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Relatos Ardientes

Como travesti, le rogué a mi vecino que me usara

Habían pasado unos días desde que mi vecino me había convertido en su puta. Me lo crucé un par de veces. En una iba con su esposa y nos limitamos a un saludo cordial, dos desconocidos amables compartiendo escalera. En la otra iba solo. Aprovechó para soltar la palabra entre dientes, casi como un saludo: «puta». Y yo, sin pensarlo, respondí con un susurro: «mande». Él se rio y cada uno siguió su camino.

Por un momento creí que aquello no se repetiría. Una parte de mí lo prefería así, porque vivíamos puerta con puerta y no quería problemas. Pero otra parte, una más honda y más sucia, deseaba que volviera a ocurrir. No conseguía sacarme las imágenes de la cabeza: cómo me había puesto en cuatro, los empujones que hacían sonar mis nalgas, los gemidos que me arrancaba sin que yo tuviera que fingir nada. Gemía de verdad, de esa mezcla de dolor y placer que solo él me había hecho sentir. Y la humillación de ser tratada como lo que él decía que era.

Pasaron tres semanas largas. Fui perdiendo la esperanza, hasta que una tarde, asomada a la ventana, vi salir a su esposa. No aguanté más y le escribí.

—Holi.

Solo eso. Un saludo que no comprometía nada pero que sonara femenino, suave, una invitación disimulada.

—Te lo dije, puta. Tú solita me ibas a buscar.

Tenía razón, y eso me humilló más que cualquier insulto. Estaba buscando al hombre que entró a mi casa, me usó a su antojo, me cacheteó, me la metió sin el menor cuidado, se burló cuando me vio llorar y terminó con mi boca llena de su semen. A ese hombre lo estaba buscando yo. ¿Qué me está pasando?, pensé, casi arrepentida.

—¿Ya tienes lo que te pedí?

La pregunta me puso nerviosa. ¿Qué me pidió? ¿De verdad me pidió algo o me está poniendo a prueba?

—¿A qué te refieres? —respondí con miedo. ¿Por qué me da miedo decepcionarlo? No lo entendía, pero el cuerpo ya me temblaba esperando su respuesta.

—Pendeja. Te dije que para la próxima te encerraras ese clítoris en una jaula. ¿La tienes o no? Y que sea la más pequeña que encuentres.

Era cierto. Lo había dicho al salir de mi casa, pero entre la incertidumbre y el estado en que me dejó, lo había olvidado por completo. No podía mentirle: si decidía venir y no la tenía, me iría peor. Así que enfrenté el problema y le confesé que aún no la había comprado.

—No me vuelvas a escribir hasta que me muestres que la tienes.

—Sí, papi —contesté. No hubo más respuesta.

***

Me sentí una tonta. Me enojé conmigo misma y después no entendí por qué me importaba tanto incumplir sus órdenes. Algo me estaba pasando y no lograba nombrarlo. Mientras la cabeza se me hacía un nudo, abrí el buscador y empecé a mirar jaulitas de castidad. Había tanta variedad que me sorprendí; las había visto en algún video, pero yo era más de buscar otra cosa, así que nunca les había prestado atención.

Comparé modelos: de tres centímetros, de dos, de uno, de cinco milímetros, hasta que encontré una que no solo impedía cualquier erección, sino que tenía una especie de tubo que empujaba hacia adentro lo que él había rebautizado como mi clítoris. Dudé. ¿Y si me lastima? Pero si compraba otra y se daba cuenta de que no era la más pequeña, se enfadaría. No me quedó otra: la metí al carrito. Enseguida me saltó una sugerencia, una faldita que apenas tapaba la mitad de la cola, y decidí darle una sorpresa. También la compré.

Ahí estaba yo, eligiendo ropa para ofrecerme al hombre que me había humillado. En qué loca me estoy convirtiendo.

Lo crucé en la calle unos días después. Iba solo. Lo miré con timidez, lista para decirle que ya había hecho el pedido, que solo esperaba que llegara. Pero pasó de largo. No me dijo nada, ni siquiera giró la cara. Fue tan indiferente que dolió. Yo volteé a verlo; él, no.

Me sentí doblemente mal: primero porque no me saludó, y después porque dentro de mí esperaba esa palabra. La que tanto había odiado y ahora deseaba. La imaginé una y otra vez, y no escucharla me dejó molesta, insatisfecha. Necesitaba que me la dijera. No me sentía completa sin ella. Entendí que estaba enojado por lo de la jaula y que no me quedaba más que esperar.

