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Relatos Ardientes

Entré de dorado y los cuatro se quedaron sin habla

El vapor de la ducha todavía empañaba el espejo cuando salí del baño envuelta en una toalla grande, bien ajustada al cuerpo. Me sequé el pelo con los dedos, sin apuro, mirándome de reojo. Hay una calma que solo aparece cuando una sabe exactamente quién es y lo que provoca con solo entrar a un cuarto. Esa noche la tenía toda.

Sobre la mesada estaba la caja de los collares. Elegí uno dorado, fino, y lo apoyé contra la clavícula todavía húmeda. Me quedaba perfecto. Justo entonces vibró el teléfono.

Era Bruno.

—¿Querés venir a mi departamento? Estoy con unos amigos y quieren conocerte.

Arqueé una ceja frente al espejo antes de contestar.

—¿Tan así? ¿O están aburridos?

—Aburridos no. Te quieren conocer a vos. Y yo también.

—¿Cuántos son?

—Cuatro conmigo. Pero tranquila, no te vamos a comer apenas cruces la puerta.

Eso lo decido yo, pensé, mientras dejaba que la toalla resbalara un poco y el aire fresco me endureciera los pezones contra el espejo.

—¿Y qué hay para mí? —tecleé.

Hubo una pausa larga. Lo imaginé del otro lado, con la pija ya dura contra el pantalón, eligiendo las palabras.

—Está todo cubierto. Y no es poco. Queremos que vengas… y que te sientas muy bien recibida.

El teléfono volvió a vibrar con una nota de voz. La escuché con el dedo todavía sobre el collar. La voz de Bruno bajó medio tono: «Renata, escuchame. No tenés idea de lo que generaste con una sola foto. Los chicos están atentos. Muy atentos. Tomate tu tiempo, pero vení. Quiero ver la cara de todos cuando entres. Y lo que necesites, lo que quieras, está cubierto. Elegí lo que te haga sentir increíble. Así te queremos ver».

Sonreí despacio. Una sonrisa de las que no anuncian nada bueno para el que está enfrente.

***

En la cama me esperaba un conjunto de encaje francés color champán con un brillo dorado, sutil, casi líquido. Me lo puse con movimientos precisos. El encaje se ajustó a mis curvas como si lo hubieran cosido sobre mi piel, marcando los pechos, abrazando las caderas, conteniendo apenas lo que tenía entre las piernas. Sentí la humedad ya empezando a mojar la tela fina, y me gustó saber que iba a llegar así, con el coño palpitando desde antes de tocar el timbre.

Antes del vestido tomé el teléfono. Cuidé el ángulo, la luz, la postura. No fue una foto explícita: fue intencional, de esas que dicen más por lo que insinúan que por lo que muestran. La mandé.

Tres segundos después llegó la respuesta.

—Renata… no sabés lo que acabás de hacer —escribió Bruno—. Los chicos preguntan por qué me quedé callado. No les pienso mostrar nada. Que esperen y te vean entrar en persona.

—Ya pedí el auto —contesté—. Llega en quince minutos. No se desesperen… todavía.

—Quince minutos es demasiado. Pero aguanto. Por vos.

Me puse el vestido dorado. Cayó sobre el cuerpo como una segunda piel de luz. Los tacones del mismo tono terminaron de armar la escena. Me miré por última vez en el espejo y me hablé en voz baja.

—Ya casi.

***

El ascensor se detuvo con un ding suave. Respiré hondo. El vestido atrapaba la luz del pasillo y la devolvía como si yo fuera la única fuente de brillo del edificio. Golpeé la puerta una sola vez.

Abrió Bruno y se quedó inmóvil. Me miró de verdad, de arriba abajo, sin disimular. Entré, y el living entero se quedó en silencio.

Eran tres, además de él. Federico, sentado en el centro del sillón, no parpadeó. Julián se enderezó de golpe. Nicolás abrió la boca y no le salió nada. Avancé un paso y el sonido de mis tacones llenó la habitación.

—Buenas noches —dije.

Nadie contestó enseguida.

—Wow… —murmuró Nicolás.

Los recorrí uno por uno con la mirada. Tenía cuatro hombres pendientes de cada gesto y un sobre grueso esperando sobre la mesa baja. La situación era mía. Siempre lo es.

—Bien. Ya estoy acá —dije—. Y quiero que uno de ustedes venga primero. Uno solo.

