Dos travestis y un macho que nunca apareció
Hacía un calor de mil demonios y por la avenida caía un sol que derretía el asfalto. La mochila a la espalda me empapaba la camisa, pero no podía aflojar el paso. Habíamos quedado en el aparcamiento trasero del pabellón a las cuatro y yo no era de los que llegan tarde.
A las cuatro menos cinco sonó el teléfono. Eras tú, hecho un flan. Estabas convencido de que te íbamos a dejar tirado y, sobre todo, te aterraba que apareciera por allí algún conocido capaz de irle con el cuento a tu mujer.
A las cuatro y un minuto crucé la última esquina. Te reconocí enseguida, en parte por las fotos y en parte porque en aquel descampado de hormigón no había nadie más.
—¿Y el otro? —pregunté.
—Espera, que lo llamo.
No contestaba. Revisé el WhatsApp por si había escrito algo, pero nada de nada.
—Démosle cinco minutos.
Nos miramos un rato largo. No eras exactamente como te había imaginado, y supongo que a ti te pasaba lo mismo conmigo. En las fotos que nos mandábamos yo salía con una peluca rubia, medias de liguero y el culo en pompa; tú con unas medias y un sujetador que le habías sustraído a tu señora. En estos casos, el primer encuentro a la luz del día y de calle siempre resulta un poco raro.
—Este nos planta… —murmuraste.
Yo tampoco las tenía todas conmigo. Pasaban diez minutos de la hora y el tercero en discordia seguía sin dar señales.
—Pruebo otra vez, a ver.
Marqué de nuevo. Mientras escuchaba los tonos, recordé las fotos en las que el tipo lucía pectorales de gimnasio, abdomen marcado y una verga gruesa y venosa. Recordé sus mensajes jurando que tenía polla y leche de sobra para dejarnos a las dos hechas un trapo, sus promesas de que por nada del mundo se perdería un trío con semejante par de viciosas.
—¿Sí? ¿Diga?
Su voz salía entrecortada, nerviosa. Lo supe en el acto: no venía.
—Oye, soy yo. Habíamos quedado a las cuatro, son y cuarto y te estamos esperando las dos…
—Ya… es que verás… no voy a poder. Se me ha puesto malo el crío y…
Tras un par de minutos de disculpas temblorosas y excusas que se contradecían entre sí, colgué. Nos habíamos quedado sin macho, pero a la vista de lo poco varonil que se había comportado, tampoco me pareció una pérdida tan grande.
—No viene.
—¿Y eso?
—Que se le ha puesto malo el niño, o algo así. La cuestión es que no viene.
—¿Y ahora?
Yo había reservado una habitación en aquel motel de carretera tan discreto. Tú te le habías escapado a tu mujer con el coche y vaya a saber qué excusa. Llevábamos semanas devanándonos los sesos para cuadrar una cita que nos viniera bien a los tres, y ahora el otro nos dejaba plantadas.
—Pues ahora estamos tú y yo nada más… como no nos apañemos entre nosotras…
***
Hablábamos en femenino, aunque en realidad éramos dos tiarrones cuarentones con pelo en pecho, por así decirlo. Yo robusto, fuerte, tirando a gordo, los brazos cubiertos de tatuajes y el pelo al cero. Tú delgado, fibroso, calvo, con una mata de vello que te adornaba los brazos y asomaba por el cuello de la camiseta.
Lo que ocurría es que, cuando nadie nos veía, nos gustaba vestirnos con ropa de mujer, posar frente al espejo e imaginar que hombres rudos y brutales nos manoseaban, nos besaban y nos empotraban a base de bien contra la pared.
Los dos habíamos abierto perfiles en ciertas redes y páginas de contactos para cazar a esos hombres y cumplir la fantasía, bajo nombres de chica, identidades secretas como si fuéramos un par de superheroínas del vicio. Yo me había rebautizado como Daniela; tú te hacías llamar Lorena.