***

El paquete tardó dos días. En cuanto cerré la puerta lo saqué. Nunca había tenido ese objeto en las manos, ni lo había visto en persona. Un aro metálico, una tapa con agujeritos, un tubo de dos centímetros que empujaría todo hacia dentro hasta hacerlo desaparecer, y una mangueriita fina. Lo acomodé en el sillón, justo donde me había quedado dormida la primera vez, con la falda subida y la ropa interior en los tobillos, y le tomé una foto.

Estaba por enviarla cuando lo vi conectarse. Me puse nerviosísima y me arrepentí. Y me siento orgullosa de haberme arrepentido, porque tomé una decisión mejor: ponérmela primero y mandarle la foto ya puesta.

Debo confesar algo. Nunca tuve mucho ahí abajo, más bien lo contrario; con un poco de frío puedo hacerlo desaparecer con un solo dedo. Mil veces lo hice imaginando que tenía una vagina, abriendo las piernas, acariciándome con dos dedos y forzándome a no tener erección para simular que me masturbaba como una mujer, mientras me ayudaba atrás con algún juguete improvisado.

Eso me facilitó las cosas, aunque colocarme la jaula no fue nada sencillo. Primero pasaron las bolitas por el aro, después introduje con incomodidad la mangueriita, y cuando ya no hubo más espacio empecé a empujar con la tapa. Lo vi desaparecer milímetro a milímetro hasta que solo quedó la tapa plana a la vista. Con emoción, encajé el seguro, tomé la llave y cerré.

Qué éxtasis tan increíble. Dejando de lado cómo me había usado, nunca me había sentido tan mujer como en ese instante en que ni siquiera podía verme aquello, en que las erecciones se volvían imposibles. Buscando información encontré que algunas chicas usaban unas cintas a la cintura para que la jaula quedara derechita. Me pareció tan lindo que conseguí unas cintitas rosas en casa y me las puse. Me volvía loca. No quería quitármela nunca. ¿Cómo no se me había ocurrido antes?

Lista, me acomodé, tomé la foto y se la mandé sin una palabra más. Su respuesta tardó dos horas. Yo estaba impaciente. ¿Y si ya no quiere? ¿Y si se enojó demasiado? Revisaba el teléfono a cada rato; a veces lo veía conectado, pero no escribía.

—Mismo día, misma hora.

Ese mensaje me elevó al cielo. No estaba enojado. Vendría otra vez. Sí, sabía que me iba a humillar, que me iba a doler, pero también había aprendido que al final lo iba a disfrutar. Y mucho.

***

Era miércoles, así que tocaba esperar un par de días. Decidí no quitarme la jaula salvo lo indispensable. El jueves volví a ponérmela y la llevé todo el día; incluso salí a la calle con ella y me sentí en las nubes.

Por fin llegó el día. Esta vez no estaba tan nerviosa, sino emocionada, contenta. Tenía mi jaula, tenía sus cervezas, estaba lista. Hacía frío, lo que ayudaba a que colocármela fuera facilísimo. Acomodé los listones para que se vieran bonitos y me puse la faldita. Era todavía más pequeña de lo que imaginaba: apenas cubría un par de centímetros atrás, y por delante dejaba la jaula completamente expuesta. Agradecí que me la hubiera pedido.

Como travesti, sueño cada día con despertar y descubrir que eso que tengo entre las piernas desapareció y se convirtió en un clítoris de verdad. Sé que no pasará, y lo más cerca que llego es verme con la jaula. Me gustó tanto que decidí no usar nada más debajo de la falda y dejé la ropa interior en una esquina del sillón.

Me maquillé, me puse la peluca y los zapatos de tacón, y esperé a mi macho en la sala. Sonreía como una boba. Él me lo había dicho: esta será tu nueva vida. Y me encantaba.

Lo escuché salir, puntual como siempre. Lo vi comprobar que no hubiera nadie, dar un par de pasos hacia mi puerta, y sin dudarlo le abrí. Entró, se colocó detrás de mí y, antes de que terminara de sonar el seguro de la cerradura, ya me tenía empujada contra la puerta. Pegó todo su cuerpo al mío. Sentí su verga dura contra mis nalgas, que ahora no tenían nada que las cubriera.

Con la mejilla aplastada contra la madera y su boca a un costado de mi oído, escuché por fin su voz.

—No quiero que vuelvas a hacerme esperar, puta. ¿Entendiste?

Estaba incómoda, me regañaban por no haber tenido la jaula a tiempo, y aun así solo podía sentirme feliz de oírlo llamarme así, con ese tono que me ponía la piel de gallina.

