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Relatos Ardientes

Volví vestida de mujer para la guardia nocturna

Pasó algo más de una semana desde aquella noche. Las marcas moradas en mis muñecas viraron al verde y al amarillo, y el ardor al sentarme se redujo a un cosquilleo casi vergonzoso comparado con la agonía de antes. Los moretones se desvanecieron a sombras pálidas sobre mi piel. Pero hubo algo que no se fue. Algo que echó raíz dentro de mí y empezó a crecer.

Estoy sentada en el borde de la cama, envuelta en una bata de seda barata. Mi departamento está limpio, ordenado, el aire ya no huele a ellos. Huele a desinfectante y a mí. Y es insoportablemente aburrido.

Mis dedos recorren la pantalla del teléfono. Lo encendí hace dos días. Los mensajes de clientes normales se acumulan sin leer; los ignoro todos. Busco un solo nombre, un solo número. Lo guardé apenas como «S.1».

El corazón me golpea las costillas, y no es miedo. Es una excitación ansiosa, casi nauseabunda, que hace que todo mi cuerpo se tense. Trago saliva. La culpa sigue ahí, en el fondo, pero es débil, ahogada por esta hambre nueva y voraz.

Abro el chat. Mis dedos titubean un segundo sobre el teclado y luego escriben más rápido de lo que pensaba.

—Hola. Soy Renata. La de la semana pasada.

Espero. No hay respuesta inmediata. Los minutos se arrastran y cada uno es una eternidad. Miro la pantalla esperando los tres puntos que avisan que está escribiendo. Nada. Una punzada de humillación me atraviesa. ¿Y si solo jugaba conmigo? ¿Y si ahora se ríe de mi desesperación?

Justo cuando estoy por arrojar el teléfono y esconderme bajo las sábanas, la pantalla parpadea.

—Ya me acuerdo. La que se fue llorando. ¿Quedaste con ganas?

Un alivio vergonzoso me inunda, seguido de inmediato por otro escalofrío de deseo. Su crudeza, sin una sola palabra de adorno, es como un golpe directo. Ahora mis dedos vuelan sin titubear.

—Estoy lista. Para lo que me dijiste. Para tus amigos. Para todo.

Hay otra pausa, más corta.

—¿En serio? La última vez parecías bastante quebrada.

—Estoy recuperada —escribo—. Y necesito más.

La confesión arde en la pantalla. Es la verdad más profunda y más sucia que admití nunca.

—Jajaja. Te gustó, ¿no? Te gustó que te trataran como lo que sos.

No lo niego. No puedo. En cambio escribo:

—¿Cuándo? ¿Dónde?

—El miércoles. Yo y otros dos. Quedamos de guardia. Pasamos a las diez en punto. Tu dirección la tengo.

—Está bien. Voy a estar lista.

—Y escuchá bien. Vení vestida decente. Pantalón, una campera, algo que no llame la atención. Nada de medias ni tacones. Acá, adentro, te vestimos nosotros como lo que sos.

Leo el mensaje una y otra vez. «Decente». Esa palabra me quema. Significa que mi verdadero yo es algo sucio que hay que esconder primero y revelar después como un acto de dominio. Y eso me excita hasta la médula: que ellos controlen incluso mi apariencia, que me arranquen lo «decente» para exponer a la mujer que hay debajo.

Un temblor me recorre la espalda, mezcla de terror y anticipación pura. La respiración se me acelera. Miércoles. Solo dos días.

—Entendido. Decente. A las diez. Voy a estar lista.

Espero. Quizás más instrucciones, quizás otro insulto.

—Y no comas mucho antes —seguido de un emoji de diablo.

La excitación se me congela un instante, reemplazada por un cálculo frío y familiar. Recuerdo el dolor de aquella semana, el arrastrarme por el piso, los cincuenta mil pesos que no cubrieron ni la mitad de la humillación. Y aun así, el deseo me trajo de vuelta. Pero esta vez no voy a regalarme.

Mis dedos, que antes temblaban de deseo, ahora tiemblan de otro nervio. Escribo, borro, vuelvo a escribir.

