Entré a esa mansión como hombre y nunca volví igual
Adrián empujaba la barra con los brazos temblando, mientras Bruno lo alentaba desde un costado. «El Coloso», como lo llamaba para sus adentros, era un tipo enorme de unos treinta y ocho años, con el pelo rapado y una barba recortada al milímetro. Se habían conocido ahí mismo, en el gimnasio del barrio, cuando Adrián decidió que a los veintisiete ya era hora de cuidarse un poco.
En apenas un mes, y gracias a Bruno, había tonificado lo suficiente como para volver a reconocerse en el espejo. El Coloso, en cambio, era pura masa trabajada, un cuerpo tallado que contrastaba con la timidez del muchacho. Lo había ayudado mucho, sobre todo a salir del pozo tras la ruptura con su última novia, que lo había dejado por una compañera de la oficina.
Esa tarde, después de la rutina, Adrián se duchó en el vestuario mientras Bruno seguía con su tanda. Al salir, le pareció ver al Coloso escabullirse del vestuario a toda prisa, casi a escondidas. Era raro: imposible que hubiera terminado antes que él. No le dio importancia. Se vistió y caminó a su casa, un departamento diminuto a pocas cuadras.
Bajo la puerta lo esperaba una nota del propietario: el alquiler subía al doble a partir del mes siguiente. Se le heló la sangre. Apenas llegaba a pagar el monto actual con su sueldo de auxiliar de mantenimiento. Esa noche no pegó un ojo. Se durmió pasadas las cinco, tan profundamente que no escuchó el despertador y llegó dos horas tarde al trabajo. Su jefe ni lo dejó hablar: lo despidió en el acto.
Sin empleo y a punto de quedar en la calle, se arrastró de vuelta al departamento y se dejó caer en la cama con la mirada clavada en una mancha de humedad del techo. Todo su mundo se reducía a cenizas.
Entonces vibró el teléfono. Era Bruno, pidiéndole que se vieran en el gimnasio por algo urgente. Adrián respondió que tenía problemas personales, pero el Coloso insistió. Incapaz de poner sus necesidades por delante, como siempre, se encogió de hombros y fue.
Encontró a Bruno hundido en una banca del vestuario, mirando el piso, derrotado. El hombre rudo había estado llorando: su novia lo había dejado para irse a trabajar a un prostíbulo, y eso lo destrozaba. Adrián lo abrazó, buscó palabras de consuelo y, poco a poco, lo distrajo. En algún momento Bruno levantó la vista.
—Me dijiste que tenías problemas. ¿Qué te pasa? ¿Puedo ayudarte?
Adrián resumió su desgracia. El Coloso lo escuchó con la mirada perdida, como si tramara algo. Después de un largo silencio, exclamó:
—¡Es la situación ideal! Quiero irme unos días, despejarme. Quédate en mi casa y cuídamela, que el barrio se puso pesado y temo que me la ocupen. Te ahorras el alquiler mientras buscas otro lugar, y encima te pago ciento cincuenta dólares por día. ¿Te parece? Unas tres semanas.
Adrián no podía creer su suerte. Aceptó de inmediato y prometió mudarse al día siguiente.
***
Bajó del autobús donde Bruno le había indicado, arrastrando una valija con rueditas y la mochila al hombro. Toda su vida cabía en esos dos bultos. A mitad de camino, un grupo de adolescentes con cuchillos lo rodeó. Adrián revoleó la valija, derribó a uno y salió corriendo con todas sus fuerzas. La tonicidad que le había dado el gimnasio le salvó: llegó a la casa antes que sus perseguidores, que al verlo entrar en aquella residencia imponente abandonaron la cacería.
Bruno abrió la puerta y supo de inmediato que algo iba mal. Adrián jadeaba, con el terror en la cara.
—Me asaltaron. Se llevaron todo mi equipaje. Mi ropa, mi plata, mis cosas… —sollozó, abrazándose al pecho del Coloso, mostrándose vulnerable.
Bruno lo acomodó en un sillón enorme, en forma de ele, del living de su mansión. Recién entonces Adrián tomó conciencia del lujo del lugar: un televisor descomunal, un equipo de sonido sofisticado, cuadros y esculturas que parecían carísimos.
—Nunca me dijiste que eras rico —musitó.
El Coloso soltó una carcajada grave, casi demoníaca.
