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Relatos Ardientes

La nómada del oasis guardaba un secreto bajo su túnica

La caravana mercante había partido de Cirene rumbo a los confines de Nubia, cargada de especias y telas, dispuesta a cruzar el mar de arena para hacer su comercio. Entre todos los mercaderes de piel curtida y barba oscura destacaba uno solo: Lisandro, un muchacho griego de cabellos dorados y ojos del color del mar Egeo. Su piel clara, casi de marfil, parecía no pertenecer a aquel mundo de sombras y polvo.

A sus veinticuatro años, Lisandro era esbelto y de manos suaves, poco hecho para la dura vida de soldado y labrador que el destino reservaba a los de su estirpe. Por eso, tras emanciparse de la casa de su tío, había decidido buscar su lugar en el ancho mundo. Recorrió durante meses los reinos del sur hasta unirse, como mozo de camellos, a aquella caravana que prometía aventura y oro.

Pero la fortuna es caprichosa. A la tercera jornada, una tormenta de arena cayó sobre ellos sin aviso, repentina y feroz. Los camellos bramaban de pánico mientras el viento arrancaba las tiendas y borraba el camino. Lisandro se aferró a una montura que se había echado al suelo, hundiendo el rostro en el cuello del animal, y escuchó cómo las voces de los hombres se apagaban una a una, tragadas por la furia del desierto.

No supo cuánto duró la tempestad. Cuando despertó, medio enterrado en la arena, el silencio era absoluto. A su alrededor, en todas direcciones, solo se extendía la desolación rojiza de las dunas. El camello se incorporó sacudiéndose el polvo, y el muchacho, con la garganta reseca, tomó las riendas sin saber hacia qué lado quedaba el regreso.

Sin un solo punto de referencia, se encomendó a sus dioses y echó a andar al paso lento de la bestia. Avanzó durante horas bajo el sol implacable, y solo al atardecer comprendió, viendo dónde se hundía el astro, que había caminado en la dirección equivocada, adentrándose aún más en lo desconocido. La noche cayó, fría y cortante, y Lisandro, ignorante de las costumbres del desierto, no supo más que acurrucarse contra el costado tibio de su montura.

Si sigo este rumbo, llegaré a alguna parte. Tengo que llegar a alguna parte.

No quiso completar el otro pensamiento, el de morir de sed entre la arena. Su espíritu aventurero se negaba a rendirse.

El segundo día fue idéntico. El sol ardía en lo alto, la arena brillaba hasta cegarlo y la sed se volvió un tormento sordo que le raspaba la lengua. Por la noche, el frío lo dejó tiritando, abrazado a sus rodillas. Temió no resistir una jornada más.

El tercer amanecer lo encontró delirando. La luz se filtraba por el borde del horizonte y su visión se nublaba con espejismos: voces lejanas que se quejaban, figuras que aparecían y se deshacían. Y entonces, en la distancia, vio acercarse una silueta. Al principio creyó que era otra burla del desierto, una más en la cadena interminable de ilusiones.

Parecía un camello. Luego, algo montado sobre él. Lisandro se frotó los ojos una y otra vez, convencido de que la imagen se desvanecería. No lo hizo. Era real.

Rió por lo bajo, con un hilo de voz. Estaba salvado. Agitó los brazos con la poca fuerza que le quedaba, y la figura ajustó su rumbo hacia él. Conforme se aproximaba, los contornos se afilaban, y el muchacho advirtió que quien venía no era un mercader de su caravana, sino un nómada del desierto.

Desmontó como pudo y se acercó. Solo al tenerla cerca comprendió que no era un hombre, sino una mujer. Y no una de las delicadas ninfas que había imaginado en su soledad, sino alguien que parecía la encarnación misma de la tierra que los rodeaba.

Era alta, de piel oscura como la noche sin luna, el cráneo afeitado y reluciente bajo el sol. De cuerpo robusto y poderoso, vestía una túnica de colores estridentes que desafiaba la desolación del paisaje. El blanco de sus ojos resaltaba en aquel rostro de líneas firmes, y del cuello le colgaban varios collares de hueso pulido. Sonrió al verlo, como si ella también se sintiera aliviada por el encuentro.

—Saludos, pálido extraño —dijo, con una voz grave y cálida—. ¿De dónde vienes y a dónde vas?

