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Relatos Ardientes

Me vestí de mujer y un vecino me descubrió

Vivía en una residencia para estudiantes a tres calles de la facultad. Era un edificio viejo, de habitaciones pequeñas y paredes finas, donde paraban sobre todo chicos de otras ciudades que solo aparecían entre semana. Cuando llegó el puente largo, todos hicieron las maletas y se volvieron a sus casas. Todos menos yo.

Me quedé a propósito. Llevaba semanas esperando ese fin de semana en que el pasillo quedara vacío, porque había encargado por internet un vestido que no me atrevía a estrenar con nadie cerca.

Esa tarde cerré la puerta con pestillo y empecé el ritual despacio. Me afeité entero, cada centímetro, hasta que la piel me quedó lisa y un poco enrojecida. Me puse una tanga blanca de encaje, fina, y encima el vestido: corto, de un morado intenso, con un estampado tipo cuadros escoceses, los hombros al aire y unos lacitos en los brazos que me hacían sentir otra persona. Me peiné hacia un lado, me maquillé con calma y me miré en el espejo durante un rato largo.

No parecía yo. Parecía exactamente lo que quería ser esa noche.

Me serví una cerveza, abrí la aplicación de citas y creé un perfil nuevo con un nombre inventado: Valehot. Empecé a hacerme fotos posando contra la pared, mordiéndome el labio, girándome para que se viera la curva de la espalda y el borde de la tanga. Subí las mejores y dejé el teléfono sobre la cama.

En media hora la pantalla no paraba de vibrar.

Hombres escribiéndome cosas, halagos, propuestas directas, fotos de sus pollas sin que se las pidiera. Yo flotaba. Respondía a uno de cada cinco, casi siempre con un primer plano de mis labios pintados o de mis nalgas, bajándome un poco la tanga para la cámara. Bebía cerveza, contestaba, me reía sola. Me sentía deseada de una forma que nunca me había permitido durante el día.

A uno de ellos, que insistía mucho, le mandé una foto a cuatro patas sobre la cama. No lo pensé. La hice, la envié y seguí con los demás.

***

Un rato después alguien golpeó la puerta de mi habitación. Dos toques secos. Y entonces una voz dijo mi nombre real, bajito, pegado a la madera.

Me quedé congelada con la cerveza en la mano. Conocía esa voz. Era Bruno, un chico del segundo piso, de los pocos que también se había quedado el puente. Tragué saliva y, sin abrir, le pregunté qué quería.

—Hola, Valehot —dijo, y noté la sonrisa en su tono—. No te quites el vestido. Soy el de la foto a cuatro patas.

Se me cayó el alma a los pies. No podía ser. Habíamos coincidido en la cocina común mil veces, le había prestado azúcar, habíamos hablado de los exámenes en el ascensor. Y ahora estaba al otro lado de mi puerta sabiendo exactamente quién era la chica de las fotos.

—Me voy a duchar —continuó, igual de tranquilo—. Vuelvo en diez minutos. Si no me abres, las fotos las ve toda la residencia.

Oí sus pasos alejarse por el pasillo.

Me lancé sobre el teléfono y revisé el chat con manos temblorosas. Tenía razón. En el fondo de la foto se reconocía mi habitación: la colcha, el póster de la pared, una carpeta con el logo de la facultad sobre el escritorio. Cualquiera que conociera el edificio ataría cabos en un segundo.

Estás atrapada. Hagas lo que hagas, estás atrapada.

Empecé a dar vueltas por la habitación como un animal enjaulado. Pensé en escapar, en llamar a alguien, en borrar el perfil, pero nada de eso servía: él ya tenía las imágenes guardadas. El corazón me iba a mil. Y, debajo del miedo, había algo más que no quería nombrar y que me apretaba el bajo vientre.

Cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, ya me había repintado los labios y me había echado perfume detrás de las orejas.

—Que pase lo que tenga que pasar —dije en voz alta, para convencerme.

***

Los diez minutos se hicieron eternos hasta que volvió a golpear. Respiré hondo y abrí.

Bruno entró con ropa de deporte, una camiseta de tirantes y un pantalón corto, como si viniera de jugar al baloncesto. Cerró la puerta detrás de él sin prisa. Recorrió la habitación con la mirada, se detuvo en el escritorio, en la cama, y por fin en mí, de arriba abajo, demorándose en el vestido morado y en mis piernas afeitadas.

—Esto queda entre nosotros —dijo en voz baja.

No supe si era una amenaza o una promesa. Antes de que pudiera contestar me tomó de la mano, me hizo girar y se colocó detrás de mí. Sentí su pecho contra mi espalda y su aliento en la nuca.