Así nos conocimos, hablamos, congeniamos, intercambiamos fotos y acordamos poner un anuncio juntas, buscando un buen semental que quisiera quedar con las dos a la vez. Tras una criba meticulosa entre los cientos de tipos que se ofrecieron, descartando a los que solo querían quedar conmigo (porque tú eras peluda), a los que solo te querían a ti (porque yo estaba gorda), a los que pedían dinero, a los pasivos, a los de muy lejos y a los que pretendían hacerlo en un descampado, habíamos elegido a un electricista de unos cuarenta y ocho años, con cuerpazo, buena herramienta y, según juraba, mucho aguante.
Nos habíamos hecho ilusiones con aquel encuentro. Habíamos dado con el macho que nos dejaría rendidas y felices.
Pero el león resultó un gato de salón, y ahí estábamos las dos solas. No conseguías ocultar la decepción, pero yo no estaba dispuesta a desanimarme tan fácil. Las dos teníamos calor en el cuerpo, las dos queríamos que nos follaran y las dos contábamos con el equipo necesario, por mucho que jugáramos a las nenas. Encima teníamos la tarde reservada y la habitación pagada.
—Vamos al motel y nos lo montamos entre las dos.
—No va a ser lo mismo…
—No, pero es mejor que volver a casa a matarse a pajas, ¿no?
Claro que lo era, y eso no me lo podías rebatir. Así que me subí a tu coche y arrancamos. No hablamos mucho por el camino, pero yo te miraba de reojo e iba imaginando qué me encontraría debajo de aquellos vaqueros gastados.
***
El motel era de esos en los que cruzas una cancela y entras directo desde el garaje, sin ver a nadie y, sobre todo, sin que nadie te vea. Una vez dentro sacamos los avíos. Yo me había traído una peluca rubia que me daba un aire de mujer de barrio que me encantaba, un corpiño negro de cuero falso que disimulaba las lorzas y me realzaba el pecho, un tanga de hilo y unas medias de rejilla con liguero que, mal está que lo diga, me dejaban unas piernas de escándalo.
Tú sacaste del macuto una peluca morena estilo Cleopatra, unas medias negras, un vestido estampado de flores y unas braguitas rojas de encaje que, intuí, le habrías rescatado a tu mujer del cesto de la ropa sucia. No me pude contener y las olisqueé. Olían a hembra de verdad, pensé, y se me ocurrió que tu mujer debía de ser una buena pieza. Por un instante estuve a punto de proponerte involucrarla en el siguiente encuentro, pero deseché la idea para reservarla, más bien, para cuando llegaran las vacas flacas y me tocara apagar el fuego a mano.
Y hablando de fuego, en aquel cuarto hacía un calor asfixiante y el aire acondicionado no daba señales de vida, así que anunciaste que ibas a darte una ducha. Yo propuse que nos ducháramos juntas y de paso rompíamos el hielo.
Y vaya si lo rompimos.
En cuanto estuvimos frente a frente, desnudas, me lancé sobre ti y empecé a besarte como si me fuera la vida. Sé que te gustó, porque la tenías tiesa y se me clavaba en el vientre. No pude evitar agacharme a mirarla de cerca, a saborearla entera de arriba abajo, lo cual no fue tan sencillo porque, querida, no andabas precisamente escasa. Jadeabas. Volví a besarte en la boca.
—Ahora me toca a mí —dijiste, y te agachaste a devolverme la cortesía con un ansia que me puso a mil. Me hiciste girar y me recorriste entero con la lengua, haciéndome temblar las piernas. Cuando paraste, te devolví la atención con calma y dedicación, hasta que tuviste que apartarme.
—Para, que me corro —avisaste.
Nos duchamos por fin. Fue agradable: yo te enjabonaba a ti, tú a mí. Alababas mi trasero y mi pecho, que parecían de chica; yo piropeaba la dureza de tus nalgas y lo largas que tenías las piernas. Ninguna de las dos mencionó lo evidente, pero leí en tus ojos que tú deseabas que yo te montara, y puedes dar por seguro que yo me moría porque me montaras tú a mí. Lo llevas claro, guapa, pensé.