Silencio. Volví a mirarlos. Julián. Nicolás. Federico. Bruno. Con un gesto mínimo de la barbilla, elegí.

—Vos —le dije a Federico—. Vos primero.

Dio un paso al frente, lento, seguro, como si el resto del cuarto se hubiera apagado. Le sostuve la mirada y dejé que se acercara hasta sentir el calor de su cuerpo y el bulto duro que ya empujaba desde adentro del pantalón.

***

Apoyé la mano abierta sobre su pecho, sobre la camisa, y sentí el corazón golpeándole rápido bajo la tela. Bajé la mano hasta la hebilla, la desabroché sin apuro y le metí los dedos adentro del calzoncillo. Encontré la verga caliente, gruesa, dura como una piedra, y se la apreté fuerte hasta que se le escapó un jadeo. Se la solté y lo guie hasta el sillón sin decir una palabra más de las necesarias. Los otros tres se quedaron donde estaban, mirando, con esa mezcla de envidia y ansiedad que se les notaba en la respiración y en el bulto que a cada uno le crecía debajo del pantalón.

Me senté primero, crucé las piernas con calma y lo hice arrodillarse frente a mí. Sus manos temblaban un poco cuando me separaron las rodillas.

—Mostrame cuánto me querés —dije, enredando los dedos en su pelo.

Subió las manos por mis muslos, debajo del dobladillo, hasta encontrar el encaje. Lo besó por encima de la tela, con la boca caliente, y yo arqueé la espalda. Estaba dura debajo del champán, empapada, y él lo sintió, y se le escapó un gemido contra mi piel.

—Sacámela con los dientes —le ordené.

Obedeció. Enganchó el elástico de la tanga con la boca y me la fue bajando por los muslos, despacio, hasta dejarla colgando de un tobillo. Cuando volvió a subir, se encontró con mi coño abierto, brillante de humedad, y ahí sí no aguantó más: hundió la cara entre mis piernas y empezó a chuparme el clítoris con una ansiedad que me hizo gritar. Le agarré la cabeza con las dos manos y lo apreté contra mí, moviendo la pelvis contra su boca.

—Así… la lengua adentro —le dije—. Cogeme con la lengua, hijo de puta.

La metió hasta el fondo, la sacó, volvió al clítoris, chupó, mordió apenas, me lamió de abajo hacia arriba con la lengua plana. Yo tenía los ojos entrecerrados y veía, entre pestañas, cómo Julián se había abierto el pantalón y se agarraba la pija sin disimulo; cómo Nicolás miraba con la boca abierta; cómo Bruno se relamía en un costado, esperando. Federico me chupaba como si nunca hubiera comido un coño en su vida, y yo estaba a punto de venirme en su cara.

—Parate —le dije, jadeando—. Parate y sacate todo.

Le empujé el pecho con el pie, justo lo suficiente para hacerlo retroceder, y me levanté. El vestido ya estaba en el suelo. Me liberé del corpiño de encaje con un movimiento de mis propias manos, dejé las tetas al aire, los pezones parados, y me senté a horcajadas sobre él.

—Sacate todo —le ordené, mordiéndole el labio.

Obedeció con torpeza, peleándose con el cinturón. Cuando por fin estuvo desnudo lo tomé con la mano, se la escupí en la punta y le empecé a hacer una paja lenta, apretándole la cabeza cada vez que subía. Federico echó la cabeza para atrás, con la boca abierta, y yo me agaché y me la metí entera en la boca. La chupé hasta la base, hasta que la sentí golpearme la garganta, y volví a subir dejando un hilo de saliva colgando. La volví a bajar. Y otra vez. Se la mamé despacio, con ganas, mientras con la otra mano me agarraba las bolas y se las masajeaba.

—No te vengas todavía —le advertí, soltándosela con un chasquido—. Todavía te falta lo mejor.

Me trepé encima. Me guie la verga con la mano hasta apoyarla en la entrada del coño y me dejé caer sobre él, despacio, sintiéndolo entrar centímetro a centímetro, abriéndome, llenándome. Cuando la tuve toda adentro me quedé quieta un segundo, apretándolo con los músculos internos, y él gimió como si le doliera. Pasiva, sí, pero con el control absoluto del ritmo. Empecé a moverme en círculos lentos, restregándole el clítoris contra la base de la pija, y después subí y bajé cada vez más hondo, las uñas clavadas en sus hombros, las tetas botando delante de su cara.