—Tranquila.

Sus manos empezaron a recorrerme por encima de la tela, la cintura, el vientre, subiendo despacio. Me apartó el pelo y me besó el cuello, primero suave, después con la boca abierta, mientras me apretaba contra él.

—Estás muy buena —murmuró—. Me tienes durísimo.

Lo notaba. Movía las caderas para frotar su erección entre mis nalgas, marcándola por encima del pantalón, y a mí se me escapó un sonido que no reconocí como mío. Todo el miedo se había transformado en otra cosa, en una rendición caliente que me recorría de arriba abajo.

Se bajó el pantalón con una mano sin dejar de sujetarme con la otra. Cuando su polla quedó libre, dura y pegada contra la parte baja de mi espalda, me puso la mano en el hombro y empujó hacia abajo.

—De rodillas.

Obedecí sin pensarlo. Me arrodillé sobre el suelo frío y me la metí en la boca como había visto hacerlo en mil vídeos, con ganas, mirándolo hacia arriba. Él me sujetaba la cabeza y marcaba el ritmo, sin dejarme usar las manos.

—Así, despacio —decía—. Mírame mientras lo haces.

La saliva me corría por la barbilla y arruinaba el carmín que me había puesto con tanto cuidado. No me importó. Llevaba años fantaseando con algo parecido a esto y ahora estaba pasando de verdad, en mi propia habitación, con un chico que hasta esa tarde solo era el vecino del segundo.

***

Me sacó la polla de la boca y me hizo levantarme. Me giró de cara al escritorio y me dobló hacia delante con una mano en la espalda.

—Apóyate ahí. Las manos quietas.

Coloqué las palmas sobre la madera. Sentí cómo me subía el vestido por encima de las caderas y cómo me bajaba la tanga, solo un poco, lo justo. Se escupió en la mano, me la pasó entre las nalgas y empezó a frotar la punta contra mi entrada, sin meterla todavía, dibujando círculos lentos que me hacían arquear la espalda.

—Qué rica putita —me decía al oído, inclinado sobre mí—. Tan sumisa. Hueles a princesa.

La humillación y el deseo se mezclaban hasta que ya no distinguía uno del otro. Empujó con cuidado y noté cómo la cabeza empezaba a abrirse paso. La lubricación dejaba que entrara de a poco, milímetro a milímetro, y yo respiraba por la boca para aguantar.

—Quieta —ordenó, apretándome las caderas con las dos manos.

Justo cuando empecé a sentir un punto de dolor, lo oí gemir, ronco y entrecortado. Sus dedos se clavaron en mi piel y todo su cuerpo se tensó contra el mío. Apenas había entrado y ya se estaba corriendo. Me quedé inmóvil, sintiéndolo latir, con la frente apoyada en el escritorio y la respiración agitada.

Tardó unos segundos en soltarme. Se apartó, se subió el pantalón y me dio una nalgada que sonó en toda la habitación.

—Te dejo el recuerdo —dijo con una media sonrisa.

Y salió, cerrando la puerta con la misma calma con la que había entrado.

***

Me quedé sola, todavía doblada sobre el escritorio, con el corazón golpeándome las costillas. Me incorporé despacio y fui hasta el espejo. Tenía el vestido arrugado, el maquillaje corrido y, cuando me giré para mirarme por detrás, vi el semen entre las nalgas. Apreté un poco y salió más. Por delante, la tanga blanca estaba empapada de mis propios líquidos, transparente y pegada a la piel.

No aguanté ni un minuto. Me toqué de pie, frente al espejo, mirándome todavía vestida de mujer, y me corrí casi al instante, mordiéndome el labio para no hacer ruido en el pasillo vacío.

Después me duché largo rato, me quité el vestido con cuidado, lo doblé y lo guardé en el fondo del armario. Me metí en la cama y me dormí enseguida, agotada, con una sensación rara de paz.

El puente terminó, volvieron los demás y el semestre siguió su curso. Bruno y yo nos cruzamos muchas veces más en la cocina, en el ascensor, en la puerta del edificio. Nunca dijo una palabra de aquella noche. Me saludaba con un gesto, hablábamos del clima o de los parciales, como si nada hubiera ocurrido entre nosotros.

Quizá para él fue solo un rato de un fin de semana aburrido. Para mí fue otra cosa. Cada vez que abro el armario y veo aquel vestido morado doblado en el fondo, vuelvo a esa habitación, a esos diez minutos de espera, a su voz al otro lado de la puerta diciendo un nombre que solo era mío. Y sigue siendo, todavía hoy, el mejor recuerdo que tengo para tocarme.

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