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Relatos Ardientes

Volví vestida de mujer para la guardia nocturna

Pasó algo más de una semana desde aquella noche. Las marcas moradas en mis muñecas viraron al verde y al amarillo, y el ardor al sentarme se redujo a un cosquilleo casi vergonzoso comparado con la agonía de antes. Los moretones se desvanecieron a sombras pálidas sobre mi piel. Pero hubo algo que no se fue. Algo que echó raíz dentro de mí y empezó a crecer.

Estoy sentada en el borde de la cama, envuelta en una bata de seda barata. Mi departamento está limpio, ordenado, el aire ya no huele a ellos. Huele a desinfectante y a mí. Y es insoportablemente aburrido.

Mis dedos recorren la pantalla del teléfono. Lo encendí hace dos días. Los mensajes de clientes normales se acumulan sin leer; los ignoro todos. Busco un solo nombre, un solo número. Lo guardé apenas como «S.1».

El corazón me golpea las costillas, y no es miedo. Es una excitación ansiosa, casi nauseabunda, que hace que todo mi cuerpo se tense. Trago saliva. La culpa sigue ahí, en el fondo, pero es débil, ahogada por esta hambre nueva y voraz. Bajo la bata, sin darme cuenta, mis muslos se aprietan uno contra otro, y siento cómo mi coño ya está húmedo con solo pensar en él, en ellos, en lo que me hicieron y en lo que todavía no me hicieron.

Abro el chat. Mis dedos titubean un segundo sobre el teclado y luego escriben más rápido de lo que pensaba.

—Hola. Soy Renata. La de la semana pasada.

Espero. No hay respuesta inmediata. Los minutos se arrastran y cada uno es una eternidad. Miro la pantalla esperando los tres puntos que avisan que está escribiendo. Nada. Una punzada de humillación me atraviesa. ¿Y si solo jugaba conmigo? ¿Y si ahora se ríe de mi desesperación?

Justo cuando estoy por arrojar el teléfono y esconderme bajo las sábanas, la pantalla parpadea.

—Ya me acuerdo. La que se fue llorando. ¿Quedaste con ganas?

Un alivio vergonzoso me inunda, seguido de inmediato por otro escalofrío de deseo que me atraviesa el vientre y me llega directo al clítoris, que empieza a latir bajo la seda. Su crudeza, sin una sola palabra de adorno, es como un golpe directo. Ahora mis dedos vuelan sin titubear.

—Estoy lista. Para lo que me dijiste. Para tus amigos. Para todo.

Hay otra pausa, más corta.

—¿En serio? La última vez parecías bastante quebrada.

—Estoy recuperada —escribo—. Y necesito más.

La confesión arde en la pantalla. Es la verdad más profunda y más sucia que admití nunca.

—Jajaja. Te gustó, ¿no? Te gustó que te trataran como lo que sos. Una puta con el coño abierto.

No lo niego. No puedo. En cambio escribo:

—¿Cuándo? ¿Dónde?

—El miércoles. Yo y otros dos. Quedamos de guardia. Pasamos a las diez en punto. Tu dirección la tengo.

—Está bien. Voy a estar lista.

—Y escuchá bien. Vení vestida decente. Pantalón, una campera, algo que no llame la atención. Nada de medias ni tacones. Acá, adentro, te vestimos nosotros como lo que sos.

Leo el mensaje una y otra vez. «Decente». Esa palabra me quema. Significa que mi verdadero yo es algo sucio que hay que esconder primero y revelar después como un acto de dominio. Y eso me excita hasta la médula: que ellos controlen incluso mi apariencia, que me arranquen lo «decente» para exponer a la puta que hay debajo.

Un temblor me recorre la espalda, mezcla de terror y anticipación pura. La respiración se me acelera. Sin pensarlo, mi mano derecha se cuela bajo la bata, entre mis piernas, y mis dedos encuentran el coño empapado, resbaloso, hinchado. Miércoles. Solo dos días. Me acaricio despacio, imaginando las manos de siete tipos sobre mí, y me muerdo el labio para no gemir sola en mi cuarto.

