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Relatos Ardientes

La travesti que me enseñó quién era yo de verdad

Mateo tenía veinte años y cero experiencia real. Toda su vida sexual cabía en noches a oscuras, el celular en modo incógnito y videos de chicas trans que terminaba borrando del historial con culpa. Nunca había besado con lengua, nunca le habían tocado el culo, nunca había sentido otra piel contra la suya que no fuera la propia.

Era callado, de voz baja, cuerpo delgado casi andrógino: cintura estrecha, piernas largas, un culo redondo que escondía bajo jeans dos tallas grandes. Se repetía que «solo le gustaba mirar». Pero cada vez que veía a una trans gimiendo mientras la penetraban, se corría más fuerte que con cualquier otra cosa.

Un jueves de octubre, en un grupo de mensajería llamado «Curiosos del Centro», le escribió un privado.

—Hola, bombón. Vi tu foto. Tenés cara de nena que necesita que la despierten. ¿Querés que te maquille y te muestre lo que es sentirse deseada de verdad? Sin obligación. Solo vení con ganas de aprender.

Mateo tardó veinte minutos en contestar, con las manos temblando sobre el teclado.

—…sí. Me gustaría probar. Pero nunca hice nada. Soy virgen total.

La respuesta llegó en un audio largo, voz ronca y lenta.

—Mmmm, qué delicia. Un culito virgen, una boquita intacta. Vení mañana a las ocho a mi departamento, en Palermo. Traé toda la vergüenza que tengas, que me encanta arrancarla pedacito a pedacito. Y traé hambre, porque vas a salir de acá con la cabeza llena de ganas.

Esa noche no durmió. Se imaginó mil escenas, todas terminaban igual: él de rodillas, irreconocible. Al amanecer ya había ensayado tres veces cómo iba a saludarla, qué iba a decir, en qué momento iba a confesar que estaba aterrado. Después borró toda la conversación, por si alguien le revisaba el teléfono, y se dio cuenta de que ya no había marcha atrás.

Pasó el día siguiente como un fantasma. En la facultad no entendió una sola palabra de las clases. Cada vez que el celular vibraba pensaba que era ella, que cancelaba, que se arrepentía. Pero Selena no escribió nada más, y ese silencio le pareció más excitante todavía: era una promesa que solo se cumpliría si él se atrevía a tocar el timbre.

***

Llegó puntual, la mochila al hombro y el pulso en la garganta. La puerta se abrió y apareció ella: corpiño negro de encaje, medias de red hasta el muslo, tacos imposibles, el pelo platinado cayéndole hasta la cintura. Se llamaba Selena.

—Pasá, princesita —dijo, apoyándose en el marco—. No muerdo. Todavía.

El departamento olía a perfume caro y a algo más espeso, más animal, que Mateo no supo nombrar. Las luces eran cálidas, bajas, y había una copa de vino tinto a medio tomar sobre una mesa baja. Selena lo guio hasta un tocador con luces alrededor del espejo y lo sentó frente a su propio reflejo.

—Tomá un trago primero —dijo, acercándole la copa—. Te tiembla todo. No quiero que te desmayes antes de empezar.

Mateo bebió de a sorbos cortos, sin saber qué hacer con las manos. Selena lo observaba desde atrás, divertida, paseándole los dedos por la nuca, por la línea de la mandíbula, estudiándolo como quien decide por dónde empezar a desarmar algo.

—Quedate quieto y mirate. Vas a ver cómo desaparecés.

Empezó el ritual despacio, casi ceremonial. Base, corrector bajo los ojos, un contorno que le afiló los pómulos hasta dejarlo desconocido para sí mismo. Sombras ahumadas, delineador alado, pestañas que le pesaban en los párpados. Después los labios: contorno, relleno rojo mate, y encima un brillo que los hacía parecer hinchados.

Mientras le pintaba la boca, Selena se pegó a su espalda. El pecho tibio contra su nuca.

—¿Cómo te llamás ahora, nena? —murmuró junto a su oído.

—…no sé.

—Lía. Repetilo.

—Lía… —susurró él, con la voz quebrada.

—Buena chica.

Le pasó las manos por los hombros, lento, midiéndolo.

—Ahora desvestite. Todo. Quiero verte tal como sos antes de convertirte en lo que vas a ser.

Mateo se levantó temblando. Se sacó la remera, el jean, la ropa interior. Quedó desnudo frente al espejo, la piel pálida erizada, el sexo medio duro por puro nervio, las piernas inestables. Se vio maquillado y desnudo y casi no se reconoció.

***

Selena se arrodilló frente a él y le rozó el sexo con dos dedos, apenas.

—Mirate en el espejo mientras te toco por primera vez.

Empezó a acariciarlo despacio, solo la punta, el pulgar frotando en círculos. Mateo dejó escapar un suspiro agudo, infantil, que lo avergonzó.

—Gemí así, Lía. Más finito. Quiero oírte.

—Ah… ah… Selena, por favor.

Ella se humedeció la mano y lo recorrió entero, con un ritmo húmedo y obsceno que llenó el silencio del cuarto.

—¿Te gusta que te toquen así?

—S-sí… me encanta… no pares.

Entonces Selena se abrió la bata. Su sexo erecto quedó frente a la cara de Mateo, grueso y firme, con un piercing brillando en la punta.