—Hay algo más. El pago. La última vez fueron cincuenta. La recuperación fue larga. Esta vez, con más de ustedes, quiero cien.

Envío y cierro los ojos, esperando la explosión. La burla. La amenaza.

La respuesta llega casi de inmediato.

—Jajajaja. ¿Estás negociando? ¿Creés que esto es una feria?

—El pago lo decidimos nosotros. Depende de cómo te portes. De cuánto aguantes. De si nos hacés reír o no.

—Quizás te damos ochenta. Quizás cuarenta. Quizás solo una patada y te mandamos llorando a tu casa. Eso también es un pago, ¿no? Una lección.

Leo sus palabras y siento que el piso cede bajo mis pies. No es un no. Es algo peor. Es una lápida sobre mi dignidad.

La risa seca que me sale es un sonido extraño en mi propia garganta. No es alegría. Es rendición. Es algo que se rompe por dentro de una manera que, en el fondo, siempre estuvo destinada a romperse. Los cien mil se desvanecen como humo. No importan. Nada importa, salvo el vacío hambriento que ellos abrieron en mí y que solo ellos pueden llenar.

—Está bien —escribo, lento pero decidido—. Ustedes deciden. Solo prométanme que va a ser como la última vez. O peor.

—Lo prometo. Va a ser mucho peor. Te vamos a dejar hecha trizas. El miércoles. Diez en punto. No olvides vestirte decente, Renata.

El uso de mi nombre, en ese contexto, es el golpe final.

***

El miércoles pasó en un torbellino de nervios y rituales meticulosos. Desde la mañana, mi cuerpo fue un templo preparado para la profanación. En la ducha me depilé cada centímetro, la hoja raspando hasta dejar la piel suave y vulnerable. Después, la limpieza íntima, ese proceso humillante de prepararme por dentro sabiendo para qué, anticipando la invasión. Cada acto era un recordatorio y una promesa.

Me vestí con ropa anodina, como me ordenaron. Un jean holgado, una sudadera con capucha, zapatillas. Me miré al espejo y vi a una chica cualquiera, insignificante. Por dentro hervía la mujer que ellos querían desenterrar.

El bolso pequeño y negro estaba junto a la puerta. Adentro, el contraste: unos tacones de aguja negros que me hacían sentir poderosa y expuesta a la vez. Un conjunto de lencería roja, apenas unos hilos de encaje. Maquillaje para transformar mi cara pálida en una máscara. Y, en una bolsa aparte, los preservativos y el lubricante. Mi ofrenda. Mi complicidad.

Las horas pasaron. No pude comer. Cada ruido en el pasillo me hacía saltar. A las nueve y cincuenta me puse de pie frente a la puerta, con el bolso en la mano, el corazón martillándome el pecho. El miedo era un sabor metálico en la boca, pero por debajo, más fuerte, corría una corriente eléctrica de deseo.

Nueve y cincuenta y ocho. Un motor se detiene afuera, un ronroneo bajo. No es un patrullero común; es un vehículo oscuro, sin identificación. Los faros se apagan. Mis dedos se aferran al asa del bolso hasta que los nudillos se ponen blancos. Suena el timbre, un toque seco, autoritario. Abro.

Ahí están. Los mismos dos. Más altos, más anchos que en mi memoria, llenando el marco de la puerta con sus uniformes verde oscuro. El más grande, el que tenía «S.1» en mi teléfono, sonríe. No es una sonrisa amable. Es la de un depredador que volvió a encontrar a su presa.

—Buenas noches, Renata —dice, con la voz convertida en un ronquido burlón—. Puntual. Me gusta.

El otro, más callado, me recorre de arriba abajo como si ya estuviera desnuda. Resopla.

—Parece otra persona con esa ropa. Casi decente.

S.1 alarga la mano y me toma el mentón con fuerza. Sus dedos huelen a tabaco y a café. Me obliga a levantar la cara.

—Pero sabemos lo que hay debajo, ¿no? Una mujercita ansiosa.

El miedo me paraliza, pero entre las piernas una humedad traidora responde a su toque brutal.

