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Relatos Ardientes

Lo que mi vecina escondía bajo el vestido tailandés

Hacía un mes que habían abierto un restaurante tailandés en los bajos de mi edificio. El local llevaba años cerrado, así que casi agradecí el cambio, aunque las primeras semanas fueron un infierno de ruido y obras. Para colmo, justo enfrente de mi puerta empezaron a reformar el piso vacío, de modo que tenía bullicio a pie de calle y martillazos al otro lado de la pared.

Con el paso de los días los golpes cesaron. Empecé a ver muebles y cajas entrando en el piso de enfrente, y supe que pronto tendría vecinos nuevos.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando una tarde sonó el timbre. Miré por la mirilla y vi a una chica asiática en el rellano. Abrí.

No tendría más de veintiséis años. Era bajita, delgada, muy atractiva, vestida con un pantalón negro de vestir y una camisa blanca cuyos botones abiertos dejaban ver un escote pronunciado. Tenía el rostro suave, una sonrisa cálida y unos ojos oscuros que parecían cambiar de color con la luz; ese día llevaba unas lentillas azules que contrastaban con su pelo liso y negro, que le caía suelto hasta la cintura.

—Hola, soy Lai, tu nueva vecina —dijo en un castellano casi perfecto, extendiendo la mano—. Quería disculparme por el ruido y por acaparar el ascensor estos días.

—Es un detalle. Soy Adrián, encantado.

—Trabajo en el restaurante de aquí abajo, por eso vivo ahora aquí. Me gustaría invitarte a cenar para compensar las molestias.

—No hace falta, de verdad. Además sería una cuenta muy corta, vivo solo.

—Pues solo, insisto. Ya he invitado al resto de vecinos, pero a ti te dejé para el final porque, estando puerta con puerta, seguramente seas a quien más he molestado.

Le agradecí el gesto. Ella se despidió y bajó por las escaleras, aunque vivíamos en un sexto. Parecía tener más prisa que paciencia para esperar el ascensor.

Cerré la puerta y volví perplejo a mi ordenador. Lo bueno de mi trabajo es que puedo hacerlo desde casa: tengo treinta años y me dedico al diseño web. No me considero feo, más bien del montón tirando hacia arriba, moreno y bastante extrovertido.

***

El viernes por la noche no me apetecía cocinar ni pedir nada a domicilio. Recordé la invitación de Lai, con quien me había cruzado un par de veces esa semana. Parecía muy agradable, pero no estaba dispuesto a que me invitara: no quería ser tan gorrón como seguramente habían sido los demás. Así que me puse un vaquero y una camiseta, bajé en el ascensor y entré en el restaurante a cenar y pagar mi cuenta.

El local era sobrio por fuera y elegante por dentro, decorado de forma seria pero colorida. Junto a la entrada, una chica joven vestida igual que Lai el día que la conocí me recibió con una sonrisa.

—Bienvenido a Sawasdee, ¿tiene reserva?

—Hola, buenas noches. No, no tengo. Una compañera suya me invitó a conocer el sitio, es vecina mía.

—Ah, ¿sí? ¿Quién ha sido?

—Lai. Una chica asiática muy amable, vive frente a mí.

La chica contuvo una risita y enseguida se recompuso al ver que yo no entendía el chiste.

—Perdone. La única mujer asiática que responde a ese nombre es la dueña, es decir, mi jefa. Eso lo convierte en cliente VIP. Acompáñeme, por favor.

La seguí hasta el comedor pensando que aquella mujer de cara aniñada era la propietaria del lugar. Supuse que no lo había mencionado para no darse importancia, y eso me cayó simpático. La camarera me sentó, me dejó la carta y me trajo una cerveza tailandesa, porque no entendía nada del menú.

Pasados unos minutos, otra chica vino a tomarme nota. Le confesé que era la primera vez que pisaba un restaurante de ese tipo y, con paciencia, me fue explicando cada plato. Mientras esperaba la comida, apareció Lai a saludar.

Estaba impresionante. Llevaba un vestido tradicional de falda de tubo, con una tela de tonos rojos y dorados que le cruzaba el pecho y caía por la espalda. El pelo recogido en un moño adornado con flores, algunas pulseras, un cinturón dorado a juego con las sandalias de tacón. El maquillaje, sutil. Esa noche no llevaba lentillas, y sus ojos eran de un marrón oscuro precioso.