—Chupámelas —le exigí, y él se prendió de un pezón como un desesperado, chupando, mordiendo, mientras yo lo cabalgaba cada vez más fuerte.

Federico apenas podía hablar. Gemía contra mi cuello mientras yo lo cabalgaba, y los otros tres se habían acercado sin darse cuenta, la mano de cada uno donde no debía: Julián se la agarraba a puñetazo cerrado, Bruno se había bajado el cierre y se acariciaba a un ritmo pausado, Nicolás tenía la verga afuera y no dejaba de mirarme el culo subir y bajar. Cuando sentí a Federico temblar debajo de mí, apreté el coño alrededor de la pija con toda mi fuerza, y se vino con un gruñido que se le escapó entero, descargándome adentro en chorros largos que sentí calientes. Me quedé encima moviéndome despacio, exprimiéndoselo hasta la última gota, y después me levanté. Un hilo de semen me caía por la cara interna del muslo.

Giré la cabeza hacia los demás.

—¿Quién sigue? —pregunté, pasándome un dedo por el muslo y llevándomelo a la boca.

***

Caminé desnuda por el living, con los tacones dorados todavía puestos marcando el ritmo en el piso. Las tetas se me movían a cada paso y sentía las miradas clavadas en el culo. Me detuve frente a Julián, que me miraba con los ojos hambrientos de quien ya esperó demasiado, la pija tiesa en la mano.

—Ahora que estoy así —dije—, ¿quién quiere probarme de verdad?

No esperó la respuesta. Se levantó, me arrinconó contra la pared y me besó con hambre, una mano apretándome la teta y la otra bajando hasta encontrarme el coño abierto y empapado. Me metió dos dedos de golpe y me arrancó un jadeo cuando apretó justo donde debía.

—Así —dije contra su boca, mordiéndosela—. Más fuerte. Cogeme con los dedos.

Los movía adentro y afuera, curvándolos, buscando ese punto que me hacía temblar las piernas. Yo le bajé el pantalón de un tirón, le agarré la pija con la mano libre y se la empecé a masturbar al mismo ritmo con el que él me cogía con los dedos. Era gruesa, curva, y me palpitaba en la palma.

Pero a Julián le tenía otra cosa preparada. Lo giré con un movimiento que no esperaba y lo apoyé yo contra la pared, mi cuerpo pegado a su espalda, las tetas aplastadas contra los omóplatos.

—No —le susurré al oído, mordiéndole el lóbulo—. Primero te toca a vos recibir.

Le hice abrir las piernas de un rodillazo. Le pasé la mano por delante, le agarré la pija y se la masturbé despacio mientras con la otra mano lo iba abriendo desde atrás con un dedo mojado en saliva. Le metí primero uno, después dos. Julián apretaba la frente contra la pared y gemía como si no pudiera creer lo bien que se sentía. Se corrió una gota espesa en la punta y yo la usé para seguir preparándolo.

—Aguantame —le dije al oído.

Bruno me alcanzó, sin que se lo pidiera, un frasco que tenía en el mueble. Me eché en la mano, me lubriqué los dedos, y después le lubriqué a él el culo bien adentro, hasta que lo sentí abrirse. Me acomodé detrás. No tenía verga, pero tenía otras cosas: le apoyé un dedo, después tres, cogiéndolo con la mano al ritmo que quise. Con la otra mano seguía masturbándole la pija por delante. Julián apretaba la mandíbula, gemía, empujaba el culo hacia atrás pidiendo más.

Entré con la mano entera despacio, atenta a cada reacción suya, hasta que el primer quejido se le volvió un gemido largo, animal. El sonido de piel contra piel llenó el cuarto, mezclado con su voz pidiendo más profundo, y el chapoteo húmedo de mi puño trabajándole la pija por delante. Federico, recuperado, se tocaba sin disimulo en el sillón, con la verga otra vez dura apuntándole al techo. Bruno lo miraba todo desde un costado, mordiéndose el labio, la pija afuera, esperando lo suyo. Nicolás, en el piso, no podía sacarme los ojos de encima y se acariciaba con las dos manos.

—Vení —le dije a Julián, sacándole la mano de atrás y girándolo—. Ahora quiero tu pija adentro mío.

