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Relatos Ardientes

La vecina del noveno piso que me dejó sin palabras

Llevaba meses obsesionado con esa mujer. Tenía una cintura que parecía a punto de quebrarse y unos pechos que se balanceaban al caminar, peleando por escapar de los tops de licra que siempre llevaba demasiado ajustados. Las minifaldas dejaban a la vista unas piernas larguísimas, perfectas, que terminaban en tacones de aguja. Y esos tacones le elevaban el culo de una forma que obligaba a girar la cabeza a cualquier hombre que se cruzara con ella.

Sabía que vivía en el edificio de la esquina, el de la fachada de ladrillo. Lo había averiguado con paciencia: noveno piso, puerta A. Sabía también que recibía hombres en su casa pero que no tenía pareja fija, según me confesó el portero, un viejo que se llamaba Ernesto y que, a pesar de los años, parecía tan alterado como yo cada vez que hablaba de ella.

Todas las tardes la veía aparecer con su perra, una caniche diminuta de pelo blanco. Paseaba como si el barrio entero fuera una pasarela. Los hombres se daban vuelta, le decían cosas, y ella seguía impasible, con la cara medio escondida tras una melena castaña y abundante. Nunca le había visto bien el rostro, pero me la imaginaba impecable, como una muñeca.

La verdad es que tampoco me interesaba demasiado su cara. Estaba demasiado ocupado mirando otras zonas, mucho más interesantes.

A eso de las seis sacaba a la perra, y yo siempre tenía alguna excusa para estar en la vereda y verla pasar. Nunca me atreví a decirle nada, ni siquiera a saludarla. Ella fingía no verme, y yo me quedaba ahí, duro como una piedra, con un sudor frío recorriéndome la espalda mientras imaginaba el color de sus pezones y en cuántas posturas la pondría si la tuviera en mi cama. En cuanto la veía doblar la esquina, volvía a mi casa a desahogarme solo.

Una tarde, como todas, la estaba esperando. No apareció. Pasaron varios días sin rastro de ella, y empecé a inventar tragedias en mi cabeza. Preocupado, me acerqué al edificio para tirarle de la lengua al viejo Ernesto. Él solo se encogió de hombros: hacía días que no la veía, quizá se había tomado unas vacaciones.

Estaba escuchándolo cuando la puerta del ascensor se abrió y salió ella, tan increíblemente hermosa como siempre, con la perra en brazos. La tenía a un metro, con esos pechos enormes embutidos en un top rojo ajustadísimo. No llevaba sujetador: los pezones se marcaban bajo la tela de una forma que me dejó la boca seca.

—Buenas tardes, Ernesto —saludó al viejo.

—Buenas tardes —contestó él—. Hacía días que no la veía. Justamente este caballero estaba preguntando por usted.

Lo que dijo el portero me dejó helado. Jamás habíamos cruzado una palabra, y de pronto ella clavaba sus ojos verdes en los míos. Tenía la cara muy maquillada, con las cejas perfectamente delineadas y los pómulos marcados. No supe calcularle la edad; era guapísima y, a la vez, había algo en su gesto que no terminaba de encajar. Pero ese cuerpo era una locura. Pensé que andaría por los treinta y pocos, y que quizá esos pechos tuvieran ayuda de algún cirujano. La verdad, me daba igual.

Ella sonrió.

—Ya conozco al caballero, Ernesto. Lo veo todos los días, cuando saco a pasear a Kiki. Pobre Kiki, estuvo malita estos días y mamá no la pudo sacar —dijo, mirando a la perra con ternura.

Yo no era capaz de articular una sílaba.

—¿Me acompañas? —preguntó.

Solo asentí. Paseamos en silencio, yo caminando de forma torpe junto a semejante mujer, sin saber dónde poner las manos. Hizo el recorrido de siempre, esperó a que la perra terminara sobre una mata de césped y giró de vuelta hacia el portal. Yo seguía a su lado, mudo.

—¿Te apetece tomar algo en mi piso? —dijo de repente.

No lo podía creer.

***

Los nueve pisos en ascensor se hicieron eternos. Durante todo el trayecto ella paseó la mirada desde los botones hasta la perra, y después me recorrió a mí, de los pies a los ojos. Sonrió con algo de malicia y me dijo entre dientes:

—La verdad, no sé qué te apetecería probar.

No habíamos llegado al séptimo cuando sentí su mano libre, la que no sostenía a la perra, deslizarse hasta mi entrepierna y apretarme por encima del pantalón. Le tomé la muñeca, más por sorpresa que por otra cosa, y me quedé sosteniéndosela con las dos manos justo cuando el ascensor se detuvo.

—Es aquí.

Salimos, buscó las llaves y abrió la puerta. Mientras ella se inclinaba hacia la cerradura, no tuve reparos: le apoyé el bulto contra el culo. Se detuvo un segundo y, en lugar de apartarse, lo frotó contra mí.

—Delicioso —murmuró.

En cuanto cerramos la puerta la tomé de la cara y la besé hasta quedarme sin aire. Ella me agarró de la espalda y me devolvió el beso con una lengua que parecía de fuego. Sentía sus pechos aplastados contra mi pecho y creía que iba a estallar. Se separó un instante, se quitó el top por encima de la cabeza, y aquellos pechos resultaron ser más grandes, más firmes y más perfectos de lo que había imaginado. Los pezones, enormes, me apuntaban a la cara. Me lancé sobre ellos mientras le sujetaba la cintura.

Ella jadeaba y, al mismo tiempo, me desabrochaba la camisa, el cinturón, el pantalón. Los zapatos y los calcetines salieron volando mientras ella se deshacía de los tacones. En cuanto bajó mi ropa interior, se arrodilló y se metió mi miembro entero en la boca, masajeándome con una mano y apretándome el culo con la otra para que no me apartara.

