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Relatos Ardientes

La travesti madura que conoció a Polenta en un foro

Todos los que me leen ya lo saben: lo que cuento me pasó de verdad, y esta historia no es la excepción. Era una de esas tardes de calor pegajoso, de las que no te dejan pensar en otra cosa que no sea piel contra piel. No fue hace tanto, apenas el verano pasado. Yo estaba inquieta, con el cuerpo encendido y una necesidad que me subía desde abajo. Soy una travesti madurita, y a estas alturas conozco bien mi apetito: cuando el cuerpo pide, hay que atender el llamado sin discutir.

Me había arreglado desde temprano, mucho antes de que tuviera siquiera con quién. Me puse un hilo dental y una lencería negra que apenas me cubría los pezones, medias de malla, portaligas, todo del mismo color, que es mi favorito. Encima me eché un vestido amarillo, cortito y sugerente, de esos que dejan adivinar más de lo que muestran. Esa temporada llevaba el cabello castaño, no demasiado largo, sujeto con una hebilla negra, y me calcé unos tacones bien altos, también negros, para que se me marcaran las nalgas al caminar.

Estaba dispuesta a todo aquella tarde, así que entré a un foro y no tardé ni diez minutos en que me escribiera un hombre. Se presentaba con galantería y firmaba sus mensajes como «Polenta». El apodo me dio risa y, sin perder tiempo, le pregunté de dónde venía un nombre tan curioso.

—Vas a tener que averiguarlo tú misma, corazón —me respondió—. Y te va a costar el culo.

A mí, que me pierden los desafíos, aquello me prendió todavía más. Le contesté de inmediato que mi culito estaba urgido, que se llamara como se llamara, lo único que me importaba era que viniera un macho atrevido a atenderme. No exageraba: andaba realmente desesperada.

Quedamos en vernos a eso de las ocho de la noche, y todavía eran las cuatro de la tarde. Para entonces yo ya goteaba como una perra en celo, con el calzoncito empapado y los pezones tan duros que apuntaban al techo. Mi pinguita seguía pequeña, sin erección, pero no paraba de mojarse, y sentía un cosquilleo insistente en el recto que me pedía atención a gritos.

Que sean las ocho de una vez, pensaba mientras daba vueltas por el cuarto.

Llegó la hora y Polenta tocó a mi puerta. Lo hice pasar y le di un beso de bienvenida. Era bastante bajito, más de lo que esperaba, pero tenía su atractivo, una seguridad en la mirada que compensaba la estatura. Conversamos un rato. Me dijo que estaba linda, que le gustaba mi figura, que me veía rica. Cada palabra me iba calentando un poco más.

Empecé a desvestirlo despacio, disfrutando cada botón. Yo me quedé en lencería, solo con mi tanga y el sostén, ambos diminutos. Mi pinguita ni se notaba bajo la tela apretada, aplastada como un botoncito. Polenta quedó en bóxer y decidí bajárselo de un tirón.

Fue ahí cuando vi aquel pene. Era pequeñito, con el prepucio cubriéndole casi todo, más grande que el mío, eso sí, pero en comparación con otros era el más chico que había visto en mucho tiempo. No pude disimular del todo mi sorpresa.

Él ni se inmutó al ver mi cara. Al contrario, parecía aún más seguro de sí mismo.

—Chúpalo, perra —me ordenó con una energía que no admitía réplica.

Obediente, lo miré a los ojos con mi mejor cara de zorra y me llevé aquel caramelo a la boca. Empecé a succionarlo con ganas, y la verdad es que estaba más rico de lo que imaginaba. Enseguida brotó su líquido a borbotones, y eso me excitó todavía más. Entonces noté algo: empezaba a crecer dentro de mi boca.

