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Relatos Ardientes

La primera vez que me vestí para entregarme a un hombre

Tengo treinta y un años y vivo en Medellín, aunque crecí en un pueblo pequeño de las montañas. Como tantas de nosotras, mi gusto por la ropa de mujer empezó cuando todavía era un niño. En las vacaciones me dejaban en casa de mi tía, y cuando me quedaba solo aprovechaba para abrir el cajón de mis primas y probarme lo que encontraba. Recuerdo con una claridad casi vergonzosa la primera vez que me puse una tanga negra y sentí cómo desaparecía entre mis nalgas. Esa sensación nueva, prohibida, me dejó temblando frente al espejo.

Desde entonces, cada vez que tenía la casa para mí, repetía el ritual. Me probaba vestidos, medias, sostenes rellenos con calcetines, y me miraba de perfil intentando adivinar a la mujer que quería ser. Crecí, me mudé a la ciudad, terminé de estudiar, y aquel deseo nunca desapareció. Solo aprendió a esconderse mejor.

A los veintiuno reuní el valor para entrar a leer esos anuncios de gente que buscaba encuentros. Me excitaba todo lo que leía, pero nada me convencía del todo. La idea de ir a un hotel me daba pánico, así que siempre buscaba opciones en casa de la otra persona. Pasé casi un año entero navegando, calentándome y cerrando la página antes de escribir nada.

Hasta que apareció Marcelo.

Su anuncio era distinto: directo, pero amable. Le respondí una noche, con el corazón golpeándome en la garganta, y le confesé de entrada que sería mi primera vez. Le dije que quería hacerlo vestida de mujer, completamente. Pensé que se asustaría. En cambio, le encantó la idea y me pidió fotos para conocerme antes.

Eso me prendió de una forma que no esperaba. Nunca me había imaginado enviándole fotos mías, arreglada, a un hombre. Y entonces caí en cuenta de un detalle absurdo: no tenía ropa propia. Todo lo que había usado en mi vida era prestado, robado de cajones ajenos.

Así que me puse a buscar. Me costó más de lo que pensaba encontrar tiendas que vendieran lo que quería sin hacerme sentir observada, pero al final conseguí un conjunto que me pareció perfecto: un corsé negro para marcarme un poco de cintura —soy de contextura normal, ni delgada ni gruesa—, unas medias negras de silicona que se sostenían solas y un hilo del mismo color.

Me encerré en mi cuarto una tarde entera, me lo puse todo y me tomé fotos recostada en el sofá. Cuando se las mandé a Marcelo, su respuesta llegó casi al instante. Le habían encantado. Los dos terminamos esa conversación con la respiración entrecortada, y quedamos en vernos.

***

El lugar elegido fue un hotel en el barrio Laureles, uno de esos discretos donde nadie pregunta nada. Marcelo me dijo que podía cambiarme dentro, que el sitio era para todo público y que no me preocupara por nada. Esa frase, «no te preocupes por nada», me acompañó durante todo el viaje en taxi, repitiéndose como un mantra mientras los nervios me revolvían el estómago.

Lo reconocí apenas lo vi en la entrada. Me llevaba unos diez años y era bastante más alto que yo. Tenía una forma de moverse tranquila, segura, que me calmó de inmediato. Se comportó como un caballero desde el primer momento: hizo todos los trámites en recepción, me pidió que esperara a un lado, y cuando subimos me abrió la puerta de la habitación y me dejó pasar primero.

Adentro, mis nervios estaban a mil. Él lo notó.

—Ve a cambiarte con calma —me dijo—. Yo te espero acá. No hay ningún apuro.

Me metí al baño y empecé a desvestirme despacio. Como siempre he llevado el pelo algo largo, no necesitaba peluca. Me puse el hilo, después el corsé, y por último las medias, que son lo que más me gusta de todo el proceso, esa sensación de la tela deslizándose por la pierna. Me maquillé un poco, con una sombra y un labial que había guardado durante meses para ese día. Tomé aire frente al espejo, miré a la mujer que me devolvía la mirada, y salí.

Marcelo me recorrió con los ojos de arriba abajo. Me dijo unas cuantas cosas que me hicieron sonrojar hasta las orejas. Y entonces hizo algo que no esperaba: me entregó una caja.

—Es para ti —dijo.

La abrí con las manos temblando. Adentro había unos zapatos de tacón abierto, de ocho centímetros, negros y brillantes. Casi me echo a llorar. Le había contado lo difícil que me había resultado comprar mi primera ropa, y él había recordado ese detalle. Me senté en el borde de la cama, todavía emocionada, y empecé a ponérmelos.

Fue al levantar la cabeza cuando me di cuenta de que él ya se había desnudado mientras yo me distraía con la caja. Solo llevaba una toalla atada a la cintura. Y delante de mi cara, a la altura exacta de mis ojos, la toalla se levantaba por un bulto que no dejaba lugar a dudas.

Por fin. El momento que llevaba años imaginando estaba, literalmente, frente a mí.

***

Lo miré desde abajo, con toda la picardía que pude reunir.