—Gracias a los dioses, eres real —balbuceó Lisandro—. Vengo de Cirene, iba rumbo a Nubia cuando una tormenta nos sorprendió y mi caravana pereció. No sé dónde estoy.

Ella descendió del camello con una agilidad impropia de su tamaño. Sus pies se hundieron en la arena con un sonido seco, y el muchacho comprobó que, en efecto, era más alta que él. Le tendió un odre que llevaba al costado.

—Bebe, hermoso desconocido —dijo con suavidad—. Luego me contarás tu aventura.

Lisandro no dudó. Descorchó el odre con dedos temblorosos y dejó que el líquido le bajara por la garganta reseca. No era solo agua; tenía un dulzor afrutado que jamás había probado, y no únicamente calmó su sed, sino que pareció devolverle la vida al cuerpo. La mujer lo observaba con una sonrisa satisfecha.

—¿Podrías indicarme el camino a Cirene, o a alguna aldea cercana? —preguntó al fin, devolviéndole el odre.

—Estamos muy lejos de cualquier lugar habitado, muchacho —rió ella—. Me sorprende que hayas llegado tan adentro y resistido la furia de este desierto. Con esa piel tan clara, no pareces hecho para el sol.

—¿Y tú quién eres? —inquirió él, con incredulidad.

—Me llaman Adisa —respondió, inclinando apenas la cabeza—. Soy la única persona que encontrarás en muchas leguas a la redonda, a menos que prefieras servir de alimento a los chacales.

—Soy Lisandro —dijo, aferrando la rienda de su camello—. Si no hay pueblos cerca, ¿de dónde vienes tú?

—Vivo en un oasis, no más grande que veinte camellos echados uno junto a otro —contestó Adisa, sin perder la sonrisa—. Ven conmigo. Allí podrás descansar y recobrar fuerzas. Quizá, si los dioses lo quieren, podamos ayudarnos el uno al otro en este solitario rincón del mundo.

Lisandro no tenía alternativa. Aceptó y la siguió. El camello de Adisa parecía conocer el rumbo, avanzando seguro por el mar de dunas. En un par de horas, la silueta del oasis tomó forma: unas pocas palmeras datileras y, a un lado, una tienda solitaria. Bebieron del estanque, llenaron los odres y la mujer lo invitó a entrar.

Dentro hacía fresco. La luz del sol se filtraba por las paredes de tela tejiendo dibujos cambiantes sobre las alfombras, y el aire olía a especias exóticas y a guiso. Adisa le ofreció pan, dátiles y carne seca, que el muchacho devoró con frenesí, sintiéndose en deuda con la mujer que lo había rescatado de una muerte segura.

—¿Vives sola aquí? —preguntó al terminar.

—Solo con mi camello, lejos de la codicia y las guerras que asolan la tierra —respondió ella, recostada entre cojines rústicos—. Aquí tengo todo lo que puedo desear. La vida es simple y plena.

—¿Y no te asusta la soledad?

—¿Acaso a ti no te asusta la multitud? —replicó Adisa—. Cada persona es un espejo de sus propios miedos. En la soledad, solo te tienes a ti mismo, esperando la compañía adecuada. Y ahora estás aquí.

Su sonrisa se volvió enigmática, y un calor súbito subió a las mejillas del joven. La idea de ser aquella «compañía adecuada» de la imponente nómada le pareció a la vez escandalosa y extrañamente tentadora. Pero no quiso malinterpretar la hospitalidad de su anfitriona.

—Hablas como si hubieras aguardado mi llegada —murmuró, para romper el silencio.

—Podría decirse que así es, bello muchacho —rió ella.

—¿Y por qué razón?

—Las noches solitarias, para una mujer como yo, pueden hacerse largas y aburridas —dijo, con un guiño pícaro—. Y una mano, por hábil que sea, no reemplaza a un cuerpo tibio al que morder.

El rubor de Lisandro se intensificó. El calor de la tienda se transformó en otra clase de calor, hecho de intriga y atracción.

***

—¿Por qué no descansas un rato? —propuso Adisa, notando su turbación—. Iré afuera a atender a los camellos y recoger dátiles. Esta noche hablaremos de ello.

