Me vio vestida de mujer y no quiso irse
El piso tiene un silencio especial las mañanas de los jueves. Mariano, mi compañero de trabajo, ya se había ido a la oficina, y la calle de abajo todavía no había despertado del todo. Ese silencio cómodo, el que solo existe cuando sabes que nadie va a interrumpirte, era exactamente lo que necesitaba. No tenía prisa, no tenía obligaciones inmediatas. Y, sobre todo, no tenía la menor intención de vestirme como cualquier otro día.
Fui directa al armario del fondo, al cajón que solo abro cuando estoy sola. Allí guardo la ropa que me hace sentir otra persona, o quizá la persona que de verdad soy cuando nadie mira. Saqué el vestido negro, corto y ajustado, de una tela fina y elástica que no disimula absolutamente nada. Lo dejé sobre la cama y seguí buscando.
Las medias negras, las que suben hasta medio muslo y abrazan las piernas como una segunda piel. El tanga diminuto, apenas un triángulo de encaje que se prolonga en una tira finísima y se pierde entre las nalgas, esa que me obliga a caminar despacio, consciente de cada paso, sintiendo cómo la cuerdecilla se hunde entre las cachas y me roza el ojete a cada movimiento. El sujetador a juego, con un relleno ligero, lo justo para dibujar una curva suave bajo la tela.
Me vestí sin prisa, disfrutando cada gesto. La peluca, oscura y lisa, cayendo recta sobre los hombros. Después el maquillaje: base, un poco de rubor, los ojos delineados con una línea limpia, los labios pintados de un rojo brillante que me gustaba ver moverse en el espejo. Un rojo pensado para dejar marca en una polla.
Me planté delante del espejo largo del pasillo y me observé en silencio.
Giré un poco la cintura.
Subí una mano por el costado, sintiendo cómo el vestido cedía bajo los dedos.
Sonreí.
Así me gusta verme.
Cogí el móvil y empecé a hacerme algunas fotos. Cambiaba de postura, buscaba la luz que entraba por la ventana, jugaba con los ángulos. Estaba tan concentrada en ese pequeño ritual privado que casi se me había olvidado el resto del mundo.
Entonces sonó el timbre.
El sonido me atravesó el cuerpo de golpe, como un latigazo. Tardé un segundo entero en recordar la cita: el técnico venía esa mañana a revisar la caldera. Lo había anotado hacía días y se me había borrado por completo de la cabeza.
Me quedé quieta en mitad del pasillo, con el corazón disparado.
Podía cambiarme. Tenía tiempo de sobra. Treinta segundos para quitarme el vestido, soltar la peluca, ponerme unos vaqueros y abrir la puerta como cualquier hombre que espera al técnico de la caldera.
No lo hice.
Me miré una última vez en el espejo, respiré hondo y caminé hacia la entrada con los tacones marcando cada paso sobre el parqué. La decisión ya estaba tomada antes de que mi cabeza terminara de pensarla.
Abrí la puerta.
Él estaba allí. Alto, ancho de hombros, con esas manos grandes y curtidas de quien trabaja con ellas todos los días. Ropa de faena, una caja de herramientas en la mano. Levantó la vista del papel que estaba mirando, y se quedó observándome un instante más de lo normal. Solo un instante. Pero lo suficiente para que yo lo notara, y para que notara también cómo el bulto del pantalón le empezaba a marcarse.
—Buenos días —dijo al fin, recomponiéndose—. Vengo por lo de la caldera.
—Sí… pasa —respondí, apartándome lo justo para dejarle sitio.
Entró, y sentí su mirada recorriéndome de arriba abajo sin pudor, pero también sin burla. No había desprecio en sus ojos. Había otra cosa, algo más caliente, algo que no se molestó en esconder. Le estaba mirando el paquete al pasar y él lo sabía.
—Está en la cocina —dije—. Por aquí.
Caminé delante de él por el pasillo, consciente de cada centímetro de mi cuerpo. Consciente de cómo el vestido se pegaba a mi culo con cada paso, de cómo las medias tensaban los músculos de las piernas, de cómo los tacones cambiaban mi postura y obligaban a las caderas a moverse de un lado a otro. Notaba sus ojos clavados en mí. No hacía falta girarme para saberlo. Le estaba enseñando el culo, y me gustaba.
***
Llegamos a la cocina. Me incliné para abrir el armario bajo la encimera, donde estaba la caldera, y dejé que el vestido subiera un poco al agacharme. Noté cómo se detenía detrás de mí, demasiado cerca para ser casualidad, con la vista fija en el dibujo que el tanga marcaba bajo la tela, en la tira fina hundida entre las nalgas y en el pedazo de piel desnuda que asomaba por encima de las medias.
