La trans que me pagó por cumplir mi fantasía
Pueden llamarme Damián. Prefiero el seudónimo porque lo que voy a contar nunca se lo dije a nadie, ni siquiera a los amigos con los que uno cree que se puede hablar de todo. Soy de Santo Domingo, aunque desde hace casi una década vivo en Vietnam por trabajo. Me considero un tipo heterosexual de manual: me vuelven loco las mujeres, su piel, sus curvas, la forma en que respiran cuando las tengo desnudas debajo de mí, con las piernas abiertas y el coño mojado esperando mi verga. Esa es la parte fácil de explicar. La difícil viene después.
Estoy casado con una mujer vietnamita desde hace ocho años. La quiero, de verdad, y nuestra relación es buena en casi todo. El problema es que el sexo se nos murió de a poco. No por mí, que sigo con el mismo apetito de siempre, sino porque ella perdió las ganas. Antes cogíamos a diario, a veces dos veces; ahora pasamos un mes, a veces dos, sin tocarnos. Nos duchamos juntos y no pasa nada: le miro las tetas mojadas, el culo redondo, y ella se enjabona como si yo fuera una pared. Yo termino casi todas las noches cascándomela solo, en silencio, mirando el techo, con la polla dura y una mano floja que no alcanza. Y es ahí, en esas noches largas, donde nació todo esto.
Hace un par de años entré una madrugada a una red social, de esas en las que uno va pasando fotos sin pensar. Me topé con la imagen de una chica espectacular: cintura estrecha, piernas firmes, una boca que parecía dibujada. Entré al perfil de curioso y, mientras bajaba, caí en la cuenta de que era una chica trans. Me quedé mirando la pantalla más tiempo del que quería admitir, con la verga endureciéndose sola dentro del pantalón.
En una noche de locura, capaz que me animaría, pensé, y enseguida me reí solo de lo absurdo que me sonaba.
Pero la idea no se fue. Se quedó dando vueltas, mitad curiosidad, mitad provocación. Me sentía dividido. Por un lado, quería saber qué se sentía coger con una mujer trans, meterle la polla, escucharla gemir; por el otro, me repetía que a mí no me atraen los hombres, ni los más delicados, porque las mujeres me gustan demasiado como para confundirme. Era una contradicción que no sabía dónde meter.
***
Una de esas madrugadas, cerca de las dos, seguía despierto en el sillón frente al televisor. Al día siguiente no trabajaba. Me entraron las ganas de siempre y, sin una mujer a mano, la única compañía posible era mi propia mano. Abrí uno de esos videos que uno mira en estos casos. Empecé por la categoría de siempre, la de toda la vida, pero algo me llevó a tocar por primera vez la pestaña que decía «trans».
Fue la paja más intensa que recuerdo. Elegí un video en el que una morocha altísima, con tetas paradas y culo de yegua, se dejaba coger boca abajo por un tipo que la partía sin piedad. La chica gemía como una perra en celo mientras él le hundía la verga hasta las bolas. Yo me la agarré con toda la mano, escupí en la palma y empecé a masturbarme fuerte, con la vista clavada en cómo el culo de esa mujer se abría cada vez que el otro se la metía entera. Cuando ella se dio vuelta y le mostró la polla dura mientras la seguían cogiendo, en vez de bajarme la excitación se me disparó. Me corrí a los pocos segundos, con un chorro largo que me llenó la mano y me manchó la panza. No por morbo barato, sino porque estaba cruzando una línea que yo mismo me había puesto, y eso me aceleraba todo. Cuando terminé me quedé un rato quieto, con el corazón golpeando y el semen enfriándome sobre la piel, preguntándome qué mierda me estaba pasando.
Al otro día andaba en una aplicación de citas, pasando perfiles sin rumbo, y se me cruzó el de una transexual colombiana. Para ser honesto, no era de las que te paran en la calle: tenía rasgos algo duros, pero la cara era de mujer y el pelo larguísimo, negro, muy cuidado. En la descripción había puesto una sola frase: «adoro las locuras».
Le escribí un simple «hola». No pasaron ni cinco minutos cuando me contestó. Empezamos a hablar y me soltó, casi de entrada, que le gustaban los hombres morenos, sobre todo los estadounidenses. Yo hablo y escribo inglés sin problema, y noté que el de ella era flojo, así que le seguí el juego: le dije que era de Estados Unidos y que estaba trabajando un tiempo en Asia. Una mentira tonta para no complicar nada.
—¿Te gustaría que pasáramos un rato juntos? —me escribió sin rodeos.
Le dije que sí, pero puse una condición que ni yo terminaba de entender del todo.
—Solo si me pagas vos a mí —contesté.
No era por el dinero. Era por una cuestión rara conmigo mismo: si me pagaban, sentía que el que mandaba en la situación era yo, que no lo hacía por gusto hacia un hombre sino casi como un servicio. Una excusa, lo sé. Pero en aquel momento la necesitaba para animarme.
Ella aceptó. Acordamos lo que en ese entonces venían a ser unos doscientos dólares al cambio. Me mandó la dirección y, como no quedaba lejos, fui esa misma noche.