—Hola, Adrián, me alegra que hayas venido… ¿Qué? ¿Qué pasa?

Su cambio de tono me sacó del atontamiento. Me había quedado boquiabierto como un idiota.

—Nada, nada… buenas noches, Lai. Es que estás… guau, estás espectacular.

Ella se sonrojó y bajó la mirada con una sonrisa tímida. Quizá me había tomado demasiada confianza con alguien a quien no conocía de nada, pero no parecía incómoda. Más bien al contrario.

—Gracias. Hoy tengo a mi familia en la zona VIP. Han venido a ver la apertura y no podía recibirlos vestida como siempre.

—Me he enterado de que eres la jefa. Te puedes permitir el lujo de cambiar de modelo.

—Esa etiqueta no me importa. Yo también sirvo mesas, friego platos y ayudo en la cocina.

No lo dijo a la defensiva, sino con una humildad que me gustó. Charlamos un par de minutos hasta que tuvo que volver con su familia, justo cuando llegaba mi plato.

—Si quieres, pídete algo y cena conmigo —le propuse.

—Ojalá, pero queda feo sentarse con un cliente en mitad del servicio.

—Pues otro día te llevo yo a cenar a otro sitio y así no es competencia desleal.

Lai sonrió, asintió y se marchó, dejando la propuesta en el aire y una vista maravillosa de su contoneo. La comida estuvo deliciosa; pedí tres platos a cuál mejor. Al terminar, pedí la cuenta. La camarera me dijo que estaba invitado, pero insistí: o me dejaban pagar, o le decía a su jefa que me invitara ella a una cena los dos solos. Pagué, me despedí y subí a casa sin molestar más.

***

Me quedé dormido en el sofá viendo la tele. Me despertó el sonido del ascensor: eran las tres y media de la madrugada. El salón estaba pegado a la entrada, así que lo oía todo. Apagué la tele y, sin poder evitar la curiosidad, pegué el ojo a la mirilla.

Lai salía del ascensor tambaleándose, con las sandalias de tacón en la mano y bastante perjudicada por el alcohol. Abrí la puerta y le di un susto que la hizo soltar un gritito. La calmé en susurros para no despertar a los vecinos.

—Buenas noches, vecina.

—Perdón, no quería hacer ruido.

—Tranquila, es que no estoy acostumbrado a oír nada en este rellano. ¿Mucho vino?

—No estoy acostumbrada a beber. Hoy he probado uno espumoso y dulzón… como mosquito.

—¿Moscatel?

—¡Eso! Gracias. Por cierto, me han dicho que pagaste la cuenta. Mal, mal, estabas invitado.

—No me parecía bien gorronearte como los demás.

—También me dijeron que, si quieres que te invite de verdad, debería ser una cena juntos.

Esta vez el que se sonrojó fui yo. Lo había dicho en broma, sin esperar que se lo transmitieran.

—No pasa nada, me siento halagada —dijo ella, divertida—. ¿No te parezco bonita?

—Eres una preciosidad. Pero deberíamos conocernos un poco, una cena informal es una buena forma.

—Vaya, así que sí te parezco guapa —murmuró bajando la mirada.

Bajé la vista y se me heló la sangre. En casa no suelo llevar ropa interior, y la erección nocturna se marcaba demasiado en el pantalón del pijama. Quise que la tierra me tragase. Pero Lai se acercó con una sonrisa natural y una mirada casi felina, acortó la distancia y posó la mano sobre el bulto de mi pijama.

Me sostuvo la mirada mientras me acariciaba por encima de la tela. Luego, sin dudar, se arrodilló, me bajó el pantalón y se la metió en la boca. Chupaba con ganas mientras yo le acariciaba el pelo, incapaz de reaccionar de otro modo. La luz del rellano se apagó y dejó la escalera a oscuras, pero ella no se detuvo. En el silencio solo se oían nuestras respiraciones y el sonido húmedo de su boca.