—Está aquí —dije, incorporándome despacio, rozándole el bulto con el culo al enderezarme. Sentí perfectamente su polla dura debajo del pantalón de faena. No se apartó.
—Ya veo… —respondió, y su voz había bajado un tono, se había vuelto más grave.
Se arrodilló frente al armario y empezó a trabajar. Yo me apoyé en la encimera de al lado, cruzada de brazos, mirándolo sin disimulo. Crucé las piernas despacio, una sobre otra, dejando que la falda subiera apenas un poco más, lo justo para que la línea exacta entre la media, la piel desnuda del muslo y el bajo del vestido quedara a la vista. Debajo del tanga, mi polla también empezaba a espabilarse, apretada contra el encaje.
Sentía la lencería ajustada contra el cuerpo, el tanga tensándose sobre los huevos, el sujetador marcando el pecho bajo la tela fina. El silencio de la cocina se había vuelto denso. Él fingía concentrarse en las tuberías, pero cada pocos segundos su mirada se desviaba hacia mis piernas, y de ahí a mi entrepierna, y de ahí a mi boca pintada.
Pasó un minuto largo. Dos.
Entonces habló, sin dejar de mirar la caldera.
—¿Siempre vistes así por casa?
La pregunta quedó flotando en el aire. Me giré hacia él muy despacio y sostuve su mirada cuando levantó la cabeza.
—Solo cuando estoy sola —respondí.
Sus ojos bajaron de nuevo, sin disimulo esta vez, recorrieron las piernas, el vestido, el escote, y volvieron a subir hasta encontrarse con los míos.
—Te queda muy bien —dijo, y se incorporó hasta quedar de pie frente a mí—. La ropa… y la forma en que la llevas. Se te pone dura a uno solo de mirarte, joder.
El aire cambió por completo. Algo se había roto, o quizá algo se había abierto.
No me aparté. Al contrario, apoyé el peso del cuerpo en una cadera, haciendo que el vestido se ajustara aún más, que cada curva quedara más marcada. Bajé los ojos hasta su bragueta, sin ningún disimulo. La polla se le marcaba clarísima, apuntando de lado, hinchada bajo la tela áspera.
—Me gusta verme así —respondí en voz baja, casi un murmullo—. Y me gusta lo que se te está poniendo mientras me miras.
—¿No te incomoda que te mire? —preguntó. Estaba muy cerca ya. Podía oler el sudor limpio del trabajo, sentir el calor que desprendía su cuerpo.
—No —dije, y mantuve los ojos fijos en los suyos—. Me gusta. Me pone mucho.
El silencio se estiró entre los dos como una cuerda tensa. Él respiraba más fuerte. Yo también. Ninguno se movía, como si el primero que lo hiciera fuera a romper el hechizo.
Fui yo.
Estiré la mano y la posé directamente sobre el bulto de su pantalón. Le apreté la polla por encima de la tela y noté cómo se estremecía entero. Estaba durísima. Se la palpé de arriba abajo, midiéndola con los dedos, mientras sostenía su mirada.
—Ven —dije, casi en un susurro—. Quiero comértela.
***
Me separé de la encimera y caminé hacia el dormitorio sin mirar atrás. No hacía falta. Escuchaba sus pasos pesados siguiéndome por el pasillo, el sonido de la caja de herramientas quedando olvidada en la cocina.
Entré en la habitación, dejé la puerta entreabierta a mi espalda y me arrodillé en el borde de la cama, sobre la moqueta, con los tacones abiertos y el culo apoyado en los talones. Él se detuvo justo frente a mí, tan cerca que su bragueta me quedaba a la altura de la boca.
No dije nada. Le desabroché el cinturón, le bajé la cremallera y le tiré del pantalón hasta los tobillos de un solo tirón. Los calzoncillos se tensaron sobre la erección que le empujaba desde dentro. Le bajé también los calzoncillos, y la polla saltó hacia fuera casi golpeándome en la cara: gruesa, larga, con las venas hinchadas recorriéndola desde la base hasta el glande brillante, cubierto ya de una gota espesa. Debajo, dos huevos pesados, tirantes.
Me quedé unos segundos mirándosela, con los labios entreabiertos, admirando la polla que tenía a un palmo de la boca. Se la agarré con la mano derecha, apenas capaz de rodearla con los dedos, y la sacudí despacio. La gota que le colgaba del glande cayó en mi lengua, salada.
—Joder… —murmuró él por encima de mí.
Abrí la boca y me la metí entera, o lo que pude de ella. El glande me golpeó el paladar y bajó buscándome la garganta. Cerré los labios pintados de rojo alrededor del tronco y empecé a chupar, subiendo y bajando la cabeza a un ritmo lento, marcando cada pasada con la lengua. Notaba cómo la tela del pintalabios iba dejando anillos rojos por toda la longitud de la polla, marcándosela, ensuciándosela. Cada vez que llegaba a la base la retenía allí un instante, tragando saliva contra la piel, dejando que se me llenaran los ojos de lágrimas antes de retirarme.