—Rico no soy. Tengo un buen pasar, nada más. Cambié de planes: me voy un mes entero. Mejor que no salgas de la casa por las dudas. Dejé provisiones de sobra en la heladera y la despensa, y en unos días te transfiero plata para que te muevas, siempre sin salir. Hay ropa vieja mía en el vestidor, usa lo que quieras. Una sola cosa: en la heladera están mis batidos de proteína. No los toques. Tengo veinte y los tengo contados.
Una bocina sonó en la calle. Bruno se despidió con un abrazo y partió.
***
Solo en aquella sala inmensa, Adrián recorrió la casa maravillado. Una cocina de revista, con heladera de cuatro puertas y todos los electrodomésticos imaginables. Una despensa repleta. Y en la heladera, ordenados en hileras, los famosos batidos. Por curiosidad los contó: no había veinte, había cuarenta. ¿Bruno se habría equivocado? Si ese batido le había dado al Coloso semejante cuerpo, tal vez podría hacer lo mismo por él. Tenía veinte de margen. No iba a desaprovecharlo.
Arriba encontró un baño descomunal, con bañera de hidromasaje, doble lavabo y un espejo digital que mostraba la hora y la temperatura. En un mueble había toallas, sales, espuma y un botiquín con medicamentos que apenas miró. El dormitorio principal tenía una cama king controlada por un panel táctil, como las camas de hospital. En la mesa de luz halló un reproductor de música descargado; lo enchufó a cargar. Las canciones no eran su estilo: nada de rock, solo divas pop.
El vestidor lo desconcertó. En vez de ropa vieja de Bruno, encontró vestidos, blusas y lencería de todo tipo, desde la más sencilla hasta conjuntos de encaje infartantes. «Cosas de la ex», pensó. Un cajón estaba trabado y no lo forzó. Las otras dos puertas del pasillo también estaban cerradas. Resignado, bajó al living.
Una biblioteca compartía espacio entre libros y discos. Una sección no tenía etiquetas. La curiosidad pudo más: abrió la primera caja y leyó, escrito a marcador, «Amigos del gym». Sacó un batido «sobrante» de la heladera, puso el disco y se acomodó en el sillón.
El video mostraba a un muchacho flaco y mal vestido peleando con una rutina de pesas. Más allá, un musculoso lo observaba con algo en la mirada que recordaba a Bruno, aunque más joven. El grandote lo ayudaba con la barra, le cambiaba la rutina hacia piernas y glúteos, le daba un batido que el chico bebía cada vez con más ganas. La tensión entre ambos crecía escena a escena. Hacia el final, el musculoso se desnudaba por completo frente al muchacho, fingiendo descuido, exhibiendo una erección imponente. El chico no podía apartar la mirada. Unas letras anunciaron: «continuará».
Adrián volvió en sí pestañeando. Había perdido la noción del tiempo, el vaso del batido vacío en la mano y una erección dolorosa entre las piernas, dura como nunca. Le punzaba la cabeza. Tomó otro batido, subió al baño y, del botiquín, sacó dos pastillas que supuso ibuprofeno —aunque jamás las había visto rosadas— y las tragó. Llenó la bañera con sales y espuma, fue por el reproductor, eligió la lista «Ellas» y se sumergió mientras una diva pop le martillaba los oídos.
Cuando despertó, el agua estaba fría. Salió, se envolvió en una toalla y notó algo distinto: su piel estaba intensamente sensible y todo su vello había desaparecido. Suave, lisa, lampiña por completo, incluso el pubis. Y la erección seguía ahí, insoportable. Volvió el dolor de cabeza. Instintivamente empezó a masturbarse, despacio, y el dolor cedió. Su mano libre recorrió esa piel nueva: las descargas de placer eran exquisitas. Al rozar sus pezones, todo explotó. Cerró los ojos, aceleró el ritmo, y en el instante del orgasmo se le formó en la mente la imagen del musculoso del video, desnudo y erecto. Acabó con violencia sobre el lavabo.
***
Los días siguientes se enredaron en una espiral que no supo medir. Encontró más discos: «Amigos del gym» seguía con una segunda parte, una tercera. En cada una, el muchacho del video lucía el pelo más largo, las uñas pintadas, los gestos más suaves, la masa muscular cambiada por curvas. El musculoso lo llamaba «chica» y el chico ya no protestaba. Adrián se masturbaba sin parar mirando, y empezó a juntar su semen en la mano para olerlo. Una mañana, frente al espejo, su lengua ya no dudó: lo probó, lo saboreó y descubrió un parecido inquietante con el batido de Bruno. Lo tragó sonriendo, sin entender por qué le gustaba.
