El sueño en el que dejo de ser quien soy
Hay un sueño que vuelve casi todas las noches. No lo invoco, no hago nada para provocarlo: llega solo, en cuanto cierro los ojos y el cansancio me arrastra. Y siempre empieza igual, con una sensación de cuerpo que no es el mío y que, sin embargo, reconozco como propio en cuanto lo habito.
En el sueño soy una mujer. Una mujer voluptuosa, de pechos amplios que se mueven cuando respiro, caderas anchas, piernas largas y firmes. Ahí abajo ya no tengo lo de siempre, esa pequeña cosa que durante el día me acompaña: en su lugar hay un sexo liso, rasurado, suave al tacto. Me paso los dedos por encima para confirmarlo y un escalofrío me sube por la espalda.
A veces empiezo en una cama de sábanas frescas. Otras veces estoy de pie bajo la ducha, con el agua resbalándome por los hombros. Y hay noches en que el lugar es impreciso, un cuarto de paredes que no termino de ver, una luz que no sé de dónde viene. Pero el cuerpo siempre es el mismo, y la espera también.
Porque siempre estoy esperando. No sé exactamente qué, pero lo espero con el estómago apretado y la respiración corta, como quien sabe que algo está por pasar y no quiere que llegue todavía, para alargar el deseo.
De día soy otra persona. Voy al trabajo, hablo con la gente, hago la compra, vuelvo a casa cansado y me acuesto sin pensar demasiado en nada. Nadie que me cruce por la calle imaginaría lo que se desata en mi cabeza apenas me quedo dormido. Yo mismo me cuesta creerlo cuando despierto y trato de recordar, como si el sueño perteneciera a alguien más, a una versión de mí que solo existe en la oscuridad.
Pero ahí, en el sueño, no hay vergüenza ni preguntas. Solo hay un cuerpo que me queda perfecto y unas ganas que no necesito justificar. Es lo más cerca que estoy de sentirme completo, y a veces, en mitad del día, me sorprendo deseando que llegue la noche solo para volver.
***
Esta vez estoy en la cama. Tengo puesto un camisón delgado y unas braguitas que apenas me cubren. Las sábanas huelen a limpio. Me acaricio el muslo sin pensar, sigo la curva de la cadera, subo hasta el borde del pecho. Me gusta. Me gusta este cuerpo prestado en el que despierto cada noche.
Entonces la puerta se abre.
Entra un hombre. Algunas noches es uno solo; otras, son dos o tres. Esta noche es uno, pero basta y sobra. Es enorme. Casi no parece humano: alto hasta rozar el techo, ancho de hombros, con los brazos gruesos como troncos y las manos del tamaño de mi cara. Está desnudo. Su piel brilla apenas con la poca luz del cuarto, y entre las piernas le cuelga una verga descomunal, todavía blanda, pesada, con un par de testículos enormes debajo. Su cara cambia según el sueño; esta vez no la distingo bien, y no me importa.
No digo nada. No tengo miedo. Aunque estoy en este cuerpo de mujer, sigo siendo yo por dentro, sigo siendo lo que soy, y eso es justo lo que me enciende: saber que voy a entregarme entera, que ya decidí entregarme antes de que él diera el primer paso.
El hombre se acerca a la cama. Me toma del cuello con una sola mano, sin apretar demasiado, lo justo para levantarme y hacerme sentir lo poco que peso entre sus dedos. Me pone de pie y me gira contra la pared, de espaldas a él. El frío de la pared en mi vientre, su calor a mi espalda.
Me arranca el camisón de un tirón. Oigo la tela ceder. Las braguitas corren la misma suerte, y de pronto estoy desnuda, con las palmas apoyadas contra la pared y la respiración golpeándome el pecho.
Sus manos empiezan a recorrerme. Son ásperas, grandes, abarcan más de lo que deberían. Me aprietan los pechos, me los amasan hasta que se me escapa un gemido. Bajan por la espalda, dibujan la cintura, se cierran sobre mis nalgas y las separan apenas. Lo siento pegarse a mí, lo siento crecer despacio contra la curva de mi trasero, cada vez más duro, cada vez más presente.
No me muevo. Solo espero, y mojo. Porque en este cuerpo me mojo, y lo siento resbalar entre los muslos.
Él lo nota. Una de sus manos baja por mi vientre, lenta, y dos dedos se deslizan entre mis piernas para comprobar lo empapada que estoy. Suelta una especie de gruñido satisfecho contra mi nuca, y ese sonido me recorre entera, como si me diera permiso para desear todavía más. Me arqueo hacia atrás, buscándolo, ofreciéndome sin una sola palabra.
***
Me da vuelta. Ahora estoy de frente, con la espalda contra la pared y él mirándome desde arriba. Se inclina y atrapa uno de mis pezones con la boca. Lo chupa, lo mordisquea con cuidado, y al mismo tiempo una de sus manazas baja entre mis piernas.