Con unas palmaditas en la espalda lo empujó con suavidad hasta una pila de mantas y cojines. Lisandro cerró los ojos, todavía aturdido, y cuando volvió a abrirlos la mujer ya no estaba. Permaneció tendido, la mente en ebullición. Rememoró cada palabra, cada roce, la calidez extraña que ella desprendía. Su belleza era distinta a todo lo conocido, y aquella insinuación de «compañía adecuada» le daba vueltas en la cabeza como un susurro.

Las sombras se alargaron y la tela de la tienda se tiñó de naranja. Cuando el sol se hundió por completo tras las dunas, la noche se apoderó del desierto y el cielo se llenó de un polvo de estrellas. Adisa regresó, encendió una fogata junto a la entrada y se sentó muy cerca de él.

Lisandro le habló de Grecia, de su tío, de cómo había acabado en aquella caravana, y ella lo escuchó con un interés que no esperaba de nadie. Contra toda costumbre, prefería mantenerse pegada a su costado, acariciándole el cabello dorado mientras hablaba. El brazo de la mujer rodeándole los hombros le provocaba un cosquilleo que le recorría la espalda entera.

—Hermoso y valiente —dijo Adisa en voz baja, deslizando la mano por su brazo—. Justo lo que soñaba para compartir mi soledad.

—Sobre eso... —Lisandro tragó saliva—. No es que no agradezca tu hospitalidad. Es que no estoy acostumbrado a tanta cercanía, ni a tanta atención de una mujer.

Ella rió y lo estrechó contra su cuerpo.

—Un poco tímido, ¿eh? —Sus dedos recorrieron la curva de su espalda, y el muchacho suspiró—. Me disculpo si parezco demasiado ansiosa. Pero tu belleza me ha cautivado. En el desierto, la vida es dura y la hermosura, todavía más escasa.

El joven carraspeó, con el pulso acelerado y los labios secos.

—Nunca me había sentido deseado de un modo tan directo —confesó, las mejillas ardiendo—. Las mujeres de mi tierra son más reservadas. Y no suelen fijarse en hombres delgados como yo.

—Yo, en cambio, adoro tu palidez, tus formas delicadas, tu piel suave —murmuró Adisa, su aliento cálido rozándole la boca—. ¿No crees que una mujer pueda desear a un muchacho que no sea todo músculo y piel curtida? ¿Uno al que abrir de piernas como a una hembra y follar hasta hacerlo llorar de gusto?

—No me he cruzado con ninguna que pensara así —tartamudeó, con la boca reseca de nuevo, pero por otra razón.

—O tal vez no has buscado en los lugares correctos —susurró ella, recorriendo con un dedo la comisura de sus labios.

El corazón de Lisandro latía desbocado. La sed de aventura que lo había arrancado de su Grecia natal no se comparaba con el fuego que aquella mujer encendía en su interior.

—Cuando llegamos, dijiste que serías tú quien hiciera cosas conmigo —recordó, clavando la vista en el suelo para esquivar su mirada—. ¿A qué te referías?

—A eso... —Adisa le tomó la barbilla y le alzó el rostro, sus ojos oscuros brillando a la luz de la fogata—. Eres exactamente lo que deseo. Alguien delicado, hermoso. Alguien a quien dominar y cuidar al mismo tiempo. Alguien a quien meterle mi polla hasta el fondo y hacerlo mío.

—¿Tu... qué? —repitió él, abriendo mucho los ojos.

—Creo que debo ser clara —dijo ella, sin soltarle la barbilla—. No soy como las mujeres a las que estás acostumbrado. Digamos que no solo soy grande de cuerpo. También lo soy en otro lugar.

Le tomó la mano y la guió hacia su regazo. Lisandro contuvo el aliento al palpar, bajo la túnica, un bulto largo y grueso, palpitante, que se endurecía a cada segundo bajo sus dedos. Tragó saliva con dificultad. Aquello no era un mero engaño de sus sentidos: era una verga tan gorda y tan larga como jamás había imaginado en el cuerpo de una mujer, tensa contra la tela, marcando su forma inconfundible.

—No soy como la mayoría de las mujeres —continuó Adisa, su voz un ronroneo—. Pero puedo ser la que te lleve a la morada de los dioses con cada estremecimiento. Mírate: hermoso, frágil. ¿Por qué no habrías de ser mi compañía adecuada? ¿Por qué no habrías de abrirte para mí como una flor y dejar que te llene entero?

