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Relatos Ardientes

La noche que esta travesti dejó de contenerse

Esa semana mi cuerpo no me dio tregua. Era una urgencia constante, un latido bajo que no se apagaba ni con la ducha fría ni con las manos. Me despertaba de madrugada apretando las piernas, con la imagen fija de estar abierta, ocupada, llena. Soñaba cosas que durante el día me daba vergüenza recordar y que de noche volvían sin pedir permiso.

Me tocaba dos, tres veces al día y no alcanzaba. Era como rascar una picazón con guantes. Por más que me corriera, a los diez minutos volvía esa sensación de vacío, esa necesidad concreta que ya no se conformaba con la fantasía. Necesitaba algo real. Necesitaba a alguien.

Así que una tarde, en vez de seguir dándome vueltas, abrí la aplicación y subí el anuncio. No me anduve con rodeos: dejé claro lo que buscaba, dejé claro que esa noche estaba disponible y dejé claro que no quería conversación previa de horas. Quería un hombre con ganas, sin vueltas, sin promesas.

En menos de una hora tenía la bandeja llena. Demasiadas fotos, demasiados mensajes idénticos, demasiada gente que escribe «hola» y desaparece. Fui descartando hasta que apareció uno que me hizo detenerme. No por la foto descarada que mandó después, sino por cómo escribía: tranquilo, seguro, sin desesperación. Dijo llamarse Bruno. Probablemente no era su nombre, y a mí me daba exactamente igual.

Quedamos en un motel discreto, de esos con entrada lateral y recepción de vidrio polarizado, a las once menos cuarto. Él reservaría la habitación. Yo solo tenía que llegar.

***

Empecé a arreglarme dos horas antes, y eso para mí es parte del placer. Hay algo en el ritual previo que me enciende casi tanto como lo que viene después. Cada paso es una promesa que me hago a mí misma.

Me depilé con calma, repasando cada centímetro hasta dejar la piel lisa, tirante, nueva. Después la crema, el aceite, el tiempo frente al espejo mirándome como si fuera otra persona. Una persona que esa noche no iba a contenerse.

Elegí la ropa interior con cuidado: una tanga de encaje lila que apenas cumplía su función, un corpiño de media copa que me armaba una silueta que me gustaba, medias finas y un portaligas que sabía que iba a volver loco a cualquiera. Encima, un vestido de malla traslúcida tan corto que era casi una sugerencia. Sandalias altas. La peluca rubia, lisa hasta los hombros, peinada hacia un costado.

Perfume detrás de las orejas, entre el escote, en la cara interna de los muslos. Me miré entera, di una vuelta, y me quedé un rato observándome en silencio.

Hoy no vas a fingir que no querés esto.

Pedí un auto y me fui sin pensarlo más, porque si lo pensaba demasiado era capaz de quedarme. Durante el viaje sentí el corazón en la garganta y un cosquilleo que me bajaba por toda la espalda. El conductor no dijo nada. Yo miraba la ciudad pasar por la ventanilla y contaba las cuadras que faltaban.

***

Cuando llegué, la habitación ya estaba abierta. Toqué una vez con los nudillos y la puerta cedió antes de que terminara de golpear.

Él estaba ahí, parado en la penumbra, más alto de lo que esperaba. No me dejó ni decir hola. Me tomó del brazo, me metió adentro y me apoyó contra la pared con una firmeza que me cortó la respiración.

—Sos exactamente lo que dijiste que eras —me dijo al oído, despacio, con una voz grave que sentí en el pecho—. No me lo creía.

Yo ya estaba temblando. No de miedo: de pura anticipación. Le respondí mordiéndole apenas el labio.

—Hace dos noches que no duermo pensando en esto —admití—. ¿Me vas a hacer esperar mucho?

Se rio bajo, una risa que no era burla sino algo más parecido al hambre, y me besó. Me besó como si quisiera dejar algo en claro. Su mano subió por mi muslo, por encima de la media, hasta el borde del vestido, y cuando llegó a la tanga se detuvo apenas un segundo, como tanteando, antes de seguir.

—Mírate —murmuró contra mi cuello—. Te arreglaste toda para que un desconocido te use.

—Para que vos me uses —corregí, y la voz me salió más entrecortada de lo que esperaba.

Me llevó hacia la cama sin soltarme, guiándome de espaldas hasta que sentí el borde del colchón en las piernas. Me bajó los breteles del vestido de un movimiento. La tela cayó hasta la cintura y él se quedó mirándome el torso, el corpiño, como si estuviera decidiendo por dónde empezar.

Decidió por los pezones. Se prendió de ellos con la boca, primero suave, después con los dientes, justo en ese punto en que el dolor y el placer dejan de distinguirse. Yo arqueé la espalda y se me escapó un sonido que no pude controlar.

—Así… —jadeé—. Despacio… no, despacio no… así está bien…

Bajé las manos hasta su cinturón. Le abrí el botón, el cierre, y cuando lo liberé lo tuve en la mano, duro, caliente, latiendo contra mi palma. Lo acaricié despacio, mirándolo a los ojos, disfrutando de cómo se le tensaba la mandíbula.

—Me gusta cómo la tenés —le dije bajito—. Me la imaginé toda la semana.

Él me puso una mano en el hombro y empujó hacia abajo con una presión suave pero clara. No hizo falta que dijera nada. Me dejé caer de rodillas frente a él, sobre la alfombra áspera del motel, y lo miré desde abajo.

