La noche que esta travesti dejó de contenerse
Esa semana mi cuerpo no me dio tregua. Era una urgencia constante, un latido bajo que no se apagaba ni con la ducha fría ni con las manos. Me despertaba de madrugada apretando las piernas, con la imagen fija de estar abierta, ocupada, llena. Soñaba con pollas entrándome hasta el fondo, con bocas chupándome el coño hasta dejarme temblando, con manos ajenas apretándome las tetas mientras me follaban por atrás. Cosas que durante el día me daba vergüenza recordar y que de noche volvían sin pedir permiso.
Me tocaba dos, tres veces al día y no alcanzaba. Metía dos dedos, tres, empujaba fuerte buscando esa zona que me hacía arquear, me frotaba el clítoris en círculos hasta correrme mordiendo la almohada, y era como rascar una picazón con guantes. Por más que me corriera, a los diez minutos volvía esa sensación de vacío, ese coño palpitando que ya no se conformaba con mis propios dedos. Necesitaba una verga real, dura, latiendo dentro. Necesitaba a alguien que me la clavara sin preguntar.
Así que una tarde, en vez de seguir dándome vueltas, abrí la aplicación y subí el anuncio. No me anduve con rodeos: dejé claro que quería que me follaran esa misma noche, que quería una polla dura y ganas de usarla, y que no quería conversación previa de horas. Quería un hombre con ganas, sin vueltas, sin promesas.
En menos de una hora tenía la bandeja llena. Demasiadas fotos de vergas mediocres, demasiados mensajes idénticos, demasiada gente que escribe «hola» y desaparece. Fui descartando hasta que apareció uno que me hizo detenerme. No por la foto descarada que mandó después —una polla gruesa, venosa, apoyada contra su vientre plano—, sino por cómo escribía: tranquilo, seguro, sin desesperación. Dijo llamarse Bruno. Probablemente no era su nombre, y a mí me daba exactamente igual.
Quedamos en un motel discreto, de esos con entrada lateral y recepción de vidrio polarizado, a las once menos cuarto. Él reservaría la habitación. Yo solo tenía que llegar.
***
Empecé a arreglarme dos horas antes, y eso para mí es parte del placer. Hay algo en el ritual previo que me enciende casi tanto como lo que viene después. Cada paso es una promesa que me hago a mí misma: esta noche una polla desconocida me va a partir en dos.
Me depilé con calma, repasando cada centímetro hasta dejar la piel lisa, tirante, nueva. El coño también, sin un solo pelo, los labios enrojecidos y sensibles después de la cera. Cuando pasé el dedo para revisar sentí una descarga que me obligó a cerrar los ojos un segundo. Después la crema, el aceite, el tiempo frente al espejo mirándome como si fuera otra persona. Una persona que esa noche no iba a contenerse.
Elegí la ropa interior con cuidado: una tanga de encaje lila que apenas cubría la hendidura del coño, un corpiño de media copa que me armaba una silueta que me gustaba, medias finas y un portaligas que sabía que iba a volver loco a cualquiera. Encima, un vestido de malla traslúcida tan corto que era casi una sugerencia. Sandalias altas. La peluca rubia, lisa hasta los hombros, peinada hacia un costado.
Perfume detrás de las orejas, entre el escote, en la cara interna de los muslos, cerca de donde ninguna nariz debería llegar sin permiso. Me miré entera, di una vuelta, y me quedé un rato observándome en silencio.
Hoy no vas a fingir que no querés esto.
Pedí un auto y me fui sin pensarlo más, porque si lo pensaba demasiado era capaz de quedarme. Durante el viaje sentí el corazón en la garganta y un cosquilleo que me bajaba por toda la espalda hasta terminar entre las piernas, donde ya tenía la tanga húmeda de anticipación. El conductor no dijo nada. Yo miraba la ciudad pasar por la ventanilla, apretaba los muslos y contaba las cuadras que faltaban para tener una verga adentro.
***
Cuando llegué, la habitación ya estaba abierta. Toqué una vez con los nudillos y la puerta cedió antes de que terminara de golpear.
Él estaba ahí, parado en la penumbra, más alto de lo que esperaba. No me dejó ni decir hola. Me tomó del brazo, me metió adentro y me apoyó contra la pared con una firmeza que me cortó la respiración.
—Sos exactamente lo que dijiste que eras —me dijo al oído, despacio, con una voz grave que sentí en el pecho—. No me lo creía.
Yo ya estaba temblando. No de miedo: de pura anticipación. Le respondí mordiéndole apenas el labio.
—Hace dos noches que no duermo pensando en que me cojan bien —admití—. ¿Me vas a hacer esperar mucho?
