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Relatos Ardientes

La travesti que sedujo al albañil de la obra

Hace apenas un par de meses me mudé a una casa nueva, y la parte de atrás estaba hecha un desastre. El lavadero tenía moho, las paredes manchas de humedad y el piso levantado por todos lados. Había que meterle mano, así que salí a caminar por el barrio buscando a alguien que me hiciera el trabajo.

En una barda encontré un letrero pintado a mano: «se hacen trabajos de albañilería en general», y un número de teléfono. Lo anoté y regresé a casa con el corazón ya latiéndome distinto. Siempre me han gustado esos hombres.

Marqué esa misma tarde.

—Bueno —contestó una voz grave, cansada, de barrio.

—Buenas tardes. Vi su letrero, me gustaría que me cotizara unos arreglos en mi casa.

—Claro que sí, seño. Dígame el domicilio y mañana paso a echarle un ojo, sin compromiso.

Le di la dirección y quedamos para la mañana siguiente. Colgué y me quedé un buen rato pensando en ese hombre al que ni siquiera le conocía la cara.

***

El lunes me desperté temprano. Me bañé, me depilé entera, me puse una lencería bonita debajo de un vestido rosa muy corto, de esos que me levantan la cola y me alargan las piernas. Tacones altos, maquillaje cuidado. Cuando me arreglo así, me siento imparable.

Llegó cerca del mediodía. Y vaya que valió la pena la espera.

Don Genaro era un hombre mayor, moreno de tanto sol, canoso, con un bigote descuidado y unos brazos gruesos de quien trabaja de verdad. Manos rasposas, no muy alto, algo panzón. Nada que ver con un galán de revista, y justo por eso me volvió loca desde el primer segundo.

—Buenas, seño —me saludó, recorriéndome de arriba abajo sin disimulo.

—Buenas tardes —le di un beso tronado en la mejilla y dejé que su mano me sostuviera la espalda, como si nos conociéramos de toda la vida.

Lo llevé hasta el patio caminando delante de él, despacio, para que me mirara completa. Le mostré la humedad, el piso manchado, el lavadero. Le hablaba de mis planes mientras me agachaba con cualquier pretexto, apuntándole la cola.

—Me gustaría dejarlo bonito para asolearme en bikini —le dije.

—Pus yo le arreglo lo que usté quiera —contestó, y la mirada le decía mucho más que las palabras.

Le pregunté cuánto tardaría. Me dijo que como un mes si lo hacía solo. Le aclaré que prefería que viniera sin ayudante, que no me gustaba meter extraños a mi casa, y que le pagaría lo que pidiera con tal de tenerlo a él, nada más a él. Cerramos el trato con un apretón de manos que él convirtió en un abrazo.

—Dios me mandó un ángel —le susurré, apoyando una pierna contra la suya.

Cuando se fue por sus herramientas, me dejé caer en el sillón. Estaba empapada, y mi pene tan duro que ni sabía si él lo había notado. Y ahí, en ese momento, empezó todo.

***

Volvió una hora después con su bote lleno de tierra de obras viejas, su gorra decolorada y sus herramientas pesadas. Le dije que de ahora en adelante sería mi invitado, que en esta casa lo iba a tratar como a un rey.

—Un palacio pa una reina como usté —me contestó, y a mí se me derritió todo por dentro.

Me metí a la cocina a prepararle de comer mientras él limpiaba el lavadero. Hablábamos de todo. Me contó que estaba casado pero que ya quería separarse, que con su esposa, Remedios, ni se entendía ni tenían intimidad desde hacía años. Yo le seguía la conversación poniéndole cara de pena y acariciándole la mano rasposa con las uñas.

—Seguro usted es bien cumplidor —le dije.

—Pa eso soy bravo, seño —se rio, nervioso.

Un silencio se nos metió en la mesa, y los dos nos sonrojamos como adolescentes.

Puse la mesa como para una ocasión especial: mantel bueno, copas, vino. Lo llamé y vino apenado, diciendo que ni sabía comer con tanto cubierto. Le enseñé entre risas, tomé un bocado de ensalada con el tenedor, se lo di a la boca y después me lo metí yo. La escena fue tan espontánea que se quedó mudo.

Me agachaba a propósito frente a la vitrina del vino, dejándole la cola a la altura de su cara. Él disfrutaba el espectáculo en silencio, comiendo con sus modales toscos, robándome miradas a las piernas. Cuando se fue, pasadas las seis, nos despedimos con un beso muy cerca de la boca y un abrazo que me pegó a su cuerpo.

Corrí a mi cuarto en cuanto cerró la puerta. Me estaba volviendo loca por él.

***

Los días siguientes fueron una guerra de paciencia. Cada mañana lo recibía más arreglada y más atrevida: shorts de mezclilla, tacones negros, faldas mínimas. Lo abrazaba al llegar, lo besaba cada vez más cerca de los labios, le rozaba el cuerpo con cualquier excusa. Le cocinaba todos los días y comíamos juntos como si fuéramos novios.

