La bestia me bautizó con un nombre de mujer
En Valdeniebla las miradas siempre pesaban más sobre mí que sobre nadie. Caminaba por la plaza con la cabeza alta, la chaqueta de cuero ajustada sobre el pecho pequeño que las hormonas me habían ido dando, y el pelo ondulado rozándome los hombros. A los diecinueve años mi cara se había suavizado: labios llenos, pómulos delicados, una belleza que no encajaba en ninguna casilla y que por eso mismo confundía y atraía a partes iguales.
Ayudaba a mi padre en su pequeño taller de relojes, leía libros de botánica hasta tarde y soñaba con un sitio donde no tuviera que explicarle a nadie quién era. Un sitio donde simplemente pudiera ser.
Gael me esperaba apoyado en la fuente, con esa sonrisa de dueño que tanto odiaba.
—Qué guapa estás hoy… o guapo. Lo que te dé la gana ser esta semana —dijo, acercándose más de lo que debía, su mano buscándome la cintura.
Me aparté de un tirón.
—Déjame en paz. No soy tu experimento.
Él se rio, sin moverse.
—Solo quiero ayudarte a aclararte las ideas, preciosa. Yo soy de mente abierta.
No le contesté. Su clase de mente abierta era la peor de todas: la que se disfraza de favor mientras te trata como un capricho.
***
Esa noche la tormenta se tragó el bosque entero. Mi padre se perdió volviendo del mercado del pueblo vecino y, empapado, buscó refugio en la vieja mansión que todos evitaban, la que llevaba años pudriéndose tras los árboles. Al marcharse, vio un invernadero medio derruido y, dentro, una rosa de un azul imposible. Pensó en mí. Cortó el tallo para traérmela.
El dueño de la casa lo atrapó antes de que cruzara la verja.
Mi padre me lo contó temblando, con las manos llenas de arañazos: un hombre enorme, alto, con la cara y el torso cruzados por cicatrices gruesas y brillantes, una pierna que arrastraba al caminar. Una voz que más que hablar gruñía.
—Esa rosa era lo único que me quedaba de mi madre —le había dicho, empujándolo contra la pared—. Y tú me la arrancas como si nada.
Lo dejó marchar con una condición: alguien de su familia tenía que ir a la mansión. Como pago. Como deuda.
No lo dudé ni un segundo.
***
Caminé hasta la mansión bajo la llovizna, con una mochila al hombro y el corazón golpeándome las costillas. Golpeé la puerta con todas mis fuerzas.
Abrió él.
Bruno. Aunque entonces todavía no sabía su nombre. Solo vi la silueta enorme recortada contra la penumbra, y luego sus ojos oscuros bajando despacio por mi cuerpo: el pecho pequeño marcándose bajo la camiseta mojada, la cadera suave, la cara delicada y empapada de lluvia. Algo se movió detrás de aquella mirada. Algo que no era rabia.
—Dime tu nombre —exigió, ronco.
Le dije el nombre con el que me había presentado al mundo entero hasta entonces. Un nombre que nunca había terminado de sentir mío.
Él negó con la cabeza, lento, y dio un paso más. Olía la lluvia, y creo que también olía el miedo en mi piel. Cuando habló de nuevo, su voz era baja, posesiva, casi un ritual.
—No. Aquí no. Aquí serás mía. Y te llamarás… Selene.
Un escalofrío me recorrió entera. El nombre sonó extraño en aquella boca rota, íntimo, cargado de algo que me apretó el vientre. Selene. Es solo un nombre. ¿Por qué entonces me tiembla todo?
En lugar de protestar, sentí el calor subiéndome desde abajo.
—Llámame Selene, entonces —susurré—. Pero solo si cumples lo que ese nombre implica.
Sonrió torcido, las cicatrices tensándose en su mejilla.
—Trato hecho, Selene.
***
Los primeros días fueron ásperos. Bruno gruñía órdenes desde las sombras, escondía la mitad marcada de su cara, comía solo. Yo trabajaba en el invernadero, devolviéndolo a la vida con las manos negras de tierra, la camisa abierta por el calor húmedo de los cristales empañados.
Lo sorprendía mirándome más de una vez. La curva de mi pecho bajo la tela, los pezones oscuros endurecidos por el aire frío de la noche. Apartaba la vista en cuanto lo descubría, como si mirarme fuera otra de sus deudas pendientes.
Una noche leía en voz alta en la biblioteca polvorienta, un viejo tratado de flores que él guardaba como un tesoro. Lo oí acercarse por detrás. No me giré.
—Selene… —murmuró contra mi nuca, y sus manos enormes se posaron en mi cintura—. Eres preciosa. Tan tú… tan perfecta que no sé qué hacer contigo.
Me dio la vuelta y me besó con hambre, como si llevara años conteniéndose. Sus manos subieron bajo la camisa, abarcaron mi pecho pequeño, los dedos pellizcando los pezones hasta que se me escapó un gemido contra su boca.
—Ah… espera…
—Dime que esta noche quieres que te trate como a mi mujer —gruñó, los dientes rozándome el cuello.
—Sí —jadeé, y sentí cómo me humedecía solo de oírlo—. Trátame como tu Selene. Quiero sentirme mujer entre tus manos. Quiero que me lo demuestres.
Me sentó de un movimiento sobre la mesa grande de la biblioteca y me arrancó la camisa. Bajó la boca a mi pecho y chupó un pezón con fuerza, ruidoso, mientras sus dedos desabrochaban mi pantalón y se colaban dentro de la ropa interior. Me encontró empapada, los pliegues hinchados y resbaladizos bajo su tacto.
—Joder, Selene. Estás chorreando por mí.
