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Relatos Ardientes

Esa noche mi esposo me hizo sentir toda una mujer

Escribo esto muchos años después, cuando ya no me quedan más que los recuerdos y el perfume de su saco beige guardado en el fondo del armario. Pero hay una noche que sigo viendo con la nitidez del primer día, como si el tiempo hubiera decidido respetarla. Fue la noche en que Damián me hizo sentir, por primera vez y para siempre, una mujer completa.

Aquella tarde nos habíamos amado despacio, sin prisa, correspondiéndonos el uno al otro con esa ternura que solo aparece cuando dos personas dejan de tener miedo. Después nos preparamos para salir a cenar. Él insistió en que me arreglara con calma, en que disfrutara cada paso.

No te apures —me dijo—. Quiero verte salir de ese cuarto y quedarme sin palabras.

Y lo logró.

Me puse el vestido que me había regalado esa misma semana: color vino, ceñido al cuerpo, de largo hasta las rodillas. El escote en V se abría apenas hasta el nacimiento de mis senos, que se sostenían firmes gracias a un sujetador de copa baja. Un collar fino me caía sobre la clavícula y le daba a todo el conjunto un brillo discreto. Encima me eché un saco beige claro, de los suyos, que olía a él.

Cuando salí del baño, Damián se quedó callado un segundo entero. Después soltó el aire de golpe.

—Guau… —dijo, y la voz se le quebró un poco—. Estás hermosa. De verdad, hermosa.

Me sentí segura como pocas veces en mi vida. No era solo el vestido ni el maquillaje. Era la manera en que él me miraba, esa protección suya que me envolvía y me hacía olvidar todos los años en que tuve que esconderme. Lo consideraba mi esposo desde mucho antes de cualquier papel. Me había seducido a fuerza de respeto, que es la forma más peligrosa de seducir.

***

El restaurante quedaba en la parte alta de la ciudad, uno de esos lugares con manteles pesados y luz de velas que él había reservado con días de anticipación. Era viernes y estaba lleno. Mientras cruzábamos el salón sentí algunas miradas, pero ya no me importaban como antes. Tenía la suerte de que mi voz siempre había sido suave, delgada, y no me costaba hablar como la mujer que era. Aun así, esa noche dejé que Damián llevara la conversación.

—Buenas noches, tenemos una mesa reservada —dijo al maître.

Yo saludé con una inclinación de cabeza y una sonrisa. Él me apartó la silla, me ayudó a sentarme y pidió por los dos, como si conociera de memoria todo lo que me gustaba. Lo conocía. En esos detalles minúsculos cabía entero el amor que me tenía.

Había una pequeña pista al fondo y una banda tocaba boleros viejos. Cenamos sin apuro, riéndonos de tonterías, rozándonos las manos sobre la mesa. En un momento me apretó los dedos bajo el mantel y se inclinó hacia mí.

—¿Sabés lo orgulloso que estoy de salir con vos? —me preguntó en voz baja.

Sentí que se me llenaban los ojos y tuve que mirar hacia otro lado para no arruinarme el maquillaje. Nadie me había hecho sentir así nunca.

Cuando levantaron los platos, me tendió la mano y me llevó a bailar. Apoyé la mejilla en su hombro, sentí su mano firme en mi espalda baja y me dejé llevar al ritmo lento de la música. Cerré los ojos. Por unos minutos no existió nada más que el calor de su cuerpo y la promesa de la noche que venía. Me sentí soñada, como si flotara dentro de una vida que durante años creí que no me iba a tocar.

En un descanso de la música, mientras volvíamos a la mesa, una pareja mayor sentada cerca me sonrió y la señora me dijo que hacíamos una linda pareja. Le agradecí con un nudo en la garganta. Esas pequeñas cosas, que para cualquier otra mujer eran cotidianas, para mí seguían teniendo el peso de un milagro. Damián me apretó la cintura como diciéndome ¿ves? Te lo dije.

Pasamos casi tres horas allí. Cuando salimos, el aire fresco de la calle me devolvió a la realidad, pero la realidad esa noche era mejor que cualquier sueño. Caminamos media cuadra hasta el auto sin soltarnos, y en cada vidriera que pasábamos yo buscaba nuestro reflejo, todavía sin terminar de creer que esa mujer del vestido vino, del brazo de ese hombre, era yo.

***

Volvimos al hotel tomados de la mano. Para mí era nuestra luna de miel, el regalo que Damián había preparado con un cuidado que todavía me conmueve. Subimos en el ascensor en silencio, mirándonos en el espejo, conteniendo las ganas.

Apenas cerramos la puerta de la habitación lo abracé. Lo besé largo, hondo, sintiendo cómo el deseo se ordenaba en mi cuerpo de a poco. Él me sostenía la cara con las dos manos, como si yo fuera algo que pudiera romperse, y al mismo tiempo me besaba con un hambre que me hacía temblar.

—Esperá —le susurré contra la boca—. Dame un minuto.