Me recostaba en el sillón con las piernas apuntando hacia la ventana por donde él trabajaba, y cada vez que cambiaba la pala de mano, yo cambiaba de postura para que me viera mejor. Una tarde, al despedirnos, sentí su erección durísima contra mi muslo. Empecé a moverme despacio, acariciándosela con la pierna, y él fingió no darse cuenta mientras me olía el cuello.

—Huele bien sabroso, patrona —murmuró.

—¿Le gusto, don Genaro? —le pregunté, ofreciéndole el cuello.

—Yo respeto, seño… no vaya a pensar mal.

Pero ya lo tenía donde quería.

***

El día que decidí apurar las cosas, lavé toda mi ropa más íntima y la colgué bien visible en el patio: tangas, medias, encajes. Le avisé que subía a bañarme y, desde la ventana de arriba, lo espié.

Genaro se acercó al tendedero. Olió mis tangas, las besó, acarició mis medias. Hasta que ya no aguantó, se sacó el pene y se masturbó ahí mismo, entre la tierra y el cemento. Era enorme, oscuro, con el glande rosado. Terminó rápido, lo tapó con tierra y se guardó una de mis tangas en el bolsillo.

Yo, arriba, desnuda y goteando, casi me vengo solo de verlo.

Me bañé, me puse una microlencería negra y un disfraz de secretaria, y lo llamé con la excusa de una lámpara que no prendía. Subió. Se trepó a la escalerilla para revisar el foco, y su entrepierna me quedó justo a la altura de la cara. Olía fuerte, a hombre, a varios días sin lavarse. Me hacía la distraída mientras él, por encima de mí, intentaba bajarse el cierre. Lo dejé con las ganas a propósito.

—Es usted el primer hombre que meto a mi habitación —le confesé.

Se rio de nervios y bajó de la escalera con el pantalón a punto de reventar. Tenía que dejarlo con los testículos doliéndole de tantas ganas, para que el viernes nada lo hiciera dudar.

***

El jueves preparé la última trampa. Lo recibí en bata, sin arreglar, y le dije que me iba a bañar, que si necesitaba algo subiera a buscarme. Sabía que el espejo de mi cuarto daba directo a la puerta.

Salí de la ducha y me puse a secarme el pelo con el secador. Con el ruido no lo escuché subir. Cuando lo vi reflejado en el espejo, llevaba un buen rato mirándome las nalgas, plantado en el umbral, agarrándose el bulto.

—¡Don Genaro! —fingí un susto y tomé la toalla para cubrirme la entrepierna, no fuera a ver mi excitación y huyera.

—Pero qué pena, seño… si usté está rete buena —balbuceó sin quitarme los ojos de encima.

Me di media vuelta para que me viera la tanga de hilo entre los glúteos, le pedí disculpas y lo dejé bajar primero. Antes de salir al súper, dejé sobre la cama una tanga usada y, en el cajón del buró, un consolador junto a una nota: «Si estás leyendo esto, ya sabes lo que quiero. Ahora soy toda tuya.» La firmé con un beso de labial rojo.

Cuando volví, la tanga había desaparecido y la nota estaba movida. Ya lo sabía. Ya sabía exactamente lo que yo buscaba de él. Esa tarde casi no me habló, muerto de vergüenza, pero antes de irse aceptó venir el viernes a tomar unas copas conmigo.

***

Llegó el viernes. Lo recibí en fachas, sin arreglar, para no levantar sospechas de lo que pasaría esa noche. Genaro trabajó como siempre, y al mediodía le preparé camarones y abrí una botella de vino.

Empezamos a beber temprano. Brindamos por la vida, por la felicidad, por «lo que se le antojara». Él bebía sin medida, y eso también era parte del plan: lo quería relajado, sin defensas. Cuando dieron las seis, le dije que subía a bañarme y arreglarme un poco, que no me podía quedar así de desaliñada.

—¿Y me va a dejar solito? —protestó.

—Un ratito nada más. Tómate otra copa.

Le puse el fútbol en la tele y subí. Esta vez cerré bien la puerta. Me hice el lavado, me bañé y me llené el recto con aceite de coco para quedar lubricada y oliendo bien. Me sequé el pelo, me maquillé como una diosa: ojos negros, línea felina, labios rojos. Saqué mi arma definitiva, una lencería de tiras diminutas que apenas me cubría, y aseguré mi pene bien atrás con un poco de cinta médica, de modo que desapareciera entre mis piernas.

Me perfumé entera y perfumé también las escaleras. Respiré hondo, puse música y bajé contoneándome.

Genaro estaba en el sillón, con su ropa sucia de cemento y su bigote canoso. Apenas me vio, se levantó de golpe y soltó un silbido que se oyó hasta la otra cuadra.

