El ritual en la selva que transformó mi cuerpo
Desperté de golpe, con un jadeo que no fue del todo mío. La luz del amanecer entraba a rayas por las rendijas de la cabaña de caoba y palma, y se posaba sobre mi piel como dedos tibios. Tenía el cuerpo encendido antes de abrir los ojos, una corriente que me subía desde el vientre y se enredaba en cada respiración, apretándome el coño en espasmos húmedos que ya empapaban la estera.
Unos labios suaves recorrían mi cuello. Reconocí el sabor terroso del achiote antes que la boca: Yara me había pintado durante la noche, y ahora descendía despacio por mi clavícula, dejando un rastro húmedo y deliberado. Su lengua bajó hasta uno de mis pezones y lo atrapó, chupándolo hasta que se puso duro como una piedra, y después mordió con esa dosis exacta de dolor que me arrancó un gemido largo.
—Despierta —murmuró contra mi piel, en ese español roto que había aprendido de los misioneros que pasaron por la aldea años atrás—. El día es largo y el deseo no espera.
Su mano ya me buscaba entre las piernas. Dos dedos separaron los labios de mi coño y encontraron el clítoris hinchado, palpitando bajo la yema. Trazó círculos lentos, casi burlones, mientras seguía chupándome las tetas, y yo me arqueé contra la hamaca abriendo más los muslos, ofreciéndome sin vergüenza.
—Ya estás mojada —susurró, y se llevó los dedos a la boca para chuparlos con los ojos clavados en los míos—. Sabes a fruta madura, Vera.
Me llamo Vera. Hacía tres semanas que cartografiaba aquella franja de selva para un instituto que, a esas alturas, me parecía parte de otra vida. Y desde la primera noche, Yara —la mujer de los ojos oscuros y la risa baja— se había metido bajo mi piel como una fiebre que no quería curar.
Se incorporó sobre mí, el pelo cayéndole en cortina. Entre nosotras estaba Amaru, el ídolo de madera pulida que yo había traído conmigo y que ella había convertido en algo más que un objeto: una pieza alargada, tallada con vetas que parecían venas, gastada por el uso y oscurecida por las manos de las dos. Un falo, sin más rodeos: una polla de madera que me había follado ya tantas noches que la madera olía a mí.
—Hoy lo quieres —dijo, y no era una pregunta.
Lo deslizó entre mis muslos sin prisa, frotando la madera tibia contra mi coño hasta que sentí que me abría sola, chorreando por las ingles. Yara pasó la punta de Amaru por mi clítoris, arriba y abajo, empapándolo en mi humedad antes de encajarlo en la entrada. Cuando entró, lo hizo despacio, milímetro a milímetro, abriéndome, y yo le clavé las uñas en el hombro para que no parara. Sentí cada veta de la madera arañándome las paredes, cada centímetro llenándome, hasta que la sentí tocarme el fondo y me quedé sin aire.
—Fóllame —le pedí, y la palabra me salió sucia y clara, sin adorno—. Fuerte.
Yara sonrió y empezó a metérmela y sacármela con un ritmo pausado, largo, cruel. Sabía cuándo retroceder, cuándo empujar hasta el fondo, cuándo dejarme al borde solo para verme suplicar con la mirada. Con la mano libre me abrió más los labios del coño y escupió, dos veces, sobre el sitio donde Amaru entraba y salía brillando de flujo y saliva. El sonido húmedo llenaba la cabaña, un chapoteo obsceno que se mezclaba con mis gemidos.
—Más rápido —jadeé—. Rómpeme, joder.
La embestida se aceleró. Yara me follaba con el brazo entero ahora, echando el peso encima de la madera, y con el pulgar me machacaba el clítoris en círculos cerrados. Sentí el orgasmo subir en oleadas, apretándome desde adentro, hasta que exploté con un grito ronco y me corrí empapando la madera, la mano de Yara, la estera bajo mi culo.
Cambiamos de posición sin hablar, leyéndonos por instinto. La monté a ella, guie a Amaru entre sus piernas y la sentí tensarse, su respiración convertida en una serie de jadeos cortos contra mi boca. Le abrí los muslos con las rodillas, me acomodé encima y empecé a follarla con la madera mientras le lamía las tetas, morena y firmes, atrapando los pezones entre los dientes hasta que gritaba. Bajé la boca por su vientre, entre las cicatrices tribales, y me hundí entre sus piernas.