Me dio la vuelta y me soltó una cachetada durísima. Me obligó a bajar y empezó a sacarse la verga frente a mí. Quedé en cuclillas, con las piernas abiertas y la espalda contra la pared. Me la metió en la boca y empezó a cogérmela sin que yo pudiera moverme a ningún lado, porque la puerta me lo impedía.

Me ahogó, me la sacó, me la volvió a meter. A veces poquito, a veces hasta dejarme sin aire, mientras su voz repetía que hoy iba a aprender a no hacerlo esperar, que él era mi macho y que tenía que respetarlo. Siguió cogiéndome la boca un buen rato, pero cada cierto tiempo se detenía, esperaba y volvía a empezar. No se quería venir.

De pronto me tomó de la cabeza, me apretó contra él con toda la verga dentro y empezó a caminar hacia atrás. Mis rodillas cayeron al piso y me hizo avanzar así, sin sacármela de la boca, hasta el sillón. Se sentó con las piernas abiertas.

—Te voy a soltar y quiero que seas una buena perra lamehuevos.

Me liberó la cabeza. Me levanté rápido, tosiendo, fui por su cerveza, se la abrí, se la puse en la mano y volví a mi lugar. Le chupé la verga, se la besé, la acaricié, y le hice lo mismo a los huevos.

—Puta lamehuevos —me decía cada tanto. Y yo, cuando lo hacía, le soltaba una miradita tímida y una media sonrisa—. Vas a ser una buena perra, ya verás. Pero tienes que aprender a obedecer, y si te equivocas necesitas un castigo para que aprendas a satisfacer a tu macho. Esta vez te equivocaste al no tener a tiempo lo que te pedí, así que hoy no te voy a coger.

Abrí los ojos de golpe.

—¿Qué? —dije, dejando de atenderlo.

Otra cachetada.

—¿Quién dijo que dejaras de mamar?

Volví a lo mío con una desilusión enorme. No, por favor, estoy lista, necesito que me cojan, necesito a un hombre dentro de mí. Le besaba los huevos mirándolo a los ojos, suplicando en silencio que no me dejara sin su verga.

Después de tanto rato necesitaba su semen, así que empecé a chupársela más fuerte, decidida a servirme yo solita el premio. Se dio cuenta, me la sacó y me soltó la tercera cachetada, siempre en la misma mejilla, siempre tan fuerte que sonaba en toda la casa, apagada solo por el grito que se me escapaba.

—Quieta, perra. ¿Quién dijo que te mereces mi semen? Estás castigada, acuérdate. Recibirás solo lo que yo te quiera dar.

—Por favor —dije, y al instante exploté por dentro. ¿Qué acabo de decir? Le estoy rogando por su semen. Debo estar loca.

Soltó una carcajada. Cada vez que lo hace me siento humillada.

—¿Qué dijiste, puta?

Tuve que repetirlo, más por la orden que por otra cosa, porque él quería oírme rogar.

—Por favor.

—¿Qué quieres? —preguntó con tono dominante.

—Tu semen, papi —respondí con una voz tan tímida que me sorprendió lo natural que me salió. Y es que era real. Así me sentía: intimidada, pequeña, dominada, humillada. Y la súplica también era real.

***

Se puso de pie. La verga se restregaba contra mi cara. La busqué con la boca, pero él se hizo a un lado.

—Bésame los huevos, perra.

Me acerqué y lo intenté. Se hizo a un lado otra vez.

—¿Qué esperas?

Volteé y volví a intentarlo. Dio un paso atrás.

—Muévete, pendeja, quiero que me beses los huevos —gritó.

Caminé de rodillas, lo intenté una y otra vez, y él solo me paseó por la casa de rodillas, persiguiendo su verga. Estaba frustrada. De verdad quería besárselos, lamérselos, chupársela, que me llenara la boca. Pero lo que más quería era que me cogiera, y no me daba nada.

Dos besos alcancé a darle en unos cincuenta intentos por toda la sala.

—Eso te enseñará cuál es tu lugar y que debes obedecer cuando te pido algo. Es todo lo que recibirás hoy.

No pude con esas palabras.

—No, no, no, por favor, necesito que me cojas —dije sin pensarlo.

De nuevo la carcajada.

—Mírate, puta. Te lo dije, ¿te acuerdas? Te dije que ibas a rogarme que te cogiera, que ibas a terminar lamiéndome los huevos, que serías mi perra. ¿Te lo dije o no?

—Sí, papi —respondí con una rabia interna hecha de frustración y vergüenza.