Él me agarró la peluca con una mano, sin arrancarla, sujetándola contra el cráneo, y empezó a marcarme el ritmo. Me empujaba la cabeza hasta el fondo, obligándome a tragarme la polla entera, y me la sacaba cuando ya no me quedaba aire. Yo la escupía, brillante de saliva, y volvía a lamerla desde los huevos hasta la punta, poniendo la lengua plana, mirándolo desde abajo con los ojos llorosos de rímel.
—Así, guapa —jadeó—. Mira cómo la mamas. Menuda boquita.
Le chupé los huevos uno a uno, metiéndoselos en la boca, mientras le seguía haciendo una paja lenta con la mano. Después volví a la polla, cerré los labios alrededor del glande y le apreté con la lengua justo debajo, en el frenillo. Él soltó un gemido ronco y me tiró del pelo hacia atrás.
—Espera, espera —dijo, con la voz descompuesta—. No así. Todavía no.
***
Me hizo levantarme y me quedé de pie frente a él, con los labios embadurnados y un hilo de saliva colgando de la barbilla. Sus manos se apoyaron en mis caderas, subieron por la cintura, palparon la tela fina del vestido y buscaron el bajo.
—Quiero verte —dijo, con la voz ronca—. Toda entera.
Levantó la tela centímetro a centímetro, descubriendo el muslo, la cadera, hasta dejar a la vista el tanga mínimo, perfectamente ajustado, marcando el bulto de mi polla dura y de los huevos apretados contra el encaje. Tragó saliva. Me incorporé un poco para ayudarlo y dejó que el vestido pasara por encima de la cabeza y los brazos hasta retirarlo del todo. Lo soltó en el suelo sin mirarlo.
Sus dedos buscaron el cierre del sujetador en mi espalda. Lo desabrochó con cuidado, casi con torpeza, y lo apartó. Me acarició los pezones con las yemas de los pulgares hasta ponérmelos duros como piedras.
—El tanga no —añadió, recorriéndome con los ojos—. No te lo quites. Así estás perfecta.
Las medias seguían en su sitio. Los tacones también. Solo el tanga tensado, con mi polla asomando de lado por el borde de encaje, las medias hasta medio muslo y los tacones, y él mirándome como si yo fuera la cosa más deseable que había visto en mucho tiempo.
Me empujó suavemente por los hombros hasta dejarme recostada boca arriba sobre la cama, con las piernas colgando por el borde. Me subió las rodillas contra el pecho, dobladas, y me apartó el tanga de un tirón hacia un lado, dejándome el ojete al aire, expuesto ante él. Se lamió dos dedos y me los pasó por el agujero, presionando el nudo, dando vueltas alrededor hasta que noté cómo el músculo cedía y uno de los dedos se hundía hasta los nudillos.
—Menudo culito —murmuró, moviendo el dedo dentro—. Y qué apretado lo tienes.
Metió el segundo dedo. Ardía, pero era el ardor bueno, el que abre. Los movió en tijera, ensanchándome, hasta que empecé a empujarle la mano con las caderas, buscando más. Sacó los dedos, se escupió en la palma y se embadurnó la polla de arriba abajo, sacudiéndosela un par de veces frente a mí.
Se quitó la camiseta de un tirón, dejando al descubierto un torso ancho, marcado por el trabajo físico, con un rastro de vello bajando desde el ombligo. Se colocó entre mis piernas, se agarró la polla por la base y apoyó el glande contra el ojete, empujando con firmeza.
—No sabes lo que provocas —susurró—. Me tienes con la polla a punto de reventar.
***
Cerré los ojos un instante y respiré hondo. Sentí cómo sus rodillas separaban las mías un poco más, cómo su cuerpo buscaba el sitio exacto entre mis piernas. La polla presionó el ojete, primero resbalando, luego encontrando el centro y hundiéndose. El glande cedió el anillo con un pinchazo eléctrico que me subió por la columna. Él me besaba el cuello, primero lento, casi contenido, conteniéndose como si quisiera memorizar cada segundo.
La fue introduciendo poco a poco, centímetro a centímetro. Yo me agarré a sus hombros, clavándole las uñas, respirando entre dientes mientras me abría por dentro. Sentía cada vena de su polla arrastrándose contra las paredes del culo. Hubo un instante de tensión, de presión casi insoportable en el que juré que no iba a caber, y después la entrega, el cuerpo cediendo y recibiéndolo entero hasta que noté sus huevos golpeándome contra el culo.
—Toda dentro —jadeó contra mi oreja—. Te la he metido toda.