—Quítamela —me dijo en voz baja.

Tiré de la toalla y la dejé caer. Lo que apareció me dejó sin aire. Lo tomé desde la base y mi mano no alcanzaba ni la mitad de su largo. Era más grande de lo que había visto nunca, más de lo que había imaginado. Se acercó un poco más y pude olerlo, ese olor a hombre limpio y caliente que desde entonces me vuelve loca.

Empecé despacio, recorriéndolo con las manos de arriba abajo. Después le di besos en la punta, lo lamí a lo largo, y poco a poco me lo fui metiendo en la boca. Era el primero que probaba en mi vida y me gustó de inmediato. El único problema era justamente ese: al ser el primero, y de semejante tamaño, las arcadas eran imposibles de evitar.

—Tranquila —me decía, acariciándome el pelo—. No hay apuro. Tómate tu tiempo.

Y me lo tomé. Estuvimos un buen rato así, yo aprendiendo, él guiándome con paciencia, hasta que sentí que ya entraba más de la mitad cuando mi boca tocó mi propia mano. Estaba feliz, orgullosa de lo que estaba logrando, hasta que me detuvo con suavidad.

—Ponte en cuatro sobre la cama —me pidió.

Obedecí, esperando una caricia, algo. En cambio escuché un clic. Volteé, asustada, y vi que me estaba tomando una foto.

—Te van a gustar —dijo—. Te lo prometo.

Acepté, no sé por qué, quizá porque en ese cuarto me sentía otra persona. Así que seguí. De rodillas, recostada de lado, con el hilo corrido hacia un costado, dejé que fotografiara cada rincón. Entonces, sin aviso, sentí su lengua entre mis nalgas y todo el cuerpo me tembló de golpe. Nunca había sentido nada parecido, una corriente tibia que me recorría la espalda.

Me volteó con cuidado y me pasó un condón.

—Pónmelo —dijo.

Lo hice con la boca, hasta donde pude. Después lo vi tomar un frasco de lubricante y pedirme de nuevo que me pusiera en cuatro.

***

Me untó el lubricante y empezó a acariciarme con los dedos. Primero uno, despacio. Luego dos. Después tres. Era una sensación completamente distinta a la de las veces en que, sola en mi cuarto, había experimentado con otras cosas. Esto era otra cosa: era él, era real, era lo que tanto había esperado.

Sacó los dedos y sentí la cabeza de su miembro empujando en la entrada. Aguanté la respiración. Entró despacio, milímetro a milímetro, y en ese instante sentí que perdía la virginidad que había guardado durante tantos años. Se tomó su tiempo para no lastimarme, deteniéndose cada poco, aprovechando incluso para tomar alguna foto más.

Cuando entró un poco más de la mitad, sentí cómo golpeaba el fondo y me quitaba el aire. Empezó un vaivén suave, paciente, hasta que mi cuerpo se fue acostumbrando a su tamaño. Después nos pusimos de lado, me levantó una pierna y siguió penetrándome desde ese ángulo. Cerré los ojos. Era una sensación tan intensa que no encontraba palabras.

—¿Qué posición quieres probar? —me preguntó al oído.

—Quiero montarte —le dije, sorprendida de mi propio atrevimiento.

Se recostó boca arriba y me dejó sentarme encima, de espaldas a él, porque quería verlo todo. Tomé su miembro, lo guié hacia mí y me fui sentando despacio. Por fin podía llevar yo el ritmo. Empecé a subir y bajar apoyándome en sus piernas, y esa posición se convirtió en mi favorita en cuestión de segundos. Cuando me di cuenta, ya escuchaba el sonido de mis nalgas golpeando su pelvis, ese ruido que todavía me encanta, mientras él aprovechaba para fotografiarme en el aire y al volver a bajar.

***

Estuvimos así hasta que me hizo parar y me llevó al sillón de la habitación. Me arrodilló sobre el asiento y me hizo apoyarme en el respaldo. Desde atrás empezó a bombear con todo, hundiéndose entero. Mi cuerpo se había vuelto el lugar perfecto para él, y yo no quería que terminara nunca.

Sentí cómo aceleraba el ritmo, cómo su respiración se volvía más pesada. Estaba atenta, esperando que me dijera que me diera la vuelta para poder probar por primera vez lo que tanto había leído. Pero de pronto salió, se quitó el condón en un segundo y sentí algo caliente cayendo sobre la parte baja de mi espalda.

—¡Te ibas a avisar! —le reclamé, riéndome a medias, frustrada—. Quería ponerme la boca.

Marcelo sonrió, todavía agitado.

—Eso —dijo— es para el segundo asalto.

Y esa respuesta me encantó.

***

Esa fue mi primera vez. La esperé durante años y resultó mejor de lo que cualquiera de mis fantasías solitarias había prometido. Salí de aquel hotel sintiéndome, por primera vez en mi vida, exactamente quien siempre había querido ser. Ya les contaré, otro día, lo que pasó en el segundo asalto. Por ahora, gracias por leerme. Besos a todas.

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Comentarios (1)

Torino_86

buenisimo!!!

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