—Entendido. Decente. A las diez. Voy a estar lista.

Espero. Quizás más instrucciones, quizás otro insulto.

—Y no comas mucho antes —seguido de un emoji de diablo.

La excitación se me congela un instante, reemplazada por un cálculo frío y familiar. Recuerdo el dolor de aquella semana, el arrastrarme por el piso, los cincuenta mil pesos que no cubrieron ni la mitad de la humillación. Y aun así, el deseo me trajo de vuelta. Pero esta vez no voy a regalarme.

Mis dedos, que antes temblaban de deseo, ahora tiemblan de otro nervio. Escribo, borro, vuelvo a escribir.

—Hay algo más. El pago. La última vez fueron cincuenta. La recuperación fue larga. Esta vez, con más de ustedes, quiero cien.

Envío y cierro los ojos, esperando la explosión. La burla. La amenaza.

La respuesta llega casi de inmediato.

—Jajajaja. ¿Estás negociando? ¿Creés que esto es una feria?

—El pago lo decidimos nosotros. Depende de cómo te portes. De cuánto aguantes. De si nos hacés reír o no.

—Quizás te damos ochenta. Quizás cuarenta. Quizás solo una patada en el culo y te mandamos llorando a tu casa con la boca llena de leche. Eso también es un pago, ¿no? Una lección.

Leo sus palabras y siento que el piso cede bajo mis pies. No es un no. Es algo peor. Es una lápida sobre mi dignidad.

La risa seca que me sale es un sonido extraño en mi propia garganta. No es alegría. Es rendición. Es algo que se rompe por dentro de una manera que, en el fondo, siempre estuvo destinada a romperse. Los cien mil se desvanecen como humo. No importan. Nada importa, salvo el vacío hambriento que ellos abrieron en mí y que solo ellos pueden llenar.

—Está bien —escribo, lento pero decidido—. Ustedes deciden. Solo prométanme que va a ser como la última vez. O peor.

—Lo prometo. Va a ser mucho peor. Te vamos a dejar hecha trizas, con los tres agujeros ardiendo. El miércoles. Diez en punto. No olvides vestirte decente, Renata.

El uso de mi nombre, en ese contexto, es el golpe final.

***

El miércoles pasó en un torbellino de nervios y rituales meticulosos. Desde la mañana, mi cuerpo fue un templo preparado para la profanación. En la ducha me depilé cada centímetro, la hoja raspando hasta dejar la piel suave y vulnerable. Me abrí las piernas frente al espejo del baño y pasé la cuchilla despacio por los labios del coño, alrededor del clítoris, entre las nalgas, hasta dejar todo limpio, sin un solo vello, expuesto como el coño de una nena grande. Después, la limpieza íntima, ese proceso humillante de prepararme por dentro sabiendo para qué, anticipando la invasión. Metí la cánula en el culo, dejé correr el agua, sentí cómo el intestino se me llenaba y se me vaciaba, y lo repetí hasta quedar limpia por adentro, lista para que me metieran lo que quisieran por donde quisieran. Cada acto era un recordatorio y una promesa.

Me vestí con ropa anodina, como me ordenaron. Un jean holgado, una sudadera con capucha, zapatillas. Me miré al espejo y vi a una chica cualquiera, insignificante. Por dentro hervía la puta que ellos querían desenterrar.

El bolso pequeño y negro estaba junto a la puerta. Adentro, el contraste: unos tacones de aguja negros que me hacían sentir poderosa y expuesta a la vez. Un conjunto de lencería roja, apenas unos hilos de encaje que no tapaban ni los pezones ni el coño. Maquillaje para transformar mi cara pálida en una máscara. Y, en una bolsa aparte, los preservativos y un pomo grande de lubricante. Mi ofrenda. Mi complicidad.

