Lo que hago en el último vagón nadie lo sospecha
Todavía me hago soñar con él. Cierro los ojos en mi cama y lo imagino encima de mí, su cuerpo firme aplastándome contra el colchón, su polla entrando centímetro a centímetro en mi coño mojado mientras yo aprieto las paredes con fuerza para darle gusto a mi hombre. Me imagino su verga joven abriéndome despacio, el glande empujando contra mi entrada empapada, y después ese envión seco que me la clava hasta el fondo. Desde la primera noche en que lo conocí no he dejado de usar los dildos que guarda mi pareja en el cajón, pensando en D, siempre en D, metiéndomelos hasta la garganta primero para ensalivarlos como si fuera su polla, y después clavándomelos en el coño mientras me pellizco los pezones y muerdo la almohada.
Últimamente él me escribe menos, y eso me tiene fuera de mí. Nunca creí que iba a necesitar tanto las palabras y las fotos de un muchacho tan joven. Un muchacho que me trata como princesa y, al mismo tiempo, me hace sentir la mujer más puta del mundo.
No es contradicción. Es exactamente lo que soy cuando él me habla.
Gracias a D vivo encendida. La verdad es esa, y no me da vergüenza decirla. Desde que apareció, aumentó el número de veces que toco a hombres en el metro. Casi a diario le hago una paja a alguno. Me encanta sentir en la palma una buena polla que se va poniendo dura mientras el dueño finge que mira el celular, sentir cómo late bajo la tela, cómo se hincha, cómo el tipo aprieta la mandíbula para no gemir en pleno vagón.
Empezó como un juego para distraerme cuando él no contestaba. Un roce en el andén, una mano que se quedaba un segundo de más. Después dejó de ser un juego. Se volvió una costumbre, casi una necesidad física que me pide salir de casa antes de tiempo solo para alcanzar la hora pico. Lo hago para no pensar en D, y termino haciéndolo pensando en D. Es un círculo del que no quiero salir.
Tengo que contarles lo de la otra mañana, porque todavía me dura entre las piernas.
***
Subí en la estación más concurrida, a la hora en que el vagón va tan lleno que nadie sabe de quién es cada mano. Me gusta esa hora. La gente se amontona y el roce deja de ser un accidente para volverse una excusa. Yo me visto para eso: falda ajustada que se me pega al culo, medias finas hasta medio muslo, tanga minúscula que ya se me humedece antes de subir, y los labios pintados de un rojo que no deja dudas de qué boca soy.
Apenas entré, lo sentí mirarme. Un señor de unos cincuenta y tantos, traje gris, maletín entre las piernas. Tenía el pelo cano y las manos grandes, manos de hombre que trabaja, y un anillo que brillaba en el dedo anular. Eso último siempre me calienta más. Saber que en algún lado hay alguien esperándolo y que esa boca que va a temblar por mí esta noche besará a otra.
Sé que aunque a mí me gustan los hombres, tengo cara de putita viciosa, una cara que todos perciben sin que yo diga nada. Y mi mirada, sin que yo lo decida, siempre baja hacia el bulto de los pantalones ajenos. Es como un instinto. El animal busca su alimento.
El hombre se dio cuenta de que lo había mirado ahí abajo. Y en lugar de incomodarse, se acomodó. Disimuladamente, con dos dedos, se reacomodó la verga por encima de la tela mientras seguía clavándome los ojos. Vi cómo la corría hacia un costado, cómo el bulto se marcaba grueso contra la costura del pantalón.
Va a ser fácil.
El tren arrancó con un tirón y todos nos fuimos un poco hacia adelante. Aproveché ese empujón natural para quedar pegada a él, mi muslo contra su pierna, después contra algo más. Lo sentí ahí, todavía blando, palpitando despacio bajo el pantalón. No me aparté. Dejé que mi pierna lo apretara con cada frenada, con cada curva, restregándome como una gata en celo, como si el vagón estuviera haciendo el trabajo por mí. Sentí cómo esa polla iba engordando contra mi muslo, cómo iba subiendo, cómo pasaba de un bulto tibio a una barra dura que me marcaba la piel a través de la media.