—¡Pero qué muñeca! ¡Qué hembra, mamacita!

Me abrazó y me manoseó completa: la cintura, los pechos, los glúteos, las piernas. Le toqué el bulto y casi reventaba el pantalón.

—Tranquilo, don Genaro —reí.

—¿Cómo quiere que esté tranquilo, mi reina, si me trae así desde el primer día?

Lo senté, le apagué la tele y me subí a la mesita a bailarle. Él se quitó el pantalón y se quedó en calzoncillos viejos, decolorados, con el pene tan erecto que parecía a punto de romper la tela. Cuando por fin se desnudó, me quedé sin aire.

Era enorme. Oscuro. Con el glande morado y brillante, ya escurriendo líquido. Los testículos pesados, el vello canoso. La cosa más impresionante que había visto en mi vida.

—¿Te gusta, mi reina? —me dijo, agarrándoselo.

Me arrodillé frente a él, fuera de mí. Olía fuerte, a varios días sin lavarse, y aun así no podía parar. Lo besé centímetro a centímetro, desde la punta hasta los testículos, le lamí todo, frenética, dejándole el labial rojo marcado por toda la entrepierna. Nunca había hecho sexo oral así, perdida, vuelta loca de deseo.

—Se ve que te gusta harto —jadeó—. Ándale, ya te la quiero meter.

Me levanté con la boca llena de su olor, me acomodé el pelo y me senté sobre él. Como estaba bien lubricada, entró sin esfuerzo y sin dolor.

—Desde hoy vas a ser mi mujer —gimió.

Empecé a saltar de espaldas a él, con las piernas abiertas, mis glúteos golpeando contra su cuerpo. La excitación nos tenía a los dos al borde. Estaba tan ida que olvidé apartarle las manos de mi entrepierna.

Y entonces me agarró el pene.

***

—¡Pero qué…! —se separó de golpe y me empujó contra la mesita—. ¡Tú eres hombre!

—Pensé que ya lo sabías —le dije, todavía agitada.

—¡No, cómo crees! A mí no me gustan… —se agarraba la cara, dudando.

—Pero la estamos pasando muy rico, don Genaro. Hace rato dijiste que iba a ser tu mujer.

Él negaba con la cabeza, pero su cuerpo decía otra cosa. El pene seguía durísimo, pegado al abdomen, babeando.

—Pues a tu cuerpo no parece importarle —le señalé—. Mira cómo estás.

Se quedó callado, mirándome las piernas, la cintura, la cara.

—Es que estás rete buena, me cae… —admitió por fin—. La más buena con la que he estado.

Me arrodillé frente a él y volví a tomarlo en la boca, despacio, mirándolo a los ojos.

—Si no quieres, ni lo veas. Nadie tiene que enterarse —le susurré entre besos.

—Pero no le vayas a decir a nadie, ¿eh? —cedió.

Poco a poco se fue relajando. Me puse en cuatro sobre el sillón, apuntándole el trasero, jalándome los testículos hacia delante para que no los viera. Se quitó la playera y la gorra, y por fin estábamos los dos desnudos, yo solo con los tacones.

—Así sí pareces mujer —dijo, y volvió a penetrarme.

Esta vez me sujetó de las caderas y empezó a embestirme con fuerza, sin esfuerzo, sin dolor. Sus manos rasposas me recorrían entera, y a mí cada caricia me hacía vibrar.

—Me cae que si no fueras hombre, hasta me casaba contigo —se rio, dándome cada vez más rápido.

Cambiamos de posición. Me recosté en el sillón, abrí las piernas todo lo que pude y me abrí los glúteos. Apuntó su miembro a mi ano y se clavó hasta el fondo de una sola vez. Esa embestida sí me dolió, hasta se me salieron las lágrimas, pero me encantó.

—¿Te dolió, chiquita?

—Despacio, mi amor, que lo tienes enorme.

Lo hicimos largo rato, sudando, cambiando de postura, hasta que me recostó de lado y me penetró de nuevo, abrazado a mi espalda. Sus manos me sostenían las caderas, su respiración se aceleraba contra mi nuca.

—Ya te voy a echar la leche —jadeó.

—Vente adentro, papi.

Terminó con un gemido largo, vaciándose dentro de mí, abundante, mientras yo quedaba abierta de piernas con los tacones al aire. Me besó el cuello y se quedó clavado hasta que se ablandó.

Quedamos extasiados, pegajosos, oliendo a sal y a sudor de trabajo. Me acurruqué entre sus brazos.

—Vamos a dormir así, abrazaditos —murmuró.

—Lo que tú quieras, mi amor.

Y nos quedamos dormidos, yo llena de él, feliz con mi hombre. Continuará.

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Comentarios (1)

RodrigoC83

Increible relato!!! la tension que fue construyendo semana a semana me tuvo enganchado hasta el final.

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