Me cité con una trans extranjera en su hotel
Fue durante el puente de mayo del año pasado. La ciudad se había quedado medio vacía por los días festivos y yo andaba en casa sin nada que hacer, aburrido y, sobre todo, caliente. No me bastaba con una paja rápida para quitarme las ganas; el cuerpo me pedía algo de verdad, alguien de carne y hueso con quien descargar la tensión que llevaba acumulando toda la semana.
Por aquella época no estaba teniendo demasiada suerte con las mujeres, así que me bajé una app de citas para hombres a ver qué se movía por mi zona. Recurrir a esas plataformas nunca me supuso ningún problema: he estado con hombres y con mujeres, y siempre lo vi como un recurso práctico y directo para conseguir lo que buscaba sin tantas vueltas.
Estuve un buen rato pasando perfiles sin que ninguno me llamara la atención. Entonces apliqué el filtro de personas trans, más por curiosidad que por otra cosa. Casi enseguida apareció una chica que me dejó mirando la pantalla más de la cuenta: una trans extranjera, irlandesa, de poco menos de treinta años, con una sonrisa que se notaba que sabía lo que provocaba.
Sin pensarlo mucho le escribí, convencido de que tendría a media app detrás suyo y de que ni me contestaría. Para mi sorpresa, al rato me respondió. Empezamos a charlar en inglés, intercambiando fotos para ponernos cara. Bueno, más bien yo a ella, porque en su perfil ya tenía un montón de imágenes, ninguna subida de tono: las típicas de redes sociales, en la playa, paseando por una calle cualquiera, riéndose con unas gafas de sol enormes.
La conversación fluyó rápido y con buen rollo. Nos preguntamos qué buscaba cada uno y, al ver que los dos íbamos a lo mismo, la cosa subió de tono sola. Empezamos a mandarnos fotos desnudos para vernos el cuerpo y, después de un par de halagos, le envié una foto de mi polla. Ronda los dieciocho centímetros, con un grosor normal, ni demasiado fina ni excesivamente gruesa.
Su respuesta me terminó de encender. Me escribió que se moría por chupármela sin parar, que esa foto la había puesto cachondísima. Le contesté que, si quería, era toda suya. Encantada, me mandó más fotos de ella. Era alta, cerca del metro setenta y cinco, delgada, de pecho pequeño y un culo discreto pero bonito. Tenía un miembro más bien chico; calculé que rondaría los once o doce centímetros en erección.
Con aquellas imágenes y sus mensajes ya no aguantaba más. Le pregunté dónde estaba y me dijo que se alojaba en un hotel del centro, sola en ese momento. Me pasó la ubicación. Le pedí veinte o treinta minutos para llegar y me respondió que perfecto, que así le daba tiempo a prepararse para mi visita.
Me arreglé en un momento, le avisé de que salía y puse rumbo al hotel.
***
Al llegar a la puerta principal me quedé fuera y le escribí preguntándole el número de habitación. Me lo mandó al instante y entré. Recuerdo los nervios al cruzar el vestíbulo, saludar a las dos recepcionistas y rezar para que no se les ocurriera pensar que yo no era cliente del hotel.
Para cuando estuve dentro del ascensor, los nervios se habían transformado en otra cosa. Me iba poniendo más caliente con cada piso que subía, imaginándome lo que estaba a punto de pasar con aquella irlandesa. Llegué a su puerta y toqué con los nudillos. Se abrió casi en el acto.
Me quedé sin palabras al verla. Me esperaba con un babydoll negro, un tanga a juego, un sujetador del mismo color y unos tacones altos. Al ver mi cara, soltó una risita y me invitó a pasar. La habitación estaba un poco revuelta, con su ropa y sus cosas repartidas por todos lados y las cortinas echadas. Nos sentamos en un pequeño sofá pegado a la cama y estuvimos charlando un rato para romper el hielo y no ir directos al grano.
No recuerdo de qué hablamos; tenía la cabeza en otra parte. Lo que sí recuerdo es cómo empezaron las caricias, suaves al principio. Yo le acariciaba las piernas y los muslos mientras ella me pasaba los dedos por el pelo y la nuca. La intensidad fue creciendo poco a poco. De los muslos pasé a tocarle el culo, a estirarle un poco el tanga para dejarlo chasquear contra su piel, mientras ella me tocaba el pecho por encima de la camiseta.
