Una novia despertó a la travesti que llevaba dentro
Este año cumplo once de salir a la calle vestida de mujer y casi treinta de saber que los hombres me gustan tanto como las mujeres. De día soy notario, llevo trajes grises y firmo escrituras con una pluma que me regaló mi padre. De noche, a veces, soy otra persona. Me pinto los labios, me ajusto una peluca castaña que me costó una fortuna y salgo a que me miren. Y no hay sensación en el mundo que se le parezca.
Mucha gente cree que esto nace de una herida, de un trauma, de algo roto que hay que reparar. En mi caso fue justo lo contrario. Nació del deseo, y nació de Renata.
La conocí cuando yo tenía poco más de treinta años y ella apenas veintidós. Era diseñadora gráfica, tenía el pelo corto y una forma de reírse que hacía girar las cabezas en cualquier bar de Querétaro. Yo me enamoré como un adolescente, con esa torpeza de los hombres que llevan demasiados años solos detrás de un escritorio.
Una noche, después de hacer el amor, ella se quedó mirándome con una sonrisa que todavía recuerdo.
—Tienes unas piernas mejores que las mías —me dijo.
Me reí, pensé que era un juego. No lo era.
***
Renata empezó poco a poco, como quien tantea un terreno minado. Primero fue un esmalte de uñas que me pintó una tarde de domingo, riéndose, mientras veíamos una película. Lo dejé puesto dos días antes de quitarlo con miedo de que alguien lo notara en la notaría. Después vino un labial que me puso una madrugada, frente al espejo del baño, parada detrás de mí con las manos sobre mis hombros.
—Mírate —me susurró al oído—. No me digas que no te gusta lo que ves.
Y la verdad es que me gustaba. Me gustaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Compramos cosas juntos, como dos cómplices. Unos leggins negros, un par de medias, un sostén con relleno que me quedaba sorprendentemente bien. Íbamos a las tiendas y ella fingía que todo era para ella, aunque la talla no le diera. La vendedora nos miraba con una ceja levantada y a mí se me encendían las mejillas. Esa vergüenza, descubrí, era parte del placer.
La primera vez que me vestí entera fue en su departamento. Me puso una falda corta, una blusa ajustada, las medias, los tacones más bajos que encontró para que no me cayera. Me maquilló durante casi una hora, en silencio, concentrada como si pintara un cuadro. Cuando terminó, me giró hacia el espejo de cuerpo entero.
No reconocí del todo a la persona que me devolvía la mirada. Y sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, sentí que me reconocía a mí mismo.
—Hola —le dije a mi reflejo, con una voz que no sabía que tenía.
Renata me abrazó por detrás, deslizó las manos por la tela de la falda y me besó el cuello.
—¿Ves lo que yo veo? —preguntó.
Esa noche hicimos el amor con yo vestida, y fue distinto a todo lo anterior. Algo se había abierto dentro de mí, una puerta que ya no iba a poder cerrar.
***
Lo nuestro no duró. La diferencia de edad terminó pesando más que las ganas, y un día ella se fue a vivir a otra ciudad por un trabajo. Lloré como no había llorado nunca. Pero me dejó un regalo que ningún amor posterior pudo quitarme: me había enseñado quién era yo cuando me soltaba el cabello, en sentido literal y figurado.
La primera vez que salí sola a la calle vestida fue meses después. Me preparé durante horas. Elegí un vestido negro discreto, medias, una peluca castaña y unos tacones que ya dominaba sobre la alfombra de mi casa. Me miré al espejo una última vez, respiré hondo y bajé al estacionamiento del edificio con el corazón saliéndoseme del pecho.
Las piernas me temblaban. Cada paso sobre el pavimento me sonaba como un tambor. Caminé hasta una avenida iluminada, lejos de mi barrio, donde nadie pudiera reconocerme. Y entonces pasó lo que tanto temía y tanto deseaba: un grupo de hombres en un auto bajó la ventanilla.
—¡Qué bien caminas, preciosa! —gritó uno.
Otro silbó. Un tercero me dijo una grosería que no voy a repetir aquí, pero que en ese momento me recorrió la espalda como una corriente eléctrica.
No me sentí ofendida. Me sentí vista. Por primera vez en mi vida, alguien miraba a la mujer que yo escondía y la deseaba. Apuré el paso, me metí en un café para que el corazón se me calmara, y en el reflejo del cristal me sorprendí sonriendo como una tonta.
***
De ahí en adelante, todo fue descubrimiento. Aprendí que había un mundo entero al que nunca había tenido acceso, un mundo de bares discretos, de fiestas privadas, de hombres que buscaban exactamente lo que yo era.
El primero se llamaba Aldo, o al menos así me dijo que se llamaba. Lo conocí en un bar al que iba la gente como yo. Era alto, de manos grandes, y me miró toda la noche desde la barra antes de animarse a invitarme un trago. Conversamos de cosas banales mientras la tensión crecía entre los dos como una cuerda que se tensa.
—¿Vienes mucho por aquí? —me preguntó.
