Mi jefe me transformó en Marisol
Me llamo Daniel, tengo treinta y dos años y soy de Guadalajara. Llevaba un buen tiempo trabajando en la misma oficina, una empresa pequeña donde apenas éramos seis empleados, el jefe y su secretaria. Por razones que nunca terminamos de entender, el jefe de toda la vida se marchó y se llevó consigo a su asistente. En su lugar llegó Gerardo, el hombre que sin saberlo iba a desarmar por completo la idea que yo tenía de mí mismo.
Con Gerardo vino también su secretaria personal, una mujer de veintiséis años que se movía por los pasillos como si supiera el efecto que causaba. Cada vez que pasaba frente a nuestros escritorios, ninguno de nosotros lograba apartar la vista. Los murmullos sobre la relación entre el jefe y su asistente eran el deporte favorito de la oficina, aunque nadie se atrevía a confirmarlos.
Pero al cabo de medio año, ella renunció para irse a otra empresa, y Gerardo me pidió que ocupara su lugar mientras encontraba a una sustituta. Debo aclarar que Gerardo era un jefe autoritario. Sin llegar a ser desagradable, imponía su mando con una firmeza que no admitía discusión. Las pocas veces que había entrado a su despacho me había sentido extrañamente pequeño. Medía cerca de un metro noventa, no era gordo pero sí corpulento, rondaba los cincuenta y tantos y vestía con una elegancia impecable que hacía que cualquiera bajara la mirada.
No supe negarme. Además me ofreció un aumento que en mi situación no me venía nada mal. En cuestión de días me di cuenta de que me estaba convirtiendo de verdad en su asistente personal. No solo me ocupaba del trabajo de oficina, sino también de llevarle el café, organizarle la agenda privada, comprarle regalos para su familia. A veces incluso me contaba detalles de su vida íntima, como si yo fuera alguien de confianza.
Una mañana me llamó a su despacho y me pidió que cerrara la puerta. La conversación fue breve. Me dijo que estaba muy satisfecho con mi rendimiento, que quería que me quedara de forma permanente como su «secretaria» —usó esa palabra, en femenino— y que aumentaría mi sueldo para compensarlo. Me dio un día para pensarlo. Y antes de que me marchara, para mi sorpresa, me entregó una pulsera como agradecimiento. Era una pulsera claramente femenina. Me la puso él mismo, rodeándome la muñeca con sus dedos, y aquello me provocó una vergüenza que no supe explicar.
Esa noche, en casa, sentí rabia al comprobar cómo mi jefe me trataba más como a una mujer que como a un hombre. Me había llamado secretaria, había alabado el toque delicado que le daba a su trabajo, me había regalado una joya de mujer. ¿Pero qué podía hacer?
Al día siguiente le dije que sí. Me respondió, con una sonrisa, que estaba seguro de que nos entenderíamos de maravilla.
***
A partir de entonces mis jornadas se fueron alargando. Me quedaba hasta tarde, ayudando o simplemente esperando por si necesitaba algo. Lo acompañaba a algunas reuniones. Un día me comentó que le gustaría verme vestir de manera más formal, y esa misma tarde, con la oficina ya vacía, me obsequió un par de pantalones, zapatos y camisas. Me pidió que me los probara allí mismo. No quise negarme, pero fui al baño. Al ponérmelos noté que me quedaban ajustados, que marcaban mi trasero más de lo que estaba acostumbrado. Gerardo insistió en que me sentaban de maravilla.
Aquello se convirtió en mi uniforme. Notaba cómo me miraba cuando salía del despacho. A veces su mano rozaba mi trasero al pasar por detrás de mí mientras me dictaba tareas. Preferí no darle importancia. Otras veces, estando yo sentado, se acercaba a felicitarme por algún trabajo bien hecho y me acariciaba el pelo. Eso me hacía sentir como una mascota. De vez en cuando me llamaba por un nombre que no era el mío, «Marisol», y se disculpaba de inmediato, aunque yo dudaba que fuera por error.
