La sorpresa que Marina escondía bajo su vestido
Tengo veintiséis años y descubrí mi atracción por las chicas trans cuando todavía era casi un crío. Pasó por culpa de una persona que apareció en mi vida sin avisar y la puso del revés. Nunca lo había contado, pero supongo que para eso sirve sentarse a escribirlo: para volver a aquella tarde en que abrí una puerta que estaba abierta y ya no pude cerrarla.
Todo empezó al final del último curso del instituto, recién cumplidos los diecinueve. Nunca fui muy sociable. Tenía un grupo pequeño de amigos, los de siempre, y me costaba horrores acercarme a gente nueva. A ella la conocí porque era amiga de un amigo. Se había mudado hacía poco a un barrio cercano y casi no conocía a nadie, así que aquella noche, en una fiesta cualquiera, alguien nos presentó.
Se llamaba Marina. No tenía nada extravagante, nada que llamara la atención a primera vista, y sin embargo había algo en ella que me atraía desde el primer minuto. La forma en que se reía tapándose la boca. La manera de mirarme de reojo cuando creía que no me daba cuenta. La fiesta terminó pronto y apenas crucé con ella dos frases, pero me fui a dormir pensando en su nombre.
A la mañana siguiente, mi amigo Damián me llamó para pedirme un favor.
—¿Te pasas por casa de Marina y recoges una cosa que le presté? —dijo, medio dormido todavía—. Es un libro. Yo no puedo ir, tengo lío.
—Claro, sin problema —respondí, intentando que no se me notara demasiado el interés.
Me dio la dirección y, casi sin pensarlo, me arreglé el pelo dos veces antes de salir.
***
Cuando llegué, la casa parecía vacía. Todas las persianas bajadas, ni una luz encendida. Toqué el timbre y nadie abrió. Le escribí a Damián para avisarle de que no había nadie, y él me contestó que insistiera, que seguro estaba dentro. Me asomé por la ventana del salón, pero no se veía nada a través del cristal. Volví a tocar. Nada.
Por pura curiosidad, probé el picaporte. Para mi sorpresa, la puerta cedió: estaba sin echar la llave.
Asomé la cabeza y, justo en ese instante, la vi bajar las escaleras a toda prisa. Y algo cambió. Verla así, en su propia casa, en plena intimidad, sin que ella esperara a nadie, fue como descubrirla por primera vez. Era una chica preciosa. El pelo largo y oscuro le caía revuelto sobre los hombros. Tenía una figura delgada pero con curvas, un pecho pequeño y un trasero firme y respingón. La piel morena, aunque un poco pálida aquella mañana. Las piernas largas, los muslos llenos. Llevaba un vestido corto y unas medias que le llegaban a las rodillas.
Me miró con un sobresalto enorme, y solo entonces reaccioné yo. Tenía la cara encendida, el pelo pegado a la frente por el sudor y las manos húmedas. Respiraba agitada. No hizo falta ser muy listo para imaginar qué estaba haciendo arriba antes de que yo apareciera.
—¿Qué haces aquí? —preguntó con la voz quebrada, casi a punto de llorar de la vergüenza.
—Perdona, perdona. Nos conocimos anoche, en la fiesta. No sé si te acuerdas de mí —dije, sintiéndome el peor intruso del mundo.
—Sí… eres el amigo de Damián.
—Ese mismo.
Me miró confundida y giró la cabeza hacia la puerta abierta a mi espalda, como preguntándose cómo demonios había entrado.
—Estaba abierto —me apresuré a explicar—. Toqué muchas veces y nadie contestaba. Da igual, perdona. Me manda Damián, dice que tienes un libro suyo.
—Ah. Sí. Espera un momento.
Subió corriendo otra vez y, cuando bajó, me tendió el libro. Pero yo seguía mirándola embobado, incapaz de disimular. Ella se acercó, me puso una mano en el hombro, sonrió y, sin pedir permiso, me quitó el móvil de la mano. Instintivamente desbloqueé la pantalla. Marina tecleó su número y me lo devolvió.
—Damián me dijo que me habías pedido el teléfono —comentó, divertida.
—¿En serio te dijo eso? Será idiota —resoplé, rojo como un tomate.
—Lo es. Pero bueno, ahora ya lo tienes. Escríbeme cuando quieras. Adiós.
Salí de su casa casi flotando. No entendía nada de lo que acababa de pasar, pero una euforia absurda me subía por el pecho. Volví a casa medio corriendo, me tiré en la cama y, a los pocos minutos, el móvil vibró. Era ella. Un mensaje tonto, sin importancia. Y sin embargo estuvimos hablando durante horas.
***
Aquello se repitió día tras día. Hablábamos por la noche hasta que se nos cerraban los ojos, y a la semana ya quedábamos para vernos. Paseos largos sin rumbo, cafés que se alargaban hasta el cierre, risas por cualquier tontería. Fueron días de verdad hermosos, de esos en que uno no se da cuenta de lo feliz que es hasta mucho después.
