Me vestí de mujer para el desconocido del chat
Seguíamos en mi cama cuando Damián dijo que iba al baño, y yo aproveché para mirarme en el espejo del armario. Veía a una chica linda que acababa de perder la virginidad, y me gustaba lo que veía. Me cambié de ropa: un camisón blanco y unas bragas negras, sin sostén esta vez, porque quería andar más cómoda. Cuando él volvió ya se estaba vistiendo.
—Quédate un rato más, amor —le pedí, acercándome—. Me puse bonita, te invité a mi cama, dejé que me hicieras el amor. Lo justo es que te quedes conmigo un ratito, ¿no crees?
—No lo sé, Camila. Me da cosa que vuelvan tus padres antes de tiempo.
—No van a volver hasta el lunes, tranquilo. Solo un par de horas dormidos, ¿sí?
—Solo un momento —cedió.
Damián se volvió a acostar y yo me acomodé sobre su pecho. Nos quedamos así cosa de hora y media, su mano subiendo y bajando despacio por mi espalda, hasta que dijo que ya era suficiente. Era la una y media de la madrugada. Lo entendí, le dije que estaba bien, y mientras él empezaba a vestirse yo me puse en cuatro sobre el colchón, ofreciéndome otra vez.
—¿Qué haces? —preguntó, a medio abotonar la camisa—. ¿Por qué te pones así?
—Todavía ando ganosa y quiero probar esta posición. Solo es hacer a un lado el calzón, ponerte el condón y entrar. ¿No te animas?
Se quedó mirando fijamente mi trasero. Vi cómo se lo saboreaba con los ojos, cómo dejaba la camisa a medio cerrar. Sacó otro preservativo, untó un poco de aceite y me la metió. Esta vez entró sin dolor alguno; lo sentí llegar hasta el fondo y solo pude soltar gemidos cortos, diciéndole que así se sentía mejor.
Damián aumentó el ritmo. Tenerme en cuatro lo enloquecía, y a mí estar de esa forma me ponía húmeda de pura calentura. De repente me dio una nalgada que me arrancó un gemido más fuerte. Empezó a embestirme con fuerza mientras con la otra mano me apretaba el pecho y jugaba con mis pezones, repitiéndome al oído que cogía muy rico. Todo eso me llevó al límite. Me toqué con la mano, fuera de mí, con unas ganas tremendas de acabar. Lo escuché decir que se venía y yo me vine con él, no sin antes soltar un grito que seguramente se oyó hasta en la casa de al lado.
Antes de que se vistiera le pregunté si podía quitarle el condón. Se lo saqué y lo primero que hice fue darle un beso en la punta. Estaba dispuesta a más, pero Damián me detuvo: tenía que irse. Lo acepté y lo acompañé a la puerta. Me dio un beso tierno en la mejilla y dijo que durante la semana nos veíamos. Le dije adiós y que esperaría con ganas su llamada.
Cuando volví a la habitación encontré en el piso el primer condón de la noche. Lo levanté, vi cuánto había soltado dentro, y lo tiré a la basura. Me acosté. Sentía una molestia leve en la zona baja, pero no le di importancia. Dormí el resto de la noche plácida y feliz, porque Damián ya me había hecho mujer. Su mujer.
***
El domingo lo pasé ordenando la casa y lavando mi ropa de chica, todavía incrédula de lo que había hecho la víspera. Había metido a un hombre a la casa de mis padres y, más que eso, lo había metido a mi cama. Si ellos se enteraran sería un escándalo descomunal: no solo porque su único hijo varón resultaba ser una chica por dentro, sino porque me había acostado con un hombre que le doblaba la edad. Y, sin embargo, de solo pensarlo me ponía caliente.
Esa noche me masturbé imaginando que Damián me lo hacía sin que importara que mis padres estuvieran en la casa. En la fantasía él entraba con una actitud de macho, les anunciaba que estaría conmigo en mi cuarto, y ellos solo bajaban la cabeza, cediendo. Si supieran lo que soy de verdad.
Durante la semana esperé su llamada, pero nunca llegó. Yo había probado el sexo y quería seguir explorando: en clase me distraía imaginando a mis profesores sin ropa, parados frente a mí. Marqué a Damián un par de veces y no me contestó. Me sentí ignorada. Empecé a pensar en conocer a otros hombres, aunque una parte de mí seguía creyéndose exclusiva de él.
El sábado hice un último intento. Tampoco respondió. Pensé en darme una vuelta por la zona roja de Hermosillo a ver qué encontraba, pero recordé que el chat era más cómodo y, con suerte, alguien me invitaría a su casa. Esperé a que mi hermana saliera para pedirle prestada la laptop y entré a una sala con el mismo nombre de la otra vez: CamilaTv. Eran las once de la noche y yo estaba en mi cuarto, con el camisón blanco y las bragas negras.
Tenía el privado lleno de mensajes pidiéndome la cámara o que les dijera cosas calientes, pero todos eran de otras ciudades. Hasta que llegó uno distinto.
—Hola, buenas. Me llamo Adrián, soy de Hermosillo y tengo treinta y ocho. Busco charlar con chicas como tú.
—Hola, soy Camila. Igual de aquí, igual buscando con quién platicar de la misma ciudad, jeje.
—Mucho gusto, Camila. ¿De qué parte eres? Si se puede saber.
—Del sur, cerca de las vías. ¿Y tú?