Un dedo grueso encuentra el sexo liso y se hunde despacio. Estoy tan lubricada que entra sin esfuerzo. Echo la cabeza hacia atrás y la apoyo contra la pared mientras él mueve el dedo, lo saca, mete dos, vuelve a chuparme el pecho. Me tiemblan las rodillas.
Después, sin prisa, me empuja hacia abajo con la mano que tenía en mi cuello. Me arrodillo frente a él. La verga, ya completamente dura, me queda a la altura de la cara, y es todavía más grande de lo que parecía. Me la pasa por los labios, me unta la boca con ella, me obliga a abrirla.
Apenas entra. Es tan gruesa que tengo que abrir la mandíbula hasta que duele, y aun así solo cabe una parte. Lo chupo como puedo, con los ojos llorosos, mientras él me sostiene la nuca y marca el ritmo. No me suelta. No me deja escapar. Y yo no quiero escapar.
Al cabo de un rato lo siento tensarse. Un temblor le recorre los muslos, las manos me aprietan la cabeza, y entonces se descarga. El semen me llena la boca de golpe, en un chorro caliente y abundante que parece no terminar nunca. Casi me ahogo.
—Traga.
Es la primera palabra que pronuncia en toda la noche. La voz le sale grave, ronca, como si viniera de muy hondo.
—Traga —repite.
Y trago, a medida que la cosa sigue entrando, trago todo lo que puedo mientras un hilo me escurre por la barbilla.
***
No me deja recuperarme. Me levanta del suelo como si no pesara nada y me tira sobre la cama boca arriba. Me abre las piernas con las rodillas, se acomoda entre ellas y, sin pedir permiso, empieza a entrar.
Me va a partir en dos, alcanzo a pensar.
Y por un instante el dolor es real, agudo, imposible. Pero dura poco. Casi enseguida el dolor se transforma en otra cosa, como si junto con su verga me inyectara una droga que borra todo lo que no sea placer. El cuerpo se me abre, lo acepta, lo pide. Me aferro a sus hombros anchos y subo las piernas para que entre más hondo.
Lo tengo entero dentro y todo su peso encima, aplastándome contra el colchón. Me besa, me mete la lengua casi hasta la garganta, y empuja, una y otra vez, con un ritmo que me sacude la cama y me arranca sonidos que no sabía que podía hacer. Le clavo las uñas en la espalda. Le muerdo el labio. Le pido, sin palabras, que no pare.
Cuando acaba, lo hace con un grito gutural, casi animal, y siento el torrente caliente derramarse muy adentro, llenándome, marcándome por dentro.
Se queda un momento así, dentro de mí, recuperando el aliento, con la frente apoyada en mi hombro. Yo le acaricio la nuca, todavía temblando, todavía abierta, sin querer que salga. Hay una ternura extraña en ese instante, un silencio que no se parece en nada a la violencia con que empezó todo. Después se aparta despacio, y enseguida noto el vacío y el calor que me dejó por dentro escurriéndose entre los muslos.
***
En la mayoría de los sueños, esto no es el final. Apenas él se aparta, la puerta vuelve a abrirse y entran otros, uno o dos hombres más, igual de enormes, igual de hambrientos. Esta noche son dos.
Me ponen a cuatro patas en el centro de la cama. Uno se coloca detrás y me penetra por el culo, despacio primero, brutal después. El otro me toma de la cabeza y me hunde su verga en la boca, y yo voy y vengo entre los dos, empujada de un lado y de otro, sin un segundo para pensar.
Y todavía falta el tercero, que espera su turno acariciándose, mirándome con una sonrisa que no necesito ver para sentir. Cuando los dos primeros acaban, ocupa el lugar de uno de ellos, y vuelvo a empezar, abierta, usada, feliz de serlo.
Al final terminan todos sobre mí. Me cubren de semen, me lo dejan en la espalda, en el pecho, en la cara, en el pelo. Yo me quedo quieta, jadeando, recibiéndolo como quien recibe algo que esperó toda la noche.
***
Y entonces despierto.
Volví a ser yo. El cuarto es el mío, la cama es la mía, el cuerpo es el de siempre. Estoy empapado de sudor, agotado como si de verdad hubiera pasado por todo eso. Lo pequeño que tengo entre las piernas intenta ponerse duro contra la tela del bóxer y me provoca una molestia tirante, casi dolorosa.
Pero hay algo más. Algo que pasa en cada sueño, sin excepción, y que todavía no logro explicarme.
Estoy cubierto. No solo de sudor. Todo el cuerpo, incluso la cara, está manchado de un líquido espeso y blanco, que se enfría sobre mi piel.
Me llevo un dedo a los labios. Lo pruebo.
Y no hay dudas. Es semen. Y estoy completamente seguro de que no es mío.