Él no respiraba. Tenía la vista fija en el techo, fingiendo que leía un cartel de publicidad, pero su cuerpo me contestaba en otro idioma.
Bajé la mano.
Lo tomé por encima del pantalón, con la palma abierta, y le acaricié la polla de arriba abajo. Despacio primero, después con más ganas. Le apreté la base con los dedos, le subí la mano hasta la punta y le froté el glande contra la tela con el pulgar en círculos. Lo sentí crecer contra mis dedos, endurecerse, ocupar toda la mano. Era grueso. Se me hacía agua la boca solo de pensar cómo se vería fuera del pantalón. El señor soltó el aire por la nariz, un suspiro largo que trató de tapar tosiendo.
—Perdón —murmuré, como si lo hubiera rozado sin querer.
—No pasa nada —contestó él, con la voz tomada.
Esa fue toda la conversación que necesitábamos.
***
Lo acaricié desesperada, apretando, soltando, midiendo cómo le temblaba la mandíbula a cada movimiento mío. Le pasaba la palma por toda la extensión, le tanteaba los huevos por encima del pantalón, se los sopesaba, volvía a subir por el tronco. Sentía que se me empapaba la tanga. Mi coño latía al mismo ritmo que su verga, apretándose solo, pidiendo. En un momento, sin mirar a nadie, él se bajó un poco el cierre. Una invitación silenciosa para que yo metiera la mano.
Y yo, gustosa, la metí.
Acaricié por encima de la ropa interior, el algodón caliente, la forma dura debajo, la mancha húmeda que ya le marcaba la tela en la punta. No me alcanzaba. Nunca me alcanza. Así que bajé apenas el elástico y la encontré, piel contra piel, su verga dura como una piedra y la superficie increíblemente suave. La envolví entera. Era gruesa, más de lo que la edad prometía, con las venas hinchadas latiendo contra mi palma y el glande ancho, morado, resbaladizo de líquido preseminal. Le pasé el pulgar por la punta y sentí cómo se estremecía. La corona era gorda, de esas que sabés que abren al entrar. Se me contrajo el coño de solo tenerla en la mano.
Saqué la mano un segundo, solo para humedecerme la palma con la lengua, mirándolo a los ojos mientras lo hacía. Me chupé los dedos despacio, hasta la muñeca, ensalivándome bien. Quería que viera. Quería que entendiera qué clase de mujer le había tocado al lado esa mañana. Volví a meterla, ahora resbaladiza, y le empecé a hacer una paja lenta, cerrada, apretándole la corona con cada subida. Eso lo puso a mil. Cerró los puños sobre el maletín, se le pusieron blancos los nudillos.
Le dediqué mi sonrisa más coqueta. Una sonrisa que avisa: voy a hacer una locura.
Se puso nervioso. Miró hacia los costados, contó las cabezas, calculó las distancias. Estábamos en el último vagón, contra la puerta del fondo, rodeados de gente que iba con los auriculares puestos y la mirada perdida en el túnel. Nadie miraba hacia abajo. Nadie miraba nada.
***
Saqué unas monedas del bolsillo y las dejé caer a propósito. Tintinearon contra el piso del vagón.
—Se le cayó algo —dijo una señora, amable.
—Gracias, ya las junto —respondí, y me agaché.
Pero al agacharme no busqué las monedas. Giré apenas la cabeza y quedé de frente a él, a la altura exacta, mi cara a centímetros de esa verga que latía fuera del pantalón a medias. La tenía ahí, gruesa, brillante, apuntándome. El olor de hombre me pegó de lleno y se me apretó todo abajo. El señor me miró desde arriba con los ojos enormes, entre el pánico y las ganas, sin saber si frenarme o rezar para que no frenara.
