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Relatos Ardientes

El macho del almacén me trató como a una mujer

Me llamo Renata, aunque casi todos me dicen Re. Tengo veintiún años, estudio diseño gráfico y hace tiempo que dejé de pedir permiso para ser exactamente lo que soy. Mi cuerpo me lo construí con paciencia y con el tratamiento hormonal: caderas que se abren al caminar, cintura estrecha, unas nalgas pesadas que se mueven solas y piernas torneadas que termino en pies pequeños, siempre pintados de un rojo oscuro. Mido un metro cincuenta y dos. Mis pechos son chicos pero firmes, con pezones que se endurecen con nada, apenas un soplo de aire frío.

En mi cuarto me visto como me gusta y a nadie le importa: encaje negro que me marca todo, un babydoll transparente que no esconde nada, tangas que se me clavan entre las nalgas, medias que me trepan hasta medio muslo. No es disfraz ni vergüenza. Es quien soy, y me gusta serlo.

Mi madre, Marta, maneja un pequeño almacén mayorista en la parte de atrás de la casa. Vende harina, azúcar y aceite por bulto a los kioscos del barrio. Ese mediodía hacía un calor que pegaba la ropa a la piel, y un hombre se ofreció a ayudarla a bajar la mercadería del camión. Entró cargando un saco de cincuenta kilos sobre el hombro como si llevara una almohada.

Se llamaba Bruno. Un metro noventa y uno de músculo moreno, brazos gruesos donde las venas se marcaban como cables tensos, el pecho ancho tirando de una camiseta empapada de sudor. Olía a hombre que trabaja: sal, calor, algo crudo que no supe nombrar pero que me apretó por dentro. Dejó el saco con un golpe seco que hizo temblar el piso de la sala.

Yo estaba ahí, recién salida de la ducha, con un short negro tan corto que la mitad de mis nalgas quedaba al aire. Las medias me tapaban los pies pintados, pero las piernas y el resto se exhibían sin que yo hiciera nada para evitarlo. Bruno me vio y se quedó clavado en el lugar.

—Buenas… —dijo con una voz ronca que me bajó por la espalda—. ¿Dónde te dejo lo demás, preciosa?

Mi madre asomó la cabeza desde el depósito.

—Re, pagale vos. Sacá de la caja chica —dijo apurada, sin mirar dos veces, y volvió a acomodar estantes.

Nos quedamos solos. Bruno dio un paso hacia mí y de golpe me sentí diminuta. Mi cabeza apenas le llegaba al pecho. Se rascó la nuca con una mano que parecía capaz de partir una nuez con dos dedos.

—Perdón por lo de preciosa —murmuró, y bajó la vista por todo mi cuerpo sin disimular—. Pero la verdad… no se ve todos los días a alguien así.

—No pasa nada —respondí, y mi propia voz me salió más ronca de lo que esperaba.

Mentira. Pasaba todo.

Caminé hasta la mesita a buscar el dinero. Me incliné un poco más de lo necesario y el short se me subió del todo. Sentí su mirada pegada a mi espalda baja, sentí el silencio cargado de la sala, escuché cómo tragaba saliva. No me apuré en volver a enderezarme.

—Joder —dijo bajito, casi para él—. Tendría que portarme bien y no lo estoy logrando.

Me di vuelta con el billete en la mano. Nuestras miradas chocaron de frente. Tenía la camiseta pegada al torso como una segunda piel, la mandíbula apretada, los ojos oscuros fijos en mí. Estiré el brazo para darle la plata y él me agarró la muñeca. No fuerte, pero firme, de un modo que no dejaba lugar a dudas.

—¿Cómo te llamás? —preguntó, acercando la boca a mi oído. El aliento caliente me erizó la nuca.

—Re —jadeé, y mis pezones se marcaron solos contra la tela.

—Re —repitió, saboreando la palabra—. Me gusta.

***

No hubo más vueltas. Su cuerpo me empujó contra la pared, todo calor y peso, y yo no opuse nada. Una mano enorme me bajó por la cintura hasta apoyarse entera sobre mi cadera. El roce de su palma me hizo temblar de arriba abajo.

—Mirá el cuerpo que tenés —gruñó contra mi cuello—. Y acá atrás ya estás temblando, ¿no?

Gemí sin poder evitarlo. Mi sexo, pequeño y duro, presionaba contra el suyo a través de la ropa, y lo suyo era una promesa enorme empujando el pantalón. Bruno deslizó la mano hasta abarcarme una nalga completa con una sola palma, clavando los dedos en la carne hasta que el dolor se confundió con las ganas.

—Bruno… mi vieja está ahí atrás —susurré, pero empujé las caderas contra su mano, traicionándome.

—Entonces vas a tener que aprender a quedarte callada —respondió, y me levantó del piso como si no pesara nada.