Primero me acerqué solo a respirar. Ese olor cálido, intenso, masculino, me desarmó. Saqué la lengua y empecé por la base, subiendo lento, dibujando el recorrido entero antes de llegar a la punta. Lo escuché contener el aire.

—No me apures —le dije, separándome un instante—. Quiero hacerlo bien.

—Hacelo como quieras —respondió, con la voz ya ronca—, pero no pares.

Lo tomé entero. Lento, profundo, hasta donde pude y un poco más, hasta que se me llenaron los ojos de lágrimas y tuve que respirar por la nariz. Él me puso una mano en la nuca, sin forzar, solo acompañando el ritmo que yo marcaba. Subía y bajaba, lo soltaba para lamerlo entero, volvía a tomarlo. La saliva me caía por la barbilla y no me importaba.

—Dios… —lo oí gruñir—. Hacés esto como si fuera lo único que querés en el mundo.

Lo era, en ese momento. No existía nada más que esa habitación, esa cama, ese cuerpo.

Después de un rato me tomó de la mandíbula con dos dedos y me levantó la cara con cuidado.

—Parate —me dijo—. Quiero verte de otra forma.

***

Me incorporé con las piernas flojas. Él me dio vuelta y me inclinó sobre la cama, una mano en el medio de mi espalda. Me subió el vestido por encima de la cintura y se quedó quieto un segundo, mirando.

—Mírate —repitió, y esta vez no era una orden, era casi admiración—. Toda preparada.

Bajé una mano y me abrí, ofreciéndome. Ya estaba lista, brillante de lubricante, latiendo de tanto esperar.

—Hace horas que estoy así —le confesé, con la mejilla apoyada en el colchón—. Por favor.

Lo escuché escupir en su mano, prepararse, y después sentí la presión justa en el lugar exacto. Se inclinó sobre mi espalda y me habló bajito, casi pegado a la oreja.

—Avisame si es mucho.

—No va a ser mucho —dije—. Es lo único que quiero.

Empujó despacio. Sentí cómo cedía mi cuerpo, esa primera resistencia que se rinde de a poco, y se me escapó un grito ahogado contra la sábana. Dolía y a la vez era exactamente lo que llevaba semanas necesitando.

—Tranquila… —murmuró, frenando—. De a poco.

—No pares —jadeé—. Entrá. Toda.

Siguió, milímetro a milímetro, dándome tiempo, hasta que sentí su cuerpo entero apoyado contra el mío. Se quedó así un momento, dejándome respirar, y solo cuando aflojé empezó a moverse.

Primero lento, marcando cada empuje con una pausa que me volvía loca. Después más seguido, más profundo, encontrando un ritmo que me hacía aferrarme a las sábanas. Cada embestida me arrancaba un sonido distinto.

—Así… sí… —gemía sin poder callarme—. No pares… más…

Me puso en cuatro, las rodillas hundidas en el colchón, y me sostuvo de la cintura con las dos manos. La cama crujía. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba la habitación. Yo goteaba sobre las sábanas sin que él me hubiera tocado siquiera.

—¿Esto querías? —me preguntó, sin frenar.

—Sí —respondí, casi sin voz—. Exactamente esto.

Cambió el ángulo, se inclinó más sobre mí, y de pronto cada empuje me llegaba a un lugar que me hacía ver luces. Empecé a empujar hacia atrás, a buscarlo, a pedirle más con el cuerpo.

—Quedate así —gruñó—. No te muevas.

Pero yo no podía quedarme quieta. Estaba al borde de algo grande, una ola que se armaba desde adentro, y él lo notó porque aceleró, más corto, más profundo, más duro.

—Me estás… —alcancé a decir, y no terminé la frase.

Me corrí sin tocarme, sacudida entera, con la cara hundida en la almohada para ahogar el grito. Él siguió, sosteniéndome mientras yo temblaba, hasta que su propio ritmo empezó a quebrarse.

—Ahí va… —jadeó—. No me sueltes.

Lo sentí tensarse, hundirse hasta el fondo y quedarse clavado, y después el calor adentro, latido a latido. Se quedó quieto, respirando contra mi espalda, con todo el peso encima, los dos empapados y sin aire.

***

Tardamos un rato en separarnos. Cuando lo hizo, me dejé caer de costado sobre el colchón, con el vestido todavía enrollado en la cintura, las medias corridas y una sensación de calma que no había tenido en toda la semana.

Él se tiró a mi lado, mirando el techo. Tardó en hablar.

—Pensé que ibas a ser un desastre —dijo al fin, con media sonrisa—. De esos que escriben mucho y después no aparecen.

—Y yo pensé que ibas a tener prisa —contesté—. De esos que entran, terminan y se van sin mirarte.

Se rio, esta vez de verdad. Estiró la mano y me corrió un mechón de la peluca que se me había pegado a la mejilla, un gesto sorprendentemente suave para alguien que minutos antes me tenía agarrada de la cintura.

—¿Lo repetimos? —preguntó.

No le respondí enseguida. Me quedé mirando el cielorraso manchado del motel, el cartel de neón filtrándose por la cortina, y pensé en todas las noches que había pasado conteniéndome, convenciéndome de que con la fantasía alcanzaba.

—Sí —dije por fin—. Lo repetimos.

Y supe, mientras lo decía, que esa noche no había sido un final sino un permiso. El permiso de dejar de contenerme, de animarme a buscar lo que de verdad quería, sin culpa y sin disculpas.

Esa fue la noche en que dejé de fingir. Y no pensaba volver atrás.

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Comentarios (1)

Peluca88

Que relato!!! me encanto de principio a fin

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