Metió dos dedos gruesos de golpe. El sonido húmedo llenó la habitación y me ardió la cara de vergüenza y de deseo a la vez.
—Más —pedí, arqueando la espalda—. Más adentro.
Sacó los dedos brillantes y, mirándome a los ojos, se los metió en su propia boca.
—Pruébate tú también —dijo, y volvió a hundirlos y luego los acercó a mis labios—. Prueba lo mucho que me deseas.
Obedecí. Mi propio sabor en su mano me arrancó otro escalofrío.
Se bajó los pantalones. Su sexo se liberó duro, grueso, marcado por una cicatriz en la base como el resto de su cuerpo, la punta húmeda y oscura. Lo frotó despacio entre mis pliegues mojados, arriba y abajo, sin entrar todavía.
—Voy a hacerte gritar tu nuevo nombre —prometió.
Empujó. Me abrió con un solo movimiento lento y profundo, y yo eché la cabeza atrás, la boca abierta en un gemido largo y tembloroso.
—Ahh… Bruno… eres demasiado… me estás abriendo entera…
Llegó hasta el fondo. Lo sentí pesado contra mí, llenándome de un modo que me hizo clavarle las uñas en los hombros anchos. Empezó despacio, embestidas hondas, casi crueles de tan medidas, y luego más rápido, más bruto, hasta que la mesa golpeaba contra la pared con cada golpe.
—Selene… mi Selene —gruñía, las cicatrices rozándome la piel suave—. Cómo me aprietas… qué caliente eres…
—Sí —le rogué, las piernas rodeándole la cintura—. No pares. Hazme tuya. Más fuerte. Ahí… justo ahí.
El ritmo se volvió salvaje. Mi pecho rebotaba con cada embestida y él bajó el pulgar para frotarme el clítoris hinchado mientras seguía entrando sin tregua. Sentí el placer acumularse, tenso como una cuerda a punto de partirse.
Me corrí con un grito agudo, contrayéndome entera alrededor de él, las caderas temblándome sin control.
—¡Selene! —grité, y por primera vez ese nombre salió de mí como una verdad—. ¡Soy Selene!
Bruno rugió, se enterró hasta el fondo y se derramó dentro de mí, caliente y abundante, sujetándome contra la mesa hasta que los dos dejamos de temblar.
***
Las semanas siguientes fueron de una calma que ninguno de los dos esperaba. Bruno dejó de esconderse la cara. Yo dejé de mirar la puerta como una salida. El invernadero floreció, y entre las rosas azules de su madre crecieron plantas nuevas, las que yo iba sembrando con paciencia.
Hasta que llegó la noticia: mi padre había enfermado.
Bruno me dejó ir sin condiciones, aunque vi lo que le costaba.
—Vuelve si quieres —dijo, áspero—. Y no vuelvas si no. No voy a encerrar a nadie nunca más.
Cuidé de mi padre hasta que mejoró. Y fue allí, en el pueblo, donde me enteré de lo que tramaba Gael.
***
Había convencido a media Valdeniebla de subir a la mansión con antorchas. Lo hacía con discursos crueles, escupiendo insultos contra «la bestia» y contra «el pobre chico confundido al que tenía secuestrado». Usaba mi nombre y mi cuerpo como bandera de su odio, como si defenderme fuera lo mismo que destruir lo único que me había aceptado entero.
Cabalgué hasta la mansión como una furia, llegando justo cuando la turba rodeaba la verja. Me interpuse entre Gael y Bruno, que sangraba apoyado contra la puerta.
—Da un paso más y te juro que lo lamentas —le dije a Gael, con una voz que no me reconocí—. Él no es ninguna bestia. La única bestia aquí siempre fuiste tú.
Algo en la multitud cambió. Las antorchas vacilaron. Gael buscó apoyo en los demás y no lo encontró: nadie quería seguir a un hombre que disfrazaba la crueldad de salvación. Se marcharon, primero uno, luego todos, y Gael detrás, derrotado y solo.
***
Esa misma noche le curé las heridas a Bruno a la luz de una vela. Cuando terminé con las vendas, bajé la cabeza y lo tomé en mi boca, todavía medio dormido el deseo entre nosotros.
—Shh —murmuré contra su piel—. Déjame cuidarte también así.
Lo sentí endurecerse despacio bajo mi lengua. Lo lamí entero, sin prisa, mirándolo a los ojos cada vez que él intentaba cerrar los suyos. Cuando estuvo duro del todo, me subí encima.
Lo cabalgué lento y profundo, recibiéndolo centímetro a centímetro, mi pecho moviéndose suave con cada vaivén. Sus manos me sujetaban las caderas y empujaba hacia arriba, al encuentro de mi peso.
—Llámame Selene otra vez —jadeé.
—Selene… mi Selene… mi mujer —gruñó.
Nos corrimos juntos, él derramándose dentro de mí mientras yo temblaba y gemía el nombre que esa misma bestia me había dado y que ahora era tan mío como mi propia piel.
***
La mansión se convirtió en nuestro refugio. No hubo ninguna transformación mágica: Bruno siguió siendo grande, marcado, cojo, exactamente el hombre que era. La única maldición que se rompió fue el odio que él mismo se tenía.
Vivimos sin máscaras. Por las noches, a veces, nos amábamos entre las flores del invernadero: unas veces crudo y salvaje, otras lento y hondo, siempre con él llamándome Selene, tratándome como su mujer, llenándome una y otra vez mientras yo gemía su nombre entre las rosas azules.
Y yo, bautizada por la bestia, encontré por fin el sitio que tanto había soñado. Un lugar donde no tenía que explicarle a nadie quién era. Un lugar donde podía ser completamente mujer y, por primera vez, completamente amada.