Mis amigas me convirtieron en su sirvienta sumisa
El domingo amaneció gris sobre la casa de campo que Lorena había alquilado para los tres días, y yo supe, apenas abrí los ojos, que iba a ser el más intenso. Llevábamos todo el fin de semana metidas en el mismo juego: yo hacía de sirvienta, obedecía cada capricho y aprendía mi lugar. Marina había llegado como una visita, una mujer de manos firmes y voz tranquila que venía a enseñarle a Lorena cómo se educa a una criada como yo.
Desayunamos las tres juntas. Yo serví, retiré los platos y esperé de pie a que terminaran. Después de pasar por el baño me llamaron a la sala grande, la de los ventanales, donde ellas se acomodaron en los sillones y yo me quedé en el centro, esperando.
—Trae café —dijo Lorena sin mirarme—. Uno para cada una.
Fui a la cocina y volví con la bandeja. Conversaban animadas, como si yo no estuviera, y esa indiferencia me hacía sentir todavía más pequeña. Dejé las tazas, retrocedí un paso y junté las manos delante del cuerpo.
—Quiero ver cómo te quedan algunas cosas —dijo Lorena—. Desnúdate.
Me quité todo lo que llevaba puesto mientras las dos me observaban con atención. Cuando estuve desnuda, Marina abrió una de las maletas que había traído.
***
Lo primero fue un par de prótesis de silicona, grandes, montadas sobre una pieza que me cubría desde el cuello hasta el estómago como una segunda piel. Marina me la ajustó por la espalda y, de pronto, al bajar la vista, ya no me reconocía. Después vinieron un sostén de encaje blanco, unas bragas a juego, medias con liguero y un collar fino del que colgaba una pequeña flor.
—Camina —ordenó Marina.
Desfilé para ellas de un extremo a otro de la sala mientras comentaban en voz baja cómo me veía. Me cambiaron de bragas, luego de sostén, una y otra vez, probando combinaciones, hasta que terminé con un conjunto rosado de encaje y boleros. Habían notado lo mucho que me excitaba todo aquello, lo evidente que era, así que Marina me hizo usar una toalla femenina por dentro de la ropa interior.
—Para que no ensucies cada braga que te ponemos —dijo, y Lorena se rió.
Con esa ropa me probé tres vestidos de criada. El primero, de falda larga, le sirvió a Marina para mostrarle a Lorena cómo funcionaba un pequeño plug con control remoto. El segundo era negro, de falda apretada, y llevaba una cola que se sostenía del mismo plug que Marina me había acomodado por detrás con paciencia y un poco de lubricante frío.
—Mírala —le dijo a Lorena—. Ya no sabe si quiere que pares o que sigas.
No lo sabía. Esa era la verdad.
***
El tercer vestido fue el que decidió todo. Rosado, con la parte de arriba transparente, que dejaba ver el sostén, y una falda corta de varias capas que me hacía sentir más femenina de lo que jamás me había sentido. Cuando me lo puse y giré sobre mí misma, Lorena se incorporó en el sillón.
—Esa —dijo—. Esa es la criada que quiero.
Me hizo sentar en sus piernas mientras Marina sacaba los complementos: un collar rosado con una placa grabada, pulseras y tobilleras de encaje con argollas, una diadema. Lorena pasaba la mano por mi muslo, distraída, posesiva.
—¿Tienes algo para controlarla? —preguntó—. Porque está bastante alborotada.
—Para eso —contestó Marina— primero hay que atarla.
Entre las dos me llevaron los brazos hacia arriba y aseguraron mis muñecas a una de las vigas bajas del techo. Así, estirada y expuesta, sentí cómo Marina retiraba el plug y, con él, la cola. Le explicaba a Lorena cada paso, como una maestra paciente, mientras yo intentaba controlar la respiración.
—Está temblando —dijo Lorena.
—Eso es buena señal.
***
Marina volvió con otra prenda y un objeto que no reconocí. Me cambió las bragas por unas con una capa interior absorbente —«para mantenerte presentable», dijo— y luego tomó lo que parecía una pieza de metal curvado.