Me solté de él y entré al baño. Me había guardado un conjunto de lencería que sabía que lo iba a enloquecer. Me lo puse despacio, mirándome en el espejo, reconociéndome. Esa noche no había nada de la inseguridad de la primera vez que él me sedujo. Ahora estaba decidida. Quería demostrarle todo lo que sentía, quería ser para él y solo para él, que no necesitara buscar en ningún otro lado lo que yo podía darle. Era el dueño de mi corazón y yo quería que lo supiera con el cuerpo entero.

Cuando salí, Damián estaba sentado al borde de la cama. Se quedó quieto, mirándome de arriba abajo, y vi cómo se le aceleraba la respiración.

—Vení acá —dijo, con la voz ronca.

Caminé hasta él y lo empujé con suavidad hasta dejarlo de espaldas sobre el colchón. Me incliné y empecé a besarle el pecho, fui bajando centímetro a centímetro, sintiendo cómo se le tensaban los músculos del vientre bajo mis labios. Me encantaba escucharlo, me encantaba ese poder nuevo de hacerlo perder el control.

Llegué hasta donde más me gusta y lo tomé en la boca con una delicadeza calculada, alternando la lentitud con momentos más intensos, atenta a cada respuesta suya. Él enredó los dedos en mi pelo.

—Así… —jadeó—. Sos única. No hay nadie como vos.

—Soy solo tuya —le respondí, levantando los ojos para mirarlo—. Solo tuya.

Lo sentí estremecerse con esas palabras. Seguí un rato más, disfrutando tanto como él, hasta que me tomó de los hombros y me atrajo hacia arriba para besarme.

***

—Quiero verte —me dijo, y me guió para que me montara sobre él.

Me acomodé a horcajadas y lo recibí despacio, marcando yo el ritmo, bajando milímetro a milímetro hasta sentirlo completo dentro de mí. Eché la cabeza hacia atrás. Él me sostenía las caderas con las dos manos, ayudándome a mecerme, mirándome como si yo fuera lo único que existía en el mundo.

—Más… —pedí, y mi propia voz me sonó lejana.

Me moví sobre él una y otra vez, dejándome llevar por una ola que crecía sin pausa. Damián se incorporó un poco para besarme los senos, el cuello, la boca, sin dejar de moverse conmigo. Después, con esa firmeza suya que me derretía, me hizo girar hasta dejarme boca arriba.

Me tomó las piernas y me las apoyó sobre sus hombros. Entró de nuevo, esta vez con más profundidad, y yo me aferré a las sábanas. Cada embestida me arrancaba un sonido que no podía contener. El placer se me volvía continuo, una sucesión de descargas que me recorrían entera, y en los momentos más intensos lo sentía tan adentro que me mordía el labio para no gritar.

—No pares —le supliqué—. Por favor, no pares.

No paró. Me sostuvo la mirada todo el tiempo, y eso fue lo que terminó de desarmarme: saber que me veía, que me deseaba exactamente como era.

—Ya… —alcancé a decir—. Damián, ya…

—Conmigo —respondió—. Vení conmigo.

Llegamos juntos. Fue algo extraordinario, el orgasmo nos atravesó a los dos al mismo tiempo y por un instante el mundo se quedó en silencio. Me derrumbé sobre su pecho, temblando, y él me abrazó fuerte, sin decir nada, dejándome escuchar los latidos desbocados de su corazón.

***

Nos quedamos así un largo rato, enredados, recuperando el aliento. Yo le acariciaba el pecho con la yema de los dedos y él me besaba la frente cada tanto. Ese fue el regalo completo que recibí de Damián aquella primera noche del fin de semana: no la cena, no el vestido, no el hotel. El regalo fue sentirme, sin reservas ni miedo, la mujer que siempre había sido por dentro.

—Gracias —le murmuré.

—¿Por qué? —preguntó.

—Por verme. Por verme de verdad.

Él me apretó un poco más contra su cuerpo y no contestó. No hacía falta.

Esa noche fue el comienzo de doce años juntos. Doce años en los que Damián me sostuvo, me defendió y me amó sin pedir nunca que yo fuera distinta a lo que era. Hubo viajes, peleas tontas, reconciliaciones lentas, mañanas de café compartido y silencios cómodos. Todo lo que cabe en una vida de a dos.

Lamentablemente él partió antes de tiempo y me dejó viuda, con el corazón partido y el armario lleno de su perfume. Por eso escribo, supongo: para que esa noche no se pierda, para que alguien sepa que existió un hombre capaz de mirar a una mujer como yo y no ver más que a su esposa.

Les seguiré contando nuestra historia, los años buenos y los difíciles, todo lo que Damián hizo por mí. Pero quería empezar por aquí, por la noche en que me sentí completa.

Besos con afecto a todos los que llegaron hasta el final.

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Comentarios(6)

lectora_curiosa

Que hermoso... me llego al alma. Gracias por compartir algo tan personal

CamiRubia

Increible!!! me emocione leyendolo, en serio. Rara vez un relato me llega asi

DiegoCba23

Muy bueno, corto pero poderoso. Quiero saber como continua la noche jaja, necesito segunda parte

ValeriaK_22

Me encanto la forma en que lo contaste, se siente muy real. Sigue escribiendo!

Claudia_B

Ese detalle del vestido vino dice todo. Que lindo

EnriqueViaja

Tremendo. Estos relatos me recuerdan que hay cosas que van mucho mas alla de lo fisico

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