Me vestí de mujer para mi compañero de oficina
Hola, hermosuras. Estoy escribiéndoles todavía con el cuerpo flojo y una sonrisa de tonta, porque hace un rato me dejaron bien atendida y con ganas de contarles todo lo que viví estas últimas dos semanas con Bruno, el compañero de trabajo con el que ya había tenido un encuentro rapidísimo en el baño de la sucursal donde antes trabajábamos.
Les pongo en contexto, que si no, no se entiende nada. Desde aquella vez en el baño, Bruno se puso seco conmigo. Pasó de buscarme a no saludarme, a hablarme solo para lo estrictamente necesario, con esa cara de quien preferiría estar en cualquier otro lado. Por orgullo decidí respetarle el silencio. Entiendo que para algunos hombres acostarse con alguien de su mismo sexo es un sacudón a todo lo que creían de sí mismos.
Me desanimé, no les voy a mentir. No había sido mi mejor experiencia, pero pensé que podía tener algo casual y discreto con él, sin dramas. Me resigné, me tragué el coraje y seguí con mi vida como si nada.
A la empresa, mientras tanto, le iba de maravilla. Tan bien que decidieron mudar la oficina de Bruno a un espacio más grande, y adivinen a quién le encargaron coordinar la mudanza. Exacto. Cuando se enteró, me escribió un mensaje cortito y nervioso: «Espero que no tengamos que pasar por momentos incómodos». Le respondí que se quedara tranquilo, que era trabajo y nada más.
***
La mañana de la mudanza, Bruno ya tenía todo empacado. Yo, en cambio, contraté a un par de muchachos que rentaban una camioneta para cargar cajas. Lo hice un poco por venganza, lo confieso. Me la pasé bromeando con ellos, riéndonos, soltando chistes de doble sentido mientras subían y bajaban cosas. Bruno se mantuvo serio todo el tiempo, con la mandíbula apretada, y ahí entendí que estaba celoso. Así que decidí apretarle un poco más el botón.
A uno de los muchachos le decía que tuviera cuidado al levantar las cajas pesadas, que se podía lastimar la espalda, y aprovechaba para apoyarle la mano entre los omóplatos. Le hacía comentarios sobre lo fuertes que tenía los brazos y las manos. Bruno aguantó hasta que, harto, se alejó hacia la otra punta del pasillo. Con los muchachos no pasó nada, que quede claro. Terminaron, cobraron y se fueron. Pero la cara de Bruno era una obra de arte de pura molestia.
—¿Todo bien? —le pregunté con mi mejor cara de inocente.
—¿Le coqueteas así a todos? —soltó él sin mirarme.
—Para nada. Solo me cayeron bien —respondí—. A ti te coqueteé porque me gustas, eso es distinto.
—Pero yo no soy gay.
—Tampoco yo, ni te estoy pidiendo que lo seas. Fue sexo, Bruno. Nada más.
Me acerqué despacio y le dije que no se pusiera celoso, que lo nuestro había sido sin compromiso y que, si tenía ganas, podíamos repetirlo cuando quisiera. Le acaricié el pecho por encima de la camisa y empecé a desabotonarla. Se resistió unos veinte segundos, los conté riéndome por dentro, hasta que sus manos bajaron solas a mis nalgas y me pegó contra su cuerpo.
Le besé el cuello, le mordí el lóbulo de la oreja y le susurré que, si estaba enojadito, yo sabía cómo contentarlo. Me dejé manosear para que se calentara. Me bajó el pantalón de un tirón y me apretó los glúteos con las dos manos, fuerte, como si quisiera marcar lo que era suyo.
—Ven, chúpamela —me dijo con la voz ronca.
Y yo, sin pensarlo dos veces, me puse de rodillas en aquella oficina a medio vaciar. Me la metí en la boca despacio, lo recorrí entero, desde los testículos hasta la punta, una y otra vez, profundo y sin prisa, hasta que se vino. Me tragué todo. Cuando levanté la mirada, él tenía los ojos cerrados y la respiración rota.
Se subió el pantalón, se acomodó la camisa y me miró distinto.
—Me gustó —admitió—. Pero quiero volver a cogerte.
Yo me había quedado calentísima, así que le dije que sí. Quedamos a las siete de la tarde en un hotel de paso que me agarraba de camino a casa.
***
Salí de la oficina nueva como una bala rumbo a mi departamento. Armé una maleta con todo el arsenal: una peluca rosa, un vestido blanco que se me pega al cuerpo como una segunda piel, unos tacones que me alargan las piernas, perfume y maquillaje. Llegué al hotel temprano, me di una ducha larga y me preparé con calma, disfrutando cada paso.