El coño de Yara olía a selva y a mí. Le pasé la lengua entera, desde el culo hasta el clítoris, y ella arqueó la espalda soltando una palabrota en su idioma. Le chupé el clítoris mientras seguía metiéndole y sacándole a Amaru, sincronizando la lengua y la mano, y sentí sus muslos cerrarse alrededor de mi cabeza cuando empezó a temblar. El sudor nos pegaba, la madera resbalaba, y el aire de la cabaña se volvió denso de almizcle, de coño, de jungla húmeda.
—Más —pidió, y obedecí.
Le metí un tercer dedo junto a la madera, estirándola, y ella se corrió en mi boca chorreando espeso y dulce, apretando las caderas contra mi cara hasta que casi no pude respirar. Terminamos enredadas, temblando, con el achiote corrido por todas partes, las bocas y los dedos brillantes, y el corazón golpeándonos como tambores fuera de ritmo. Me quedé mirando el techo de palma mientras recuperaba el aliento, y dejé escapar la confesión que llevaba semanas mordiéndome por dentro.
—A veces desearía ser las dos cosas —dije—. Lo que tú sientes y lo que siente él. Todo a la vez. Tener una polla de verdad, mía, y también seguir teniendo esto. —Me reí de mí misma, avergonzada—. Suena absurdo.
Yara no se rió. Me sostuvo la cara con las dos manos, muy seria, y respondió con una sola palabra:
—Puede.
***
Pasé el día en el terreno, como siempre. GPS, libreta impermeable, radio. Tracé los riscos, las ciénagas que cambiaban de forma con la lluvia, los ríos que mutaban de un mes a otro. El calor me empapaba la camisa y los insectos me zumbaban en los oídos, pero mi cabeza estaba en otra parte, en esa palabra que Yara había dejado caer como una semilla.
Puede. La repetí mil veces mientras marcaba puntos en la cuadrícula. No tenía sentido y, sin embargo, en aquella selva donde los ríos cambiaban de cauce y las plantas curaban o mataban según la mano que las cogiera, la palabra empezaba a sonar menos imposible. Toda mi vida había aprendido a medir el mundo con instrumentos. Allí, por primera vez, intuía que había territorios que ninguna brújula sabía nombrar.
A media tarde, la radio crujió.
—¿Cómo va el mapa, Vera? —La voz de Bruno, mi enlace en la base, llegaba metálica y distante.
—Avanzando —contesté—. Mañana cierro el cuadrante norte.
Pero esa noche no habría cuadrante norte. Cuando volví a la aldea, los fuegos ya estaban encendidos y Yara me esperaba en el umbral con una expresión que no le había visto antes: solemne, casi ceremonial.
—Hablé con los mayores —dijo—. Ellos saben de transformaciones. Ven.
***
Me condujo hasta un claro donde ardía una hoguera baja. Alrededor, sentados sobre esteras, estaban los ancianos de la aldea, los cuerpos pintados con achiote y jenipapo en líneas que brillaban con el fuego, como si llevaran constelaciones tatuadas en la piel.
No entendí casi nada de lo que cantaron. Eran cantos largos, repetitivos, que vibraban en un registro grave y se me metían en el pecho hasta hacer que algo muy adentro de mí latiera al mismo compás. El humo de tabaco y de flores se elevaba en espirales lentas. Una mujer mayor me tendió un cuenco con un líquido oscuro y amargo, y Yara, a mi lado, asintió.
—Bebe —susurró—. Suelta lo que crees que eres.
Bebí. El brebaje me raspó la garganta como brasa líquida y, durante un rato que no supe medir, el mundo se deshizo. Vomité, lloré, temblé. Sentí que se me caían capas de encima, una por una: el miedo de no ser suficiente, la voz que llevaba años repitiéndome que sobraba, que era invisible, que ningún lugar era mío.
Y entonces empezó la visión.
Vi a Amaru, el ídolo, pero ya no como madera muerta. Lo vi como una corriente de calor que se acercaba a mí, que buscaba un sitio donde anclarse. No fue violento. Fue casi tierno. Sentí que se fundía con la parte más sensible de mi cuerpo, que se volvía piel y nervio y pulso, una extensión mía que latía con vida propia y, al mismo tiempo, seguía siendo yo. Sentí una polla mía, real, latiendo entre mis piernas, sin dejar de sentir también el coño mojado bajo ella.