—De la zona centro, por el parque viejo y el estadio. ¿Ubicas?
—Sí, más o menos sé por dónde.
Me gustaba cómo llevaba la conversación. Me sentía cómoda, y conforme pasaban las preguntas tibias del principio, Adrián fue subiendo el tono.
—Dime, Camila, ¿en tu casa saben que te gusta vestirte de mujer?
—Espero que no. Es mi secreto, casi nadie lo sabe.
—¿Casi nadie? ¿Y quién más, entonces?
—Un hombre. Con el que tuve mi primera vez, jeje.
—Así que ya te estrenaron. ¿Y qué tal? ¿Te gustó?
—Mucho. Espero que se repita.
—¿Con el mismo?
—Con quien sea, jeje.
—Qué atrevida. ¿En qué posición te lo hizo?
—La primera con las piernas abiertas. La segunda, de perrito.
—¿Cuál te gustó más?
—De perrito.
—¿Y a mí no me invitas? —escribió—. ¿Te llevo a un hotel?
—Están mis papás durmiendo, jeje. Pero si quieres me invitas a tu casa.
—No puedo, amor. Estoy casado y tengo familia. Tú podrías invitarme cuando estén dormidos.
Me quedé pensando en eso. Fui a asomarme al pasillo y comprobé que mis padres y mi otra hermana dormían profundamente. Volví rápido a la laptop.
—Sí te invito —escribí—. ¿En cuánto llegas?
—Depende de qué tan lejos estés, pero por lo que dices, unos quince minutos.
—¿Y qué me vas a hacer?
—Te voy a coger riquísimo. Vas a quedar encantada conmigo. ¿Qué dices?
—Está bien. Pero rápido y sin hacer ruido, para no despertar a nadie.
—¿Te incomoda si llego con la cara cubierta?
—¿Por qué?
—Ya te dije que soy casado. No quiero problemas después.
—Como gustes.
Pasaba de la medianoche cuando le di mi dirección y mi número. No terminaba de entender lo del rostro cubierto, pero la idea de hacerlo con un encapuchado me excitó más de lo que esperaba. Mientras esperaba, me lubriqué con cuidado, sabiendo que esta vez tendríamos poco tiempo. Sonó mi teléfono. Me puse ropa de hombre encima para bajar a abrir sin levantar sospechas.
Al abrir la puerta me encontré con un hombre grande, fornido, de brazos anchos. Se notaba la fuerza desde el primer vistazo: alguien así podría someterme sin esfuerzo, y esa idea, en lugar de asustarme, me apretó algo por dentro. Traía un pasamontañas negro que solo dejaba ver los ojos. Lo tomé de la mano y lo subí a mi cuarto en silencio absoluto, midiendo cada escalón.
Ya adentro me quité la ropa de hombre, me puse la peluca y dejé que me viera tal como soy: una chica esperándolo. Se acercó y empezó a recorrerme con las manos.
—Qué suertudo el que te estrenó —murmuró.
—¿Sí me vas a coger rico? —le pregunté.
—Vas a quedar encantada, amor.
Me dio media vuelta y una nalgada que disfruté, aunque tuve que pedirle que fuera más silencioso. Lo vi desabrocharse el pantalón y me hinqué para bajárselo. Le toqué por encima de la tela primero, luego le bajé el bóxer. Su nombre en el chat no había mentido en cuanto al tamaño; era distinto al de Damián, más grueso. Empecé a chupárselo para terminar de ponerlo duro, despacio, atenta a no hacer ruido, hasta que lo sentí firme dentro de mi boca. Entonces me detuve y le dije que ya me lo hiciera.
Adrián me puso contra la pared. Me pidió que levantara más el trasero y escuché el rasgar del envoltorio del condón. Me subió el camisón, me bajó las bragas, me dio otra nalgada y entró completo. Tuve que taparme la boca con la mano para que no se escucharan mis gemidos. Cada embestida me enloquecía. Saber que mis padres dormían a unos metros me ponía caliente de una manera que no sabía explicar; quería gritar, gemir a gusto, decirle lo bien que me lo estaba haciendo, y tenía que tragarme todo.
Se acercó a mi oído sin dejar de moverse.
—Estás riquísima, qué buen cuerpo cargas. Un día que no haya nadie en mi casa te llevo, para que puedas gemir a gusto. Se ve que eres gritona.
—Sí —jadeé bajito—. Quiero hacerlo en tu cama. Donde duermes con tu esposa.
—Traviesa. Ahí te voy a coger bien rico. ¿Te pondrías ropa de ella?
—Sí. Su lencería, su vestido. Y me lo haces en la cama donde duermes con ella.
Eso lo prendió por completo. Lo sentí tensarse, y enseguida supe que se venía; lo escuché conteniendo los gemidos contra su propia mano. Caí de rodillas y aproveché para quitarle el condón y darle una última chupada, dejándoselo limpio. No sé si era la calentura, pero ese sabor recién terminado me pareció delicioso. Todo el encuentro habrá durado unos diez minutos.
Lo acompañé a la salida y le dije que había que repetirlo. Subí de vuelta a mi habitación y, como seguía encendida, me acosté en la cama y me masturbé pensando en él, en la cara que nunca vi. No tardé mucho en acabar. Diez minutos después escuché la puerta de la casa: era mi hermana, que volvía. Si hubiera llegado un cuarto de hora antes, nos habría visto a Adrián y a mí saliendo juntos de mi cuarto.