No tardó en quitármela y dejarla tirada en el suelo. Ya con la piel al aire, la agarré por la cintura y la senté encima de mí. Empezamos a besarnos con ganas, manoseándonos enteros. Yo alternaba entre apretarle el culo y el pecho; ella me clavaba las uñas en la espalda y se movía sobre mi polla, que para entonces ya estaba dura debajo del pantalón.
Se separó de mí, se levantó y me tendió la mano para que me pusiera de pie con ella. Me dio otro beso y empezó a recorrerme los hombros y el torso con las yemas de los dedos, despacio, dibujando formas alrededor de mis pezones y de mi ombligo. Cuando sus manos llegaron a mi cintura, me desabrochó el pantalón y empezó a tocarme por encima del bóxer.
—I've been waiting for this —me susurró al oído—. It's mine.
Aquello me puso a mil. Se arrodilló delante de mí, me bajó del todo los pantalones y me ayudó a quitarme los zapatos, dejándome solo en calzoncillos. Me manoseó un rato más por encima de la tela hasta que no aguantó y me los quitó. Con la polla ya libre, empezó a lamerme de arriba abajo, desde la base hasta el glande, una y otra vez, sin olvidarse de los testículos. Me los dejó empapados en saliva.
Después de hacerme una pequeña succión ahí abajo, subió la lengua de nuevo hasta la punta y se la metió entera en la boca. Chupaba y mamaba como si llevara años deseándolo. Fue, sin exagerar, una de las mejores mamadas de mi vida, y eso que había salido de casa pensando que sería un polvo rápido y sin más. Lo que estaba pasando superaba con creces cualquier expectativa.
Estuvimos así un buen rato. Yo le sujetaba la cabeza con suavidad mientras ella se la metía hasta el fondo, se la sacaba para coger aire y seguía con la mano. Cada poco me miraba, me guiñaba un ojo y me preguntaba si me gustaba. Yo solo acertaba a responder un «yes, baby» antes de que volviera al ataque.
***
Como no quería correrme tan pronto, la levanté y nos dimos un beso largo, con la mezcla de sabores en la boca. La fui llevando hasta la cama y la dejé debajo de mí. Seguí besándola, bajando por su cuerpo, aún con el babydoll puesto. Se lo quité despacio y me entretuve pellizcándole los pezones y dándole pequeños mordiscos por encima del sujetador. Después seguí explorándola con besos y caricias hasta la cintura, y noté en el estado de su miembro que lo estaba disfrutando tanto como yo.
No me detuve ahí. Le levanté una pierna, me la apoyé en el hombro, le quité el tacón y lo lancé junto al resto de la ropa. Hice lo mismo con la otra. Volví a su boca mientras frotaba mi polla contra la suya por encima del tanga. Ella me rodeó la cintura con las piernas y me sujetó las manos. En un descuido se soltó, me arañó la espalda y me dio la vuelta hasta quedar encima de mí. Recorrió mi cuerpo con la lengua, jugó con mis pezones y mi ombligo y terminó otra vez con mi polla en la boca, con el mismo esmero o más que antes.
Mientras yo le acariciaba el cuerpo, ella me fue ofreciendo el culo. Empecé a bajarle el tanga; se detuvo un instante para quitárselo del todo y dejarme el camino libre. Le acaricié las nalgas, jugué con su entrada, le di algún azote suave y, poco a poco, le metí un dedo. Se colocó sobre mí en un sesenta y nueve y así pude comérselo a la vez que ella seguía con lo suyo.
Al cabo de un rato dejó de mamármela, demasiado a gusto con mi lengua y mis dedos. Le metí primero uno, luego otro, hasta llegar a tres. Cuando la noté preparada, le di un buen azote en la nalga derecha, la agarré de la cabeza para darle un beso y le indiqué que se pusiera a cuatro patas en el borde de la cama.
Yo me quedé de pie, fuera del colchón. Le di otro azote y empecé a pasar la punta por su entrada. Ella cogió un bote de lubricante de la mesilla y me lo pasó. Me eché un poco y le puse a ella también. Listo esto, fui entrando despacio, centímetro a centímetro, hasta notar que mis testículos chocaban contra ella. Cuando estuve dentro del todo, salí casi por completo y volví a entrar de una embestida. A partir de ahí empecé a bombear con ganas.
