Me vestí de mujer para un desconocido a medianoche
Desde que tengo memoria me he vestido a escondidas con ropa de mujer. Empecé de chico, robándole prendas a mi madre cuando la casa quedaba vacía: una falda que me apretaba en las caderas, unas medias que me hacían temblar al subirlas por las piernas. Nunca le conté a nadie de mi entorno esa parte de mí. Era un secreto que vivía entre el fondo de un cajón y las dos de la madrugada.
Con los años entendí que el chat era mi refugio. Ahí podía ser otra. Conseguía números de hombres con gusto por las travestis, me arreglaba para ellos y les mandaba fotos. Soy alta, de cuerpo lleno, piel clara, ojos verdes. Tengo algo de pecho y unas nalgas que, cuando me pongo un vestido ajustado, hacen girar cabezas. Me gustan las medias, los tacones, los vestidos que marcan. Pero todo eso ocurría puertas adentro. Jamás había salido a la calle así.
Trabajo manejando un coche de aplicación por las noches, de modo que recibir mensajes a horas raras nunca llamaba la atención en mi casa. Esa fue, supongo, la grieta por donde se me coló la tentación.
Eran cerca de las dos de la mañana cuando me llegó el mensaje de uno de aquellos contactos. Lo tenía guardado como «Moreno», porque así me gustaba llamarlo: bajito, delgado, de piel oscura, con una mirada que prometía cosas. No era guapo en el sentido clásico, pero tenía un descaro que me ponía nerviosa de la mejor manera.
—Vente, mamita —escribió—. Te espero para que me la mames.
Leí el mensaje tres veces. El corazón me golpeaba el cuello. Inventé en voz alta, para nadie, que tenía un servicio urgente, agarré las llaves y salí. En la cajuela, debajo de la llanta de refacción, guardaba desde hacía meses una bolsa con ropita por si algún día me animaba. Ese día me animé.
***
Me detuve en una gasolinera a las afueras. El baño olía a desinfectante barato y la luz parpadeaba, pero a mí me pareció el camerino más hermoso del mundo. Me quité la ropa de hombre y empecé la transformación con las manos temblando.
Primero la tanga negra, pegada a la entrepierna, marcándome apenas el bulto que debía esconder. Después un fondo rosa con encaje en el borde, que me aplastó y acomodó todo para darme una silueta más limpia bajo el vestido. Luego el vestido ajustado, también rosa, que me ceñía la cintura y me apretaba las tetas con una tensión deliciosa; dejaba asomar una pizca de encaje por el escote y se pegaba a mis muslos como una segunda piel. Subí las pantimedias despacio, sintiendo cómo me cambiaban el cuerpo, cómo me estiraban las piernas y me hacían parecer más larga, más puta, más mujer. Luego me calcé unos tacones negros que me obligaron a buscar el equilibrio, a tensar los glúteos y arquear un poco la espalda. Frente al espejo me solté el cabello, que me llega al hombro, me pinté los labios de rojo y me puse un poco de rubor.
La mujer que me devolvió la mirada desde el cristal manchado no era un disfraz. Era yo. Por fin era yo.
Al salir, dos empleados de la gasolinera me chiflaron desde la sombra de las bombas.
—¡Adiós, guapa! —gritó uno.
Sentí que las piernas se me aflojaban, no de miedo, sino de algo parecido al vértigo. Era la primera vez que un desconocido me veía como mujer en plena calle. Subí al coche con el pulso desbocado y arranqué hacia la plaza comercial donde Moreno cuidaba los locales por la noche.
***
El estacionamiento estaba desierto. Apagué el motor, le avisé que había llegado y, a los pocos segundos, lo vi salir de entre las columnas. Caminó hasta mi ventanilla, me miró de arriba abajo y sonrió con una lentitud que me erizó la piel.
—Pensé que no vendrías —dijo—. Pero mira nada más qué bonita llegaste.
—Claro que vine —respondí, y me sorprendió lo firme que sonó mi voz a pesar de los nervios—. Te dije que sí.
—Baja, vamos al local que cuido.
Bajé del coche y lo seguí. El eco de mis tacones contra el piso de la plaza vacía fue lo más erótico que había escuchado en mi vida. Cada paso retumbaba en aquel espacio enorme y silencioso, y cada eco me confirmaba lo mismo: esa noche era una mujer. Era la mujer de aquel hombre, aunque fuera por un rato.
Llegamos a un local con la cortina a medio bajar. Moreno abrió una puerta lateral y, al pasar yo, me apretó una nalga con la mano abierta, empujándome suave hacia adentro. Ese simple contacto me recorrió entera, como si me hubiera metido los dedos en la sangre.
Adentro estaba oscuro, apenas iluminado por la luz blanca que entraba desde el pasillo de la plaza. Él cerró tras de mí —o eso creí— y me abrazó por la espalda, pegándose a mí para que sintiera su erección dura contra mis nalgas a través de la tela. Sus manos me palparon el vientre, subieron despacio por mis costados y se clavaron en mis tetas, amasándolas sobre el vestido como si quisiera comprobar que eran reales.