—Esto es un cinturón —le explicó a Lorena mientras me hacía abrir las piernas—. La deja sin acceso por delante, pero libre por detrás. Solo hay que soltarle las bragas.
Lo ajustó a mi cintura. El metal estaba tibio contra la piel, y cuando cerró el pequeño candado al frente sentí algo que no esperaba: alivio. Como si me hubieran quitado una decisión de encima. Lorena levantó el borde de mi falda para mirar, y noté que ya se tocaba por encima de su propia ropa.
—Quiero ponerla en cuatro —dijo con la voz un poco ronca—. Tengo ganas de que me atienda.
Marina sonrió y fue por más cosas.
***
Me colocó una barra que mantenía mis tobillos separados, y al soltarme las muñecas puso otra entre ellas para que tampoco pudiera cerrar los brazos. Luego me ordenó que me pusiera en cuatro. Obedecí. Desde el suelo vi cómo Lorena se levantaba la falda y se quitaba unas bragas de encaje negro, ya húmedas, y se acercaba para metérmelas en la boca.
Caminó hasta el sofá, se sentó, abrió las piernas y las levantó en el aire.
—Tráela —le dijo a Marina—. Que empiece por detrás.
Marina me guió tirando de la correa, en cuatro, hasta dejarme con la cara entre las piernas de Lorena. Me quitó la prenda de la boca y me pegó a ella. Saqué la lengua y obedecí, despacio, mientras escuchaba cómo Lorena suspiraba sobre mí. Marina me ató en esa posición y enganchó algo a la cadena del collar: una varilla con una bola en un extremo que acomodó detrás de mí. Lorena tomó el control y empezó a tirar, marcando el ritmo, usándome como si yo fuera solo un instrumento de su placer.
—Está aprendiendo rápido —comentó Marina.
—Entonces ponle algo mejor —respondió Lorena, sin aliento—. Y déjame a mí también. Mirarlas me está volviendo loca.
***
Marina trajo un consolador montado sobre correas que me ataron a la cabeza, de modo que sobresalía como una extensión de mi propia boca. Me soltó un poco la correa del cuello y me ayudó a colocarme para penetrar a Lorena con él. Cuando estuve lista, sentí a Marina acomodarse detrás de mí.
Primero fue el plug otra vez, encendido, vibrando bajo la falda mientras ella se frotaba contra mí sin quitarse la ropa. Lorena gemía y se mecía contra el consolador, marcándome el compás con las manos en mi nuca. Yo estaba en medio de las dos, sin poder mover los brazos, completamente a su merced, y nunca había estado tan excitada.
Entonces noté que Marina me levantaba la falda. Soltó las bragas, dejó mi parte de atrás expuesta y se subió su propia falda. Sentí su cuerpo pegarse al mío, firme y caliente, antes de que retirara el vibrador.
—Ahora viene lo bueno —me dijo al oído.
Me penetró de una sola embestida, hasta el fondo. El golpe me empujó hacia adelante y Lorena gimió más fuerte al sentir el consolador entrar más profundo en ella. Marina empezó a moverse contra mí con un ritmo firme, montándome, mientras las dos comentaban en voz alta lo obediente que era, lo bien que servía. La humillación me encendía todavía más.
***
—Quítale eso de la cara —dijo Lorena de pronto—. Quiero terminar yo en su boca.
Marina, sin dejar de penetrarme, soltó las correas. Lorena se quitó el consolador, se acomodó y me sujetó del collar para entrar en mi boca. La sensación de estar usada por las dos a la vez, una por delante y otra por detrás, me llevó al límite antes de poder evitarlo. Me derramé dentro de las bragas sin que nadie me hubiera tocado, solo de la pura intensidad de estar ahí, atada y sometida.
—Se vino sola —anunció Marina, divertida—. Antes que nosotras. Eso merece castigo.
—Después —jadeó Lorena—. Después.
Marina terminó dentro de mí poco después, con un gemido grave, sosteniéndome de las caderas. Lorena la siguió, sujetándome la cabeza con las dos manos. Cuando se apartaron me dejaron así, de rodillas, despeinada y desarreglada, mientras ellas se servían algo de beber y recuperaban el aliento. Lorena me acercó un cuenco con agua al suelo.