Las horas pasaron. No pude comer. Cada ruido en el pasillo me hacía saltar. A las nueve y cincuenta me puse de pie frente a la puerta, con el bolso en la mano, el corazón martillándome el pecho. El miedo era un sabor metálico en la boca, pero por debajo, más fuerte, corría una corriente eléctrica de deseo que me tenía la bombacha empapada.

Nueve y cincuenta y ocho. Un motor se detiene afuera, un ronroneo bajo. No es un patrullero común; es un vehículo oscuro, sin identificación. Los faros se apagan. Mis dedos se aferran al asa del bolso hasta que los nudillos se ponen blancos. Suena el timbre, un toque seco, autoritario. Abro.

Ahí están. Los mismos dos. Más altos, más anchos que en mi memoria, llenando el marco de la puerta con sus uniformes verde oscuro. El más grande, el que tenía «S.1» en mi teléfono, sonríe. No es una sonrisa amable. Es la de un depredador que volvió a encontrar a su presa.

—Buenas noches, Renata —dice, con la voz convertida en un ronquido burlón—. Puntual. Me gusta.

El otro, más callado, me recorre de arriba abajo como si ya estuviera desnuda. Resopla.

—Parece otra persona con esa ropa. Casi decente.

S.1 alarga la mano y me toma el mentón con fuerza. Sus dedos huelen a tabaco y a café. Me obliga a levantar la cara.

—Pero sabemos lo que hay debajo, ¿no? Una putita ansiosa con el coño mojado esperándonos.

El miedo me paraliza, pero entre las piernas una humedad traidora responde a su toque brutal. Él lo nota. Baja la mano libre y me aprieta el coño por encima del jean, con la palma abierta, apretando fuerte, sintiendo el calor a través de la tela.

—Mirá esto —le dice al otro sin sacar la mano—. Ya está goteando. La puta ya está lista.

—L… lista —logro balbucear—. Lista para lo que ustedes quieran.

Me suelta con un empujón leve que me hace tambalear. Agarra mi bolso sin pedir permiso. El otro me toma del brazo, firme, casi doloroso, y me guía hacia el auto. La puerta trasera se abre. El interior huele a sudor, a cuero y a un desinfectante barato. Me empujan adentro. El más callado se sienta a mi lado, su muslo enorme presionando el mío. S.1 sube al asiento del acompañante y cierra de un golpe. El motor ruge y arrancamos hacia la penumbra.

—¿Trajiste tus juguetes? —pregunta S.1, mirándome por el espejo retrovisor.

—Sí —susurro, con las manos entrelazadas en el regazo.

—Bueno. Los vas a necesitar —dice el de al lado, la voz sorprendentemente suave y cargada de amenaza. Su mano cae sobre mi muslo, sin acariciar, solo pesando, poseyendo—. Porque esta noche no somos solo nosotros tres.

Su mano empieza a subir despacio, arrastrándose por el jean hasta la entrepierna. Cuando llega, sus dedos aprietan sobre la costura, justo donde está mi clítoris, y hace presión con los nudillos, moviéndolos en círculos pequeños. Un gemido bajo se me escapa, involuntario, y él sonríe sin dejar de mirar al frente.

—¿Escuchaste eso? —le dice a S.1—. Recién le toco por encima y ya gime.

Giro la cabeza hacia él, el miedo apretándome la garganta.

—¿Q-qué?

S.1 se ríe desde adelante.

—Te mentí, linda.

La mano en mi muslo se aprieta, los dedos hundiéndose en la carne a través del pantalón. Después me desabrocha el botón del jean con una destreza fría, me baja el cierre, y mete la mano adentro sin pedir permiso. Sus dedos gruesos apartan la bombacha y encuentran mi coño empapado. Uno se mete de golpe, hasta el fondo, y yo aprieto los dientes para no gritar.

—Uh, mirá cómo chorrea —murmura, moviendo el dedo adentro—. Ya está toda abierta. Ni siquiera hace falta prepararla. Esta viene lista de fábrica.