Y un día todo cambió, otra vez.
Volvíamos de dar una vuelta y acabamos en su casa. No había nadie, y no era la primera vez que iba. Nos sentamos en el sofá del salón y seguimos charlando, pero en algún momento se hizo un silencio distinto, denso, de esos que se sienten en la piel. La miré. Ella me miró. Le acaricié la mejilla con el dorso de la mano y la besé.
Fue un beso lento, tanteándonos, hasta que dejó de serlo. Le rocé los hombros, bajé por sus brazos, le acaricié la cintura. Cuando mis manos llegaron a sus muslos, ella se apartó de golpe.
—¿Estás seguro de esto? —preguntó, y había algo de miedo en su voz.
—Nunca he estado más seguro de nada —respondí.
—Es que… no quiero decepcionarte.
—Jamás podrías.
Me lancé sobre ella. La tumbé despacio en el sofá y la seguí besando, recorriéndole las caderas, el vientre, deslizando la mano hacia abajo hasta el borde de su ropa interior. Y entonces, al pasar la palma por encima de la tela, noté algo. Un pequeño bulto. Metí la mano por dentro de sus bragas y lo sentí con claridad: su pene, que empezaba a endurecerse bajo mis dedos. Lo acaricié con suavidad, casi sin pensar.
Marina dejó de besarme. Me miró con un pánico que me partió por dentro.
—¿Estás bien con esto? No tenemos que hacer nada si no quieres, de verdad —dijo atropelladamente—. Siento no habértelo dicho antes. Pero todo iba tan bien que tenía miedo de estropearlo.
Le levanté la barbilla con dos dedos para que me mirara y sonreí. No dije nada. No hacía falta. Bajé despacio por su cuerpo, le aparté las bragas y ahí estaba, su pene erecto, hermoso a su manera. Empecé por los muslos, besándolos, lamiéndolos, acercándome poco a poco. Recorrí el tronco con la lengua, sin prisa, hasta la punta. La besé primero y luego la metí en mi boca, despacio, dibujando círculos con la lengua. La sacaba y la volvía a meter, marcando un ritmo lento mientras le acariciaba el trasero.
Llegué con los dedos hasta su entrada, trazando pequeños círculos, presionando con cuidado, hasta que ella soltó un gemido largo y se vino dentro de mi boca. Sentí el semen caliente resbalando entre mis labios. Levanté la mirada: tenía el rostro deshecho de placer. Subí y la besé, dejando que el semen pasara de mi lengua a la suya, los dos jugando con él, enredándonos. Cuando nos separamos, ninguno de los dos quería parar.
La incorporé y le quité la blusa, luego el sujetador. Por fin podía verla entera, en todo su esplendor. Me desvestí yo también. Desnudos los dos, nos quedamos un segundo mirándonos, como reconociéndonos. Entonces se levantó, subió corriendo al piso de arriba y volvió con un bote de lubricante en la mano.
Se arrodilló frente a mí y empezó a lamerme el abdomen, bajando despacio. Echó lubricante sobre mi pene ya erecto y lo extendió con la mano, suave, antes de besarme el glande y tragárselo de golpe hasta el fondo de la garganta. No pude aguantar mucho; me vine casi enseguida, abrumado.
Ella se levantó, se giró y se puso a cuatro patas en el sofá, ofreciéndome ese trasero perfecto. Me arrodillé detrás. Empecé a lamerla de arriba abajo, sintiendo cómo se relajaba poco a poco. Cuando estuvo dilatada, le puse lubricante con los dedos y la fui abriendo despacio. Luego me incorporé, acerqué mi pene y lo deslicé por su entrada, acariciándole la espalda con la otra mano.
Entré despacio, solo la punta al principio. Sentía cómo sus paredes apretadas se abrían poco a poco ante mí. Sus quejidos suaves, esos gemidos a medias, me excitaban todavía más. Cuando estuve dentro del todo, me quedé quieto. Marina levantó la cabeza y me miró por encima del hombro, como pidiéndome que siguiera.
Empecé a moverme. Sacaba la mitad y volvía a entrar, una y otra vez, marcando un ritmo que se fue acelerando solo. Me incliné sobre su espalda, pegando mi pecho a ella, y le busqué con las manos los pechos pequeños, apretándolos con suavidad. Bajé hasta su pene, otra vez duro, y lo masturbé al compás de mis embestidas. Sentía su semen resbalándome entre los dedos y sus gemidos retumbando por todo el salón.
No aguanté mucho más. A los pocos minutos me vine dentro de ella, llenándola por completo, mientras un gemido suyo, largo y agudo, llenaba la habitación. Me dejé caer en el sofá, agotado. Marina se tumbó encima de mí, piel con piel, nuestros cuerpos todavía temblando, los penes rozándose. La besé despacio, sin prisa ya por nada.
Pero aquella paz duró poco. La puerta del salón se abrió de golpe y su hermana, que había vuelto antes de tiempo, se quedó plantada en el umbral, mirándonos sin decir una palabra.