Lo peor era que me enfadaba conmigo mismo por disfrutarlo. Me sentía bien atendiéndolo, sobre todo porque reconocía mi esfuerzo con frecuencia. El día que me dio una palmada en las nalgas después de una broma me sentí humillado, pero me callé. Ese fin de semana no paré hasta encontrar a una mujer en una discoteca y llevármela a la cama, como un buen macho, porque necesitaba recuperar la masculinidad que en el trabajo quedaba escondida, apagada.
Pocos días después, tras una reunión que terminó tarde, me invitó a cenar. Fuimos a un buen restaurante y charlamos de la vida. Antes de despedirnos me entregó un paquete y me dijo, casi con ternura, que quería agradecerme todo lo que hacía por él. Me pidió que no lo abriera hasta llegar a casa. Así lo hice. Dentro había un juego de cuatro tangas finas. Pensé que era un error o una broma, pero la tarjeta no dejaba lugar a dudas:
«Querido Dani: creo que este es el complemento que le falta a tu estilo tan personal y femenino de atenderme. Te agradecería mucho que las usaras para venir a trabajar.»
Intenté contenerme y no pude. Lloré de pura rabia. Quería decirle que no pensaba ponerme esas prendas, ni la otra ropa que me había regalado, que no quería ser tratado como una mujer. Pero a la mañana siguiente, pensando en mi puesto y en mi sueldo, me puse por primera vez en mi vida una tanga. Al subirme el pantalón sentí el tacto suave sobre la piel, y al caminar la sensación fue tan agradable que volví a enfadarme conmigo mismo.
Gerardo me llamó a su despacho en cuanto llegué y me preguntó si me había gustado el regalo. Mi cabeza pensó no, pero mi boca dijo otra cosa.
—Sí, muchas gracias, Gerardo.
—¿Llevas unas puestas ahora?
—Sí.
—¿Y qué tal? ¿Te quedan bien?
—Sí —volví a contestar.
A partir de ese día, las palmadas y los roces «involuntarios» aumentaron de frecuencia.
***
Las semanas pasaban y yo dejaba cada vez más mi personalidad en casa antes de salir a trabajar. El trato de Gerardo se volvía más cercano, más posesivo. Hubo otras cenas, otros regalos: un collar, unas medias. El protocolo era siempre el mismo. Regalo sorpresa que no podía abrir hasta llegar a casa, y al día siguiente mis respuestas afirmativas a sus preguntas. Yo me resignaba a mi función, vestido con tanga, medias, brazalete, collar y anillo, todo elegido por él.
El día de mi cumpleaños recibí en casa un vale para una depilación completa en un centro de estética. La nota decía: «Estoy seguro de que te sentará de maravilla y te hará sentir mejor contigo misma.» ¿Qué pretendía mi jefe? ¿Convertirme en una mujer? ¿Hasta dónde quería llegar?
A la mañana siguiente reuní el valor para entrar a su despacho.
—Mire, Gerardo —el trato formal no lo había superado—, quería hablarle del regalo de ayer.
—¿Acaso no te gustó? ¿No te gusta todo lo que hago por ti?
—Sí, claro, no es eso, pero es que no me siento a gusto.
—¿No te sientes a gusto? ¿Te trato mal? ¿No te pago bien? ¿Tienes alguna queja?
—No, señor, solo que…
—¿Solo qué? No estarás pensando en rechazar mi regalo. Sería una falta de consideración muy grave de tu parte.
—No, claro que no, señor.
—Así me gusta. —Se levantó y, rodeando el amplio despacho, se colocó detrás de mí—. Espero que el jueves uses mi regalo y que por la noche salgamos a cenar para celebrarlo. Ahora, si no tienes nada más que decir, ve a buscarme el café.
Me apretó una nalga y yo, sin poder articular más que un «sí», me retiré, maldiciéndome por no haber sido capaz de decirle basta.
***
El jueves me preparé para la cena tal como me lo había pedido. Medias, tanga, el conjunto de brazalete, collar y anillo, el pantalón ajustado y el cuerpo entero depilado. El roce de la ropa sobre la piel lisa producía una sensación nueva que me encendió al salir de casa. En el ascensor tuve que concentrarme para apagar la erección que empezaba a crecer, para que Gerardo, que me esperaba en un taxi, no notara nada.
Fuimos a un restaurante elegante, a una mesa apartada, y cenamos despacio. Al terminar me preguntó:
—¿Cómo te sientes con el cuerpo depilado?