—Es mi tercera vez —confesé.
—Se nota que eres nueva. Tienes esa cara de estar a punto de salir corriendo.
Me reí, porque tenía razón. Pero no salí corriendo. Esa noche terminamos en un hotel cercano, de esos que cobran por horas y no hacen preguntas.
Me arrodillé frente a él en la habitación con las luces a media intensidad. Le bajé el cierre del pantalón con una calma que no sabía que tenía, y cuando lo tomé en la boca, Aldo dejó escapar un suspiro largo que me hizo sentir más poderosa de lo que jamás me había sentido firmando una escritura. Lo saboreé despacio, sin prisa, disfrutando cada reacción suya, la forma en que se le tensaban los muslos, cómo me sujetaba la peluca con cuidado de no arruinarme el peinado.
Descubrí esa noche que el sexo oral me encantaba. No por obligación ni por complacer: me gustaba de verdad. Me gustaba el control que se siente al estar de rodillas, la paradoja de tener a un hombre grande completamente a tu merced con solo la lengua y los labios.
Cuando terminamos, Aldo se quedó tumbado mirando el techo, todavía recuperando el aliento. Me senté a su lado y me retoqué el labial frente al espejo de la pared, porque me parecía lo más natural del mundo. Él me observaba con una mezcla de incredulidad y deseo.
—No esperaba que fueras así —dijo.
—¿Así cómo? —pregunté, sin dejar de mirarme.
—Tan segura. Pensé que tendría que llevarte de la mano.
Me reí. Si él supiera la vida que llevaba de día, el hombre serio y formal que firmaba documentos importantes, no habría dado crédito. Pero no le conté nada. Esa es una de las reglas que aprendí pronto: cada versión de mí vive en su propio compartimento, y nunca se mezclan.
***
Con los años me volví más atrevida. Lo que al principio me daba pánico, después me daba risa, y al final me daba placer. Besé a hombres en la pista de baile delante de todos. Estuve con dos a la vez, una noche en que la cosa se salió de cualquier plan y terminamos los tres enredados hasta que amaneció. Aprendí a disfrutar cosas que en mi vida de notario ni siquiera me habría atrevido a nombrar.
Probé la lluvia dorada una madrugada con un hombre que conocí en una fiesta, y descubrí que la transgresión tiene su propio sabor. Hice locuras que no contaría en una cena familiar, pero que guardo como pequeños tesoros privados. Cada una me enseñó algo sobre mí, sobre dónde estaban mis límites y, sobre todo, sobre dónde no estaban.
Una vez tuve que ir a entregar unos documentos a un juzgado, vestida de mujer, porque venía de una salida y no tenía tiempo de cambiarme. Crucé el pasillo de mármol con los tacones resonando entre los abogados de traje, sintiendo todas las miradas clavadas en mí. El corazón me latía como un caballo desbocado. Y sin embargo, cuando salí del edificio, me di cuenta de que no había sido humillación lo que había sentido, sino una euforia secreta, deliciosa.
***
El momento más alto de todos estos años fue la marcha del orgullo. La primera vez fui de espectadora, escondida entre la multitud. La segunda, me animé a desfilar. Me arreglé como nunca, con un vestido entallado y un maquillaje que me llevó dos horas, y caminé por la avenida principal entre miles de personas que aplaudían, gritaban y celebraban.
En un momento, una cámara de televisión se detuvo frente a mí. El reportero me preguntó algo que ni siquiera escuché por los nervios, y yo solo atiné a sonreír y lanzar un beso al aire. Esa noche, mi rostro maquillado salió unos segundos en el noticiero. Nadie me reconoció, por supuesto: el notario de traje gris y la mujer de la pantalla parecían dos personas distintas. Y de algún modo lo eran.
Me senté esa noche en mi sala, todavía vestida, con el maquillaje a medio quitar, y pensé en Renata. En la novia que un domingo cualquiera me pintó las uñas riéndose. Le debía todo esto. Le debía haberme presentado a la persona que había vivido escondida dentro de mí durante demasiado tiempo.
***
Hoy sigo con mi vida doble, y no la cambiaría por nada. Tengo amantes que solo conocen a una de mis dos versiones y compañeros de trabajo que jamás imaginarían a la otra. A veces, en medio de una reunión aburrida, recuerdo alguna de mis noches y tengo que morderme el labio para no sonreír.
No escribo esto buscando aprobación ni escándalo. Lo escribo porque hay muchos como yo, sentados detrás de un escritorio, con un mundo entero guardado bajo llave, esperando a que alguien les diga lo que Renata me dijo a mí frente a aquel espejo. Mírate. No me digas que no te gusta lo que ves.
Iré contando mis aventuras poco a poco. Hay muchas, y cada una merece su propia noche. Por ahora me despido, me quito la peluca, guardo los tacones y vuelvo a ser, hasta la próxima escapada, el hombre serio del traje gris que firma escrituras con la pluma de su padre.
Pero la mujer del espejo siempre está ahí, esperando. Y yo ya aprendí a no hacerla esperar demasiado.