Mamaba a buen ritmo, conteniéndose para no hacer ruido. Sacaba mi miembro, recorría toda la longitud con la lengua y volvía a engullirlo. Cuando empezó a masturbarme trazando círculos con la punta de la lengua sobre el glande, el sensor de la luz se encendió de nuevo. Pude ver su carita y su mirada traviesa, y eso me hizo terminar. El primer chorro le salpicó la cara; ella abrió la boca para recibir el resto y tragó.

La ayudé a levantarse y la besé. Era la primera vez que me probaba a mí mismo; extraño, pero no desagradable.

—¿Quieres entrar? —le pregunté.

Su expresión cambió de golpe a una seriedad que casi asustaba.

—No, no es buena idea. No soy lo que tú crees. Soy kathoey. No te voy a gustar. Es tarde, me voy a casa.

Recogió torpemente sus sandalias, abrió su puerta y se metió dentro, dejándome con los pantalones bajados y completamente perplejo.

***

Al día siguiente, sábado, busqué esa palabra en internet. La definición me heló la sangre: mi vecina, esa muchacha hermosísima, era lo que en occidente llamaríamos una ladyboy, una mujer trans. Entonces entendí su rechazo. Temía que yo la rechazara a ella.

Decidí dejarlo estar. Por su reacción, estaba claro que había tenido alguna mala experiencia, y yo no pensaba ser una más. Esa noche, al volver de tomar algo con mis amigos, pasé por delante del restaurante. La saludé desde la calle y ella me devolvió el saludo con una sonrisa de alivio que no tenía nada de forzada.

***

El domingo cerraban por descanso. A media mañana alguien aporreó mi puerta. Era Lai, con una bata de seda.

—Buenos días, ¿te pillo mal?

—No, pero mira: aquí al lado hay un interruptor que se llama timbre.

—Perdona, qué tonta. Es que no sabía cómo abordar un tema.

—¿Café? Estoy preparando. Pasa, pero nada de criticar, está algo desordenado.

Se rió, entró tras de mí y dejó las llaves en el mueble de la entrada. Le serví el café y saqué una caja de galletas con forma de dinosaurio. Poco a poco se la veía más suelta. De pronto habló mirando su taza.

—Quería pedirte perdón por lo del otro día.

—¿Por enfadarte porque pagué la cuenta? —Ella puso los ojos en blanco—. Tranquila, te has informado, ¿verdad? Yo también. Por tu reacción, imagino que aprendiste por las malas.

—Sí… —Parecía a punto de llorar.

La rodeé con el brazo y la apreté contra mi pecho. Su pelo olía a flores. Permaneció abrazada un buen rato, mientras yo intentaba pensar en otra cosa para controlar una erección de lo más inoportuna. Cuando se separó, ya más tranquila, retomó su café y me explicó que el viernes su familia había venido a celebrar la apertura de su tercer restaurante.

—¿O sea que es la tercera vez que lo intentas? Qué constante.

—No, ya tengo tres restaurantes funcionando. Se me da bien.

La charla fluía. Noté que sus ojos se desviaban tímidamente hacia el bulto de mi pijama.

—¿Puedo preguntarte algo? —dije—. ¿Tienes…?

Ella asintió con una sonrisa.

—¿Quieres verla?

—Sí.

Me salió espontáneo, pero sentía una curiosidad morbosa. Lai se levantó, se quitó la bata y se bajó el pantalón del pijama hasta las rodillas. Bajó también el tanga negro y entonces la vi: un pequeño miembro flácido, sin un solo pelo, suave. Era la primera vez que veía algo así de cerca. Mi mano se acercó casi sola.

—¿Puedo…?

—Adelante.

La acaricié. Tenía un tacto cálido y suave. La curiosidad me pudo y eché el pellejo hacia atrás, descubriendo el glande rosado. La miré a los ojos. Su mano se posó sobre mi cabeza y empezó a guiarme con suavidad. Cuando me di cuenta, tenía aquel miembro semierecto a escasos milímetros de los labios.

Me quedé congelado unos segundos. Nunca lo había hecho, ni se me había pasado por la cabeza. Cerré los ojos, abrí la boca y la cerré alrededor. Estaba blando y caliente; pasé la lengua y noté cómo se endurecía poco a poco. Procuré no rozar con los dientes mientras ella gemía y me acariciaba el pelo. Al llegar al glande noté un líquido viscoso, ligeramente salado, que no me desagradó.