—Bebe —dijo—. Como lo que eres este fin de semana.
Bajé la cabeza y obedecí. Las dos me miraban sin decir nada.
***
Después llegó el castigo prometido. Me pusieron de pie, volvieron a atarme las muñecas hacia arriba y me levantaron la falda. Empezaron con las manos, una nalgada y luego otra, turnándose. Después trajeron una correa y una fusta. No fueron suaves. Sentí la piel encenderse, el calor extenderse, y supe, por sus voces, que castigarme las estaba excitando de nuevo. Yo apretaba los dientes y aguantaba, porque aguantar era parte del juego, y porque en el fondo no quería que parasen.
Cuando terminaron me soltaron y me dejaron ir un momento al baño a recomponerme. Al volver, Marina ya tenía el siguiente conjunto listo: bragas blancas de látex, ajustadísimas, medias, liguero y un vestido corto de criada del mismo material brillante. Mientras me vestía, seguía hablando con Lorena sobre cómo se educa a una sirvienta, como si yo fuera el ejemplo de su clase.
***
—Para una que se moja tan rápido —dijo Marina—, lo mejor es que use toalla todo el tiempo.
Me hizo bajar las bragas hasta las rodillas, acomodó la toalla, volvió a subirlas y a bajarme la falda. Después me colocó otro collar con cadena y me la entregó a Lorena, que se sentó en un sillón.
—Ven aquí —dijo Lorena—. En cuatro. Debajo de mi vestido.
Gateé hasta ella y metí la cabeza bajo la tela. Encontré su sexo y empecé a besarlo, a lamerlo despacio, mientras Marina encendía el plug que me había vuelto a poner. La vibración me recorría entera. Lorena se bajó las bragas, me sujetó la cabeza con una mano y me marcó el ritmo.
—Mírala cómo trabaja —le dijo a Marina—. Para esto sirve.
Las dos me llamaban cosas, me humillaban con una calma que me derretía, y cada palabra me empujaba un poco más. Sentí entonces a Marina pasar su cuerpo por detrás de mí, jugando con la velocidad del plug, presionando. Lo retiró, me bajó las bragas y entró otra vez, hasta el fondo, de un solo empujón.
***
Me montó sin pausa mientras yo seguía con la cara entre las piernas de Lorena. Las dos se besaban por encima de mí, usándome como el puente de su propio placer. Sentí a Marina ponerse más tensa, llegar más adentro, y luego venirse dentro de mí en oleadas que me dejaron temblando. Cuando se apartó, volvió a colocar el plug y a subirme las bragas, como si me sellara.
Lorena se puso de pie, se quitó el vestido y me ordenó que la masturbara de rodillas. Yo la tocaba con una mano y la lamía a la vez, cada vez más excitada al notar que ella manejaba el control del plug que vibraba dentro de mí. Lo subió al máximo, soltó el mando y se acabó sobre mi cara, en la frente, en la mejilla, en los labios.
—Ahora tú —dijo, sentándose de nuevo—. Tócate delante de mí. Como lo que eres.
Llevé las manos entre mis piernas y me toqué hasta mojarme otra vez dentro de las bragas, mirándola, mientras ella me observaba complacida.
***
Cuando las tres recuperamos el aliento, fuimos al baño a asearnos y nos cambiamos por ropa cómoda. Recogimos la casa, guardamos cada cosa en las maletas y Lorena pidió algo para almorzar. Comimos juntas, ya sin personajes, riéndonos de cualquier tontería, como las amigas que éramos el resto del año.
Fue el final de tres días que llevaba semanas esperando. Me había dejado vestir, atar, entrenar y usar, y en cada momento había sentido algo que en mi vida diaria, discreta y silenciosa, no me permitía sentir. Antes de irnos, Marina y yo nos quitamos lo último que quedaba del juego, nos pusimos unas sudaderas y salimos de regreso a nuestras vidas, dejando a Lorena en la puerta de su casa.
En el coche, mirando la carretera, ya pensaba en la próxima vez.