El muchacho la observó largamente, con la mano aún atrapada bajo la de ella, sintiendo el latido de esa carne hinchada contra la palma. No ignoraba las viejas historias de las tabernas, aquellas que hablaban de mujeres excepcionales que, lejos de ser sumisas, poseían lo que ningún hombre esperaba hallar en ellas, y del éxtasis al que arrastraban a quienes se atrevían a yacer con ellas. Las contaban entre risas o desprecio, igual que murmuraban de los hombres que las preferían. Y, sin embargo, su mano seguía allí, temblorosa, apretando por curiosidad y el deseo crecía donde la moral de su patria mandaba retroceder. Su propia polla, dentro del pantalón, se había endurecido sin permiso.

—Por los dioses... —jadeó, mirándola a los ojos.

Ella rió por lo bajo, divertida por su reacción, y con un tirón le apartó la túnica del regazo. Lisandro casi retiró la mano por instinto, pero ella se la mantuvo firme. Ante sus ojos, medio erguida y ya sin nada que la ocultara, se alzaba la verga oscura de Adisa: gruesa como su muñeca, larga como un antebrazo, la piel casi negra recorrida por venas hinchadas, la cabeza morada y brillante coronando la punta. Un par de testículos pesados colgaban debajo, sombreados apenas por un vello rizado. La visión le cortó el aliento.

—Tócala como debe tocarse —susurró Adisa, guiándole los dedos alrededor del tronco—. Sin miedo. Aprieta. Siéntela viva en tu mano.

Lisandro obedeció con torpeza. Cerró los dedos y notó que ni siquiera lograba abarcarla del todo. La piel era tibia, tersa como cuero fino, y bajo ella latía un pulso propio, terco, que le respondía a cada apretón. Deslizó la mano de arriba a abajo, torpe al principio, más firme después, y de la punta brotó una gota espesa y traslúcida que resbaló sobre sus nudillos. La nómada gruñó, satisfecha, y le mordió el lóbulo de la oreja.

—Eso es, hermoso. Aprende su forma. Aprende su peso. Porque muy pronto la vas a tener bien adentro.

Aturdido, Lisandro no supo qué responder. El índice de la nómada se posó en sus labios y silenció su tartamudeo.

—No digas nada —murmuró—. Solo escucha lo que voy a hacerte, y después eliges. Te alzaré en mis brazos hasta el interior de la tienda y te besaré hasta robarte el aliento. Te arrancaré la ropa muy despacio, para adorar cada palmo de tu piel. Mi boca recorrerá tu cuello, tus pezones, tu vientre, tus muslos, y me hundiré entre tus piernas hasta que grites mi nombre.

Se acercó más, pegando los labios a su oreja. El aliento cálido lo hizo estremecer, pero nada como las palabras que le susurraba.

—Te chuparé la polla hasta la raíz, muchacho —siguió—. Sentirás mi garganta cerrarse sobre tu carne mientras mi lengua te vuelve loco. Y luego te daré vuelta boca abajo, te separaré esas nalgas blancas y te lameré el culo entero hasta que se abra solo para mí. Te ensalivaré bien. Te lo dejaré tierno, palpitando, mendigando ser llenado.

El muchacho sintió los dientes de ella mordiéndole con suavidad el lóbulo, y un gemido se le escapó sin permiso. Su respiración se aceleró, la piel se le erizó entera y su propia verga se sacudió, mojando ya la tela por dentro. Estaba siendo seducido sin recato alguno, y lo peor —o lo mejor— era que cada palabra despertaba en él el ansia de sentir justamente lo que ella describía.

—Y entonces te la meteré —prosiguió Adisa, la mano deslizándose ya por el muslo del joven, subiendo con descaro—. Al principio solo la punta. Ancha, terca. Te va a arder. Te va a estirar como nada te ha estirado nunca. Vas a apretar los dientes y a maldecir a tus dioses griegos. Pero cuando pase la primera arremetida, cuando tu culo se rinda y me acepte, vas a saber para qué te trajeron al mundo. Iré más hondo, más despacio, más rápido, hasta que no aguantes más y te corras como una perra, sin siquiera tocarte, solo con mi polla arando dentro.

—Adisa, yo... —empezó él, pero ella ya no necesitaba respuesta.