—¿Te gusta? —preguntó entre jadeos.

—Nunca lo había hecho.

—Pues lo haces muy bien. ¿Sigues un ratito más, por favor?

Volví a engullirla con más intensidad. Sentí una contracción y mi boca recibió su descarga: una masa caliente y amarga que, no sé si por la excitación, me resultó deliciosa. Tragué instintivamente. Lai se inclinó a besarme con ternura y volvió a sentarse, mientras yo miraba hacia abajo y veía mi propia erección a punto de reventar el pijama.

Ella se desabotonó la parte de arriba y me mostró unos pechos redondos y firmes, de pezones oscuros. Reconocí las pequeñas cicatrices de los implantes, pero no me importó. Estiré la mano para acariciarlos.

—Quiero que me folles —susurró.

—Y yo quiero hacerlo.

—¿Me enseñas un lugar más cómodo? Espera, dame un segundo.

***

Lai cogió sus llaves, salió desnuda al rellano y, antes de que pudiera detenerla, cruzó a su casa y volvió en menos de un minuto con un tubo de lubricante en la mano y expresión triunfal.

—¿Estás loca? Has cruzado el descansillo en pelotas a las once de la mañana.

—Vivimos en el último piso, nadie sube hasta aquí.

—Pero por la ventana te pueden ver los del bloque de enfrente.

—Vaya, no lo había pensado.

Estallamos en risas y nos abrazamos. Esta vez el beso fue distinto, hambriento, con su lengua buscando la mía mientras yo le acariciaba el cuerpo. Me quitó el pijama a tirones, le dio un beso a mi erección y me llevó al dormitorio.

—Con razón hablabas de desorden —bromeó.

—Te dije que sin críticas.

Se abrazó a mí. Sentir su cuerpo desnudo contra el mío era reconfortante; lo único nuevo era notar su miembro pegado al mío. Empecé a mover las caderas para que se rozaran y ella sonrió. Nos masturbamos el uno al otro hasta que destapó el lubricante, me lo aplicó con cuidado y se colocó a cuatro patas en el borde de la cama.

Le separé las nalgas y, sin pensarlo, pasé la lengua por su ano. Al oírla gemir, repetí una y otra vez, notando cómo temblaba con cada pasada. Luego le eché lubricante por toda la raja y la preparé con los dedos mientras ella me pedía que entrara.

—Adrián, por favor, deja el dedo y fóllame. Quiero sentirte dentro.

Me unté bien y empujé. Entró casi sin esfuerzo. Me quedé quieto unos segundos, disfrutando de la sensación, y luego empecé un vaivén suave que fui acelerando. Ella hundió la cara en el colchón, gimiendo cada vez más alto. Después de unos minutos me pidió que saliera, se tumbó sobre mí y se sentó a horcajadas. Cabalgó subiendo y bajando, lanzándome besos, con sus pechos botando y su miembro semierecto moviéndose por la inercia. Cuando su respiración se entrecortó, supe que estaba cerca. Me corrí dentro de ella en el mismo instante en que su semen caía sobre mi vientre. Después se tumbó a mi lado, me besó y nos quedamos abrazados un buen rato.

—¿Qué plan tienes hoy? —preguntó.

—Iba a ordenar un poco. Es domingo.

—Yo te iba a invitar a comer.

—El orden puede esperar.

***

Esa tarde paseamos cogidos del brazo, conociéndonos. Lai había nacido en Bangkok; sus padres, hosteleros de toda la vida, se mudaron a España cuando ella era pequeña porque allí no se sentía segura. Desde niña la trataron como la niña que sentía ser. Levantó su primer restaurante muy joven, luego el segundo y por fin el de nuestro edificio. Me gustaba lo claras que tenía las ideas, aunque me confesó que ese ritmo de vida la había hecho bastante solitaria.

Nos sentamos en una terraza tranquila a comer raciones. Entre cervezas y bromas, ella entró en materia.

—¿Te molesta que sea como soy?

—Si me molestara, no estaría aquí contigo pidiendo otra ronda. Eres guapa, inteligente y trabajadora.