Sabía muy bien lo que hacía. Se la tragaba hasta el fondo, sin asco, jugando con la lengua sobre el glande de una forma que me hacía temblar las rodillas. Me lamía también los testículos con tanta hambre que tuve que pensar en cualquier cosa para no acabar ahí mismo.

Instintivamente le sujeté el pelo para marcar un ritmo, pero ella se soltó y empezó a subir, besándome el estómago y el pecho. Cuando me besó en la boca y noté mi propio sabor en su lengua, intenté bajarle la ropa interior. Me detuvo la mano.

—No, no, son esos días del mes —dijo—. Dame por detrás, anda.

No lo podía creer. La giré, le amasé esos pechos enormes y le apoyé el bulto contra el culo, que de cerca era todavía más espectacular que los pechos. Le bajé la última prenda, se puso en cuatro sobre la cama y empezó a suplicarme.

—Métemela, así, en seco, no aguanto más, dámela ya.

Temí hacerle daño sin nada que lubricara, así que fui bajando con besos, dispuesto a prepararla con la lengua. Y entonces lo vi.

Entre sus piernas colgaba algo que no debería estar ahí. Un sexo grande, flácido, balanceándose contra el muslo. Ella —él— era una mujer trans.

—No te detengas, por favor —dijo con la voz quebrada, mirándome por encima del hombro—. Luego te lo explico todo. Hazlo.

La sorpresa no pudo con la calentura del momento. Hay algo que no controlas cuando estás tan excitado, y aquello, en lugar de frenarme, me empujó. Me incorporé y, con un morbo que no me conocía, la penetré despacio hasta hundirme entero.

***

Empecé a moverme como un poseído. Ella en cuatro, yo de rodillas detrás, embistiendo. Me incliné un poco sobre su espalda, aceleré el ritmo y le sujeté los pechos, que colgaban y se balanceaban con cada empujón. Se la sacaba casi entera y volvía a clavarla de golpe, y ella gritaba una mezcla de dolor y placer que me volvía loco.

—Así, así, acaba dentro, no pares.

No me hizo falta más. Me vacié dentro de ella y caí rendido sobre su espalda, sin salir del todo, intentando recuperar el aliento.

—Quieto, no te salgas —susurró—. Ahora viene lo mejor.

—¿Lo mejor? —pregunté, sin entender nada.

Antes de que pudiera reaccionar se liberó de mí, se dio la vuelta y se tumbó de espaldas. Lo que tenía delante terminó de descolocarme: su sexo estaba completamente erecto, y era enorme, mucho más grueso y más largo que el mío. Me rozó el estómago al moverse.

—Acábame tú también —dijo, mirándome a los ojos.

Me envolvió con las piernas y me atrajo hacia ella. Quedé atrapado entre sus pechos, que la hacían tan mujer, y aquel miembro durísimo apretado contra el mío, que la hacía, en ese instante, más hombre que yo. No sé explicar por qué, pero empecé a frotarme contra él mientras los dos jadeábamos. Acabé por segunda vez, esta vez sobre su vientre, separándome un poco para mirar.

Ella se untó las manos con todo lo que pudo recoger y se lo extendió por encima de su propio sexo. Después me miró con una sonrisa torcida.

—¿Crees que estará suficientemente lubricada?

No entendí del todo la pregunta, pero algo dentro de mí ya temía la respuesta. De golpe parecía haber recuperado fuerzas que yo no tenía. Estaba agotado, vencido por dos orgasmos seguidos. Me dio la vuelta sobre la cama con una facilidad pasmosa, me puso un cojín bajo el vientre y se acomodó detrás.

—Quietecito —murmuró—. Ahora me toca a mí disfrutarte.

Estaba asustado y excitado al mismo tiempo. Siempre me había preguntado qué sentirían las mujeres cuando las penetraban, y de pronto estaba a punto de averiguarlo.

—¡Ahhh! —Se me escapó el grito cuando entró.

Lo hizo sin compasión, hasta el fondo. La penetración fue dolorosa y placentera a la vez. Se quedó quieta un rato, dejando que mi cuerpo se fuera abriendo y amoldando a ella, y solo entonces empezó a moverse despacio, ganando ritmo poco a poco.

—Dame más, así, qué rico —jadeaba contra mi nuca—, qué gusto da estar del otro lado, ¿verdad?

No le contesté. No podía. Apreté las sábanas con los puños mientras ella me sodomizaba, primero suave y después con todas sus fuerzas. Acabó una vez sobre mi espalda y otra dentro de mí. Para entonces yo estaba reventado y, lo confieso, con cierta vergüenza, también satisfecho. Sentí cómo su sexo se ablandaba y salía de mí con un sonido húmedo, dejándome abierto en flor, recién estrenado.

En agradecimiento, quise devolverle el favor con la boca, pero no me dejó. Me susurró al oído:

—Me llaman Vanesa, pero mi nombre es Adrián. Eres un encanto. En un rato vienen unos clientes que nunca me dejan tan satisfecha como tú. ¿Nos vemos mañana, amor?

***

Desde aquel día, Vanesa y yo somos pareja. Soy la envidia de todos los hombres del barrio, que me ven entrar y salir de su portal y se mueren de celos. Y si las mujeres supieran el gran secreto que esconde mi novia, seguramente también me envidiarían.

Vanesa me mantiene, así que yo le cuido la casa, le hago la comida, le lavo la ropa. Eso sí: lo único que no hago, por suerte para mi reputación, es sacar a pasear a Kiki. No vaya a ser que el barrio empiece a sacar conclusiones equivocadas.

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