—En el destacamento —continúa después, sin sacar el dedo, su aliento caliente en mi oído— hay una guardia especial. Seis, siete tipos. Todos aburridos. Todos con las pijas duras esperando algo. Todos con ganas de divertirse con una puta como vos.

El auto toma una curva cerrada y me lanza contra su cuerpo duro. No me aparto. No puedo. Él aprovecha para meter un segundo dedo, y ahora son dos dedos gruesos moviéndose dentro de mí, curvándose, tocando algo adentro que me hace jadear.

—¿Siete? —mi voz es apenas un hilo de aire.

—Siete, ocho, quién lleva la cuenta —dice S.1, encendiendo un cigarrillo. La brasa naranja le ilumina el perfil un segundo—. La cosa es, Renata, que vos vas a ser nuestra distracción de la noche. El juguete de la guardia. La boca, el coño y el culo de la puta que se ofreció sola.

El hombre a mi lado saca los dedos de mi coño y me los mete de golpe en la boca. Los siento espesos, resbalosos con mi propio jugo, y me obligan a chuparlos.

—Probate. Sentí lo puta que estás.

Yo obedezco. Cierro los labios alrededor de sus dedos y los chupo como si fuera una polla, moviendo la lengua entre ellos, tragando el sabor de mi propio coño. Él se ríe.

—Y a los juguetes rotos no se les paga. Se los usa hasta que dejan de funcionar. Después se los tira.

—Pero… ustedes dijeron… —tartamudeo cuando saca los dedos, y la protesta muere en mis labios. ¿Qué iba a decir? ¿Que no era justo? La risa áspera de ambos llena el auto.

El vehículo cruza un portón trasero que se cierra con un chirrido siniestro. Estamos dentro del perímetro, en un patio de cemento iluminado por luces amarillas y duras. No hay nadie a la vista. El silencio es peor que cualquier ruido.

—Bajá —ordena S.1, abriendo mi puerta.

El frío de la noche me golpea, pero no es nada comparado con el que me recorre la espalda. Me subo el cierre con manos temblorosas. El otro me agarra del brazo y me arrastra hacia una puerta lateral, metálica, sin marcar. La abren y me empujan a un baño pequeño de empleados, frío, de azulejos blancos sucios, con olor a lejía. La luz fluorescente parpadea con un zumbido molesto.

—Tenés cinco minutos —dice S.1, plantándose en el umbral—. En ese bolso está tu disfraz. Ponételo. Todo. Queremos ver la transformación.

La puerta se cierra de un golpe y me deja encerrada en el frío silencio. Miro mi reflejo borroso en el espejo empañado. Primero me quito la ropa «decente»: el jean, la sudadera, la ropa interior simple. Quedo temblando, desnuda y pálida bajo la luz cruel. Abro el bolso.

Los tacones primero. El cuero frío se ajusta a mis pies y la altura me cambia la postura, me obliga a arquear la espalda y sacar el culo. Ya no soy insignificante. Soy una silueta expuesta. Después, la lencería. El corpiño rojo de encaje no cubre casi nada; los pezones se marcan oscuros a través del hilo, se me endurecen contra la tela áspera. La tanga es apenas un cordón que se pierde entre las nalgas y deja el coño depilado casi al aire, apenas velado por un triángulo mínimo de encaje. Me siento en el borde del lavabo, abro las piernas y me aplico el lubricante frío con dedos temblorosos. Me embadurno el coño, pero también me meto un dedo lleno de lubricante en el culo, dilatándome despacio, sabiendo que esta noche también van a entrar por ahí, y quiero que la primera embestida no me parta. Preparándome para todos ellos, sabiendo que cada uno de esos agujeros va a ser el centro de mi propia humillación.

Termino la máscara: los aros grandes que tiran de mis lóbulos, el labial rojo intenso, los ojos ahumados, las pestañas postizas, el perfume dulzón que pretende tapar el olor a miedo y a deseo. Me miro en el espejo sucio. La transformación está completa. De la chica anodina no queda nada. Ahí está la puta que ellos vinieron a buscar.