El cabello le crecía a una velocidad imposible, ya casi rozándole los hombros. Lejos de molestarle, la idea le encantaba. Una mañana tomó con total naturalidad un neceser que jamás había visto, sacó un labial transparente y se lo aplicó como una experta, aunque nunca en su vida lo había hecho. Sus labios brillaron. La imagen le arrancó una sonrisa seductora y una nueva erección.
El cajón trabado del vestidor apareció abierto un día, lleno de juguetes: plugs, vibradores, dildos de todos los tamaños. En el baño surgieron lubricantes de mil aromas. Las pajas se transformaron en sesiones cada vez más hondas, primero con los dedos sobre el encaje de las tangas que ahora elegía con dedicación, después con los juguetes. El semen ya era escaso, acuoso, casi transparente. Su miembro encogía día a día; los pezones crecían, las caderas se ensanchaban, el culo se redondeaba. Y mientras tanto, los batidos se reponían solos, la casa amanecía limpia y la ropa volvía planchada a los cajones, sin que él jamás viera a nadie.
***
Una tarde, entrenando glúteos enfundado en medias de encaje, portaligas y botas de taco altísimo, vio al muchacho de la piscina pasando el barrefondo. Una zunga diminuta marcaba su bulto. Relamiéndose, salió a su encuentro.
—Hola. Nunca te había visto. Estoy cuidándole la casa a Bruno. ¿Cómo te llamás?
—Hugo, el piletero. Algo me comentó de que te quedabas un tiempo. ¿Y vos?
Algo se disparó en su mente. «Adrián» le sonaba absurdo, ajeno por completo a quien era ahora. La duda se disipó en dos segundos, y de sus labios rojos brotó decidida la respuesta.
—Adriana. Me llamo Adriana. Encantada.
Dio dos pasos, se arrodilló frente a Hugo y le bajó la zunga hasta los tobillos. Lo lamió de la base a la punta antes de metérselo en la boca. El muchacho gimió y se entregó, mientras le murmuraba obscenidades que ella empezaba a disfrutar. Cuando él acabó, Adriana tragó todo con avidez, levantó la vista y le sonrió.
—Gracias —dijo, antes de caminar hacia la casa con paso felino.
Al día siguiente fue Darío, el que limpiaba la casa, quien la encontró en la cocina. No esperó respuesta: se arrodilló y le practicó todos los trucos que ahora tenía grabados en la mente. Después él la sentó sobre la mesada, le apartó la tanga, le quitó el plug y la penetró con firmeza. Adriana respondió con un gemido agudo y una retahíla de súplicas para que la cogiera más hondo, frases que repetía como propias aunque le habían sido implantadas. En su cabeza solo pensaba en lo bien que se sentía, y en cuánto mejor sería si fuera Bruno. Tuvo su primer orgasmo anal de verdad y supo que vendrían muchos más.
Desde entonces, su semana se repartió entre Hugo y Darío, probando cada postura, cada vez más entregada al placer.
***
Una tarde, mientras se montaba un dildo viendo otro de los videos, no escuchó la puerta. Bruno había vuelto.
—Adriana, ya estoy en casa —retumbó su voz grave.
Ella saltó del sillón, fue a su encuentro y se arrodilló sin decir palabra para chuparle la pija como la experta en que se había convertido. El Coloso sonrió.
—Vaya puta que he creado. Eres mi mejor obra. Pronto irás a cirugía para las tetas y el culo, un retoque en la cara, y después al club, que vas a hacerme ganar mucho dinero.
Adriana seguía mamando, completamente ajena a sus palabras. Cuando tragó, lo guió al sillón y se puso en cuatro. Esa noche llegaron tres desconocidos más, y por fin se abrieron las dos puertas que habían estado cerradas: dos cuartos preparados para el sexo, con arneses, columpios y pantallas. Adriana se ocupó de todos hasta el amanecer. Para la mañana siguiente no quedaba en su mente rastro de quien había sido. Era una más de las chicas de Bruno, y su único deseo era ser la mejor del club.
***
Seis meses después, con unas tetas nuevas acompañando el vaivén de sus caderas, Adriana rebotaba alegre sobre la pija de un cliente habitual, en el sillón junto al escenario. Un par de metros más allá, Lía le hacía una mamada experta a un empresario, y Vera bailaba con las demás.
En la oficina del club, Bruno observaba los monitores conectados a las cámaras de su mansión. En una pantalla, un muchacho con el que había trabado «amistad» en el gimnasio miraba absorto un video de cierta Adriana convertida en puta. En otra, un chico flaco y desgarbado cruzaba la puerta del gimnasio. El Coloso se relamió: pronto tendría dos nuevas chicas en su burdel.