Se rio bajo, una risa que no era burla sino algo más parecido al hambre, y me besó. Me besó como si quisiera dejar algo en claro, con la lengua entera adentro de mi boca, mordiéndome el labio inferior hasta que gemí. Su mano subió por mi muslo, por encima de la media, hasta el borde del vestido, y cuando llegó a la tanga se detuvo apenas un segundo, como tanteando, antes de meter dos dedos por debajo del encaje y encontrarme empapada.
—Mirá cómo estás —murmuró contra mi cuello, moviendo los dedos en círculos sobre mi clítoris—. Ya te chorrea todo. Ni te toqué y ya estás lista para que te la meta.
—Para eso vine —jadeé, abriendo más las piernas—. Para que me la metas.
—Mírate —siguió, hundiendo un dedo entero adentro—. Te arreglaste toda para que un desconocido te use como una perra.
—Para que vos me uses —corregí, y la voz me salió más entrecortada de lo que esperaba, porque ahora eran dos dedos entrando y saliendo, haciendo un ruido húmedo obsceno contra mis paredes—. Cogeme como quieras.
Sacó los dedos, brillantes, y me los pasó por los labios de la boca antes de meterlos adentro para que me chupara mi propio sabor. Lo hice sin apartar la mirada.
Me llevó hacia la cama sin soltarme, guiándome de espaldas hasta que sentí el borde del colchón en las piernas. Me bajó los breteles del vestido de un movimiento. La tela cayó hasta la cintura y él se quedó mirándome el torso, el corpiño, como si estuviera decidiendo por dónde empezar.
Decidió por los pezones. Me bajó las copas del corpiño de un tirón, dejándome las tetas al aire, y se prendió de ellos con la boca, primero suave, después con los dientes, tirando hasta que se estiraron, mordiendo justo en ese punto en que el dolor y el placer dejan de distinguirse. Con una mano me apretaba la otra teta, retorciéndome el pezón entre el pulgar y el índice. Yo arqueé la espalda y se me escapó un sonido que no pude controlar.
—Así… —jadeé—. Más fuerte… mordeme… así está bien…
Bajé las manos hasta su cinturón. Le abrí el botón, el cierre, le bajé el pantalón junto con el boxer de un tirón, y cuando la polla saltó libre casi me quedo sin aire. Era gruesa, larga, con la cabeza morada e hinchada, ya con una gota de líquido preseminal brillando en la punta. La agarré con la mano, apenas me la cerré alrededor, y la sentí latir contra mi palma. La acaricié despacio, subiendo y bajando la piel, mirándolo a los ojos, disfrutando de cómo se le tensaba la mandíbula y de cómo se le escapaba el aire cada vez que le rozaba la punta con el pulgar.
—Qué verga tenés —le dije bajito, apretándola en el puño—. Me la imaginé toda la semana. Me hice adicta pensando en esta cosa metida en mi coño.
Él me puso una mano en el hombro y empujó hacia abajo con una presión suave pero clara. No hizo falta que dijera nada. Me dejé caer de rodillas frente a él, sobre la alfombra áspera del motel, y lo miré desde abajo, con la polla temblando a la altura de mi cara.
Primero me acerqué solo a respirar. Ese olor cálido, intenso, masculino, me desarmó. Saqué la lengua y empecé por los huevos, chupándoselos uno a uno, metiéndomelos enteros en la boca mientras le acariciaba la verga con la mano. Subí despacio, dibujando el recorrido entero con la lengua plana, siguiendo la vena gruesa que le recorría la base, hasta llegar a la cabeza y rodearla en círculos. Lo escuché contener el aire.
—No me apures —le dije, separándome un instante, con los labios brillantes de saliva—. Quiero mamártela bien.
—Hacelo como quieras —respondió, con la voz ya ronca—, pero no pares.
Abrí la boca y me la tragué entera. Lento, profundo, hasta que sentí la cabeza tocarme el fondo de la garganta y tuve que relajarla para que entrara un poco más. Se me llenaron los ojos de lágrimas, se me corrió el maquillaje, y tuve que respirar por la nariz. Me quedé ahí, atragantada, con toda esa carne dura tapándome la boca, hasta que no aguanté más y me separé jadeando, con un hilo grueso de saliva colgando de la barbilla a la punta de su verga.
—Puta madre… —lo oí gruñir—. Chupás como una diosa.