Por nada del mundo pensaba salir de aquel motel intacta. Y si la cosa se convertía en una competición por ver cuál de las dos ponía a la otra tan caliente como para volverla activa, esa competición la iba a ganar yo.
***
Salimos y nos vestimos. Estiré las medias con la pose de las actrices de las películas antiguas, me puse el tanga sacando el trasero más de lo necesario, me ajusté el corpiño hasta dejar el pecho prieto y el pezón apenas tapado, me planté la peluca y me miré en el enorme espejo que cubría el cabecero y las puertas del armario.
Parecía una de esas divorciadas de discoteca hortera a las que los años y los kilos han apartado de la categoría de bellezas, pero a cambio les han concedido el título de viciosas con descaro. Me pareció que estaba espectacular.
—Estás preciosa, reina —dijiste.
Me mirabas con un deseo que me excitó al instante. Tú, con el vestido de flores y la peluca mucho más discreta que la mía, tenías un aire a medio camino entre la señora formal de pueblo y la deportista vestida para un evento poco formal. Yo estaba más guapa, sin discusión, pero lo que a mí me interesaba quedaba escondido bajo aquella falda. Y no me iría sin conseguirlo.
—Gracias, vida.
Me acerqué y te besé con ganas. Me restregué contra ti procurando que el pecho te rozara y tiré de ti hacia la cama. Te coloqué frente al espejo y te levanté el vestido. Hiciste ademán de impedírmelo, pero te susurré que solo quería ver cómo te quedaban las braguitas. A duras penas contenían el bulto, que tensaba la tela rojiza.
—Qué bien te quedan… —dije.
Te acaricié por encima del encaje: primero las nalgas, firmes y compactas, y después lo que tan mal escondían. Suspiraste. Sudabas. Sudábamos las dos, porque ni la peluca ni el corpiño ayudaban con aquel bochorno.
—A ver, a ver…
Aparté la tela y me la metí en la boca sin más preámbulo. Latía. Sabía a una mezcla de sudor, de jabón y de algo que supuse de tu mujer. Sentí cómo me agarrabas a tu vez y me apretabas con la mano.
—Quiero que me la metas… —susurraste.
No contesté. Estaba demasiado entretenida. Jadeabas cada vez con más fuerza. Intentaste decir algo y no te salió. Me llegué hasta el fondo y te retorciste de gusto. Me aparté un momento a coger aire.
—Eres una guarra… —gruñiste.
Ahí estaba. Te estaba sacando el macho que llevabas dentro. Ya estás pensando en ponerme a cuatro patas, me dije, lo noto.
—Soy más guarra todavía que tú, cariño.
Me vi en el espejo, una rubia rolliza con los ojos entrecerrados, y me costó reconocerme. Parezco una mujer de verdad, pensé con una satisfacción extraña. Gruñías como un animal y empezabas a empujar, amagando con perder el control. Era el momento. Aflojé el corpiño y dejé el pecho a la vista, que así apretado parecía más grande, y empecé a restregarlo contra ti.
—Eres una guarra… —repetiste, con la voz quebrada.
Ya no podías más. Lo había conseguido. Te tenía en el bote.
—Soy una guarra y quiero que me folles —dije.
—¿Que te folle?
—Castígame por viciosa, reina. Fóllame viva por ser tan zorra…
Tengo la voz grave y ronca, pero cuando susurro se vuelve suave, provocadora, no del todo femenina aunque sí lo bastante para que a los hombres se les caigan las últimas reticencias.
—Uffff, qué guarra… venga, te follo yo primero.
—Mmmm, sí, que me muero de ganas…
—Pero luego me toca a mí.