—Es una sensación extraña.
—Pero te gusta, ¿verdad?
—No sabría qué decirle.
—Anda, no me mientas. Dime que te gusta llevar el cuerpo lisito como una mujercita.
—El tacto con la ropa es agradable —admití en voz baja.
—¿Ves? Sabía que te gustaría. Te conozco. Y te lo cuento porque la semana que viene tengo un viaje de tres días y quiero que me acompañes. Necesito que me ayudes y que me hagas compañía. ¿Qué te parece?
—No lo sé, señor. ¿Le seré de ayuda?
—Claro que sí. Y seguro que encontramos ratos para pasarlo bien. Salimos el miércoles.
***
El miércoles por la tarde estaba listo, vestido y recién depilado. Volamos a Puebla, llegamos a un hotel lujoso y, mientras los botones subían el equipaje, nos tomamos una copa en el bar.
—Esta noche cenaremos fuera y quiero que la pasemos muy bien. Me apetece que sea una noche especial. ¿A ti?
—Sí, señor —respondí, inquieto por su tono.
Cada uno fue a su habitación. Me pidió que pasara por la suya cuando estuviera listo. Al entrar a la mía encontré varios paquetes sobre la cama. Empecé a abrirlos: un vestido de noche, zapatos de tacón, un bolso, ropa interior femenina muy fina. Y una tarjeta:
«Hoy quiero que seas Marisol. Sé que en el fondo lo estabas esperando. Con lo bien que me he portado contigo, no puedes negarte. Arréglate para mí y déjate atender por el servicio de habitaciones. Esta noche me la debes.»
Me senté en la cama para no caer al suelo. Estaba a punto de llorar cuando llamaron a la puerta. Era una mujer mayor, de gesto cansado.
—Hola, Marisol. Gerardo me pidió que me encargara de ti. Ve a ducharte, que yo voy preparando todo, pero date prisa, no tenemos mucho tiempo.
Todo aquello era una locura. Entré al baño y entonces sí lloré. ¿Cómo me estaba pasando esto? ¿Podía mandarlo todo al carajo? ¿O encarar a Gerardo de una vez? No me atrevía a ninguna de las dos cosas. Tenía un buen trabajo, un sueldo que meses atrás ni habría imaginado, y Gerardo me infundía un respeto, un miedo, una autoridad a la que no me animaba a enfrentarme.
Salí de la ducha envuelto en la toalla y me entregué, resignado, a mi destino, deseando solo que la noche terminara cuanto antes.
Media hora después me miré al espejo y casi no me reconocí. Tanga fina a juego con un sostén relleno. Medias y portaligas, falda corta ajustada, blusa ceñida, botas de tacón alto, todo negro. Peluca, maquillaje, perfume, joyas. Estaba realmente distinta. Aquella mujer había hecho un trabajo impecable. Incluso me enseñó a caminar para no caerme al primer paso. Antes de irse me dio dos besos en las mejillas y me susurró:
—Estás preciosa. Olvídate de todo y pásalo en grande, mi niña.
Me quedé sola, pensativa. La situación me humillaba, me sentía como una especie de muñeca disfrazada. Pero también sentía un cosquilleo, una excitación extraña que atribuí al contacto suave de la ropa. Me tragué mi orgullo, respiré hondo y salí a buscar a Gerardo. Al menos podía agradecer que esto ocurriera lejos de mi ciudad.
***
Gerardo abrió la puerta enseguida y me hizo pasar. Me saludó como Marisol, agradeció que me hubiera arreglado tan bien e insistió en lo hermosa que estaba. Al salir me ofreció el brazo, del que tuve que sostenerme para caminar mejor con esos tacones.
En la calle creía que todo el mundo notaba quién era yo en realidad, pero en el restaurante empecé a sentir que no, que pasaba por mujer. A media cena me dieron ganas de orinar. Estuve a punto de entrar al baño de hombres, pero me corregí a tiempo y entré al de damas. Mientras me lavaba las manos, otra mujer entró a retocarse el maquillaje y yo me morí de vergüenza.