—L… lista —logro balbucear—. Lista para lo que ustedes quieran.

Me suelta con un empujón leve que me hace tambalear. Agarra mi bolso sin pedir permiso. El otro me toma del brazo, firme, casi doloroso, y me guía hacia el auto. La puerta trasera se abre. El interior huele a sudor, a cuero y a un desinfectante barato. Me empujan adentro. El más callado se sienta a mi lado, su muslo enorme presionando el mío. S.1 sube al asiento del acompañante y cierra de un golpe. El motor ruge y arrancamos hacia la penumbra.

—¿Trajiste tus juguetes? —pregunta S.1, mirándome por el espejo retrovisor.

—Sí —susurro, con las manos entrelazadas en el regazo.

—Bueno. Los vas a necesitar —dice el de al lado, la voz sorprendentemente suave y cargada de amenaza. Su mano cae sobre mi muslo, sin acariciar, solo pesando, poseyendo—. Porque esta noche no somos solo nosotros tres.

Giro la cabeza hacia él, el miedo apretándome la garganta.

—¿Q-qué?

S.1 se ríe desde adelante.

—Te mentí, linda.

La mano en mi muslo se aprieta, los dedos hundiéndose en la carne a través del pantalón.

—En el destacamento —continúa el de al lado, su aliento caliente en mi oído— hay una guardia especial. Seis, siete tipos. Todos aburridos. Todos con ganas de divertirse.

El auto toma una curva cerrada y me lanza contra su cuerpo duro. No me aparto. No puedo.

—¿Siete? —mi voz es apenas un hilo de aire.

—Siete, ocho, quién lleva la cuenta —dice S.1, encendiendo un cigarrillo. La brasa naranja le ilumina el perfil un segundo—. La cosa es, Renata, que vos vas a ser nuestra distracción de la noche. El juguete de la guardia.

El hombre a mi lado desliza la mano por el interior del muslo, los nudillos rozando, a través de la tela, el lugar donde ya estoy húmeda y temblorosa.

—Y a los juguetes rotos no se les paga. Se los usa hasta que dejan de funcionar.

—Pero… ustedes dijeron… —tartamudeo, y la protesta muere en mis labios. ¿Qué iba a decir? ¿Que no era justo? La risa áspera de ambos llena el auto.

El vehículo cruza un portón trasero que se cierra con un chirrido siniestro. Estamos dentro del perímetro, en un patio de cemento iluminado por luces amarillas y duras. No hay nadie a la vista. El silencio es peor que cualquier ruido.

—Bajá —ordena S.1, abriendo mi puerta.

El frío de la noche me golpea, pero no es nada comparado con el que me recorre la espalda. El otro me agarra del brazo y me arrastra hacia una puerta lateral, metálica, sin marcar. La abren y me empujan a un baño pequeño de empleados, frío, de azulejos blancos sucios, con olor a lejía. La luz fluorescente parpadea con un zumbido molesto.

—Tenés cinco minutos —dice S.1, plantándose en el umbral—. En ese bolso está tu disfraz. Ponételo. Todo. Queremos ver la transformación.

La puerta se cierra de un golpe y me deja encerrada en el frío silencio. Miro mi reflejo borroso en el espejo empañado. Primero me quito la ropa «decente»: el jean, la sudadera, la ropa interior simple. Quedo temblando, desnuda y pálida bajo la luz cruel. Abro el bolso.

Los tacones primero. El cuero frío se ajusta a mis pies y la altura me cambia la postura, me obliga a arquear la espalda. Ya no soy insignificante. Soy una silueta expuesta. Después, la lencería. El corpiño rojo de encaje enmarca lo poco que tengo. La tanga es apenas un hilo. Me siento en el borde del lavabo, abro las piernas y me aplico el lubricante frío con dedos temblorosos, preparándome para todos ellos, sabiendo que esa parte de mí va a ser el centro de mi propia humillación.

Termino la máscara: los aros grandes que tiran de mis lóbulos, el labial rojo intenso, los ojos ahumados, las pestañas postizas, el perfume dulzón que pretende tapar el olor a miedo y a deseo. Me miro en el espejo sucio. La transformación está completa. De la chica anodina no queda nada. Ahí está la mujer que ellos vinieron a buscar.