—Lo que quieras, amor, pero luego…
***
Me puse a cuatro patas de cara al espejo y vi cómo te colocabas detrás y desaparecías de mi vista. Aparté el hilo del tanga y noté tu lengua recorriéndome con desesperación, tu boca pegándose a mí, tus dientes mordiéndome las nalgas con menos delicadeza de la esperada. Tú no podías más, y yo tampoco.
—Métemela, por favor… —pedí.
—¿La quieres, zorra?
—La necesito… no aguanto más…
Te enderezaste. Te vi en el reflejo, con la peluca y el vestido, agarrándome las caderas. Tomé aire mientras te ponías el preservativo y te untabas de lubricante, y por fin sentí la presión contra mí. Te costaba entrar.
—Ve con cuidado, que… aaah… ooohhh…
En dos empujones me la clavaste entera. Casi me partes en dos, pero aguanté el tipo. A eso había ido. Empezaste con un vaivén lento y profundo y yo gemí como una perra en celo. Cayó un azote seco sobre mis nalgas y babeé de gusto. Miré al espejo y te vi con la peluca medio caída, el vestido empapado de sudor hasta transparentarse, la cara desencajada de pura bestia.
—Toma, puta, toma… —jadeabas.
No me dabas tregua ni yo la quería. Me follabas a toda velocidad, clavándome los dedos en las caderas hasta hacerme daño, repartiendo algún que otro azote sonoro que me encendía aún más. Veía en el espejo mi propia cara convertida en una máscara de lujuria: la boca abierta, los ojos entornados, la peluca rubia alborotada, las mejillas encendidas.
Me la sacaste un momento y creí que se acababa la fiesta, pero enseguida te subiste a la cama, te quitaste las braguitas y la peluca de un tirón y volviste a hundírmela desde arriba. Me estabas matando. Embestías con tanta furia que mi peluca salió volando y mi cuerpo se venció contra el colchón. No parabas, y lo hacías tan a lo bestia que el dolor le fue ganando terreno al placer hasta volverse insoportable.
Intenté resistir al menos hasta que terminaras, pero llegó un punto en que sentí que me iba a desgarrar por dentro y tuve que pedirte que pararas. Cuando saliste, vi las estrellas y, aunque no me quejé, se me saltaron las lágrimas.
—¿Estás bien, cari? —preguntaste.
Me mirabas con cara de circunstancias y la voz otra vez dulce, casi femenina, pero la seguías teniendo tiesa y el pecho te subía y bajaba de pura excitación. Sonriendo con picardía, te quité el preservativo y me puse a comértela.
—¿Qué… qué haces? —tartamudeaste.
—Quiero que me des tu leche, vida mía…
Empecé a lamerte mientras te acariciaba con suavidad, arriba y abajo, arriba y abajo, con cariño pero con firmeza.
—Pero… pero yo… —protestabas.
—Me has follado muy bien y te mereces un premio.
—Es que… si me corro… yo…
—Calla, anda.
—Es que después de correrme… ya no… ooohhh…
Arriba y abajo, arriba y abajo, sin tregua, sintiendo plenamente tu sabor a macho cansado, a sudor de los dos, de nuestros cuerpos exhaustos y tensos.
—Es que yo… ohhh…
Arriba, abajo, arriba, abajo, arriba, abajo…
—Yoo… ooooohhh… aaaahhh…
Tus palabras se perdieron, fundidas en un alarido gutural. Estallaste sobre mi cara con un chorro caliente que me cubrió las mejillas y los labios, me entró en la boca, me manchó la frente y el cuello, y no me entró en los ojos porque los cerré a tiempo, aunque noté cómo resbalaba por los costados de la nariz. Fue la mayor descarga que he recibido en mi vida.
Cuando dejó de caer, me miré en el espejo. Así vestida, jadeante, sudorosa, deshecha, dolorida, con los ojos brillantes y la cara perdida, me parecía a una de aquellas actrices de las películas que veía a escondidas en la adolescencia.
Ahora sí, pensé con un orgullo absurdo. Ahora sí que parezco una auténtica mujer de la noche.