—Te chingas, para que aprendas cuál es tu lugar. Quítate de la puerta.

Después del paseo humillante había terminado justo frente a la salida. Ya se iba. No podía permitirlo, no quería quedarme insatisfecha. Lo vi subirse el pantalón y me abalancé sobre su verga. Lo agarré desprevenido, lo frené y se la metí en la boca, succionando rápido, sin control.

—¡Pinche puta! —gritó.

Me la sacó, otra cachetada en la mejilla que ya me ardía. Esta vez no perdí tiempo. Le supliqué que me diera verga, repetí la frase muchas veces: por favor, cógeme, méteme la verga, hazme tu puta; al menos lléname la boca de semen, déjame probarlo, te necesito.

Cuando me di cuenta, él solo me observaba, sonriendo, viendo cómo me había humillado yo sola.

—Qué buena puta vas a ser —dijo, y empezó a cogerme la boca.

Yo estaba feliz: al menos me daría su semen. Abría toda la boca, jugaba con la lengua, y aunque él tenía el control hacía lo que podía por aumentar su placer. Lo escuché gemir un montón de veces, decir lo bien que se la mamaba.

De repente empezó a cogerme más rápido. Me mareé de tanto que me movía la cabeza con cada empujón, como si hubiera olvidado que era mi boca y no mi culo. Y de golpe me la sacó, dio un paso esquivándome y empezó a eyacular. Todo su semen cayó al piso. No sé ni cómo ni por qué, pero dije en voz alta:

—No, era para mí. —Viendo el semen desperdiciado en el suelo.

—Dije que estás castigada, puta. Hoy no mereces ni mi semen.

Se subió el pantalón, me hizo a un lado y salió de mi casa.

***

Durante unos segundos no supe qué hacer. Lo vi alejarse por la ventana, todavía agitada por la cogida. Bajé la vista al piso y ahí estaba: mi premio por ser una buena puta, tirado en el suelo. Era mío, era para mí. Y seguro adivinas lo que hice.

Me agaché. La cola me quedó completamente expuesta mientras me empinaba para lamer el semen del piso. Es mío, me lo gané, puedo disfrutarlo. Lo lamí gota a gota, lo más rápido que pude para que no se secara; a veces tenía que ayudarme con los dedos. Así dejé el piso limpio y a mí, más o menos satisfecha.

Cuando creí que no quedaba nada, me incorporé sentándome sobre los talones, y en ese preciso instante alguien golpeó la ventana. Era él. Se había regresado y estaba pegado al vidrio, haciendo visera con las manos para ver hacia dentro. Me había visto lamer su semen del suelo. Un rayo me recorrió entera. Me llevé las manos a la cara, gritando «¡ay, no!», y él se apartó y volvió a su casa sonriendo.

Ahí quedé: insatisfecha, humillada, con el único recuerdo bonito de las dos veces que me cogió la boca, aunque tampoco me desagradaba pensar en cómo me había paseado a gatas. Necesitaba algo dentro de mí. No podía quedarme en falda, estrenando una jaula de la que ni siquiera me dijo nada, con sabor a verga y a semen en la boca y sin nada de placer atrás. Empecé a buscar con qué dármelo cuando sonó el teléfono. Era él. Ignorarlo no era opción.

—¿Holi?

—Sabía que lo harías, puta. Por eso me regresé. Sé que quedaste insatisfecha y así quiero que te quedes. Sé que vas a obedecerme porque tienes potencial para ser una buena puta, ya lo vi. Así que voy a confiar en ti: no quiero que te des placer de ningún tipo hasta que yo decida. Si te portas bien, la próxima vez vas a gozar más que cuando te quité la virginidad. ¿Entendido?

—Sí, papi —respondí, impresionada de lo bien que me estaba conociendo, o manipulando. ¿Cómo sabía que iba a buscar placer?

—¿Quién es mi perra? —dijo con un susurro que me encantó.

—Yo soy tu perra, papi.

Y sin más, cortó.

Por extraño que parezca, esa llamada me tranquilizó. Me volví a recostar en el sillón sonriendo, con la cola al aire, la boca cansada, la mejilla roja y la jaula recordándome a cada segundo que las erecciones son cosa de hombres y que yo era una hembra. Una puta con potencial, me había dicho. Una hembra que ya tenía macho.

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Comentarios (2)

Nano

increible... me dejo sin palabras. de los mejores que lei en mucho tiempo

NadiaMDF

Dios mio que relato!!! Por favor seguí escribiendo, necesito mas de esto

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