La cena siguió con normalidad y bastante vino. Al terminar, Gerardo propuso ir a tomar una copa a un local cercano. En el taxi, aprovechando que la falda se me había subido por el muslo, posó la mano sobre mi pierna y la acarició mientras seguía hablando como si nada. Al entrar al local, con poca luz y la música fuerte, su mano bajó de mi cintura a mi trasero y sentí su palma recorrer mi nalga.
Tomamos un licor, charlamos animados por el alcohol y, por un rato, olvidé mi situación. Finalmente regresamos al hotel y me pidió que lo acompañara a su habitación a tomar la última copa. Le dije que estaba cansada, que prefería irme a dormir.
—Vamos, Marisol, una copita más y ya.
Me tomó del brazo con firmeza y no tuve más remedio que entrar. Sirvió las copas y, cuando daba el primer sorbo, se acercó por detrás, me agarró de la cintura y se pegó a mí. Sentí su miembro duro contra mis nalgas. Me lo hizo notar con descaro y me susurró al oído:
—Ay, mi Marisol, no sabes los días que he esperado este momento. Esta noche vas a ser solo mía. Voy a hacer que te sientas como una verdadera mujer.
No pude evitar que una lágrima rodara por mi mejilla. Pero, consciente de que no había frenado todo aquello cuando aún podía, por la avaricia del dinero que ganaba, entendí que ahora solo me quedaba dejarme llevar.
***
Gerardo me dio la vuelta, me pegó a su cuerpo y me besó con pasión, hundiendo su lengua en mi boca. Yo lo dejaba hacer, pero con algo parecido al pánico noté cómo mi propio miembro empezaba a endurecerse. Me tomó la mano y la llevó a su entrepierna.
—Vamos, mi niña, acaricia a tu papito.
Ya había apartado mi conciencia de hombre. Empecé a acariciarlo por encima de la tela, sintiendo su dureza. Con poca delicadeza me despojó de la ropa hasta dejarme solo con la lencería: sostén, tanga, medias, portaligas y botas. Reparó en mi erección.
—Vaya, vaya con mi Marisol. Veo que esto empieza a gustarte. Lo sabía. Ahora desvísteme tú a mí.
Así lo hice. Cuando le desabroché el pantalón, me obligó a arrodillarme, de manera que mi cara quedó frente a su entrepierna. Quedó solo con un slip blanco ajustado, bajo el cual luchaba por liberarse algo de un tamaño mayor de lo habitual. Empecé a acariciar el bulto sin que me lo pidiera. Lo sentía duro y caliente.
—Ahora suéltala para poder tocarla bien.
Le bajé el slip y su miembro saltó como un resorte, apuntándome directo a la cara.
—Tócala, bonita. Con suavidad.
La envolví con los dedos. Estaba ardiente. Con la otra mano le acaricié los testículos, con cuidado de no hacerle daño. Me sentía completamente humillada, pero mi persona estaba anulada por una Marisol sumisa y obediente. Y, sin entender por qué, no me daba asco. El tacto se me hacía incluso agradable, y mi propio sexo no dejaba de endurecerse. Gerardo suspiraba de placer.
—Muy bien, Marisol. Lo haces muy bien.
Me dejó así un rato más.
—Ahora, querida, ha llegado el momento de que pruebes a un buen macho. ¿Verdad que quieres chupármela?
Lo miré desde abajo. Su mirada y sus órdenes se clavaban en mi cabeza. Notaba mi cuerpo encendido, mi sexo erecto, y sin poder evitarlo sentí la necesidad de obedecer.
—Anda, no te hagas de rogar. Sé que te mueres por hacerlo.
El glande tocó mis labios. Sus manos sostuvieron mi cabeza y apretaron lo justo para que cerrara los ojos, abriera la boca y lo dejara entrar por primera vez en mi vida.
—Muy bien, Marisol. Ahora mójala toda, lámela despacio y luego dame una buena mamada.
Recorrí su miembro con la lengua de abajo arriba, dejándolo empapado en saliva. Repetí las lamidas y luego él lo hundió entero en mi boca y comenzó el vaivén. Yo ya no pensaba. Ese sabor salado me agradaba, me gustaba sentir la boca llena de su carne caliente. Él jadeaba.
—Así, sigue… no pares… qué bien lo haces, Marisol.
Estuvo así un buen rato hasta que apartó mi cabeza.