***
Su departamento estaba en un edificio viejo de pasillos angostos. Cuando me abrió la puerta confirmé lo que ya sabía: en las fotos se veía mejor. Pero ya estaba ahí, parado en el umbral, y la curiosidad pesaba más que cualquier otra cosa. Tenía cara de mujer, el pelo suelto sobre los hombros, unos labios pintados de rojo oscuro y un perfume dulce que llenaba todo el ambiente. Llevaba una bata corta de seda negra que apenas le tapaba las nalgas.
Lo primero que hice, apenas entramos, fue agarrar el dinero. Lo tenía preparado en la mesita de luz, al lado de la cama, doblado prolijamente. Lo conté con disimulo y lo guardé en el bolsillo de la chaqueta que dejé sobre la silla. Recién entonces respiré tranquilo.
Me desnudé despacio mientras ella me miraba sentada en el borde de la cama, con las piernas cruzadas. No bien me bajé la ropa interior y le mostré la polla ya medio parada, se le abrieron los ojos y se relamió los labios. Se arrodilló frente a mí sin que yo le dijera nada, me la agarró con una mano por la base y me la miró un instante, como midiéndola.
—Qué rica polla, papi —me susurró en español, y después repitió en su inglés torpe—: so big, so good.
Si tengo que ser justo, lo único realmente bueno de esa noche fue lo que vino después. Nunca, en toda mi vida, me habían mamado la verga así. Me la tomaba entera, hasta el fondo, sin asco, la llenaba de saliva hasta que le chorreaba por la barbilla y le caía en las tetas. Se la sacaba, se la pasaba por la cara, se la restregaba en la mejilla, se la metía en la boca de costado como si fuera un caramelo demasiado grande. Me chupaba las bolas una por una, se las guardaba adentro de la boca y me miraba desde abajo con esos ojos negros mientras las hacía girar con la lengua. Después volvía a tragarme la polla entera y me la sacudía con la garganta, apretando, tragando, arqueando el cuello para que yo llegara más al fondo.
—So good, so good —me decía entre chupada y chupada—. Me encanta esta verga, me encanta.
Bajaba más, me lamía el perineo, jugaba con todo, volvía a subir chupándome desde la base hasta la punta con la lengua plana. Me tomó una mano y se la puso en la nuca, apretándose ella misma contra mí para que yo la agarrara del pelo. Yo entendí y le agarré la cabeza con las dos manos, hundiéndole la polla hasta hacerle escuchar esos ruidos guturales, esa arcada seca que a algunas les gusta. Se le llenaron los ojos de lágrimas, se le corrió el rímel, y ella asentía con la mirada, pidiéndome más. La empujé más fuerte, le entré hasta las bolas, y ella se dejó, con la garganta apretándome la punta como un puño caliente.
Yo tenía los ojos cerrados y, por un segundo, me olvidé de quién era, de mi mujer dormida del otro lado de la ciudad, de la mentira del pasaporte. Solo existía esa boca, esa garganta, esa lengua envolviéndome. Cuando volví a abrir los ojos, la vi con la cara embarrada de saliva, el pelo revuelto, la boca abierta esperando otra estocada, y casi me corro ahí mismo.
Estuvo así unos cuantos minutos, hasta que estiró la mano hacia la mesita, sacó un preservativo y me lo puso con la boca, con una habilidad que me dejó mudo. Ahí empezaba, de verdad, lo que había venido a buscar.
***
Se subió a la cama, se quitó la bata y me mostró el cuerpo entero: tetas duras y paradas, con los pezones oscuros erizados, la cintura fina, y entre las piernas su propia polla, más chica que la mía, apuntándome. Se dio vuelta, se puso en cuatro sobre la cama, de espaldas a mí, y me abrió las nalgas con las dos manos para que le viera bien el culo. Se echó una buena cantidad de lubricante en el agujero, dejó que el chorro le corriera entre las nalgas, y con un dedo se lo empezó a esparcir haciendo círculos, metiéndoselo hasta el nudillo y sacándolo despacio.
—Ven, papi, métemela —me pidió, moviendo el culo en el aire.
Me arrimé, le apoyé la punta de la polla en el ojete y empujé con cuidado. Aun así, todo se sentía estrecho, mucho más de lo que yo esperaba, como si me estuvieran apretando la verga con un anillo caliente y elástico. Entré de a poco, milímetro a milímetro, mientras ella dejaba escapar unos gemidos agudos, casi cantados, que se cortaban cada vez que yo avanzaba un poco más.
—Ay, papi, despacio, que es grande —gemía, con la cara hundida en la almohada—. Métemela toda, dame toda esa verga.
Cuando por fin estuve adentro del todo, con las bolas apoyadas contra sus nalgas, me quedé quieto un instante para acostumbrarme a esa sensación nueva. El calor, la presión, la forma en que el músculo se me cerraba alrededor de la polla y volvía a aflojarse cuando ella respiraba. Después empecé a moverme, primero lento, sacándola casi entera y volviendo a hundirla despacio, viendo cómo el ojete se le estiraba y se le cerraba con cada embestida. Ella metía la mano abajo y se agarraba su propia polla, cascándosela al ritmo mío mientras seguía gimiendo contra la almohada.