No frené.
Como si nada pasara en el mundo, me acerqué y le di un beso en la punta. Un beso suave, húmedo, con los labios pintados de rojo dejándole la marca del carmín justo en el glande. Después saqué la lengua y le lamí la gota de preseminal que le brillaba en la ranura, saboreándolo, tragándome ese primer gusto salado. Le pasé la lengua alrededor de la corona, apenas, y me la metí un segundo en la boca, chupándole la punta con los labios cerrados. Lo sentí estremecerse de pies a cabeza, se le escapó un gemido ahogado que apenas alcancé a oír. Recogí las monedas, me incorporé despacio, relamiéndome, y volví a tomarle la verga con la mano como si esos tres segundos en cuclillas no hubieran existido.
—Tranquilo —le susurré al oído, con los labios rozándole el lóbulo—. Nadie se dio cuenta.
Él tragó saliva. Estaba rojo, sudado, a punto de reventar.
***
Volví a ponerme de pie. El vagón seguía igual de lleno, igual de indiferente. Una chica con auriculares cantaba en voz baja a un palmo de nosotros, sin enterarse de nada. Esa es la parte que más me gusta: la gente apretada alrededor, el calor de todos esos cuerpos, y en el medio yo, con la mano metida en el pantalón de un extraño, jalándole la polla mojada con mi saliva, haciéndolo gemir por dentro mientras él aprieta los dientes para no delatarse.
Le agarré la verga por la base y empecé a masturbarlo en serio. Puño cerrado, muñeca firme, giro en la corona. Subía hasta arriba y le pasaba la palma abierta por el glande como si le estuviera pelando algo, después bajaba de un golpe hasta los huevos. Me acomodé para que el maletín tapara todo, un truco que ya me sé de memoria. Con la otra mano me metí entre las piernas por debajo de la falda, corrí la tanga a un lado y me froté el clítoris con dos dedos. Estaba empapada, chorreando, un hilo pegajoso me bajaba por el muslo. Me la clavé, dos dedos hasta el fondo, y me los saqué brillando. Le busqué la boca con esos dedos y se los pasé por los labios. El tipo abrió, los aceptó, me chupó mi propio jugo como un perro, cerrando los ojos.
—Rica, ¿no? —le susurré—. Así de mojada me tenés, viejo puerco.
Él asintió con la cabeza, mudo, mientras yo le devolvía la mano a su verga y le retomaba la paja con la palma resbalando ahora entre su preseminal y mis flujos mezclados.
No tardó mucho. Lo trabajé con la muñeca, firme, sin prisa pero sin tregua, sintiendo cómo se le tensaba todo el cuerpo contra la puerta. Cada tanto le subía el ritmo, le apretaba el glande con la palma en cada subida, y lo veía cerrar los ojos, al borde, y entonces aflojaba, le rodeaba apenas la base con dos dedos y esperaba, alargándole la tortura. Quería que se acordara de esa mañana durante semanas. Cuando volvía a apretar, se le sacudía toda la pelvis contra mi mano, involuntario. Le pasé el pulgar en círculos sobre la ranura y ahí ya no hubo vuelta. En la siguiente frenada del tren, justo cuando las luces parpadearon al entrar a la estación, ya no aguantó. Lo sentí venirse. Le brotó el primer chorro caliente, espeso, largo, derramándose sobre mi muslo, manchándome la media por encima de la rodilla. Después el segundo, el tercero, más cortos, cayendo entre mis dedos, resbalando por su propia verga, goteando dentro del pantalón. La polla le seguía latiendo en mi mano, escupiendo lo último. Le apreté la base, exprimiéndole hasta la última gota, y la vi caer blanca sobre mi piel.