—Quiero besarte —murmuró contra mi oreja.
Giré el cuello y nos besamos. Empezó con ternura, casi con cuidado, como si quisiera asegurarse de que yo lo deseaba tanto como él. Después el beso se hizo hambriento, abierto, con lengua y saliva. Sus dedos se hundieron en mi cintura, me apretó contra su polla a través del pantalón y yo gemí bajito sin querer. Me levantó apenas una pierna por detrás de la rodilla para abrirme mejor, para obligarme a arquearme contra él, y yo sentí cómo se me humedecía la entrepierna dentro del fondo y la tanga.
Me quité los tacones para alcanzar mejor su altura. Una de sus manos subió a mi pecho, pellizcó el pezón por encima del encaje y me sacó un escalofrío que me bajó directo al coño. La otra empezó a bajar hacia mi entrepierna, rozando el vestido, buscando la abertura. Le detuve la muñeca, de pronto avergonzada.
—Sabes que no soy una mujer de cuerpo completo —dije bajito.
—Lo sé —contestó sin soltarme—. Y quiero que te vengas tú primero. Antes que yo.
Nunca nadie me había dicho algo así. Estaba a punto de responderle cuando un sonido me heló la sangre: risas. Dos voces masculinas, muy cerca.
***
—Mira nada más —dijo uno—. El compa nos trajo a la putita que prometió.
Me solté del abrazo de golpe. En el umbral de la puerta, que Moreno no había cerrado del todo, había dos hombres. Grandes, de barriga prominente, con la cara encendida de deseo. Llevaban un buen rato observándonos desde el pasillo y yo, perdida en el beso, nunca me había dado cuenta.
El corazón se me subió a la garganta. No sabía qué hacer. Nunca me había pasado algo parecido, y por un instante pensé en agarrar mis tacones y salir corriendo.
Uno de ellos debió notarme el temblor, porque levantó las manos en señal de paz.
—Tranquila, bonita —dijo con voz pausada—. No vamos a hacerte nada que no quieras. Ni te tocamos si tú no nos lo pides. Solo queríamos ver cómo se la mamas. Nada más mirar.
Algo en esa frase me cambió por dentro. El miedo no desapareció, pero se mezcló con otra cosa, una corriente caliente que me subió desde el vientre. Eran tres hombres mirándome, deseándome, y yo era el centro de todo. Yo, que jamás me había atrevido ni a cruzar la calle vestida.
Respiré hondo y, con una calma que no supe de dónde saqué, los miré a los ojos.
—¿Y ustedes saben qué clase de putita soy? —pregunté.
—Sí —dijo el más corpulento, relamiéndose—. Una con sorpresa entre las piernas.
—Entonces —dije— podemos divertirnos todos, si les gusta.
***
Fue como si esperaran esas palabras. Moreno cerró por fin la puerta y los tres se acomodaron a mi alrededor en aquel local en penumbra. Me arrodillé sobre el piso frío, con el vestido rosa estirándose en mis muslos, y ellos se acercaron hasta dejar todo a la altura de mi rostro.
Empecé por el más grande. Lo tomé con una mano y lo acerqué a mis labios despacio, disfrutando el peso y la dureza del nabo, hasta que él perdió la paciencia y empujó. Me abrió la boca con la punta, me llenó de saliva la lengua y el fondo de la garganta, y yo lo chupé con ganas, tragándomelo hasta donde pude. Se me escaparon un par de arcadas, los ojos se me humedecieron, pero no me detuve. Pasé la lengua por el frenillo, por la cabeza resbalosa, y el hombre soltó un quejido sucio. Salivaba sin pudor, escupía sobre los otros dos para acariciarlos con las manos mientras seguía con la boca ocupada, manchando mi propio labial de blanco y brillo.
Moreno me sostuvo del cabello con firmeza, guiándome el ritmo. El otro me pidió que no me olvidara de él, y yo, con los labios llenos y el maquillaje empezando a correrse, me deslicé de uno a otro como si ya supiera exactamente qué hacer. Sentía el calor de sus cuerpos alrededor, el olor agrio del sexo y el sudor, la humedad de mi boca abriéndose paso sobre la piel tensa de sus vergas. No había vergüenza ahí abajo, solo hambre. Yo llevaba el compás: una mano a la izquierda, otra a la derecha, la boca en el centro. Les chupaba las bolas, les lamía el eje, les rozaba la punta con la lengua para hacerlos temblar. Nunca me había sentido tan poderosa y tan entregada al mismo tiempo.
El más corpulento empezó a respirar agitado, su cuerpo se tensó, y terminó sin avisar. Me llenó la boca con una corrida espesa y amarga; sentí el golpe caliente contra la lengua, luego tragando a pulso, sin apartar la mirada. Moreno soltó una carcajada baja.