***

Fue increíble el tamaño que fue tomando. Yo seguía chupando, sin parar, y aquel pene que parecía inofensivo se transformó en una verga gruesa y larga. Las venas se le marcaron, el glande se hinchó y abandonó el prepucio. Mientras más lo trabajaba con la boca, más crecía, hasta que empecé a atragantarme con él. Era enorme. Nunca había visto una transformación así, casi monstruosa.

Pasaron como treinta minutos de pura entrega. Yo estaba mojada, con el recto palpitando de ansias. Polenta me sujetó la cabeza y me dijo lo que yo necesitaba oír.

—Ahora ya sabes por qué me dicen Polenta, zorra. Porque crezco en la olla, igual que la harina cuando hierve. Date la vuelta, que te voy a reventar el culo. Te lo voy a dejar abierto como un túnel, y toda la leche que salga de ese hoyo te la vas a tragar como la puta hambrienta que eres. Apúrate.

No hizo falta que lo repitiera. Me volteé, levanté el culo y me soba los pezones mientras le abría las nalgas con las dos manos. Él no perdió ni un segundo: me ensartó aquel falo de un solo golpe. Solté un grito que fue mitad dolor y mitad gloria, y empecé a gemir como una demente. Me había empalado entera de una sola estocada. Una penetración salvaje, sin pausa ni piedad.

Sentí cómo mi pinguita goteaba sin control, como un grifo abierto. Polenta me montó así, bombeando, durante casi una hora entera. Gemía como un loco, moviendo las caderas con una resistencia de jinete, dándome verga sin descanso. Aquel fierro caliente era grande de verdad, y me iba abriendo más y más con cada embestida.

En un momento me lo sacó de golpe y me vi reflejada en el espejo grande de la pared. Tenía el culo abierto como un socavón, y el glande, enorme, brillaba detrás de mí. Verme así, dilatada y entregada, me hizo ver estrellas. Volvió a metérmela y seguimos cambiando de posturas, cada una más profunda que la anterior.

***

Después de un buen rato y de varias poses, se vino dentro de mi culo con un gruñido largo. Me pidió que expulsara todo, así que esperamos unos segundos, hasta que cayó la última gota tibia de mi ano. Entonces me obligó a recogerla con la boca, y yo lo hice mirándolo a los ojos, saboreando aquel néctar como si fuera lo más rico del mundo.

—Buena perra —murmuró, satisfecho.

Luego me agarró la pinguita y me masturbó con fuerza, sin delicadezas, hasta sacarme mi propia leche. Y, por supuesto, también me la dio a probar. Me la tomé entera, la paladeé y le dije, con la voz entrecortada, lo rica que estaba. A él le encantó la respuesta.

Polenta era todo un campeón. Su pene fue perdiendo tamaño poco a poco, hasta volver a ser aquella cosita pequeña y aparentemente inofensiva del principio. Era como el doctor Jekyll y el señor Hyde del sexo, pensé, y la idea me hizo reír por dentro. Aquel hombre de corta estatura me había hecho su hembra con un dominio total, y el nivel de dilatación que conseguí esa noche fue lo mejor que había sentido en mucho tiempo. El orgasmo, glorioso. Y hubo leche de sobra para mi boca.

Nos quedamos tomando un trago, conversando entre risas, y de ahí cayeron dos tandas más de sexo que se estiraron hasta las tres de la madrugada. Fue una noche inolvidable, de las que se quedan grabadas. Me sentí completa, satisfecha hasta el último rincón del cuerpo.

Aquel encuentro me hizo más sissy, más puta, y me dejó claro que todavía tengo mucho por explorar. Me prometí seguir entrenando el culo para penes grandes, prepararme mejor, sobre todo para el grosor. Polenta también me chupó los pezones durante un buen rato, y con eso terminó de coronar la noche: nada me derrite tanto como una boca golosa en mis limoncitos.

De solo recordarlo me vuelve el cosquilleo de siempre allá abajo. Hasta la próxima. Besos.

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Comentarios (1)

LuchoMdp

Me tuvo pegado a la pantalla de principio a fin. Tremendo relato!

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