojos de lágrimas del esfuerzo. Él me agarró del pelo, no para forzarme, sino para sostenerme la cara mientras me la seguía comiendo con hambre.
—Mirame —me ordenó.
Levanté los ojos sin sacármela de la boca. La imagen debió gustarle porque le sentí un temblor en las piernas. Yo chupaba y chupaba, y entre chupada y chupada le pedía en voz baja que me llenara la cara, que me llenara donde quisiera, cosas que jamás me había oído decir en voz alta y que esa noche me salían solas.
—Parate —dijo de golpe, con la voz rota—. Si seguís así me corro en tu boca, y todavía no.
Me paré con la barbilla mojada de saliva. Me la limpié con el dorso de la mano, sin dejar de mirarlo.
—Date vuelta —dijo.
Obedecí, apoyando las manos en la corteza áspera, ofreciéndole la espalda. Sentí sus manos recorrerme por encima de la ropa, despacio, marcando el camino. Me subió la falda hasta la cintura de un tirón, y el aire frío de la noche me rozó las nalgas desnudas. Me pegó una palmada seca en el culo, no fuerte, apenas suficiente para hacerme temblar, y yo gemí y me arqueé para pedirle más. Me clavó los dedos en la carne, me separó los cachetes, y sentí cómo pasaba el pulgar por encima de la tela minúscula de la tanga, apretándola contra mi coño empapado.
—Estás chorreando —dijo, con una risa baja—. Todo esto por mí.
—Todo esto por vos —confirmé, sin vergüenza.
Me corrió la tanga a un costado con un dedo y me metió dos de una, hasta el fondo, sin aviso. Grité contra mi propio brazo. Estaba tan mojada que se resbalaron adentro sin resistencia, y él empezó a moverlos despacio, curvándolos, buscándome el punto exacto. Con el pulgar me buscó el clítoris y empezó a hacerme círculos, y a mí se me aflojaron las rodillas.
—Acá puede vernos cualquiera —dijo, con la boca pegada a mi cuello.
—Lo sé —jadeé, y el riesgo me prendió fuego.
Sacó los dedos y me los pasó por los labios. Los chupé sin dudar, saboreándome, y él soltó un gruñido ronco pegado a mi oreja.
Después sentí la punta de la polla contra la entrada del coño, gruesa, apenas empujando. Se hizo esperar. Movía las caderas apenas, restregándose contra mí, mojándose con lo que yo goteaba, sin entrar todavía.
—Pedímelo —dijo.
—Metémela —le rogué—. Por favor, metémela toda.
Y me la metió de un empujón, hasta el fondo, tan de una que solté un grito ahogado y la corteza me arañó las palmas. Se quedó quieto un segundo dentro mío, respirando fuerte contra mi nuca, dejándome sentir cómo me llenaba entera. Después empezó a follarme, primero despacio, con embestidas largas y profundas, agarrándome de las caderas con una firmeza que me iba a dejar los dedos marcados al día siguiente.
—Así —le dije—. Así, más fuerte.
Me obedeció. Aceleró. Me la metía hasta el fondo cada vez, y yo sentía cómo mi culo chocaba contra su pelvis con un ruido húmedo que en el silencio del parque sonaba enorme. Cada estocada me sacudía entera, me hacía apretar los ojos, morderme el brazo para no gemir demasiado alto. Me pasó una mano por el frente, me metió otra vez los dedos en el clítoris, y ahí ya no pude hacer nada: empecé a temblar de la cintura para abajo, sintiendo cómo el orgasmo me subía desde adentro.
Cada vez que sentía que llegaba, él aflojaba, me sacaba la verga entera y me la volvía a meter despacio, arrancándome un gemido largo. Me hacía esperar. Me arrancaba una súplica que yo le daba encantada. Era un juego de ida y vuelta, de control entregado y devuelto, y descubrí que esa entrega me encendía más que cualquier otra cosa que hubiera probado.
—Por favor —jadeé, y no había en mi voz nada de aquel «por favor» asustado que tantas veces había imaginado en mis peores recuerdos del colegio. Era una orden disfrazada de ruego—. Dejame acabar. Dejame acabar en tu polla.
—Todavía no —me contestó, y me la volvió a sacar, dejándome vacía y temblando.
***
Me hizo darme vuelta otra vez para mirarlo. Quería verme la cara, dijo, y yo quería que me la viera. Me sentó en la banca de madera con las piernas abiertas, la falda arriba, la tanga colgando de un tobillo. Se arrodilló entre mis muslos y me lamió el coño de abajo hacia arriba, de una lengüetada larga y ancha, y yo eché la cabeza para atrás contra el respaldo con un gemido que no pude contener.
Comía como si tuviera hambre atrasada. Me chupaba el clítoris apretándolo entre los labios, me metía la lengua adentro, me clavaba los dedos otra vez y los movía al mismo tiempo que la boca. Yo le agarraba el pelo con las dos manos, le apretaba la cara contra mí, y le decía todo lo que él quería oír: que me lo comiera, que me lo chupara, que no parara nunca.
