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Relatos Ardientes

La travesti que salió a buscar dueño esa noche

Lo conocían como Ariel, aunque en el pueblo del que se había escapado todavía figuraba con otro nombre en los documentos. Veinte años, el pelo decolorado hasta un platino casi blanco que le rozaba la línea de la mandíbula, las uñas pintadas de un negro que brillaba bajo cualquier luz y un brillo labial color durazno que se retocaba cada media hora. Alquilaba un monoambiente diminuto en Pichincha, en Rosario, de esos que se pagan con repartos en bici y alguna producción de fotos para vender por internet.

Se había mudado hacía siete meses, lejos de un lugar donde todos murmuraban que «el menor de los Ferreyra había salido distinto». En la ciudad, distinto era apenas una manera más de estar vivo. Nadie le preguntaba de dónde venía. Nadie le pedía explicaciones. Podía ser quien quisiera de lunes a viernes, y los fines de semana podía ser, sobre todo, deseada.

Había noches en que se quedaba en la cama mirando el techo manchado de humedad, repasando con la yema de los dedos la curva de su propia cadera, imaginando manos que no eran las suyas. Pero esa clase de noches eran cada vez menos. Había aprendido que la ciudad, si una sabía vestirse y caminar, devolvía con creces lo que una salía a pedir.

Esa noche de sábado se vistió con lo justo. Una tanga de encaje negro debajo de un short de jean recortado que le marcaba las piernas, depiladas hasta el tobillo. Una musculosa blanca y ceñida que dejaba a la vista el piercing del ombligo, y unas medias hasta el muslo con rayas finas, rosa y blanco. Las plataformas baratas que había comprado en la feria de la terminal. Maquillaje sutil pero exacto: delineado alado, pestañas postizas y un toque de rubor que le dejaba las mejillas siempre encendidas.

Se miró en el espejo del ascensor y se mordió el labio. Estaba lista para que la miraran. Y para algo más que eso.

Caminó por las calles cargadas de bares y carteles de neón. El aire olía a milanesa frita, a cerveza tibia y a perfume caro. Cerca del pasaje donde se juntaban las mesas afuera, un tipo alto, de unos treinta y largos, la barba prolija y la camisa negra abierta dos botones, la clavó con la mirada desde una terraza. No dijo nada al principio. Solo levantó el vaso en un brindis mudo.

Ariel sonrió de costado, cruzó la calle y subió los tres escalones sin esperar invitación.

—¿Querés compañía? —preguntó, la voz suave, un poco ronca por el cigarrillo que se había fumado en el camino.

El hombre la recorrió de arriba abajo, despacio, como quien elige el postre antes de pedirlo.

—Subí —dijo, y le corrió el banco alto para hacerle lugar.

Se llamaba Mauro, o eso dijo. Pidieron tragos. Él un fernet cargado, ella un trago dulce que apenas probó porque no había venido a tomar. Ariel se sentó con las piernas cruzadas y dejó que el short se le trepara un poco más. Mauro le rozó el muslo con los nudillos, como sin querer. Ella no se movió. Al contrario: abrió apenas las rodillas, una invitación que cualquiera habría entendido.

Hablaron de cualquier cosa durante un rato, de esas conversaciones que sirven solo para llenar el aire mientras el cuerpo dice lo que importa. Mauro le preguntó si vivía cerca. Ella contestó que sí, a tres cuadras, aunque no pensaba llevarlo a su casa. Él le preguntó si siempre salía así. Ariel sonrió y se llevó el sorbete a los labios sin dejar de mirarlo.

—Solo cuando tengo ganas de que alguien me arruine la noche —dijo.

Mauro se rió bajo, una risa que le subió desde el pecho, y le apoyó la mano entera sobre el muslo. Esta vez no fingió que era un accidente. Le apretó la carne tibia y la miró fijo, midiendo hasta dónde podía llegar. Ariel no apartó la pierna. Le sostuvo la mirada y entreabrió los labios, y eso fue toda la respuesta que él necesitaba.

***

Media hora más tarde estaban en el baño del fondo. El de los hombres, el más grande, con un espejo enorme y una luz blanca que volvía todo más crudo, más real.

Mauro la empujó contra la pared de azulejos fríos. Le subió la musculosa de un tirón y le apretó un pezón entre dos dedos hasta que ella soltó un quejido agudo.

—Ahh… esperá…

—Callada —murmuró él contra su oreja—. Acá no va a venir nadie a salvarte.

El cerrojo de la puerta era endeble, de esos que cualquiera podría forzar de un empujón, y los dos lo sabían. Eso era parte de lo bueno. Cualquiera podía entrar. Cualquiera podía verla así, con la espalda contra los azulejos y un desconocido manoseándola. La sola idea le bajó por la columna como una corriente y le endureció todo el cuerpo.

Le bajó el short junto con la tanga de un solo movimiento. Mauro le buscó la entrepierna con la mano, la sopesó un segundo, casi con desprecio, casi con ternura.

—Mirá esto. Chiquita. Justo lo que necesita una nena como vos.

Ariel se estremeció entera. Le encantaba que le hablaran así, que la achicaran, que la pusieran en su lugar. Era exactamente lo que había salido a buscar.

Mauro se arrodilló. No para chuparla. La giró de cara a la pared, le abrió las nalgas con las dos manos y escupió directo contra la piel depilada y rosada.

