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Relatos Ardientes

El secreto que mi amante guardaba dentro de mí

Hubo una época en la que solo quería ser un recipiente. Sentirme usada, deseada, llena. En uno de esos episodios apareció Marco, y supo despertar una perversión que yo ni siquiera sabía que tenía dentro.

Lo conocí en la universidad. Él era mayor que yo, estudiaba una carrera distinta, y tenía algo en la forma de pararse, de hablar, de mirar, que me encendía de inmediato. Mi transición ya estaba bastante avanzada para entonces. Mi familia se había resignado a dejarme ser yo en público, y la gente que no me conocía de antes no tenía por qué saber que no nací niña. Pero a la gente le encanta meterse donde no la llaman, y a esas alturas ya era un secreto a voces que yo era de esas chicas con sorpresa.

Lo crucé varias veces antes de que pasara cualquier cosa. En la cafetería, en los pasillos, en la fila de la biblioteca. Cada vez sentía sus ojos encima, recorriéndome despacio, como si me estuviera midiendo. Yo me ponía nerviosa y me hacía la distraída, pero por dentro me derretía. Tardé semanas en entender que aquel hombre me deseaba a pesar de todo lo que se decía de mí. O quizás precisamente por eso.

Tuve la suerte de crecer en una época en la que ya no se satanizaba tanto el hecho de ser trans, ni que los hombres salieran con nosotras. Marco era de esos chicos guapos que mojan las bragas de medio campus con solo pasar, de los que coleccionan conquistas como trofeos. Por eso me sorprendió que se fijara en mí, que me buscara, que me cortejara con tanta insistencia.

Vamos a lo interesante. En una de esas salidas a los bares que rodean la universidad, terminó besándome contra la barra y arrastrándome fuera del lugar entre manoseos y miradas indiscretas. Me subió a su coche y fuimos a un hotel barato cerca de la estación. Si han leído otras de mis historias, ya sabrán que fui bastante promiscua desde muy joven, así que a esas alturas era una experta: en mamarla hasta el fondo, en empinarme, en rebotar sobre una cadera, en atender a más de uno a la vez y recibir todo lo que quisieran darme. Y, sobre todo, en ser femenina y complaciente.

Marco era guapo, estaba bien dotado y cogía con una agresividad que me volvía loca. Esa primera vez me lo hizo rico, aunque solo me puso en cuatro y de misionero. Me decepcionó un poco que insistiera en el condón, pero para algo nuevo siempre es más sensato. Me cogió lo suficiente como para dejarme floja y dispuesta a abrirme cada vez que me lo pidiera. Y a mí me encantaba ser la perra de alguien.

Salimos el miércoles, el jueves y el viernes. Siempre el mismo plan: unas cervezas, un faje contra la pared y la escapada al hotel. El lunes me buscó de nuevo, esta vez directo, sin rodeos. Acepté sin pensarlo.

***

Marco tenía unas piernas firmes y a mí me encantaba sentarme sobre él dándole la espalda. Sentía que me llegaba hasta lo más hondo, y tardaba muchísimo en venirse. Por lo general necesitaba terminar en misionero, con una almohada bajo mi cadera para entrar todavía más adentro.

Esa noche empezó todo. Cuando sacó el pene de mí se quitó el condón con cuidado, sin derramar una gota.

—Dámelo, me lo trago —le dije, porque era lo que solía hacer.

No me respondió. Le hizo un nudo, se lo apoyó en la punta y me lo empujó hacia adentro, lo más profundo que pudo.

—Ahí lo vas a dejar —dijo con una calma que me erizó la piel—. Y si vas al baño, lo vuelves a poner en su lugar.

¿Qué acababa de pedirme?

Me quedé muda. Solo asentí con la cabeza, porque algo en el tono de su voz no admitía discusión.

Las chicas como yo cuidamos mucho la figura. Cuesta no subir de peso, mantener los brazos delgados, el trasero grande sin que crezca la panza. Y también nos acostumbramos a mantener limpio el agujero, porque no lo usamos solo para dar placer. Por eso el enema es casi una rutina diaria, más todavía si una es sexualmente activa. Así que el verdadero reto de la fantasía de Marco era ese: no perder su semen y no reventar el condón durante mis visitas al baño y mis rutinas de limpieza.

Esa primera noche caminé hasta casa apretando los muslos a cada paso. Lo sentía moverse dentro de mí, ese pequeño bulto extraño que él había dejado como una marca, como una orden silenciosa. Me costaba pensar en otra cosa. Cada vez que me sentaba en el transporte volvía a recordarlo, y un calor absurdo me subía por la espalda. Nunca nadie me había pedido algo así, y descubrir que me excitaba obedecer me dejó confundida y húmeda al mismo tiempo.