Lo tiré al piso, me monté encima al revés, dándole la cara a los demás, y me clavé la verga en el coño de un solo movimiento. Empecé a rebotar sobre él con las piernas bien abiertas, para que los otros vieran cómo entraba y salía, cómo se me estiraba el coño alrededor de esa pija gruesa. Me agarré las tetas, me apreté los pezones, me mordí el labio, y cabalgué a Julián con toda la rabia acumulada de la espera. Él me clavaba los dedos en las caderas y empujaba desde abajo, cada vez más rápido, hasta que sentí que empezaba a temblar.

—Adentro —le ordené—. Vení adentro. Ahora.

Empujé hasta que Julián se vino en un espasmo largo, llenándome, y yo lo seguí poco después, con la frente apoyada en su muslo y el cuerpo entero temblando, el coño exprimiéndolo, chorreando semen mezclado con el mío.

***

Me aparté, todavía agitada, con las piernas flojas y la piel brillando de sudor, y me volví hacia los dos que faltaban. Bruno y Nicolás me miraban con una mezcla de pánico y devoción, las vergas al aire, cada uno esperando el turno.

—Ustedes dos —dije—. A la vez.

Me arrodillé en el sillón, en cuatro patas, el culo levantado, la cara a la altura de la pija de Nicolás. Le agarré la verga y me la metí en la boca de una sola vez, hasta el fondo. Nicolás gimió mi nombre. Bruno se acomodó detrás. Le sentí las manos abrirme las nalgas, lamerme el culo primero, meterme la lengua bien adentro, y después la punta de la pija apoyada en la entrada del coño.

—Metémela toda —le dije con la boca llena—. De una.

Bruno empujó de un solo golpe y me llenó entera. Grité alrededor de la pija de Nicolás y el grito le vibró en la punta. Ahí se abrió el ritmo: Bruno me cogía por atrás con estocadas hondas, salvajes, agarrándome del pelo, mientras Nicolás me sostenía la cabeza y me la metía en la boca al compás. La habitación se llenó de jadeos cruzados: el mío, ahogado por la verga que me golpeaba la garganta; los de ellos, urgentes; el choque húmedo de los cuerpos buscándose; el ruido obsceno de mi boca chupándola y del coño empapado tragándose la pija de Bruno.

Bruno me sostenía de las caderas como si tuviera miedo de que me escapara. Me clavó una palmada en el culo que sonó como un latigazo, y después otra, y otra, mientras me empujaba cada vez más adentro. Nicolás repetía mi nombre como si fuera la única palabra que conocía, empujándome la boca contra su pelvis, hundiéndome la pija hasta que se me llenaban los ojos de agua.

Federico y Julián, deshechos en el sillón, se tocaban mirándome. Yo era el centro de todo. Cuatro pijas y un solo cuerpo, el mío, mandando.

—Vénganse —les ordené, sacándome la de Nicolás de la boca un segundo para hablar—. Los dos. Encima mío.

Los dos aceleraron. Bruno gruñía cada embestida, más fuerte, más hondo, hasta que sentí la verga hincharse dentro mío y explotar en chorros calientes que me llenaron por segunda vez. Nicolás se la sacó de la boca justo a tiempo, se la masturbó dos veces frente a mi cara y se vino en mis tetas, en mi cuello, en los labios. Terminaron casi a la vez, uno detrás y otro adelante, y yo me dejé ir con ellos, libre por fin, temblando entera, el orgasmo sacudiéndome desde el coño hasta la nuca. Sentía el semen cayéndome por la cara, chorreándome por la cara interna del muslo, y cuatro hombres deshechos a mi alrededor y la noche todavía caliente en la piel.

Me quedé un momento quieta, recuperando el aire, mirándolos. Ninguno tenía fuerzas para nada. Me pasé el dedo por el pezón, recogí un poco de semen y me lo llevé a la boca sin dejar de mirarlos. Yo, en cambio, ya estaba pensando en el sobre.

***

La música había bajado a un murmullo. Las luces cálidas del departamento parecían más tenues, como si el lugar también necesitara respirar. Me acomodé el pelo con un gesto lento y volví a meterme en el vestido dorado. Seguía brillando como si la luz me buscara a mí. Sentía el coño palpitante y goteando debajo de la tela, sin nada que lo contuviera: me guardé la tanga en la cartera.