Volví a metérmela, esta vez con ritmo, un mano en la base moviéndose al compás de mi boca. La chupaba entera, la soltaba para lamerle los huevos, volvía a tragármela hasta la garganta. Él me puso una mano en la nuca, sin forzar, solo acompañando el ritmo que yo marcaba, y a veces empujaba apenas para que le entrara un poco más profundo. La saliva me caía por la barbilla, entre las tetas, y no me importaba. Estaba haciendo un desastre y quería hacer más.
—Dios… —lo oí gruñir—. Hacés esto como si fuera lo único que querés en el mundo.
Lo era, en ese momento. No existía nada más que esa habitación, esa cama, esa verga en mi boca. Con la mano libre me metí dos dedos en el coño y me toqué mientras se la mamaba, gimiendo con la boca llena, sintiendo cómo la vibración de mi propia voz lo hacía temblar.
Después de un rato me tomó de la mandíbula con dos dedos y me levantó la cara con cuidado. Me sacó la polla de la boca con un pop húmedo.
—Parate —me dijo—. Ahora te toca a vos.
***
Me incorporé con las piernas flojas. Me tiró de espaldas sobre la cama, me arrancó la tanga de un tirón —el encaje se rompió con un ruido seco— y me abrió las piernas de un empujón. Se arrodilló al borde del colchón y me quedé mirándolo mientras se pasaba la lengua por los labios, con los ojos clavados en mi coño depilado y brillante.
—Mírate —repitió, y esta vez no era una orden, era casi admiración—. Toda hinchada, toda mojada. Sos un desastre.
Sin previo aviso hundió la cara entre mis piernas. Su lengua me recorrió entera, de abajo hacia arriba, larga y ancha, y cuando llegó al clítoris se cerró en un beso profundo, chupando fuerte. Me arqueé de la cama con un grito. Me sostuvo las caderas con las dos manos, hundió más la cara y empezó a comerme el coño con hambre, la lengua metiéndose adentro, saliendo, subiendo hasta el clítoris, chupándolo, mordiéndolo apenas, dibujando el abecedario con la punta.
—Ay, dios… —jadeé, agarrándole el pelo con las dos manos—. Así, no pares, no pares…
Me metió dos dedos mientras seguía chupándome, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto que me hacía perder la cabeza. Lo encontró enseguida. Empezó a apretar ahí adentro con el ritmo justo, y en menos de un minuto sentí que la primera ola me subía desde los pies, imparable.
—Me voy a corr… —alcancé a decir, y me deshice contra su boca, temblando entera, con los muslos apretándole la cabeza y el coño convulsionando alrededor de sus dedos.
No me dio tregua. Cuando todavía estaba temblando me dio vuelta y me inclinó sobre la cama, una mano en el medio de mi espalda. Me subió el vestido por encima de la cintura y se quedó quieto un segundo, mirando cómo el coño me chorreaba por los muslos.
—Mírate —repitió—. Toda preparada.
Bajé una mano y me abrí, ofreciéndome, mostrándole el rosa brillante de adentro.
—Hace horas que estoy así —le confesé, con la mejilla apoyada en el colchón—. Metémela ya. Por favor.
Lo escuché escupir en su mano, pasársela por la polla, y después sentí la cabeza gruesa apoyándose contra la entrada. Se inclinó sobre mi espalda y me habló bajito, casi pegado a la oreja.
—Avisame si es mucho.
—No va a ser mucho —dije—. Rompeme.
Empujó despacio. Sentí cómo cedía mi cuerpo, cómo esa cabeza gruesa me abría de a poco, esa primera resistencia que se rinde milímetro a milímetro, y se me escapó un grito ahogado contra la sábana. Dolía y a la vez era exactamente lo que llevaba semanas necesitando. Me llenaba, me estiraba, me obligaba a acomodarme alrededor de él.
—Tranquila… —murmuró, frenando cuando llevaba la mitad—. De a poco.
—No pares —jadeé, empujando el culo hacia atrás—. Entrá. Toda.
Siguió, milímetro a milímetro, dándome tiempo, hasta que sentí sus huevos golpearme el clítoris y su cuerpo entero apoyado contra el mío. Estaba llena, no me cabía más, la sentía en el estómago. Se quedó así un momento, dejándome respirar, y solo cuando aflojé y empujé hacia atrás pidiendo más empezó a moverse.
Primero lento, sacándomela casi entera y volviendo a hundirla hasta el fondo, marcando cada empuje con una pausa que me volvía loca. Sentía cada centímetro entrando y saliendo, la fricción exacta contra las paredes, la cabeza raspándome un punto adentro que me hacía apretar los dedos contra las sábanas. Después más seguido, más profundo, encontrando un ritmo que me hacía aferrarme al colchón. Cada embestida me arrancaba un sonido distinto.