La puerta se abre antes de que pueda tocarla. S.1 me recorre de arriba abajo y una mueca de satisfacción cruel le cruza la cara.

—Mejor de lo que esperaba —gruñe. Me agarra el brazo con más fuerza que antes y me saca al pasillo.

El corredor es largo, mal iluminado, de paredes verde institucional desvaído. Mis tacones repican un clic-clac estridente contra el linóleo, un sonido ridículamente frágil en la inmensidad silenciosa del lugar. El otro camina detrás, una sombra amenazante. Llegamos a una puerta de madera. Adentro se escuchan risas bajas, el murmullo de un televisor. S.1 no golpea. Empuja la puerta y me mete de un tirón.

La habitación es una sala de descanso. Sillones de cuero gastado, una mesa baja con vasos de plástico y latas vacías. Un partido de fútbol suena bajo en la pantalla, pero nadie lo mira. Todos los ojos están puestos en mí.

Siete hombres. Siete uniformes verdes. Siete pares de ojos que me desnudan, que me pesan y me miden. Algunos sentados, otros de pie contra las paredes. El aire es espeso de tabaco, sudor y testosterona. Me siento diminuta. Los tacones no me dan altura, solo me hacen más inestable. El corpiño rojo parece una mancha de sangre sobre mi piel pálida.

S.1 me suelta y da un paso adelante, apoyando una mano pesada en mi hombro desnudo. Su voz, áspera, llena la sala.

—Bueno, muchachos. Les presento a la distracción de esta larga guardia. Esta es Renata. No tiene límites. O mejor dicho, los límites se los ponemos nosotros. Se le puede meter por la boca, por el coño y por el culo. Al mismo tiempo, si les da la creatividad. ¿Verdad?

Todos esperan. Trago saliva, mis labios pintados se abren.

—Sí… lo que ustedes digan —forcejeo, la voz quebrada pero audible—. Soy una puta sin límites. Úsenme como quieran.

—¡Eso! —exclama S.1, y me da una palmada en el trasero que resuena en toda la sala y me hace dar un paso adelante.

El primero en acercarse es el más joven, de ojos ardientes. Sin mediar palabra me toma la cara con ambas manos y me besa, violento, invasivo, su lengua forzando el paso entre mis labios pintados y llenándome la boca. Yo respondo, gimiendo en su boca para que todos lo oigan, chupando su lengua como si fuera su polla. Sus manos bajan y me arrancan el corpiño de un tirón; el broche cede y mis tetas quedan al aire, los pezones tiesos y rojos bajo la luz. Se agacha y me agarra un pezón con la boca, lo chupa fuerte, lo muerde, mientras la otra mano me estruja la otra teta hasta hacerme gritar bajo. Cuando se separa, dejándome sin aire, otro ya está ahí. Más grande, con manos como palas, me levanta del suelo como a una muñeca, mis tacones pateando el vacío.

—¡Miren esta cosita! —ruge, y los demás vitorean.

Me carga hasta el sillón más grande y me deja caer sentada. Se abre la bragueta ahí mismo, delante de mi cara, y saca la verga. Es gruesa, oscura, ya dura, con la punta hinchada y brillante. Me agarra del pelo por la nuca y me la acerca a la boca.

—Abrí. Y no me raspes con los dientes, putita.

Abro la boca y él me la mete de una, hasta atrás, sin dejarme respirar. La punta me golpea la garganta y me hace arcadas, saliva mezclada con labial escurriéndose por mi mentón. Él no afloja. Me agarra la cabeza con las dos manos y empieza a follarme la boca a su ritmo, empujándome contra su pubis, la nariz aplastada contra el olor a sudor y a tabaco de su vientre. Yo trato de respirar por la nariz entre embestida y embestida, las lágrimas corriéndome negras por las mejillas, la garganta ardiendo, arcadas cada vez que llega hasta el fondo.