—Uff… —fue todo lo que dijo.

Después acercó la boca sin aviso. Lamió fuerte, en círculos, empujando la punta de la lengua adentro. Ariel arqueó la espalda y apoyó las palmas abiertas contra los azulejos, buscando algo a lo que aferrarse.

—Ahh… así… más adentro —jadeó, la voz quebrándose en la última sílaba.

Siguió así un rato largo, alternando la lengua y los dedos, hasta que las rodillas de Ariel apenas la sostenían y tenía la frente apoyada contra los azulejos fríos. Cada vez que ella creía que iba a terminar, Mauro aflojaba, la dejaba al borde y volvía a empezar más despacio, disfrutando de tenerla así, colgando de un hilo, suplicando con la respiración entrecortada.

Mauro le metió dos dedos de golpe y los curvó, buscando ese punto que la hacía temblar. Cuando lo encontró, las piernas de Ariel casi ceden.

—Ahí. Ahí, por favor —pidió—. Me vas a hacer terminar.

—Todavía no —gruñó él, y se puso de pie.

Se bajó el cierre. Lo que salió era grueso, pesado, con una vena marcada y una gota colgando de la punta. Mauro lo apoyó contra la entrada de Ariel y empujó despacio. La cabeza entró con un sonido húmedo que retumbó en el baño vacío.

—Ayy… —gimió ella, las rodillas tiritando—. Duele… pero duele lindo.

Mauro no esperó más. Empujó hasta el fondo en una sola embestida. Ariel soltó un grito largo, roto por la mitad.

—Ahhh, dios… me partís.

Él le tapó la boca con una mano grande.

—Shhh. Si te escuchan, van a venir todos a hacer fila.

***

Empezó a moverse. Fuerte. Hondo. Cada embestida hacía que el cuerpo de Ariel rebotara contra los azulejos. El golpe seco de la piel contra la piel se mezclaba con sus gemidos ahogados y los gruñidos bajos de Mauro, que respiraba contra su nuca.

—Tomá todo, nena. ¿Te gusta que te usen en el baño de un bar?

—Sí —balbuceó ella contra la palma que la silenciaba—. Me encanta. Soy tuya. Más fuerte.

Mauro le agarró el pelo platino, le tiró la cabeza hacia atrás y le mordió el cuello, justo donde el pulso latía a toda velocidad. Ariel se vino sin que nadie la tocara. Chorros tibios salpicaron los azulejos, el piso, sus propias medias rayadas. Por dentro, el cuerpo se le apretó alrededor de él como un puño.

—La puta madre —rugió Mauro.

Embistió tres veces más, brutal, y terminó adentro. Un calor espeso, latido a latido. Ariel sintió cómo la llenaba hasta que empezó a resbalarle por la cara interna de los muslos, confundiéndose con lo suyo.

Mauro salió despacio. Ella quedó abierta, palpitando, con un hilo blanco escurriéndose. Se dio vuelta, se arrodilló sin que se lo pidieran y se lo metió en la boca todavía semiduro, para limpiarlo. Lamió, chupó, tragó lo que quedaba, mirándolo desde abajo con los ojos brillantes.

—Buena nena —dijo Mauro, acariciándole la mejilla con el pulgar—. Ahora volvés a la pista así, con todo goteándote entre las piernas. Que se enteren de lo que sos.

***

Ariel se levantó temblando. Se subió el short sin limpiarse nada. El encaje de la tanga estaba empapado y se le pegaba a la piel a cada paso. Salió del baño con las piernas flojas, el pelo revuelto, el brillo labial corrido y una sonrisa boba que no podía borrar.

Cruzó entre la gente. Algunos la miraron de reojo, incómodos. Otros la miraron con un hambre que no se molestaron en disimular. Ariel no bajó la vista ante ninguno. Siguió caminando hacia la puerta, hacia la calle, con el cuerpo todavía latiendo y esa sensación de estar llena, usada, deseada, que era lo más parecido a la felicidad que conocía.

Afuera, el aire fresco de la madrugada le golpeó la piel sudada y la hizo temblar de nuevo, esta vez de frío. Se abrazó a sí misma y siguió caminando, las plataformas resonando contra las baldosas flojas de la vereda. No pensaba volver al departamento todavía. La noche recién empezaba, y ella se sentía capaz de cualquier cosa.

En la ciudad nadie preguntaba el nombre verdadero. Solo importaba cómo se veía uno cuando se abría de piernas bajo las luces de neón. Y esa noche, en mitad del pasaje de los bares, con el sabor ajeno todavía en la boca y la promesa de que habría más, Ariel se sintió más viva que nunca en sus veinte años.

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Comentarios (6)

OrlandoQ

Excelente relato, me enganchó de principio a fin. Esperando mas!!

Mirta_lee

Muy bien escrito, se siente genuino. Me gusto como desarrollaste el personaje sin caer en los clichés del género

fetichista_lect

buenisimo!!!

RicardoMDA

Me encantó. Por favor seguí con esto, dejaste la noche a medias y quiero saber cómo termina

NocheDeViernes

Hace tiempo que no leía algo tan bien narrado en esta categoría. Felicitaciones de verdad

PalomitoNocturno

el título ya me enganchó y el relato cumple todo lo que promete. Bien!

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