Cuando bajé de la visión, estaba empapada en sudor y temblando. Me llevé la mano al pubis y la encontré: cálida, dura, palpitando contra mi palma, tan mía como cualquier otra parte. Y debajo, todavía, mi sexo abierto y goteando. Por primera vez en mi vida no sentí que me faltara nada. Me sentí completa, entera, dueña de cada centímetro de mí.
—Eres lo que quisiste ser —dijo Yara, y me besó.
***
No sé cuánto de lo que vino después fue ritual y cuánto fue la selva entrando en mi sangre. Solo sé que el deseo dejó de tener forma definida. Esa noche, junto al brasero, dejé de pedir permiso para sentir.
Yara fue la primera. Se arrodilló frente a mí con una devoción que no tenía nada de sumisa, me tomó la polla nueva con las dos manos y me la miró un instante, sonriendo, antes de metérsela en la boca. La lengua trazó un recorrido lento desde la base hasta la punta, y después me la tragó entera hasta que sentí la garganta cerrándose alrededor. Le hundí los dedos en el pelo y empujé, y ella gimió con la boca llena, tragando, chupando, dejando que el hilo de saliva le cayera por la barbilla y por mis huevos.
—Así —jadeé—. Chúpamela así, no pares.
Me mamó despacio y después rápido, alternando, sacándomela para lamerme los huevos y volver a tragármela hasta el fondo. El placer me llegaba ahora desde un lugar nuevo, intenso y desconocido, una presión que se acumulaba en la base de la verga y me tensaba las piernas. Con la otra mano se acariciaba el coño, y verla tocarse mientras me la mamaba casi me hizo correrme en su boca. La detuve tirándole del pelo.
—Ven aquí —jadeé, y la levanté.
La tomé contra una de las vigas, le abrí las piernas y la penetré de un solo empujón. Yara gritó y me clavó las uñas en la espalda. Su coño estaba tan mojado que la polla entró hasta el fondo sin resistencia, y yo empecé a follarla ahí de pie, sosteniéndole el peso por debajo de los muslos, hundiéndomela una y otra vez mientras ella me gemía en el oído. Sentía cada embestida en dos sitios a la vez: en la verga que la abría, y en mi propio coño que se apretaba al ritmo, chorreando entre mis muslos.
—Más adentro —jadeó Yara, mordiéndome el hombro—. Rómpeme, Vera.
La embestí con toda la cadera, marcándole el ritmo contra la madera de la viga. Sus tetas rebotaban entre nosotras, los pezones duros arañando mi pecho. Otros cuerpos se acercaron en la penumbra del claro, atraídos por el fuego y por el calor que despedíamos, y la noche se volvió una sola respiración compartida.
Unas manos me acariciaron la espalda mientras yo seguía follándome a Yara. Una lengua me lamió el cuello, otra me buscó los pezones. Una boca desconocida se agachó detrás de mí y empezó a lamerme el coño y el culo desde atrás, mientras yo estaba clavada dentro de Yara, y el doble estímulo me hizo aullar. Toqué piel que no sabía de quién era. Bocas, manos, espaldas brillantes de sudor. Una mujer se puso a mi lado y me chupó las tetas mientras otra le abría los muslos y le enterraba la cara en el coño.
Salí de Yara y la puse a cuatro patas sobre la estera. Le abrí las nalgas y la penetré desde atrás, viéndole el culo tensarse cada vez que le metía la polla hasta el fondo. Otra mujer se acostó bajo Yara y empezó a lamerle el clítoris mientras yo la follaba, y Yara temblaba entera, entre dos placeres, gimiendo palabras rotas en su lengua. Sentí, a mi vez, otra boca recorriéndome los huevos, otra lengua entre mis piernas por atrás.
No había jerarquías ni nombres, solo el pulso colectivo de la aldea bajo la luna, un ritmo que crecía y crecía hasta que ya nadie pudo sostenerlo. Una mujer se subió encima de mi cara mientras yo seguía dentro de Yara, y le devoré el coño con la lengua sintiendo cómo se corría chorreando en mi boca. Otra me acariciaba el clítoris nuevo mientras yo empujaba, y el orgasmo empezó a formarse desde los dos sexos a la vez, uno chocando con el otro, multiplicándose.