—Así, así, tragátela toda —gruñe—. Mirá cómo se le llenan los ojos de lágrimas y sigue chupando. Esta puta nació para esto.

Mientras él me revienta la boca, siento otras manos. Dos, tres, no sé cuántas. Alguien me arranca la tanga de un tirón, el hilo cortándome la piel de la cadera antes de ceder. Alguien me abre las piernas de par en par, me hace poner en cuatro sobre el sillón sin sacarme la verga de la boca. Una lengua caliente se hunde entre mis nalgas, subiendo desde el coño hasta el culo, lamiendo despacio, y después dos dedos gruesos me abren el coño de un empujón y empiezan a bombear con fuerza, chapoteando en mi jugo.

—Está inundada la muy puta —dice una voz nueva a mi espalda—. Escuchen cómo suena.

Y siento cómo saca los dedos, se me sube atrás, y sin más ceremonia me clava la verga en el coño de una embestida brutal. Me atraganto con la polla que tengo en la boca del grito ahogado. Empieza a follarme por atrás, agarrándome de las caderas, embistiéndome con fuerza que me tira contra la boca del otro, formando un ritmo doble: adelante me la meten hasta la garganta, atrás me la clavan hasta el fondo del coño. Soy una muñeca partida en dos, atravesada por dos pijas al mismo tiempo, y no puedo hacer más que gemir con la boca llena.

Un tercero se acerca y me ofrece una lata de cerveza tibia que espera a que el de la boca me deje respirar.

—Tomá. Te va a soltar la lengua… y otras cosas —dice cuando por fin el otro me saca la verga con un hilo de saliva colgando.

Bebo a grandes tragos, jadeando, la boca en carne viva. El líquido amargo me quema el estómago vacío y casi de inmediato una ola de calor sube desde el vientre. El alcohol se mezcla con la vergüenza y el deseo en un cóctel embriagador que nubla mis pensamientos y afila cada sentido. Cada toque, cada mirada, se siente diez veces más intenso. El de atrás sigue bombeándome el coño, cada embestida hace un ruido húmedo, obsceno, que se mezcla con las risas y los comentarios de los otros.

—Dale con más fuerza —le dice uno—. A esta le gusta que duela.

—Métesela en el culo —dice otro—. A ver si aguanta.

El que me la está clavando en el coño saca la verga bruscamente, dejándome con la sensación de vacío. Alcanzo a jadear un «no» que no me creo ni yo, y él se ríe. Escupe entre mis nalgas, se guía con la mano, y la punta de su verga empuja contra el ojete. Yo aprieto los dientes, agradezco por dentro haberme puesto lubricante, y él empuja despacio pero sin piedad, entrando de a poco hasta enterrarme la polla entera en el culo. El ardor es blanco, cegador, y grito con toda la garganta.

—¡Ahí está! —vitorea alguien—. ¡Miren la cara que pone!

Otro me agarra la cabeza y me da vuelta para que abra la boca de nuevo. Otra verga, más chica pero más gorda, se hunde entre mis labios. Y así vuelvo a estar atravesada por dos vergas al mismo tiempo, una en la boca, una en el culo, con las tetas colgando y una tercera mano metiéndose entre mis piernas para frotarme el clítoris con dos dedos duros.

—Que se venga la puta —dice el que me frota—. Vamos a hacerla acabar mientras la culean.

Y me hacen acabar. Contra mi voluntad, contra toda mi vergüenza, con la verga clavada en el culo y otra ahogándome la boca, siento cómo el orgasmo me sube desde las plantas de los pies, desde los tacones que se me clavan en las nalgas cuando me arqueo. El coño se me contrae en vacío mientras el culo me arde alrededor de la polla que me lo llena, y me corro con un gemido animal que le hace vibrar la garganta al que tengo en la boca. Se ríen todos. Alguien aplaude.

—Se corrió la putita. Se corrió como una perra.