Quedé preciosa, de verdad. Labios rosados, una sombra gris difuminada en los párpados, unas pestañas larguísimas que me cambiaban la mirada por completo. Me puse unas gotas de loción frutal en el pecho y en la nuca, justo donde sabía que él iba a hundir la cara.
Dieron las ocho y Bruno no aparecía. Lo llamé, medio fastidiada, y me confesó que llevaba quince minutos dando vueltas en el estacionamiento sin animarse a subir. Lo convencí con una frase sencilla: si algo no le gustaba, lo dejábamos y ya. Más tranquilo, subió.
Toda esa tensión, todas sus inseguridades, se evaporaron en el segundo en que cruzó la puerta y me vio. Lo primero que salió de su boca fue un grito ahogado.
—¡No manches! ¿En serio eres tú?
Tenía los ojos a punto de salírsele de las órbitas. No paraba de repetir que yo no parecía yo, que parecía una muñequita salida de una caricatura japonesa. Y por alguna razón eso me halagó más que cualquier piropo, porque desde chica idolatré a las heroínas de los videojuegos y el animé. Crecí imitando a Tifa, suspirando por Morrigan, queriendo ser tan descarada como Lum. Con esa comparación, Bruno me ganó sin saberlo.
El señor indeciso del estacionamiento se transformó de golpe en una máquina de besar. Me besó el cuello, bajó al pecho, me chupó los pezones por encima de la tela y luego apartándola. Fue rodeándome con la boca, despacio, hasta morderme una nalga. Entonces sacó el celular.
—Quiero grabarte —dijo, y me puso otra vez a chupársela.
Saber que iba a poder verme cuando quisiera, que iba a guardar ese video para él solo, me prendió de una manera que no me esperaba. Lo hice como si estuviera poseída, mirando a la cámara, mirándolo a él, jugando con la lengua hasta que lo sentí temblar.
***
Cuando me di cuenta de que su erección no bajaba ni un poco, tomé un condón del tocador, me puse lubricante de mango en el ano y me trepé encima de él, dejándolo entrar de a poquito. Bruno no la tiene enorme, pero llevaba mucho tiempo sin estar con nadie y se me escapó un gemido genuino, mezcla de placer y de un dolorcito inevitable. Fui bajando despacio, controlando el ritmo, hasta que la molestia se convirtió en puro placer y empecé a moverme sola.
Él no dejaba de besarme el cuello. Me metía los dedos en la boca para que se los chupara y se los mordiera, hasta que reemplazó los dedos por su lengua y nos dimos un beso largo, húmedo, de esos que se sienten en todo el cuerpo. Después me pidió que me empinara. Me puse en cuatro, ofreciéndole el culo, y no tardó nada en acomodarse y entrar de nuevo.
—Graba —le dije por encima del hombro—. Quiero que, cuando estés caliente y solo, veas cómo me coges y te la jales pensando en mí.
Eso pareció encenderle algo. Honestamente, me estaba dando riquísimo, y creo que tenerlo todo registrado en el teléfono le daba un envión extra. Los dos lo estábamos gozando como nunca.
En un momento ya no pude disimular mi propia erección. Le dije que prefería no voltearme, que no quería que se le bajaran las ganas al verme. Pero él, agitado, me confesó algo entre jadeos: que siempre había fantaseado con estar con una travesti, que lo deseaba desde hacía años, pero que el miedo a que alguien lo viera o a contagiarse de algo lo había frenado toda la vida.
Entonces me volteé boca arriba y lo dejé hacer. Bruno se subió sobre mí, me levantó las piernas agarrándome los tobillos y entró hasta el fondo. Me cogió mirándome a los ojos, con una intensidad que no le conocía, hasta que se vino con un último empujón, duro y profundo, soltando todo el aire de golpe.
***
Después nos quedamos tirados en la cama, yo abrazada a su pecho, jugando con el vello con la punta de los dedos. Le pregunté si le había gustado y me respondió, sin pensarlo, que había sido la mejor cogida de su vida. Sonreí contra su piel.
Antes de irnos me pidió permiso para tomarme fotos, para tener algo mío en los días que no nos viéramos. Acepté encantada. Me retrató mostrando las nalgas, agachada, mandando besitos, jugando con la peluca rosa. Cumplirle esas fantasías me excitó tanto como el sexo mismo. Hay algo en ser el deseo secreto de alguien que es difícil de explicar.
Se despidió con un beso distinto a todos los anteriores, más suave, casi tímido, y yo me quedé un rato más en la habitación para contarles esto fresquito, antes de que se me borre la sonrisa.
Espero que haya una próxima vez. Algo me dice que la habrá.
Ya les contaré, mis amores. Besitos.