Bruno se acercó despacio. No me tocó. No hacía falta: la distancia entre nosotros tenía más voltaje que cualquier roce.

—¿Ya te vas? —preguntó, con esa voz baja que había usado toda la noche.

—Sí —dije, con una sonrisa tranquila—. La noche estuvo… interesante.

—Vos la hiciste interesante.

Incliné la cabeza, aceptando el cumplido sin palabras. Bruno metió la mano en el bolsillo interior del saco y sacó el sobre, blanco, grueso, prolijo. Lo sostuvo entre dos dedos sin dármelo todavía.

—Esto es para vos —dijo, mirándome directo.

No lo tomé enseguida. Primero le sostuve la mirada, larga, hasta que él tragó saliva.

—¿Seguro? —pregunté.

—Más que seguro. Te lo ganaste desde que tocaste la puerta.

Extendí la mano. Mis dedos rozaron los suyos al tomar el sobre, un roce mínimo que nos hizo inhalar a los dos al mismo tiempo. Lo guardé en la cartera con calma.

—Gracias —dije, y la palabra pareció envolver el aire.

—Decime que vas a volver —murmuró, dando un paso más, solo para estar en mi órbita.

Sonreí. Una sonrisa luminosa que dejaba la promesa flotando sin confirmar nada.

—Eso depende de ustedes.

Me di vuelta. El vestido se movió como un reflejo de agua. Antes de cruzar la puerta, miré por encima del hombro a los cuatro, todavía mudos, todavía desnudos, todavía marcados por mí.

—Buenas noches, chicos.

Y me fui.

***

El auto avanzaba por la avenida y las luces de la ciudad se reflejaban en el vidrio. Apoyé la cabeza contra el respaldo, con la noche todavía recorriéndome la piel y el semen todavía secándose entre los muslos, cuando el teléfono vibró.

—¿Llegaste bien? —preguntaba Bruno.

—Todavía no. Voy en camino.

—Los chicos siguen hablando de vos. Los dejaste… alterados.

—Eso no es culpa mía —contesté, mirando las luces pasar.

—Sí lo es. Y lo sabés.

Sonreí sola en el asiento. El semáforo iluminó de rojo el dorado del vestido sobre mis piernas.

—Entonces controlate —escribí—. Ya terminó la noche.

—No terminó nada. Porque ahora estoy pensando en vos. En cómo te fuiste. En cómo nos dejaste. En cómo te apretaba el coño cuando me vine adentro.

Sentí un pulso breve entre las piernas. No se lo mostré.

—Yo no dejé nada. Solo me fui.

—Justamente. Eso fue lo peor.

El auto seguía avanzando, pero la sensación era que el tiempo se había detenido.

—¿Qué querías? ¿Que me quedara? —tecleé.

—Sí.

Lo dejé ahí, en suspenso, unos segundos.

—Quizás la próxima.

—¿Va a haber próxima?

Sonreí, lenta, antes de responder.

—Depende.

—¿De qué?

—De cuánto me extrañen —escribí, y guardé el teléfono.

La respuesta tardó más esta vez. Cuando llegó, era una sola palabra.

—Mucho.

Miré por la ventana. La ciudad seguía brillando allá abajo. Y yo, en el asiento de atrás, con un sobre en la cartera y cuatro hombres pensando en mí, también.

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Comentarios(9)

LucianaBA

que entrada!!! me dejo sin palabras igual que a los cuatro jajaja. excelente

MarisolLP

Me encanto el ritmo del relato, se nota que el personaje sabe exactamente lo que quiere desde el primer segundo. Muy bien escrito!

Facu_Cba

brutalisimo, uno de los mejores que lei en mucho tiempo

Cande_Ro

Por favor que haya segunda parte, quede con un monton de ganas de saber como termina cada encuentro

ViajeroSol

Me resulto muy original el enfoque. Poco comun ver un relato donde quien lleva el control lo tiene tan claro desde el principio, sin vueltas. Se disfruta mucho mas asi. Sigue publicando!

DanteRosa

los cuatro tipos deben haber quedado en shock jajaja, me lo imagine perfecto

ManuelBUE

increible, de esas historias que te quedan dando vueltas. Mas por favor!!!

Valentina_LT

me gusto mucho que no sea el tipico rol pasivo para nada. Esperando mas relatos de este estilo 🔥

Rodrigo_Santa

breve y contundente, igual que la protagonista. muy bueno

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