No me dan respiro. Apenas termino de temblar, el de la boca se corre en mi lengua, chorros espesos de semen caliente que me llenan el paladar. Me agarra del pelo y me obliga a tragarlo todo, y después me obliga a abrir la boca para que los demás vean que quedó vacía.

—Buena chica. Tragó todo.

El de atrás sigue todavía, dándome con más fuerza, y a los pocos minutos gruñe y se descarga adentro. Siento los chorros calientes llenándome el culo, y cuando saca la verga, algo tibio y espeso empieza a chorrearme muslo abajo. Uno se ríe y me mete dos dedos en el culo abierto, chapoteando en la corrida ajena.

—Está bien lubricado para el próximo.

Y el próximo llega. Y otro. Y otro. Me pasan de uno a otro como una botella. Me acuestan boca arriba sobre la mesa baja, me abren las piernas, me clavan una verga tras otra en el coño. Me hacen ponerme en cuatro sobre la alfombra, me tiran del pelo y me montan por atrás como a un animal. Me sientan a horcajadas y me obligan a cabalgar mientras otro me la mete en la boca desde el costado. En algún momento hay dos a la vez adentro, uno en el coño y otro en el culo, y siento las dos vergas frotándose entre sí a través de la delgada pared de carne, y grito, y me corro por segunda vez, o por tercera, ya no sé.

Me embadurnan las tetas con semen. Me llenan la cara. Me hacen mamar tres pijas seguidas hasta que me duele la mandíbula y no puedo cerrar la boca. Alguien me hace tragar más cerveza y después me la escupe en la cara. Alguien me pega con la mano abierta en las nalgas hasta que las tengo rojas. Alguien me pone las tetas entre sus pijas y se corre en el hueco del cuello. El olor a semen, a sudor, a cerveza derramada y a mi propio coño empapado llena la sala.

Esa noche dejé de contar. Dejé de pensar. Me entregué a sus manos, a sus turnos, a sus risas y a sus insultos, hasta que el cansancio y el calor me volvieron una sola cosa con el piso frío de esa sala. Cuando el último de ellos terminó de vaciarse en mi cara y la guardia volvió a su rutina como si nada, me dejaron sentada contra la pared, despeinada, con el labial corrido, el semen secándose en las tetas y en los muslos, y las medias rotas que ni recuerdo cuándo me pusieron.

S.1 se agachó frente a mí y me metió unos billetes arrugados en la mano. Ni la mitad de lo que había pedido. Ni siquiera lo conté.

—Portate bien hasta la próxima —dijo, encendiendo otro cigarrillo, mirándome el coño abierto y goteando entre las piernas todavía separadas.

Y mientras me vestía con mi ropa «decente» en aquel baño helado, sintiendo cómo el semen ajeno todavía me chorreaba por dentro del jean, mirando la máscara corrida en el espejo, ya sabía la verdad más sucia de todas: no iba a hacer falta que me llamaran. Iba a ser yo, otra vez, la que abriera el chat y escribiera ese nombre guardado como «S.1».

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Comentarios(9)

LectorNocturno_77

Tremendo relato, no pude parar de leer hasta el final. Sigue así!

CuriosaLec

Por favor seguí, quedé con muchas ganas de saber que pasó despues con S.1. El final me mató.

NocheSuave

Me encanto como narraste esa tension, se siente muy real sin ser burdo. Excelente trabajo.

MartinaCorr

Hace rato que no leia algo tan atrapante. Increible de verdad!!!

Pato_nocturno

jajaja guardar el numero como S.1 es demasiado... tremendo el final, muy morboso todo

Valeria_sur

Que manera de escribir. Te engancha desde la primera linea y no te suelta. Ojalá haya continuación pronto, quiero saber cómo sigue esa historia con la guardia.

EliasMdq

Se hizo cortísimo!!! Quiero mas

RubenMX

Muy bueno, te felicito. Saludos desde México

NoraPampa

Me recordó a una situación parecida que viví, esa mezcla de nervios y deseo está muy bien descripta. Bravo.

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