Lisandro había permanecido inmóvil, escuchándola, imaginando cada detalle con las llamas de la fogata reflejadas en sus ojos azules. Todo aquello contradecía cuanto le habían enseñado, cuanto la moral de su tierra reprobaba. Y, no obstante, se descubrió mirándola de nuevo, con los ojos cargados de un deseo que ya no se molestaba en ocultar.

Ella interpretó su silencio y su respiración entrecortada por lo que eran. Se puso en pie y lo levantó sin esfuerzo, como si no pesara nada. Sorprendido por la fuerza de la nómada, el muchacho se aferró a ella, el pecho contra su cuerpo, los labios buscando los suyos mientras lo llevaba al interior de la tienda.

—Esta noche serás solo mío —murmuró Adisa contra su oído, con la voz cargada de promesa.

Lo depositó sobre las mantas y se le echó encima sin más preámbulo. Su boca cayó sobre la del muchacho con hambre, la lengua abriéndose paso entre sus labios, invadiéndolo, marcándole el sabor. Lisandro gimió dentro del beso y sintió las manos grandes de Adisa arrancándole la túnica hacia arriba, dejándolo desnudo de un tirón. La nómada se apartó apenas lo justo para contemplarlo: el cuerpo pálido y esbelto tendido sobre las alfombras, los pezones rosados endurecidos por el frío y la excitación, la verga pequeña y rígida temblándole contra el vientre.

—Mira lo que me trajeron los dioses —murmuró ella, pasando la lengua por sus propios labios—. Un potrillo listo para ser domado.

Se quitó la túnica con un solo movimiento. Su cuerpo apareció entero ante Lisandro: los pechos oscuros y pesados, con pezones anchos que ya apuntaban al techo, el vientre firme, y entre los muslos aquella verga monstruosa que ahora colgaba semierguida, larga y gruesa, chorreando ya. El muchacho no pudo evitar mirarla fijo, mordiéndose el labio.

—Anda, hermoso —susurró Adisa, arrodillándose sobre su cara—. Empieza por ahí. Ábrete la boca.

Lisandro apenas alcanzó a asentir antes de que la cabeza morada le rozara los labios. Sacó la lengua con timidez, temblorosa, y lamió la punta. El sabor era salado, denso, viril. Adisa gruñó por lo bajo y le empujó el resto contra los dientes.

—Abre más. Chúpame como si te fuera la vida.

El muchacho separó las mandíbulas todo lo que pudo. La verga entró apenas la mitad y ya le llenaba la boca por completo, aplastándole la lengua contra el paladar. Chupó torpemente, con los ojos aguados, y sintió las manos de la nómada aferrándole el cabello dorado, guiándole el ritmo. Cada empujón le hacía atragantarse, cada retirada lo dejaba respirando por la nariz, entre babas y jadeos. La saliva le corría por la barbilla, empapándole el pecho, y aun así intentaba avanzar más, tomarla más honda, meterse en la garganta aquella polla enorme que le raspaba y le encendía a partes iguales.

—Buen chico —jadeó Adisa desde arriba, mirándolo con los ojos brillantes—. Así, con la lengua bien plana. Trágame la baba. Eso es. Aprende para qué es tu boquita.

Lo mantuvo así un buen rato, follándole la boca sin prisa, empujándole la garganta hasta hacerlo lagrimear y luego retirándose para dejarlo respirar. Cuando la punta le tocaba el fondo, Lisandro se convulsionaba entero, arcadas suaves recorriéndole el cuerpo, y en cada arcada la verga parecía crecerle todavía más. Al final Adisa se apartó, dejando el tronco brillante de saliva desde la raíz hasta la punta, y le dio un cachete cariñoso en la mejilla mojada.

—Basta por ahora. No quiero correrme en tu cara todavía. Quiero correrme dentro.

Lo tumbó boca arriba y le abrió las piernas de par en par. Se arrodilló entre ellas y le tomó la verga pequeña con la mano; se la envolvió toda con un solo puño, y bastó ese gesto para que Lisandro arquease la espalda contra las alfombras. Adisa se agachó y se la metió en la boca de un solo trago. La lengua le rodeó el glande, los labios oscuros la apretaron, y en dos succiones el muchacho estaba temblando, mordiéndose el puño para no gritar. Pero ella no lo dejó correrse. Soltó su verga con un chasquido y siguió más abajo: le lamió los testículos, uno por uno, chupándoselos enteros dentro de la boca, y descendió aún más, hasta apoyarle la lengua caliente en el pliegue del culo.

