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Relatos Ardientes

Reencontré a mi amiga prostituta una noche de lluvia

Llegué al pueblo costero pasadas las nueve, calado hasta los huesos. La tormenta había agarrado a todo el mundo desprevenido, y los pocos caminantes que quedaban en la calle se apretaban contra las paredes para esquivar las cascadas que vomitaban los desagües. Yo no buscaba refugio. Buscaba un teléfono, un bar abierto, cualquier excusa para no volver al hotel donde mi cuarto solo me esperaba con un televisor sin señal.

Por eso me metí en el zaguán de aquella casa antigua, en una calle que apenas reconocía después de tres años.

Y la vi.

Estaba pegada al fondo del pasillo, donde la luz amarillenta de una bombita la dibujaba a medias. Llevaba un jean rosa pálido y una remera blanca empapada que se le pegaba al cuerpo. No me reconoció al principio. Yo tampoco la habría reconocido si no hubiera sido por ese gesto suyo de inclinar la cabeza hacia un costado, como quien estudia un cuadro torcido.

—Liliana —dije.

Levantó la vista. Sus ojos café cambiaron de la frialdad profesional al asombro, y de ahí a una risa baja que recordaba demasiado bien.

—Mirá vos —dijo—. El fantasma del puerto.

Era el apodo que me había puesto la última vez, cuando me iba a vivir al sur y le aseguraba, sin convencerme a mí mismo, que iba a volver. Habían pasado tres años. Quizás cuatro. La memoria juega a su antojo cuando se trata de mujeres que uno no debería seguir recordando.

—No me ibas a reconocer así, hecho una sopa —le dije.

—Te reconozco hasta dormida —contestó—. Lo que no entiendo es qué estás haciendo otra vez por acá.

Le expliqué a medias, lo justo para que no preguntara más: un trabajo corto, una visita de la que prefería no hablar. Ella tampoco insistió. Nunca había sido de las que escarbaban. Apoyó la espalda contra la pared rezumante de humedad, cruzó un pie sobre el otro y me dejó acomodarme frente a ella en ese pasillo angosto, como si los años no hubieran pasado y yo siguiera siendo aquel cliente que terminó, sin que ninguno lo decidiera, dejando de pagar.

El olor a jazmines seguía siendo el mismo.

—¿Tenés dónde quedarte? —pregunté.

—Vivo a dos cuadras. Una pensión. Nada del otro mundo, pero seca.

Salimos en cuanto la lluvia aflojó un poco. Caminamos pegados a las paredes, esquivando los charcos que reflejaban las luces de los neones rotos, hasta una bocacalle estrecha donde el cordón de la vereda desaparecía bajo bolsas de basura. La pensión era una casa de tres pisos que parecía sostenerse por costumbre. Liliana me llevó por una escalera de madera que crujía como huesos astillados y abrió una puerta tan torcida que tuvo que empujarla con el hombro.

—Pasá —dijo—. Y no prendas la luz, que ando arreglando lo del foco.

***

Adentro no se veía nada. Cerró detrás de mí y la oí maniobrar con una hornalla a gas. El click del encendedor falló dos veces antes de que una llamita azulada apareciera y dibujara, en azul brumoso, los contornos de la habitación: una cama estrecha, una mesa con dos sillas, ropa colgando de un cordel improvisado.

—Te muestro el lugar mientras se calienta el agua —dijo, en el mismo tono con el que alguien anuncia un castillo.

Me arrastró del brazo dos metros, que era todo lo que había para mostrar. Me reí. Ella se rió. Y cuando frené, todavía sosteniéndola del codo, le pasé la otra mano por la espalda. La remera mojada estaba helada. Ella se estremeció, pero no fue por el frío.

Se dio vuelta y me besó. No fue un beso suave. Fue un beso de quien sabe exactamente lo que viene después y prefiere saltarse el preámbulo. Le agarré las nalgas con las dos manos, le clavé los dedos a través del jean húmedo como lo hacía antes, cuando todavía era cliente y ella, según le gustaba decir, la más cara de la cuadra. Después, cuando el dinero se había mezclado con otra cosa y nadie supo bien en qué momento, le seguía agarrando las nalgas igual.

Me arrancó el suéter por la cabeza. Yo le desabroché el pantalón. Ella se sacó la remera de un tirón y me empujó hacia atrás hasta que caí sentado en la cama.

A oscuras, su silueta se movía contra el papel descascarado de la pared, recortada apenas por los chispazos de un relámpago lejano. Se sacó el jean tironeando, peleando con la tela mojada, y me lanzó algo —una media, creo— que aterrizó en mi cara. Le aparté la prenda y la jalé hacia mí.

Se subió a horcajadas, con las manos firmes en mi pecho. La punta de mi pija rozaba su sexo en círculos cortos, calientes, calculados. Las pupilas le ardían como las de un gato en penumbra. Bajó una mano hacia atrás, me sostuvo, y dejó que entrara entera, sin pausa, en un solo descenso húmedo que me hizo cerrar los ojos.

Echó el pelo hacia atrás —se lo había teñido de rubio desde la última vez— y empezó a cabalgar.

No con prisa. Con método. Como quien recuerda exactamente qué ritmo funciona con cada hombre y, sobre todo, con el que dejó de ser cliente. El golpe seco de sus nalgas contra mis muslos llenaba el cuarto. Le abarqué los pechos, los lamí, le mordí los pezones que se le ponían duros entre mis dientes. Le clavé los dedos en los muslos. Sentí, desde algún lugar profundo, el primer aviso del éxtasis.

Y entonces escuché el ruido.