—Arrodillate. Hora de tu primera vez con la boca.

Lía se dejó caer de rodillas. Selena le tomó la nuca con una mano suave pero firme.

—Sacá la lengua. Toda.

Mateo obedeció. Apoyó la cabeza caliente y pesada sobre su lengua y el sabor lo mareó.

—Despacito. Lamé alrededor. Succioná la punta.

Lo hizo torpe, con los ojos cerrados, escuchando los gemidos roncos de ella encima. Selena lo dejó explorar un rato y después empujó, apenas, lo justo para que se ahogara un segundo y se le saltaran las lágrimas que le corrieron el maquillaje.

—Relajá la garganta. Buena chica. Respirá por la nariz.

Pasaron varios minutos así, la saliva chorreándole por el mentón, el rímel negro bajándole por las mejillas. Cuando Selena lo apartó, Lía tenía la cara destruida y la respiración entrecortada, y nunca se había sentido tan viva.

***

—Ahora date vuelta. Apoyate en el tocador, culo arriba, piernas abiertas.

Lía obedeció, temblando, expuesta frente al espejo. Selena se tomó su tiempo, mirándola, antes de tocarla.

—Mirá qué lindo. Nunca nadie te abrió, ¿verdad?

—No. Nunca. Tengo miedo.

—Ese miedo es justo lo que te va a hacer acabar más fuerte.

Hundió un dedo con gel frío. Mateo se contrajo entero y soltó un quejido.

—Respirá. Aflojá. Va a doler rico, te lo prometo.

Sumó un segundo dedo. Los giró, los curvó, buscó hasta encontrar el punto exacto. Mateo abrió los ojos de golpe.

—¡Ahí! ¡Por favor, ahí! —gritó, con una voz aguda que no reconoció como suya.

El sonido húmedo de los dedos abriéndose paso llenó el cuarto. Selena sumó un tercero y Lía lloriqueaba, perdida entre el dolor y un placer nuevo que le subía por la espina.

—Estás chorreando. Mirá cómo te abro. Ya estás lista.

***

Selena se colocó un preservativo y lubricó su sexo hasta que brilló bajo las luces del espejo. Apoyó la punta contra Lía y empujó lento.

—Sentí cómo entra tu primera vez de verdad.

La cabeza entró y Lía gritó contra la madera del tocador.

—¡Ah, duele! ¡Duele mucho!

—Shhh. Respirá hondo. Aflojá. Sos mía ahora.

Centímetro a centímetro, sin apuro, hasta que las caderas de Selena quedaron pegadas a su culo. Las dos jadearon a la vez, un gemido largo y compartido.

—Uf, qué apretada estás. Me estás exprimiendo —gruñó Selena.

Empezó a moverse. Lento, profundo, disfrutando cada quejido. Lía gemía como en sus fantasías más sucias, las que nunca le había confesado a nadie.

—Ah… ah… sí… más adentro… por favor.

Selena aceleró. Le tomó las caderas, clavó los dedos, dejó marcas rojas en la piel pálida.

—Tomá. Toda. Esto es lo que querías desde hace meses, ¿verdad?

—¡Sí! ¡Más fuerte! ¡Hacé lo que quieras conmigo! —gritaba Lía, las lágrimas mezclándose con el maquillaje corrido.

El ritmo se volvió brutal, la carne chocando, el espejo temblando en la pared. Selena estiró una mano por delante y la acarició al compás de cada embestida.

—¿Te vas a correr mientras te penetro por primera vez?

—¡Sí! ¡Me corro! ¡No pares!

Lía acabó con un grito largo, temblando tanto que tuvo que aferrarse al borde del tocador para no caer. Selena no se detuvo. Siguió, más rápido, más hondo, hasta que se hundió hasta el fondo y se quedó quieta con un gruñido animal, pulsando dentro de ella.

—Aaah, carajo.

Lía sintió cada latido contra su próstata y se le escapó un sollozo de puro placer.

***

Salieron despacio. Selena la giró y la abrazó frente al espejo manchado, y le besó el cuello, le mordió suave el hombro.

—¿Quién sos ahora, mi amor?

—Lía… soy Lía —susurró, con la voz ronca de tanto gritar.

—Buena chica. Y esto recién empieza.

Esa noche durmieron pegadas. A la madrugada Selena la despertó con la boca entre las piernas y Lía acabó otra vez, medio dormida, sin entender ya dónde terminaba el sueño y empezaba la realidad.

Al mediodía, Lía se miró al espejo: el maquillaje destruido, el cuerpo dolorido, y una sonrisa que nunca antes había tenido. Por primera vez no sentía culpa.

Ya no era el chico tímido que había tocado el timbre la noche anterior.

Era Lía. Y Lía tenía hambre de más.

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Comentarios (6)

Nachito_86

Que bueno estuvo, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

lectora_porteña

Me llegó al alma este relato. Tan honesto y bien escrito, sin rodeos ni exageraciones. Bravo.

curiosoLector

Quedo pensando si esto fue real o inventado... se siente muy autentico. Saludos

Mafe_lect

increible!! mas por favor

Guille_riv

Me recordo a algo que me paso hace anos. Gracias por animarte a escribirlo.

SolRios_22

Por favor seguila! quede con ganas de saber como termino todo entre ellos

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