—Así… sí… —gemía sin poder callarme—. Cogeme… más fuerte… rompeme el coño…
Me puso en cuatro, las rodillas hundidas en el colchón, y me sostuvo de la cintura con las dos manos. Me la clavó de una, hasta el fondo, y empezó a moverse en serio. La cama crujía y golpeaba contra la pared. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba la habitación, el chapoteo húmedo de mi coño mojado tragándose su verga una y otra vez. Yo goteaba sobre las sábanas sin que él me hubiera vuelto a tocar el clítoris siquiera.
—¿Esto querías, puta? —me preguntó, agarrándome del pelo de la peluca y tirando hacia atrás—. ¿Esto es lo que necesitabas?
—Sí —respondí, casi sin voz, arqueando la espalda—. Exactamente esto. Más fuerte. No pares.
Me dio una palmada seca en el culo que me hizo saltar y apretar el coño alrededor de él. Sentí cómo se le escapaba un gemido. Volvió a pegarme, más fuerte, y siguió cogiéndome sin pausa, hundiéndose hasta los huevos en cada embestida.
Cambió el ángulo, se inclinó más sobre mí, casi acostado sobre mi espalda, y de pronto cada empuje me llegaba a un lugar que me hacía ver luces. Bajó una mano y empezó a frotarme el clítoris al mismo tiempo que me la clavaba, y yo empecé a empujar hacia atrás, a buscarlo, a pedirle más con el cuerpo.
—Quedate así —gruñó—. No te muevas. Te quiero llenar entera.
Pero yo no podía quedarme quieta. Estaba al borde de algo grande, una ola que se armaba desde adentro, y él lo notó porque aceleró, más corto, más profundo, más duro, los huevos golpeándome el clítoris con cada estocada.
—Me estoy corriendo… —alcancé a decir, y no terminé la frase.
Me corrí con la verga adentro, sacudida entera, con la cara hundida en la almohada para ahogar el grito, sintiendo cómo el coño se cerraba en espasmos alrededor de él, chupándolo, ordeñándolo. Él siguió, sosteniéndome mientras yo temblaba, cogiéndome sin parar a través del orgasmo, hasta que su propio ritmo empezó a quebrarse.
—Ahí va… —jadeó—. Te lleno adentro… decime dónde…
—Adentro —gemí—. Terminá adentro. Quiero sentirlo.
Lo sentí tensarse, hundirse hasta el fondo con un último empuje brutal y quedarse clavado ahí, y después el calor de la corrida latido a latido, llenándome, tanta que sentí un chorro escapándoseme por los bordes. Se quedó quieto, respirando contra mi espalda, con todo el peso encima, los dos empapados y sin aire, la polla todavía palpitando adentro mientras terminaba de vaciarse.
Cuando por fin se movió, se retiró despacio, y sentí la corrida gruesa deslizándose por la cara interna de mi muslo hasta la sábana.
***
Tardamos un rato en separarnos del todo. Me dejé caer de costado sobre el colchón, con el vestido todavía enrollado en la cintura, las medias corridas, el coño abierto y goteando semen, y una sensación de calma que no había tenido en toda la semana.
Él se tiró a mi lado, mirando el techo. Tardó en hablar.
—Pensé que ibas a ser un desastre —dijo al fin, con media sonrisa—. De esos que escriben mucho y después no aparecen.
—Y yo pensé que ibas a tener prisa —contesté—. De esos que entran, se corren en dos minutos y se van sin mirarte.
Se rio, esta vez de verdad. Estiró la mano y me corrió un mechón de la peluca que se me había pegado a la mejilla, un gesto sorprendentemente suave para alguien que minutos antes me tenía agarrada del pelo cogiéndome como a una perra.
—¿Lo repetimos? —preguntó, con la mano bajando lentamente por mi cadera hasta descansar entre mis muslos, dos dedos empujando la corrida de vuelta adentro—. Todavía tengo ganas.
Gemí bajito con el gesto y sentí que se me despertaba todo de nuevo.
No le respondí enseguida. Me quedé mirando el cielorraso manchado del motel, el cartel de neón filtrándose por la cortina, sintiendo cómo sus dedos jugaban con la mezcla adentro mío, y pensé en todas las noches que había pasado conteniéndome, convenciéndome de que con la fantasía alcanzaba.
—Sí —dije por fin, abriendo un poco más las piernas—. Lo repetimos. Todas las veces que aguantes.
Y supe, mientras lo decía, que esa noche no había sido un final sino un permiso. El permiso de dejar de contenerme, de animarme a buscar lo que de verdad quería, sin culpa y sin disculpas.
Esa fue la noche en que dejé de fingir. Y no pensaba volver atrás.