Le agarré las caderas y aceleré. Empecé a cogerla más fuerte, con estocadas secas que hacían chocar mis muslos contra su culo, y el ruido llenaba el cuarto: el golpe de piel contra piel, sus gemidos agudos, mi respiración cortada. El edificio era de paredes finas y pensé, en el medio de todo, que el vecino de al lado seguramente nos estaba escuchando y sabía perfectamente lo que estaba pasando. En vez de frenarme, la idea me calentó más. Le di una palmada fuerte en la nalga, le agarré el pelo desde atrás y tiré, y ella gritó de gusto.
—Así, papi, así, cógeme, no pares —jadeaba.
Pero no aguanté mucho. La mezcla de novedad, nervios, el calor apretado de ese culo alrededor de mi verga y la tensión acumulada de meses me ganó. Sentí subir la corrida desde las bolas y no la pude parar: me vine rápido, demasiado rápido, en apenas unos minutos, con la polla enterrada hasta el fondo, temblando, sintiendo cada chorro golpear contra el látex adentro de ella. Ella se corrió casi al mismo tiempo sobre las sábanas, apretándome con el culo cada vez que le salía otro chorro de su polla.
Me dejé caer de costado en la cama, agitado, sin terminar de creer lo que acababa de hacer. Ella se acostó a mi lado como si nada, encendió un cigarrillo y me ofreció una cerveza fría que sacó de una heladerita junto a la cama.
Nos quedamos charlando un rato. Me empezó a mostrar fotos de su supuesto novio, un hombre moreno que, según ella, vivía en Estados Unidos. Me pasó incluso un par de videos en los que aparecían los dos cogiendo. Yo los miraba con una distancia rara, como si nada de eso fuera del todo real.
Al rato, sin darme cuenta, la excitación volvió. Se me empezó a parar de nuevo sola, ahí, tirada sobre el muslo. Se lo dije y ella se rió, agarrándomela con la mano y sacudiéndomela suave.
—Me duele un poco el culo, papi, pero quiero probar lo tuyo otra vez —me dijo—. Cascátela y córrete en mi cara, dame de comer.
Se acomodó de rodillas al lado de la cama, con la boca abierta, y yo me quedé sentado en el borde, cascándomela para ella. Me la agarré con la mano, empecé a bombear rápido, y ella me lamía la punta cada tantos segundos, o me metía las bolas en la boca mientras yo seguía sacudiéndome. Me puso una teta contra la punta de la polla y me la restregó ahí, con el pezón duro rozándome, y eso terminó de acabarme. Le avisé con un gruñido y ella cerró los ojos, sacó la lengua y esperó.
Terminé sobre sus labios y sus mejillas, con tres o cuatro chorros gruesos que le pintaron la cara. Le cayó semen en la frente, en los párpados, en el labio de arriba. Ella lo recibió como si fuera lo mejor del mundo, con los ojos cerrados y una sonrisa, y al final abrió la boca y dejó que el último chorro le cayera adentro. Recogió con el dedo lo que le había quedado en la mejilla y se lo metió en la boca.
—Sabe dulce —dijo, relamiéndose—. Rica lechita, papi.
***
Me vestí en silencio, guardé bien el dinero y me fui. Bajé las escaleras con una mezcla de culpa y alivio que no me dejaba pensar con claridad. En el taxi de vuelta me prometí que no volvería a hacerlo.
No cumplí esa promesa. Terminamos viéndonos más o menos una vez por semana durante unos dos meses. Ella me seguía pagando, aunque cada vez un poco menos: empezamos en doscientos, después fueron ciento cincuenta, y la última vez apenas cien. No era por el dinero, ya lo dije, era por el juego que yo mismo me había inventado para sentirme cómodo. Y, mientras fue solo eso, funcionó.
Lo que terminó con todo fue otra cosa. Una tarde empezó a hablarme distinto, a decirme que se estaba encariñando, que quería tener un novio de verdad, que por qué no lo intentábamos. Ahí me bajó de golpe todo. Yo no buscaba un novio. No buscaba sentimientos. Buscaba cerrar una fantasía que me había estado quemando por dentro, y ya la había cerrado.
Le inventé una excusa, le dije que me iba del país y dejé de contestar sus mensajes. Me sentí mal, no lo voy a negar. Pero también me sentí libre, como quien al fin baja un peso que cargaba sin saber por qué.
De aquella experiencia me quedó una verdad incómoda: lo que me atraía no era ella en particular, sino la figura femenina llevada al límite, el cuerpo de mujer escondiendo lo que escondía. Por eso, después de esa colombiana, me quedé con las ganas de probar con una trans realmente hermosa, de esas que te quitan el aire. Y, de cierta forma, lo logré. Pero esa es otra historia, y no pienso contarla acá. Todavía no.