***

—Hay alguien acá —murmuré, frenando las caderas.

—Quiero terminar —imploró ella, agachándose para morderme el lóbulo—. Hazme acabar, dale.

Intenté apartarla. Su mano me sostuvo del hombro con una firmeza que no admitía discusión.

—Es Mariel —dijo—. Mi compañera de pieza. Está todo bien.

No la había visto entrar, pero la oí ahora: el sonido apagado de unos tacos contra el piso de madera, pasos medidos, cercanos. Una sombra alta se detuvo al lado de la cama. La luz azulada de la hornalla dibujó dos pechos contundentes, demasiado contundentes para una silueta tan menuda. Estiré una mano por reflejo, sin pensar, y los toqué. La densidad rara, la rigidez bajo la tela, me hicieron levantar la vista.

—Pocas veces se ve algo así, mi amor —dijo Mariel con un acento caribeño que mezclaba arrastre y burla.

Era una travesti morena, de cara pequeña y boca grande, con un camisón corto que dejaba ver unas piernas afiladas. Sostuvo sus propios pechos con las manos, como si fueran productos que ofrecía a la inspección, y se rió bajito.

—Hay para las dos —jadeó Liliana, apartándose un poco para dejarle lugar—. ¿Te molesta?

Negué con la cabeza. No me molestaba. Y, por la forma en que sentí endurecerse de nuevo cada centímetro de mi cuerpo, supe que tampoco era una decisión que estuviera tomando con la cabeza.

Mariel se arrodilló al costado de la cama sin esperar respuesta. Me tomó con una mano evaluadora, se inclinó y me metió entero en la boca en el primer movimiento. Sentí el roce áspero de su lengua, el calor húmedo, el modo en que respiraba por la nariz para no detenerse. Liliana, mientras tanto, se acomodó sobre mi cara. Le abrí las piernas, le pasé la lengua despacio, buscando los lugares que recordaba. Ella me agarró del pelo y empujó hacia abajo con una urgencia que no le había visto antes.

—Más atrás —murmuró.

Le obedecí. La lengua subió donde sabía que la enloquecía. Liliana se arqueó, dejó escapar un sonido grave, y empezó a frotarse contra mi boca con un ritmo propio.

Mariel, abajo, no aflojaba. La sentí gemir contra mi piel, una vibración tibia, y cuando bajó un poco más, la retuve con una mano en la nuca y empujé. La oí ahogarse, una arcada breve, pero no se retiró. Volvió a hundirse, ganando un par de centímetros. La cabeza me daba vueltas.

Me incorporé. Liliana, leyendo el movimiento, se bajó de mi cara, se dio vuelta y se acomodó en cuatro patas en el borde de la cama. Su culo quedó al alcance, pálido en la penumbra, redondo. Me arrodillé detrás. Apoyé la cabeza de mi pija contra su ano, todavía resbalosa por la saliva de Mariel, y empujé. La carne cedió de a poco, milímetro a milímetro, hasta que entré entero.

Liliana gimió largo. Apretó las sábanas con los puños.

Mariel se deslizó bajo ella. Liliana le buscó la entrepierna con la boca, y vi —entre el chispazo de otro relámpago— el modo en que la travesti se arqueaba contra los labios de mi amiga, las piernas tensas, una mano clavada en la cadera ajena.

Empujé fuerte. El culo de Liliana era estrecho, ajustado, y cada embestida me arrancaba un gruñido. Le clavé las uñas en la cintura. Sus caderas seguían el ritmo, retrocedían para encontrarme, lo intensificaban. Sentí la corriente eléctrica subir desde la base de la espalda y supe que no iba a aguantar mucho más.

Me vacié dentro, en un chorro caliente que pareció no terminar nunca. Las manos aferradas a su cintura, inmóviles, disfrutando el último temblor.

Mariel acabó casi al mismo tiempo, debajo, con un grito agudo que se cortó contra la boca de Liliana.

***

Después, los tres en silencio.

Liliana se levantó y caminó hacia el baño con una mano entre las nalgas, riéndose por lo bajo. Yo me dejé caer de espaldas en la cama, mirando el techo que no se veía. Mariel, todavía agitada, se limpió con un borde de la sábana, sin pudor, y se quedó sentada con las piernas cruzadas a mi costado.

Me miraba la pija, que recuperaba la flaccidez, con una curiosidad casi infantil.

Le hice un gesto mínimo con la mano. Ella se trepó como una salamandra y me la metió en la boca. Esta vez con calma, sin la urgencia del trío. La lengua giraba en la cabeza, una mano me masajeaba la base, la otra me sostenía con un cuidado que tenía algo de ternura. Se me endureció otra vez, contra todo pronóstico, contra todo el cansancio.

No tardé mucho. Cuando Liliana volvió del baño, todavía con una toalla en la mano, Mariel se tragó la última descarga como si fuera un trago de algo dulce. Me miró desde abajo, sonriendo, y se limpió la comisura con el dorso del dedo.

—Veo que se hicieron amigos —dijo Liliana, sin sorpresa.

Mariel se rió.

Yo me quedé callado, escuchando la lluvia que volvía a caer afuera, pensando que en algún momento iba a tener que vestirme y volver al hotel. Pero no esa noche. Esa noche todavía no.

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Comentarios (3)

NocheVieja_M

Que relato mas intenso!!! te felicito

Tonito_Baires

Por favor que haya segunda parte, esto se cortó justo cuando mas emocion habia

DiegoBaires

Me recordo a una situacion similar con una amiga de la infancia. La vida da estas vueltas locas a veces jeje

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