Mis piernas se enroscaron solas alrededor de su cintura. Su bulto presionó justo entre mis nalgas a través de la tela y se me escapó un quejido. Me llevó casi en andas hasta mi cuarto, abrió la puerta con el hombro y la cerró de una patada suave. Me dejó caer boca abajo sobre la cama y se arrancó la camiseta de un tirón.

El torso moreno le brillaba de sudor. Se bajó el pantalón y todo lo demás quedó a la vista: gruesa, larga, la punta enrojecida, una gota espesa colgando. Era más de lo que yo había tenido nunca, y solo de mirarla se me secó la boca.

—Sacate eso —ordenó, con la voz baja y tranquila de quien sabe que va a obtener lo que quiere.

Me quité el short con manos torpes. Mi propio sexo quedó tieso contra mi vientre, mojado en la punta. Mis pechos subían y bajaban con la respiración entrecortada. Bruno se quedó un segundo mirándome, acariciándose despacio, y esa pausa me puso más que cualquier cosa.

—Date vuelta —dijo—. De rodillas.

Obedecí sin pensarlo. Me puse en cuatro sobre el colchón, las medias todavía subidas hasta el muslo, los pies pintados asomando detrás de mí. Sentí cómo se subía a la cama, cómo me abría las piernas con las dos manos, y después su boca caliente entre mis nalgas. Su lengua me recorrió entera, sin apuro y sin pudor, hasta dejarme empapada. Me aferré a la almohada para no gritar.

—Ahhh… Bruno… —apenas me salía la voz.

Subió una mano y empezó a abrirme con cuidado, primero un dedo, después otro, curvándolos hasta encontrar el punto exacto que me hizo arquear toda la espalda. Mi cuerpo se sacudió. La punta me goteaba sobre la sábana sin que yo la tocara.

—Estás temblando entera —murmuró contra mi piel—. Tranquila, que te voy a tratar como te merecés.

Se incorporó de rodillas, se escupió en la mano y se untó hasta quedar reluciente. Me levantó las caderas, me acomodó a su gusto y apoyó la punta justo contra mi entrada.

—Respirá hondo —dijo, y empezó a empujar despacio.

—Ahhh… esperá, esperá… —gemí, y él se detuvo a medio camino, dándome tiempo. La presión era enorme, una mezcla de ardor y placer que me nublaba. Respiré, aflojé el cuerpo, y entonces volví a empujar yo contra él—. Así… seguí…

Entró del todo con un gruñido grave que sentí vibrar en su pecho. Cuando quedó hundido por completo, se quedó quieto un momento, dejándome sentir cada centímetro.

—Qué bien que entrás —dijo entre dientes—. Aguantá, que recién empieza.

***

Empezó lento, saliendo casi entero y volviendo a fondo con embestidas largas y profundas. Cada golpe me arrancaba un gemido que yo ahogaba contra la almohada, acordándome de mi madre dos cuartos más allá. Sus manos me sujetaban las caderas con firmeza, guiándome el ritmo, dándome el suyo.

—Más… —pedí, perdida ya—. Más fuerte…

Y me lo dio. Aceleró sin perder el control, las caderas chocando contra mis nalgas, el sonido húmedo rebotando en las paredes del cuarto. Mis pechos se mecían con cada envión, mis pies pintados se crispaban en el aire. El sudor de su pecho caía sobre mi espalda como gotas tibias. Todo era calor, peso, piel contra piel.

—Te voy a dejar marcada por días —jadeó, inclinándose para morderme el hombro—. Cada vez que te sientes te vas a acordar de esto.

—Sí… no pares… —supliqué, con la voz quebrada—. Estoy por terminar…

Me apretó las caderas con las dos manos y se descontroló. Las embestidas se volvieron rápidas, brutales, exactas. Mi cuerpo entero se tensó, mi sexo latió sin que nadie lo tocara, y terminé en un espasmo que me dobló sobre la cama, manchando la sábana en chorros. El orgasmo me sacudió de la cabeza a los pies, largo, eléctrico, casi insoportable.

Bruno soltó un rugido ronco, se hundió hasta el fondo una última vez y se quedó ahí, palpitando dentro de mí, vaciándose en pulsos largos que sentí calientes contra mi piel. Me sostuvo de las caderas hasta que el temblor se apagó en los dos.

Después se derrumbó a mi lado, el pecho subiendo y bajando, el brazo cruzado sobre mi cintura. Yo me quedé boca abajo, deshecha, con una sonrisa tonta que no me podía sacar y el cuerpo todavía vibrando.

—Esto no termina acá, Re —murmuró ronco, con los labios contra mi oreja—. Tu vieja recibe mercadería todos los jueves. Yo me ofrezco a traerla.

No le contesté con palabras. Me acomodé contra su pecho, sentí su respiración volver a la normalidad y cerré los ojos. Por la puerta entreabierta se colaba el ruido lejano de mi madre apilando cajas, ajena a todo. Y yo, por dentro, ya estaba contando los días hasta el próximo jueves.

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