Lo más extraño no fue el placer, sino la calma que lo acompañaba. Esperaba sentir vergüenza, ese reflejo viejo de cubrirme, de pedir disculpas por desear demasiado. No llegó. Cada caricia era una manera de decir estás aquí, eres real, perteneces, y yo la creía sin reservas. El cuerpo que durante años había vivido como una frontera estrecha se había vuelto, esa noche, una tierra abierta.
Yara me buscó entre todos los cuerpos, como si necesitara recordarme que aquello había empezado con nosotras dos. Me tumbó de espaldas, se sentó a horcajadas y se me ensartó despacio, mirándome a los ojos mientras bajaba la cadera hasta enterrarme la polla completa dentro de ella. Empezó a montarme lento, meneándose en círculos, y me tomó la mano y la puso entre sus piernas para que le frotara el clítoris al ritmo. Me besó largo, sin prisa, la lengua entrando en mi boca mientras se meneaba, y alrededor el ritmo se deshacía en jadeos cada vez más espaciados. «Mía», pensé, y por una vez la palabra no pesó como una posesión, sino como una promesa que íbamos a romper al amanecer y que aun así valía la pena hacerse.
—Córrete dentro —me susurró contra los labios—. Quiero sentirlo.
La embestí desde abajo, agarrándola de las caderas, empalándola con cada golpe. Yara echó la cabeza atrás y gritó al correrse, apretándose alrededor de mi verga en espasmos calientes, y ese apretón me arrancó también a mí. Me corrí a chorros dentro de ella, sintiendo cada latido bombear el semen hacia el fondo, y al mismo tiempo mi coño se contrajo en su propio orgasmo, doble, imposible, desbordado.
El final llegó como una marea. Cuerpos arqueándose, gritos ahogados contra hombros ajenos, el suelo de tierra húmeda recibiendo todo lo que derramamos. Me quedé de rodillas, sin aire, con Yara abrazada a mi espalda y su risa baja contra mi oreja. Sentí el semen chorreándole por los muslos, mezclado con su flujo, brillando bajo la luz del fuego.
—¿Lo ves? —dijo—. La selva no juzga.
***
Más tarde, los habitantes fueron al río en una procesión de risas y antorchas. Los seguí, con el cuerpo cubierto de achiote y de todo lo demás, y me sumergí en el agua oscura que reflejaba la luna como un espejo roto. El frío me limpió, me calmó el ardor, y por un instante floté boca arriba mirando las estrellas entre las copas de los árboles.
Yara nadó hasta mí y me tomó la mano bajo el agua.
—Eres buena, amiga —dijo—. Te ven. De verdad te ven.
Se me apretó la garganta. Durante años había creído que mi sitio estaba siempre un paso más allá del lugar donde me encontraba, que era una nota al pie en la vida de otros. Y ahí, en un río sin nombre en mitad de la selva, una mujer que apenas compartía mi idioma me decía que yo importaba. Le creí. Por primera vez, le creí.
—¿Y si me preguntan en la base? —dije, medio en broma—. ¿Cómo explico esto?
Yara se encogió de hombros, salpicándome.
—No lo expliques. Vívelo.
***
Volví a la cabaña antes del amanecer y me tumbé en la hamaca. Tenía el mapa a medio terminar sobre la mesa, las coordenadas del cuadrante norte esperándome, la radio en silencio. Bruno me llamaría en unas horas y yo le diría que todo iba según lo previsto, porque ¿cómo se traza en una libreta lo que me había pasado?
Me llevé la mano al cuerpo, todavía incrédula, todavía maravillada. Encontré la polla, tibia y viva, y debajo el coño hinchado y todavía húmedo, y me acaricié las dos cosas a la vez, despacio, solo por el placer de comprobar que seguían siendo mías. Ya no sentía aquel hueco que me había acompañado toda la vida, esa sensación de ser un eco de mí misma. Era, por fin, las dos cosas que siempre quise ser, y ninguna de ellas era una pérdida.
Cerré los ojos con la certeza tranquila de que, cuando terminara el encargo y volviera a la ciudad, algo de aquella selva se vendría conmigo. No el achiote, que se lavaría. No los mapas, que entregaría y olvidaría. Algo más hondo: la prueba de que mi deseo no era un defecto a corregir, sino un territorio por habitar.
Afuera, los primeros pájaros empezaban a cantar. Sonreí en la oscuridad. Mañana cierro el cuadrante norte, pensé. Pero esa noche, por fin, había encontrado mi lugar en el mapa.