Me excita muchísimo que terminen en alguna parte de mi cuerpo. La pierna, la mano, la cara, el culo, donde sea. Después tengo que limpiar, claro, pero ese momento en que siento el chorro tibio de semen sobre la piel vale cada incomodidad. Me llevé el dedo índice manchado a la boca y lo chupé despacio, mirándolo, tragándome esa corrida ajena como si fuera un caramelo. Me reí por dentro. Otra media para la basura.
El señor se acomodó la ropa con manos temblorosas, guardándose la verga todavía a medio bajar dentro del calzoncillo manchado, sin atreverse a mirarme. Cuando las puertas se abrieron, salió casi corriendo, perdiéndose en el andén entre cientos de personas que jamás sabrían lo que acababa de pasar contra esa puerta.
Yo me quedé. Crucé las piernas, sentí el semen pegajoso escurriéndose por el muslo y mi propia humedad chorreando en la tanga, y sonreí mirando mi reflejo en el vidrio negro del túnel. Una más para la colección.
***
Llegué a casa todavía caliente, con el coño palpitándome y la media pegada de leche seca, y lo primero que hice fue revisar el teléfono. Nada de D. Ni un mensaje, ni una foto, ni una de esas palabras suyas que me derriten.
Eso es lo que me vuelve loca de verdad. Puedo hacer venirse a un desconocido en el último vagón sin que me tiemble el pulso, puedo tener a un hombre maduro a mi merced en treinta segundos, y sin embargo me paso el día esperando dos líneas de un muchacho que está demasiado lejos de mí.
Porque eso es lo que es D: demasiado joven, demasiado imposible. Lo sé. Lo supe desde el principio. Para el mundo es un chico que apenas empieza su vida, y para mí es un rey al que no debería desear con esta intensidad. Lo sé y no me importa.
A veces me pregunto qué vería él si supiera de mis mañanas en el metro. Si le daría asco o si, como sospecho, lo pondría todavía más caliente. Una parte de mí quiere contárselo en detalle, escribirle cada cosa que hago con esas manos que él besa en las fotos. Otra parte prefiere guardármelo, tener un secreto que sea solo mío, una vida paralela que late debajo de la falda mientras le mando corazones desde la pantalla.
Por ahora elijo callarme. Las mujeres como yo aprendemos pronto que el silencio también es una forma de poder.
Saqué el dildo del cajón, me tiré en la cama, me arranqué la tanga empapada y abrí las piernas. Me pasé el juguete por los labios del coño, arriba y abajo, ensopándolo en mi flujo, y me lo metí de un envión. Me arqueé de la cama. Cerré los ojos otra vez. El señor del tren desapareció de mi cabeza en un instante. En su lugar volvió él, su cuerpo firme sobre el mío, su polla joven abriéndome, su voz diciéndome princesa y puta en la misma frase. Me clavé el dildo entero, lo saqué chorreando, me lo volví a meter marcando un ritmo violento, imaginando que era D el que me estaba cogiendo, que era su verga la que me golpeaba el fondo. Me froté el clítoris con la otra mano, en círculos rápidos, apretándomelo entre dos dedos. Sentí la corrida subiendo desde las plantas de los pies, ese calambre que empieza abajo y me sube por las piernas.
Me hice venir pensando en D, mordiendo la almohada para no gritar, con el coño contrayéndose alrededor del dildo y una segunda oleada tibia mojándome los muslos.
***
Así están las cosas. D me tiene encendida como nunca, aunque sé que entre nosotros no puede pasar nada real. Y mientras tanto seguiré bajando al metro cada mañana, vestida para que me miren, buscando manos, bocas y vergas que me llenen el rato hasta que él vuelva a escribirme.
Los necesito. Necesito esos extraños del último vagón tanto como necesito sus mensajes. Son dos hambres distintas, y las dos piden de comer todos los días.
Gracias por leerme, queridos. Como siempre, les dejo mi promesa de volver con más, porque mañana habrá otro tren, otro andén, otro señor de traje gris que no sabe todavía la mañana que le espera.
Besos.
Sabrina Love.