—Adisa... —jadeó él, retorciéndose—. Ay, Adisa...

—Calla, hermoso. Aquí mando yo.

Le agarró las nalgas con las dos manos y se las separó sin miramientos. La lengua se le hundió justo en el agujero, cálida, ancha, insistente. Lisandro sintió que se le iban los ojos hacia atrás. Nunca lo habían tocado ahí, ni él mismo se había atrevido. Adisa lo lamía en círculos, empujaba la punta contra el músculo cerrado, se retiraba para escupir con generosidad sobre la piel tirante y volvía a lamer, ensalivándolo hasta que su culo brilló entero a la luz de la fogata que se colaba por la abertura de la tienda. Cuando por fin la lengua se le abrió paso apenas un dedo dentro, el muchacho soltó un gemido largo y desvergonzado que le brotó del vientre.

—Eso es —rió ella contra la carne mojada—. Ya empiezas a hablar mi idioma.

Un dedo grueso, ensalivado, la reemplazó. Lisandro apretó los dientes ante la intrusión. Ardía, era demasiado gordo, pero al mismo tiempo lo hizo estremecer entero. Adisa lo movió en pequeños círculos, abriéndole el paso, mientras con la otra mano le acariciaba el vientre y la verga temblorosa. Un segundo dedo se sumó al primero, y luego un tercero, y para entonces el muchacho ya empujaba las caderas contra la mano, mordiéndose los nudillos, jadeando palabras entrecortadas en su lengua griega.

—Estás listo —anunció ella con la voz ronca, sacando los dedos de golpe.

Lisandro sintió el vacío como una traición. Iba a rogar que volviera, pero Adisa ya se había levantado, ya lo había volteado boca abajo, ya le había alzado las caderas hasta dejarlo en cuatro sobre las mantas. El muchacho se aferró a los cojines con los puños. La sintió detrás, la carne pesada de la verga apoyándose a lo largo del surco de sus nalgas, restregándose contra el agujero abierto y palpitante.

—Respira hondo —murmuró la nómada, escupiendo generosamente sobre su propia polla y untándosela hasta la raíz—. Y no te resistas.

La cabeza morada se acomodó contra el músculo tembloroso y empujó. Lisandro gritó. Ardió como si le metieran una brasa. Se abrió con un crujido interno que le sacó las lágrimas, y sintió la corona rígida atravesar el anillo apretado con una lentitud implacable. Adisa lo sujetó de las caderas con manos de hierro, sin dejar que huyera, sin dejar que respirara siquiera, hasta que la primera pulgada entró entera.

—Ya está lo peor —siseó ella—. Ahora abre. Déjame pasar.

Se retiró un poco y empujó otra vez, un dedo más adentro. Y otra, y otra. Cada embate le arrancaba a Lisandro un quejido nuevo, mezcla de dolor y de un placer oscuro que le nacía del vientre y le subía por la espalda. Se sentía partido en dos, empalado, y sin embargo su propia verga colgaba dura y goteaba sobre las mantas. Cuando por fin las caderas oscuras de Adisa se pegaron contra sus nalgas blancas, cuando el último tramo de aquella polla monstruosa desapareció dentro de él, la nómada dejó escapar un gruñido de bestia y se inclinó sobre su espalda para besarle la nuca.

—Entera —le susurró al oído—. La tienes entera adentro. Eres mío, hermoso griego.

Lisandro no pudo contestar. Solo asintió con la cabeza, temblando, sintiendo cómo aquel bulto le latía en las entrañas, empujándole por dentro contra órganos que jamás había sabido que tenía. Adisa empezó a moverse. Al principio fueron embates cortos, mesurados, que lo iban acomodando; enseguida fueron más largos, casi retirándose entera para volver a hundirse hasta la raíz. La tienda se llenó del sonido húmedo de la carne golpeando carne, del jadeo grave de la mujer, de los gemidos agudos que a Lisandro se le escapaban a cada estocada.

—Mírate —gruñía Adisa, dándole una nalgada que le dejó la marca roja—. Toda esa hombría griega y estás en cuatro, con mi polla dentro, chorreando como una hembra. Dime que te gusta. Dilo.

—Me gusta —jadeó él, sin fuerza ya para negar nada—. Me gusta, Adisa, por los dioses, me gusta...