—Me voy a correr —le avisé, con la voz quebrada—. Damián, me corro.
—Corréte en mi boca —dijo, sin levantarla, y siguió.
Me corrí con un temblor largo que me recorrió desde la nuca hasta los talones, mordiéndome el labio para no gritar y delatarnos, apretándole la cabeza entre los muslos, empapándolo la cara. Él me sostuvo todo el tiempo, las manos firmes en mis piernas, chupándome hasta la última contracción, sin soltarme hasta que el último estremecimiento se apagó.
Cuando levantó la cara la tenía brillante, y sonreía. Se paró frente a mí, la polla todavía dura apuntándome. La agarré con la mano y me la volví a meter en la boca, saboreando mi propio gusto mezclado con el suyo, chupándosela con ganas, mirándolo desde abajo.
—Renata —gimió—. Así, así, no pares.
Aceleré. Me la metía hasta el fondo, se la sacaba, se la lamía, se la devoraba. Sentí cómo se le tensaban los muslos, cómo la verga se le hinchaba todavía más entre mis labios, y supe que estaba a punto.
—Adónde querés —le dije, sacándomela un segundo—. Decilo.
—En tu cara —dijo, jadeando—. En tu boca.
Se la seguí chupando y masturbando con la mano al mismo tiempo, hasta que se corrió con un gemido ronco que le nació del pecho. Sentí los primeros chorros calientes contra la lengua, los recibí adentro de la boca, tragué; los que siguieron me cayeron en la mejilla, en el labio, en la barbilla. Me quedé quieta, mirándolo, con la cara cubierta y la boca abierta, mientras él se iba vaciando en jadeos largos.
Después nos quedamos quietos, recuperando el aliento, su frente apoyada contra la mía y mi mano todavía enroscada en la base de su verga, sintiendo cómo le latía. El frío volvió de a poco, recordándonos dónde estábamos. Me pasé el pulgar por la mejilla, recogí lo que me había quedado y me lo llevé a la boca sin dejar de mirarlo. Él soltó un juramento por lo bajo.
—¿Estás bien? —preguntó, cuando se le acomodó la respiración. Y la pregunta, hecha en serio, valía más que todo lo anterior.
—Mejor que bien —dije.
Me ayudó a acomodarme la ropa con un cuidado que no esperaba de él. Me limpió la cara con un pañuelo, me subió la tanga, me bajó la falda, me cerró el abrigo, me corrió un mechón de la cara, me miró como si recién entonces me viera entera.
—Toda la vida creí que me odiabas —dije, mientras volvíamos caminando por el sendero.
—Toda la vida creí que vos no ibas a querer saber nada conmigo después de cómo fui —respondió—. Era un pibe estúpido y asustado. Me reía de vos porque no entendía por qué no podía dejar de mirarte, por qué se me paraba cada vez que pasabas cerca.
Me detuve. Lo miré. Había algo desarmado en su cara, algo que el chico del colegio nunca habría dejado ver.
—Bueno —dije—. Ahora ya entendés.
—Ahora ya entiendo —repitió.
***
Encendí un cigarrillo en la esquina del parque, todavía con el cuerpo zumbando, con el coño hinchado y palpitando dentro de la tanga mojada, mientras él esperaba el colectivo a unos metros. La noche se había puesto tibia, o quizás era yo. Antes de subirse me mandó un mensaje, y el teléfono me vibró en la mano con una sonrisa que no pude evitar.
«¿El sábado? Esta vez yo invito la cena. Y vení como vos quieras. Pero vení como Renata.»
Guardé el teléfono y caminé las cuadras que me separaban de casa sin apuro, escuchando el eco de mis tacones en la vereda vacía. Por primera vez en mucho tiempo no caminaba huyendo de nadie ni escondiéndome de nada.
Cuando llegué, me desmaquillé despacio frente al espejo de luz amarilla. El rojo de los labios se fue borrando, el ahumado de los ojos también, y poco a poco volvió a aparecer la otra cara, la de los pasillos de la facultad. Antes esa transición me dejaba un vacío, como si tuviera que matar a Renata cada noche para sobrevivir el día.
Esa noche no. Esa noche me miré en el espejo, con la cara lavada y el pelo recogido, y me di cuenta de que ya no había dos personas peleando dentro de mí. Había una sola, que aprendía a no pedir permiso.
Me metí en la cama con el cuerpo dolorido en los lugares justos, la entrepierna caliente todavía y una sonrisa que no me cabía en la cara. Pensé en Damián, en la manera en que había dicho mi nombre en plena vereda, sin burla, como quien por fin se anima a decir algo que calló demasiado tiempo.
Y pensé, antes de quedarme dormida, que el chico que durante años me había hecho sentir pequeña acababa de mostrarme, sin querer, lo grande que podía ser cuando me dejaba de esconder.