—¿Te gusta, Marisol? —preguntó, mirándome a los ojos con satisfacción.
Estaba avergonzada, humillada, pero mi respuesta fue clara.
—Sí, Gerardo.
—¿Y sabes lo que viene ahora, verdad, querida?
En el fondo sabía que llegaría esa pregunta. No quería que llegara, pero ahora conocía la respuesta. Y, muy adentro, empezaba a desearlo.
—Sí, Gerardo. Ha llegado el momento de que me tomes, de que me poseas el culo.
—Bien dicho. Entonces ponte a cuatro patas como una buena niña y pídemelo otra vez.
Me quité la tanga, dejándome solo las medias y el portaligas, y me subí a la cama. Me coloqué a cuatro patas, abrí las piernas y arqueé la espalda, entregándole un culo completamente virgen que, sin que pudiera evitarlo, ardía de ganas.
—Soy toda tuya, Gerardo.
—Estás preciosa —dijo mientras sus manos masajeaban mis nalgas.
Sus caricias me gustaban, no podía negarlo, y mi excitación crecía a cada segundo. Cuando sentí su lengua caliente y húmeda en mi entrada, el placer se volvió insoportable.
—Gerardo, por favor, hazlo ya, no aguanto más.
—¿Ah, sí? ¿Mi Marisol quiere que la posea?
—Sí, por favor. Me muero por sentirlo.
Empezó a introducir primero uno y luego dos dedos untados en crema, abriéndome paso despacio.
—¿Quieres que tu papito te posea?
—Sí, por favor. Ya nada me importaba. Solo necesitaba sentirme llena.
Sacó los dedos. Sus manos aferraron mi cintura con fuerza y sentí la punta apoyarse en mi entrada. Mi corazón estaba a punto de estallar.
—¿Estás lista, Marisol?
—Sí, Gerardo, estoy lista.
Sentí cómo me abría paso. Primero solo hubo dolor, un ardor en mis entrañas, como si algo caliente me partiera. No pude evitar un grito ahogado.
—Aguanta, mi niña, que ahora viene lo bueno.
Se quedó quieto unos segundos, esperando a que me dilatara. Luego empezó a moverse, lento, y poco a poco el dolor dio paso a un placer profundo, desconocido, que me llenaba entera. Aceleró el ritmo y yo empecé a jadear sin control.
—¿Te gusta, mi Marisol?
—Sí, me gusta…
—¿Quieres más?
—Sí, por favor, no pares…
Sentía sus caderas golpear mis nalgas cada vez que se hundía hasta el fondo, cada vez más rápido, cada vez con más fuerza. Y yo cada vez quería más. Gerardo enloquecía. Me daba alguna palmada y subía el tono de sus palabras, pero yo ya estaba entregada, perdida de placer. Me gustaba ser Marisol y me gustaba ser suya. Totalmente suya.
—No pares de moverte… me vuelves loco con este culo…
—Sí, dame más, Gerardo, no pares, por favor…
—Así me gusta, que me lo pidas. ¿Eres mía, Marisol?
—Sí, toda tuya…
—Voy a terminar dentro de ti.
—Sí, dámelo todo… qué locura, Dios, cómo me gusta…
No hubo tiempo para más. Aceleró un poco más, clavó una mano en mi cintura y con la otra tomó mi sexo. Apenas lo rozó, me corrí como nunca antes, justo en el instante en que sentí los espasmos de Gerardo y su calor llenándome por dentro, entre jadeos de puro placer.
Fueron unos segundos eternos, de un éxtasis absoluto y desconocido, hasta que nos derrumbamos. Gerardo cayó sobre mí, aplastándome, con la respiración entrecortada por el orgasmo.
***
Estuvimos un rato así, recuperando el aliento. Luego se levantó hacia el baño, repitiendo lo fabuloso que había sido, y me dijo que esa noche dormiría con él. Yo me sentía extraña. Tenía un remordimiento terrible por lo que había pasado y, sobre todo, por cuánto lo había disfrutado.
Aquella noche me costó dormir. Y cuando por fin lo logré, mi cuerpo seguía a medio camino entre la vergüenza y el deseo, pensando en cómo me había poseído mi jefe apenas un rato antes. Espero que les haya gustado. Besos.