—Sigo yo —dijo con la voz ronca.
Lo recibí y él marcó su propio compás, sujetándome la nuca con una delicadeza que contrastaba con la urgencia de sus caderas. Me metió la polla entre los labios, me hizo abrir más, me dejó lamerle la cabeza mientras me frotaba la mejilla con el pulgar. Cuando me aparté un segundo para respirar, él bajó la mano por mi vestido y me tocó entre las piernas, encontrando el bulto húmedo de la tanga. Lo frotó ahí mismo, presionándome el coño con la tela, y yo gemí tan fuerte que el tercero se rió.
—Está mojada, ¿eh? —dijo el tercero, masturbándose despacio mientras miraba.
—Voltea a verme —pidió.
Giré la cabeza y, en cuanto mis ojos se cruzaron con los suyos, terminó. Sentí el calor en mi cara, en el escote del vestido, en el encaje rosa. Fue mucho, casi demasiado. Me salpicó la mejilla, el cuello, una parte del pecho, y el hombre se quedó respirando entrecortado, con la verga todavía palpitándole en la mano.
—Recoge lo que puedas con los dedos, preciosa —dijo entre jadeos.
Lo hice, obediente, sin dejar de mirarlo. Deslicé un dedo por mi propia piel, junté el semen que me había caído en la clavícula y lo llevé a la boca. Moreno me levantó de la barbilla para besarme otra vez, profundo, y me dejó notar que no se había acabado. Me empezó a desnudar con paciencia, bajando un tirante, bajando el vestido hasta la cintura, dejando mis tetas libres y pesadas en el aire oscuro. Me chupó un pezón mientras el más grande me abría las piernas y me apartaba la tanga a un costado, frotándome el coño empapado con dos dedos.
—Mírala —murmuró uno—. Está lista para que la partan.
El miedo se había ido por completo. Ahora solo sentía la necesidad de seguir, de dejar que me usaran, de descubrir hasta dónde llegaba mi cuerpo así, convertido en carne deseosa y abierta. Me tumbaron sobre un sofá viejo, me levantaron las piernas y Moreno se acomodó entre mis muslos. La punta de su polla me rozó la entrada y yo eché la cadera hacia arriba, desesperada. Entró despacio primero, abriéndose paso con una presión ardiente, y cuando por fin me llenó por completo, el mundo se me rompió en una oleada caliente que me apretó el vientre y me hizo clavarle las uñas en la espalda. Me folló con fuerza, marcando cada embestida con un golpe seco de cadera, mientras los otros dos me sujetaban de las tetas, del cuello, de las piernas, pidiéndome que no dejara de mirarlos.
Uno me volvió a meter la verga en la boca, chocando con las embestidas de Moreno, y yo tragaba aire, saliva y jadeos, sintiendo el local entero temblar alrededor. El tercero se puso detrás de mí, abrió más mis nalgas y me hundió dos dedos entre los pliegues, buscando mi culo, dándome pequeños empujones que me arrancaban quejidos. Moreno se inclinó sobre mí y me dijo al oído, con la voz rota:
—Así, mamita, así. Quiero que te corras con nosotros adentro.
Y me corrí. Me vine de golpe, apretándome alrededor de su polla, mientras él seguía dándome duro, y el placer me dejó la vista blanca por un segundo. Sentí después una nueva sacudida en el fondo de la garganta cuando uno de ellos volvió a correrse en mi boca. Me obligaron a seguir, a lamer, a tragar, a sostenerles la mirada mientras el sudor me bajaba por el cuello y el labial ya no era más que una mancha roja y corrida.
—Recoge lo que puedas con los dedos, preciosa —dijo entre jadeos.
Lo hice, obediente, sin dejar de mirarlo. Y mientras lo hacía, entendí algo: ya no había vuelta atrás. La mujer que se había pintado los labios en una gasolinera a las dos de la mañana no iba a volver al fondo del cajón.
***
Me ayudaron a levantarme. Uno me alcanzó una toalla de papel para limpiarme, otro me devolvió un tacón que había rodado bajo un estante. Hubo risas, pero ya no eran risas de burla; eran de complicidad, de algo compartido.
Me arreglé el cabello frente al reflejo de una vitrina apagada, me retoqué el labial corrido y me despedí de los tres con un beso a cada uno. Moreno me acompañó hasta el coche, y antes de soltarme la mano me dijo que volviera cuando quisiera.
Conduje de regreso con el vestido manchado y el cuerpo todavía vibrando. Me cambié otra vez en la gasolinera, guardé la ropita bajo la llanta de refacción y volví a casa convertido, por fuera, en el de siempre.
Pero por dentro algo había cambiado para siempre. Esa madrugada dejé de ser un secreto guardado en un cajón. Y esta es solo la primera noche que me atrevo a contar. Habrá más.