—Fóllame —le pedí, con la voz rota—. Fóllame fuerte, no te contengas.
La ternura duró apenas un suspiro.
Después llegó todo lo demás: la fuerza, el empuje decidido de quien ya no se contiene, las manos apretándome las caderas para sujetarme en su sitio. Me sacó la polla casi entera y me la volvió a clavar de un solo golpe seco, arrancándome un grito. Y otra vez. Y otra. Me penetraba con una intensidad que me arrancaba el aire del pecho, cada embestida más profunda que la anterior, chocándome los huevos contra las nalgas con un chasquido húmedo.
Me agarró los tobillos, me abrió las piernas del todo y me las echó hacia atrás hasta casi tocarme las orejas con los tacones. Yo tenía la polla dura rebotando contra el vientre a cada envite, chorreando ya un hilo espeso desde el glande hasta el ombligo. Él me miraba desde arriba, con la cara sucia, la boca abierta, mirando cómo su polla entraba y salía del ojete.
—Mira cómo te la traga tu culo —jadeó—. Mira cómo se te abre para mí.
La cama golpeaba contra la pared con un ritmo brutal. Yo gemía sin reconocer mi propia voz, con los tacones todavía puestos, las medias resbalando ligeramente, la peluca desordenándose contra la almohada. El tanga apartado a un lado, arrugado sobre el muslo.
Me dio la vuelta sin sacármela del todo, empujándome bocabajo, y me colocó a cuatro patas al borde de la cama. Se puso de pie detrás de mí, me agarró de las caderas y volvió a metérsela hasta el fondo. Desde ese ángulo entraba todavía más profunda. Cada embestida me arrancaba un gemido agudo. Me dio un cachete seco en el culo, luego otro, marcándome la piel.
—Menudo culo pones —gruñó—. Menuda putita estás hecha.
Me agarró la polla por debajo y empezó a masturbármela al ritmo de las embestidas. La mano áspera de trabajo subiendo y bajando por mi polla mientras su polla me abría el culo por detrás. Duré cuatro pajazos. Me corrí con un espasmo largo, disparando semen contra la sábana en chorros gruesos que me dejaban el vientre temblando, apretándole la polla dentro con el culo mientras me sacudía.
—Joder, cómo te aprietas al correrte —jadeó—. Ahora yo, no puedo más.
Sentí cómo su cuerpo empezaba a tensarse, cómo el ritmo se volvía más errático, más urgente. Me clavó los dedos en las caderas, marcándomelas. Su espalda se arqueó, los músculos de los brazos se endurecieron. Con un bufido profundo y ronco se corrió dentro de mí, descargando todo lo que llevaba acumulado en unos espasmos largos y calientes que noté perfectamente contra las paredes del culo. Se derrumbó un instante sobre mi espalda con la respiración entrecortada, dejando la polla dentro, todavía palpitando.
Nos quedamos así unos segundos, los dos jadeando, el sudor mezclándose, su peso aplastándome de una manera que no me molestaba en absoluto. Notaba cómo su polla iba encogiendo dentro del culo poco a poco.
Luego se apartó despacio. La sacó con un ruido húmedo y sentí un chorro tibio de semen resbalándome por dentro del muslo, empapando el borde de la media.
***
Se vistió sin prisas, recogiendo la ropa del suelo, con una media sonrisa en los labios que no supe interpretar del todo. No dijo nada cuando salió del dormitorio. Escuché sus pasos por el pasillo, el ruido de la caja de herramientas que recogía en la cocina, y por fin la puerta de entrada cerrándose con un golpe seco.
Me quedé estirada bocabajo en la cama, sola, con las medias aún puestas, los tacones todavía en los pies, el tanga corrido a un lado y el culo todavía abierto, chorreándome su semen sobre la sábana. El cuerpo me seguía temblando, atrapado entre la excitación que aún latía bajo la piel y una leve decepción por lo rápido que había terminado todo.
Miré el techo durante un buen rato, recuperando el aliento, sintiendo cómo el corazón volvía poco a poco a su sitio, sintiendo cómo el semen seguía escurriéndose despacio entre las nalgas.
Y mientras lo hacía, supe una cosa con absoluta claridad.
Aquella mañana no iba a borrarse nunca de mi memoria. La forma en que me había mirado en la puerta, sin asco, sin preguntas, solo con deseo. La forma en que había dicho que así estaba perfecta. La forma en que su polla había encontrado mi culo como si supiera de antemano que iba a desearlo.
Tal vez no volviera a verlo nunca. Tal vez la caldera no se estropeara en años. Daba igual.
Aquella mañana había abierto la puerta vestida de mujer, y alguien me había mirado, se había quedado y me había follado como llevaba años deseando que me follaran.
Y eso… ya era suficiente.