La puerta se abre antes de que pueda tocarla. S.1 me recorre de arriba abajo y una mueca de satisfacción cruel le cruza la cara.

—Mejor de lo que esperaba —gruñe. Me agarra el brazo con más fuerza que antes y me saca al pasillo.

El corredor es largo, mal iluminado, de paredes verde institucional desvaído. Mis tacones repican un clic-clac estridente contra el linóleo, un sonido ridículamente frágil en la inmensidad silenciosa del lugar. El otro camina detrás, una sombra amenazante. Llegamos a una puerta de madera. Adentro se escuchan risas bajas, el murmullo de un televisor. S.1 no golpea. Empuja la puerta y me mete de un tirón.

La habitación es una sala de descanso. Sillones de cuero gastado, una mesa baja con vasos de plástico y latas vacías. Un partido de fútbol suena bajo en la pantalla, pero nadie lo mira. Todos los ojos están puestos en mí.

Siete hombres. Siete uniformes verdes. Siete pares de ojos que me desnudan, que me pesan y me miden. Algunos sentados, otros de pie contra las paredes. El aire es espeso de tabaco, sudor y testosterona. Me siento diminuta. Los tacones no me dan altura, solo me hacen más inestable. El corpiño rojo parece una mancha de sangre sobre mi piel pálida.

S.1 me suelta y da un paso adelante, apoyando una mano pesada en mi hombro desnudo. Su voz, áspera, llena la sala.

—Bueno, muchachos. Les presento a la distracción de esta larga guardia. Esta es Renata. No tiene límites. O mejor dicho, los límites se los ponemos nosotros. ¿Verdad?

Todos esperan. Trago saliva, mis labios pintados se abren.

—Sí… lo que ustedes digan —forcejeo, la voz quebrada pero audible—. Soy una mujer sin límites.

—¡Eso! —exclama S.1, y me da una palmada en el trasero que resuena en toda la sala.

El primero en acercarse es el más joven, de ojos ardientes. Sin mediar palabra me toma la cara con ambas manos y me besa, violento, invasivo, su lengua forzando el paso entre mis labios pintados. Yo respondo, gimiendo en su boca para que todos lo oigan. Cuando se separa, dejándome sin aire, otro ya está ahí. Más grande, con manos como palas, me levanta del suelo como a una muñeca, mis tacones pateando el vacío.

—¡Miren esta cosita! —ruge, y los demás vitorean.

Me pasan de uno a otro. Un tercero me ofrece una lata de cerveza tibia.

—Tomá. Te va a soltar la lengua… y otras cosas.

Bebo a grandes tragos. El líquido amargo me quema el estómago vacío y casi de inmediato una ola de calor sube desde el vientre. El alcohol se mezcla con la vergüenza y el deseo en un cóctel embriagador que nubla mis pensamientos y afila cada sentido. Cada toque, cada mirada, se siente diez veces más intenso.

Esa noche dejé de contar. Dejé de pensar. Me entregué a sus manos, a sus turnos, a sus risas y a sus insultos, hasta que el cansancio y el calor me volvieron una sola cosa con el piso frío de esa sala. Cuando el último de ellos terminó y la guardia volvió a su rutina como si nada, me dejaron sentada contra la pared, despeinada, con el labial corrido y las medias rotas.

S.1 se agachó frente a mí y me metió unos billetes arrugados en la mano. Ni la mitad de lo que había pedido. Ni siquiera lo conté.

—Portate bien hasta la próxima —dijo, encendiendo otro cigarrillo.

Y mientras me vestía con mi ropa «decente» en aquel baño helado, mirando la máscara corrida en el espejo, ya sabía la verdad más sucia de todas: no iba a hacer falta que me llamaran. Iba a ser yo, otra vez, la que abriera el chat y escribiera ese nombre guardado como «S.1».

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Comentarios (1)

LectorNocturno_77

Tremendo relato, no pude parar de leer hasta el final. Sigue así!

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