Ella jadeaba y gemía sin parar, pidiéndome más, disfrutando cada vez que la agarraba del pelo. Estuvimos así un buen rato, parando de cuando en cuando para que la cogiera de la cara y darnos un beso húmedo, hasta que le pedí que se pusiera boca arriba para hacerlo en misionero. Es de mis posturas favoritas, porque podemos mirarnos a los ojos y besarnos mientras lo hacemos.
Bajé el ritmo. Quería alargar aquello todo lo posible, casi como una pareja de enamorados, taladrándola despacio mientras jugábamos con las lenguas y las manos, apretándonos el uno contra el otro. Ella me rodeaba la cintura con las piernas y tiraba de mí hacia dentro.
***
Estuve a punto de correrme, pero frené a tiempo y me quedé quieto dentro de ella mientras nos besábamos. Entonces me pidió que me tumbara boca arriba. Entendí lo que quería: cabalgarme. Me coloqué como me pidió. Se agarró mi polla con la mano, se la situó en la entrada y empezó a descender, sintiendo cómo la penetraba poco a poco. Fue subiendo el ritmo mientras yo le daba azotes y le apretaba las nalgas.
En un momento mis manos resbalaron hasta su cintura y se toparon con su miembro, del que casi me había olvidado. Empecé a masturbarla despacio. La tenía dura como una piedra, puede que más que la mía, y se la veía a punto. Pero ella estaba en pleno frenesí, acelerando sin parar, y fui yo el que no aguantó más. Se lo avisé y, al entenderme, siguió hasta que me corrí entero dentro de ella, jadeando como nunca.
Se quedó un rato encima de mí, recuperando el aliento, hasta que cogió un pañuelo, se limpió y se tumbó a mi lado. Me miró, sonrió y me preguntó si me había gustado. Le dije que muchísimo, y le devolví la pregunta. Me dijo que sí. Le pregunté si se había corrido y me confesó que no, que seguía durísima. Le dije que entonces era mi turno de devolverle el polvo.
Mientras nos besábamos, empecé a masturbarla con la mano, despacio, sin prisa, disfrutando del momento. Luego me separé de su boca y bajé dispuesto a comérsela. Ella me hacía gestos de que no hacía falta si yo no quería, pero le tapé la boca con la mano para que se callara y me puse a chupársela, imitando lo que ella me había hecho. No estaba a su nivel, pero le ponía empeño.
Seguí un rato hasta que la noté disfrutar de verdad, dejándose llevar. Y, sin previo aviso, se corrió en mi boca. Me pilló por sorpresa. No me la tragué entera: subí hasta su boca y compartí con ella parte de lo que había retenido. Nos quedamos un momento besándonos con su propio sabor entre los dos.
Cuando terminamos de jugar, nos tumbamos abrazados, acariciándonos como una pareja cualquiera. Al rato me propuso que nos diéramos una ducha. Acepté encantado; falta me hacía después de todo aquello.
***
En el baño entró ella primero y luego yo. Empezamos a besarnos bajo el agua, a enjabonarnos el uno al otro, con masajes en la espalda. En una de esas, ella aprovechó el jabón para hacerme una paja y, sin demasiado esfuerzo, me la puso dura otra vez. Me echó agua para quitar la espuma, se arrodilló y me hizo otra mamada igual o mejor que las anteriores, combinándola con la mano.
Al rato le avisé de que me corría y me ofreció la boca. Se lo eché todo dentro, salvo una pequeña parte que le cayó en la cara. Lo recogió con los dedos, se lo metió en la boca y se lo tragó, y todavía me pasó la lengua para dejármela bien limpia.
Terminamos la ducha con normalidad, entre besos, y volvimos a la cama después de secarnos. Nos quedamos tumbados, hablando como cualquier pareja después de una buena sesión de sexo. Solo que no éramos pareja. Cuando nos dimos cuenta de la hora, habían pasado tres horas y yo tenía cosas que resolver en casa. Nos despedimos con besos, y ella me abrió la puerta con el babydoll puesto otra vez, por si pasaba alguien por el pasillo.
El camino de vuelta fue de lo más placentero y, a la vez, un poco triste. No le había pedido el contacto ni intercambiamos redes. Supongo que estas cosas pasan y, a veces, es mejor quedarse con el recuerdo de una tarde así. Una tarde que he querido compartir aquí, por si a alguien le apetece imaginársela.