***

El martes repetimos, pero esta vez me llevó a su departamento. Me cogió entera, sin condón, y se vino dentro. Después me hizo regurgitar todo. Abrió mis nalgas y se quedó mirando cómo salía su semen fresco mientras yo me metía los dedos. Hurgaba dentro de mí, desesperado, buscando lo de la noche anterior. Y salió: el condón anudado, hecho una bolita, resbalando con la corrida nueva.

Se puso como loco. Empezó a masturbarse ahí mismo mientras yo contraía el ano para que chorreara todo, y terminó vaciándose sobre mi trasero, que para entonces estaba grande y muy bien cuidado. Después volvió a meterme el condón usado y me felicitó por haberle obedecido.

—Si eres obediente —prometió—, te atiendo todos los días.

Obviamente acepté.

Al día siguiente andaba como un perro buscándome por los pasillos de la facultad. Me atrapó en uno de los edificios de su carrera, me metió a un baño y me cogió ahí mismo. Yo ya tenía el buen hábito de ir preparada, con faldas cortas y sin complicaciones. Se vino rapidísimo, se quitó el condón, lo anudó y me lo metió con la punta del pene.

—Guárdalo con su hermanito —me dijo, y se fue como si nada.

Al terminar las clases me folló otra vez, ahora en su coche, en el estacionamiento de la universidad. Soy de provincia, y por las tardes me quedaba inquieta, ansiosa. A mí también me prendía la idea de llevar su semen de varios días dentro de mí. Pero me hacía falta algo atravesado por las noches. Una madrugada me masturbé con un pepino, porque es de mis caprichos favoritos. Otra dormí con un lindo plug en forma de corazón.

***

Una de esas noches no aguanté. Me escapé de madrugada y fui al parque a buscar a uno de los desconocidos que suelen rondar por ahí. Me dejó su corrida adentro y yo apreté fuerte para no perder nada. Me puse el plug para que todo quedara sellado y así me fui a dormir, con un delicioso cóctel de leches distintas en mi interior. Por la mañana me duché, me limpié y me preparé para ver a mi «novio» de la universidad. Por supuesto que volví a colocarme sus condones, aunque esta vez tuve que enjuagarlos primero.

Pasaron los días y empezó a preocuparme que el contenido de los condones se echara a perder, que alguno reventara dentro de mí y la cosa terminara en algo nada agradable. Pero aquel fetiche tenía a Marco con la verga durísima cada vez, y yo no era capaz de negarme a sus caprichos. Me gustaba demasiado complacerlo.

El viernes me llevó a un bar un poco menos sórdido que de costumbre. Bebimos, bailamos, nos tocamos. Después me arrastró al baño, me tomó por las caderas y me embistió con fuerza hasta vaciarse adentro. Para entonces yo llevaba cerca de diez condones guardados, uno de ellos ni siquiera era suyo. Se me había roto otro durante la semana y tuve que… reponerlo de algún lado.

—No te limpies —me ordenó—. Espérame aquí un minuto.

Salió y volvió enseguida con una copa de las del bar. La apoyó justo en la salida de mi cuerpo y recolectó todo lo que iba saliendo. Metió los dedos sin piedad, tiró de los condones que se habían quedado en el fondo. La copa se llenó hasta la mitad de un líquido espeso y blanquecino.

—Trágatelo todo —dijo.

Me quedé helada. Mil pensamientos cruzaron mi cabeza en un segundo. Pero me decidí, cerré los ojos y bebí. Lo pasé todo, hasta la última gota.

***

El resto de esa tarde y toda la noche no comí nada. Quería estar segura de que nada se enredara en mis tripas, de que no quedara ningún resto extraño dando vueltas por dentro. Dormí inquieta, con el estómago revuelto de nervios y de algo parecido a la excitación.

A la madrugada siguiente fui al baño temiendo lo que pudiera encontrar. Pero solo salió un líquido espeso y blanco, tres condones rotos y otros seis enteros. Se parecía muchísimo a lo que había bebido la noche anterior, casi sin cambios.

Me masturbé ahí mismo, sentada, mirando todo aquello. Me encendía pensar en cuánto tiempo había guardado tanto semen dentro de mí. Que hubiera salido de Marco, que hubiera estado en mi interior una y otra vez durante días, que lo hubiera tragado para después volver a expulsarlo. Me corrí con esa idea dando vueltas en mi cabeza.

Y fue solo el principio. Después vinieron muchas otras perversiones, con Marco y con los que llegaron luego. Pero esa, la del cóctel guardado durante días, sigue siendo la que me hace temblar cada vez que la recuerdo.

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