—Quizá te marcas la espantada por machote.

—No creo que sea para tanto. Me gustó chupártela, no te lo voy a negar, y me gustó vaciarme dentro de ti.

Bajó la cabeza con la mirada triste. El camarero dejó otra ronda y se fue.

—¿Qué pasa?

—Es algo incómodo. A mí también me gustaría vaciarme dentro de ti.

Casi se me atraganta la cerveza. Una cosa era chupársela y otra muy distinta dejar que me penetrara. La miré: estaba sinceramente avergonzada, no era ningún truco. Y, sin embargo, pensé que, si alguna vez probaba algo así, quería que fuera con ella.

—¿De verdad quieres?

—Sí. Pero no pasa nada si no.

—Está bien, hagámoslo. Con una condición: ve suave, será mi primera vez.

***

Volvimos paseando, manteniendo la compostura hasta el portal. En el ascensor, sin embargo, Lai se abalanzó sobre mí, besándome y sobándome entera. Le bajé los tirantes del vestido para manosearle los pechos. Entramos a su casa entre besos y caímos al suelo del recibidor sin dejar de tocarnos. Ella me arrancó la camisa de un tirón; yo me vengué rasgando la tela de su vestido hasta el ombligo. Acabamos desnudos, rozando nuestros miembros, hasta que se colocó sobre mí en un sesenta y nueve.

Mientras yo la chupaba, ella hundió la cara más abajo y alcanzó mi ano con la punta de la lengua. Tuve que parar; era algo completamente nuevo y el placer me desarmaba. Lai se incorporó.

—Para esto no estoy cómoda aquí. Ven.

Me llevó de la mano a su dormitorio, una habitación luminosa con una enorme cama de edredón plateado y un espejo vertical junto al tocador. Me hizo ponerme a cuatro patas en el borde de la cama y, agachada detrás, volvió a comerme con la lengua hasta hacerme temblar. Luego sacó otro tubo de lubricante de la mesilla y, del tocador, un guante de látex.

—Es tu primera vez, no quiero rozarte con una uña. Tú relájate.

Más fácil decirlo que hacerlo. Sentí el gel frío y su dedo paseándose por mi entrada. Cuando entró, me gustó mucho. Lo movió despacio, acariciando mis paredes, y cada vez que rozaba un punto concreto mi erección daba saltos de placer. Metió un segundo dedo, luego un tercero, sin prisa.

—Vaya culo tragón tienes. Entran tres dedos con facilidad.

—¿A qué esperas?

—Eso digo yo.

Se untó, se quitó el guante y se colocó detrás. Cerré los ojos al notar su glande en la entrada. Fue abriéndose paso despacio; era una mezcla de dolor y placer, pero le pedí que no parara. Cuando estuvo dentro del todo, esperó a que me adaptara y empezó a moverse. El dolor desapareció y solo quedó un gusto increíble. Fue acelerando, dándome azotes, mientras yo le pedía más. Me corrí sin que me hubiera tocado siquiera, y ella terminó poco después entre fuertes jadeos, vaciándose dentro de mí. Me dejé caer sobre el edredón con una extraña sensación de vacío.

Lai se tumbó a mi lado, empapada en sudor, y la abracé.

—¿Qué tal? —preguntó.

—Me ha encantado.

—¿Te he hecho daño?

—No te he pedido que pararas.

—¿Se podrá repetir?

—Las veces que quieras. Eres una chica muy especial.

Fue mi primera vez, pero no la última. Desde entonces solemos cruzar el rellano de una casa a la otra. Y no, no siempre vamos vestidos.

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Comentarios (5)

NocheSur

tremendo, no pude parar de leer

LectorNocturno_BA

Que escenario tan bien armado, las tres de la madrugada y los tacones en la mano... uno ya siente que algo grande viene. Muy bueno.

VecindadEterna

Quede con ganas de mas, por favor una segunda parte!!

Espectador77

Pocas veces un relato de esta categoria me engancha tanto desde el primer parrafo. Se siente genuino y bien contado, sin ser burdo. Ojala haya mas historias tuyas por aca.

MariaJoseBA

jajaja dios mio que noche la del vecino, tremendo giro

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