—Más fuerte.

—¡Me gusta! —gritó, y ella premió su respuesta con un empujón brutal que le hizo ver estrellas.

La nómada lo tomó del cabello, tirándole la cabeza hacia atrás, y aceleró el ritmo. Cada embate le empujaba la próstata como un martillo, y Lisandro descubrió, entre convulsiones, que aquello que hasta hace nada le dolía se había vuelto el placer más agudo que jamás había sentido. Su verga rebotaba entre sus muslos, dura y morada, sin que nadie la tocara, y aun así estaba a punto de estallar solo con la fricción de allá dentro.

—Voy a... —balbuceó, y no llegó a terminar la frase.

Se corrió gritando, la espalda arqueada como un arco, los chorros de semen saltándole del glande sin control, empapando las mantas debajo de él. Todo su cuerpo se contrajo alrededor de la verga de Adisa, apretándola en espasmos, y ella soltó una carcajada ronca al sentirlo.

—Buen chico —jadeó—. Buen chico. Así se hace.

Pero no se detuvo. Ni por un instante. Lo tomó de las caderas con las dos manos y empezó a follarlo más fuerte, más hondo, sin darle tregua para recuperarse. Lisandro, todavía convulso por su propio orgasmo, sintió cómo las embestidas se volvían frenéticas, cómo la respiración de la nómada se cortaba, cómo la polla dentro suyo se hinchaba todavía más. Adisa lo volteó de nuevo, boca arriba, sin sacársela, y le levantó las piernas hasta apoyárselas en los hombros. Doblado casi en dos, con las rodillas a la altura de las orejas, el muchacho la vio inclinada sobre él, los ojos oscuros brillando de lujuria, el sudor bajándole entre los pechos.

—Quiero verte la cara cuando me corra dentro —gruñó.

Y volvió a arremeter. Ahora podía hundirse todavía más profundo, verticalmente, aplastándolo contra las mantas. Lisandro le clavó las uñas en los hombros oscuros y aguantó como pudo, la boca abierta en un gemido continuo, mientras la verga entraba y salía a un ritmo cada vez más brutal. Sentía la barriga hincharse a cada embate, el vientre estirarse por dentro, la lengua se le trababa entre babas.

—Dentro... —masculló Adisa entre dientes—. Adentro tuyo, hermoso. Toda entera.

Le clavó una embestida final que lo levantó del suelo, y Lisandro sintió el latido inconfundible, el estremecimiento, y luego el chorro cálido inundándole las entrañas. Adisa se corrió gruñendo como un animal, embate tras embate, vaciándose por completo en él, tan hondo que el muchacho notó cómo su propio vientre se llenaba con aquel calor pegajoso. Y siguió empujando aún después, arrancándole cada última gota, hasta que por fin se derrumbó sobre su cuerpo pálido, sin sacarla, dejándola bien adentro para que ni una gota se perdiera.

Se quedaron así, respirando entrecortados, sudorosos, unidos. Adisa le besaba la cara, la frente, los labios hinchados. Cuando por fin se retiró, lo hizo despacio, y Lisandro sintió aquel vacío enorme, y luego el hilo tibio del semen escurriéndosele por los muslos.

—Descansa un poco, hermoso —le susurró Adisa, tumbándose a su lado y atrayéndolo contra su pecho oscuro—. Que la noche es larga y aún no he terminado contigo.

Poco después, los suspiros de Lisandro se mezclaron con el crepitar de la fogata y el lejano aullido de los chacales. La noche del desierto sería larga, y haría realidad, una y otra vez, cada palabra que la misteriosa nómada le había susurrado al oído.

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Comentarios(6)

DevoradorDeCuentos

Increible ambientacion, te transporta directo al desierto. Muy bien escrito!

SerenaDelNorte

Que relato mas original, no habia leido nada parecido. Espero la continuacion con ansias!

SandroViajero

Me recordo a un viaje que hice por Marruecos hace unos años, obviamente sin la parte picante jaja pero la sensacion del desierto esta muy bien lograda.

NachoRosario

La verdad me sorprendio bastante, no me esperaba ese giro. Muy bueno.

LectoraBA_22

genial!!!

CaminoAndes

Que bien manejaste el misterio desde el principio, la tension se mantiene hasta el final. Segui escribiendo por favor.

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