Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La noche que dejé de esconder a la mujer que soy

Eran casi las once de la mañana cuando empecé a subir las escaleras del edificio. Apenas podía caminar derecho. Cada escalón hacía que el culo me palpitara y ardiera, y tenía que apoyarme en el pasamanos para no quedarme atascada a mitad de camino.

Llevaba el mismo vestido negro corto con el que había salido la noche anterior, pero ahora estaba arrugado, torcido sobre el cuerpo, y olía a una mezcla de sudor, perfume barato y semen seco. El maquillaje se me había corrido por toda la cara. Tenía el pelo enredado y, debajo del cuello del vestido, una colección de chupones morados, marcas de dedos y mordidas que ni yo misma había terminado de contar.

Intenté abrir la puerta en silencio, pero la llave hizo ruido contra la cerradura. Apenas la cerré detrás de mí, escuché la voz de mi mamá desde la cocina.

—¿Brisa? ¿Sos vos?

Me quedé congelada en el recibidor. No tuve tiempo de meterme en mi cuarto ni de inventar nada. Ella apareció en el pasillo secándose las manos con un repasador, y se detuvo en seco al verme.

Su cara cambió en segundos. Primero fue el alivio de comprobar que había vuelto viva. Después, mientras sus ojos me recorrían de arriba abajo, ese alivio se transformó en algo parecido al horror.

—Brisa… ¿qué te pasó? —susurró, acercándose despacio, como si yo fuera a romperme.

Sus ojos se detuvieron en mi cuello lleno de marcas, después en el escote, donde se asomaban mis pechos todavía nuevos con manchas rojas y violáceas, y por último en la forma en que estaba parada: con las piernas un poco abiertas, el peso cargado hacia un costado, porque el culo me dolía demasiado para apoyarme normal.

—Mamá… —empecé, con la voz ronca de tanto haber gemido y gritado la noche anterior.

No pude seguir. Mi mamá levantó una mano temblorosa y rozó con la punta de los dedos uno de los chupones más grandes que tenía sobre la clavícula.

—¿Quién te hizo esto? —preguntó con la voz quebrada—. ¿Te lastimaron? ¿Te… te obligaron a algo?

Bajé la mirada. Las lágrimas empezaron a caer sin que pudiera frenarlas, no de miedo, sino de cansancio y de algo más difícil de nombrar.

—No… nadie me obligó —respondí en voz baja—. Fui yo. Quise hacerlo. Todo.

Mi mamá se tapó la boca con la mano. Se le llenaron los ojos.

—Sentate —dijo al fin, señalando el sillón del living.

Me senté con muchísimo cuidado, y aun así se me escapó un quejido cuando el culo tocó el almohadón. Mi mamá lo notó enseguida.

—¿Te duele también ahí? —preguntó casi sin voz, sentándose en el borde de la mesita, frente a mí.

Asentí, muerta de vergüenza, mirándome las manos.

***

—Anoche estuve en una fiesta privada —empecé, porque sabía que si no lo decía de una vez no iba a poder decirlo nunca—. En un departamento, lejos de acá. Había varios hombres. Sofía y Mauro me llevaron, me presentaron, me cuidaron toda la noche. Y dejé que me usaran. Me cogieron muchos de ellos. Fuerte. Me llenaron de marcas. Me terminaron encima.

El silencio que siguió fue brutal. Mi mamá se quedó mirándome como si estuviera tratando de reconocer a su hija debajo del maquillaje corrido y los moretones.

—Brisa, sos mi hija —dijo, y la voz se le rompía en cada palabra—. Yo te vi crecer. Te llevé al colegio, te cuidé cuando estabas enferma, te conozco desde antes de que supieras hablar. Y ahora llegás a casa así, marcada, oliendo a otros, caminando como si te hubieran roto por dentro. ¿Esto es lo que querés para tu vida?

Me quedé callada un momento, ordenando lo que sentía. Después levanté la mirada y le hablé con toda la honestidad que tenía guardada hacía años.

—Sí, mamá. En parte, sí. No estoy enferma. No estoy loca ni perdida. Soy una mujer. Soy una chica trans, y eso no es una etapa ni un capricho. Y además me gusta el sexo. Me gusta sentirme deseada, mirada, buscada. Anoche estuve con varios hombres y me corrí gritando, y sí, me dolió, todavía me duele el culo cuando me siento. Pero por primera vez en mucho tiempo me sentí entera. Me sentí yo.

Mi mamá empezó a llorar en silencio, sin sollozos, las lágrimas cayéndole rectas por la cara. Se cubrió los ojos con las dos manos.

—Yo te crié para que fueras feliz —dijo entre los dedos—. Y ahora mi hija vuelve destruida después de que la traten como a cualquier cosa. ¿No te da vergüenza nada?

—Me dio vergüenza durante años —respondí, y noté que la voz me salía más firme—. Cada mañana frente al espejo. Cada vez que tenía que fingir ser alguien que no era para que el resto estuviera tranquilo. Pero ya no. Ya no quiero esconderme en mi propia casa. Tengo el pecho así porque lo elegí, porque empecé el tratamiento sabiendo lo que hacía. Tengo este cuerpo porque por fin se parece a mí. Y tengo estas marcas porque anoche decidí, yo sola, ser quien quería ser.

***

Mi mamá se quedó mirándome largo rato, en silencio. Después se levantó, fue a la cocina y volvió con un vaso de agua. Me lo puso en la mano y se sentó a mi lado en el sillón, no enfrente, como si necesitara estar cerca para creerlo.

—La primera vez que te vi el pecho cambiado —dijo despacio—, pensé que era una fase. Que en algún momento ibas a dar marcha atrás, que era una cosa de la edad. Pero no vas a volver atrás, ¿no?

Negué con la cabeza, despacio.

—No, mamá. Soy Brisa. Y lo voy a seguir siendo. Voy a seguir con el tratamiento. Voy a seguir saliendo, viviendo, decidiendo por mí. No te voy a mentir sobre lo que hago ni sobre lo que me gusta. Prefiero que me odies sabiendo la verdad a que me quieras por una mentira.

Mi mamá suspiró hondo, un suspiro que pareció vaciarla. Y entonces, para mi sorpresa, levantó la mano y me acomodó un mechón de pelo enredado detrás de la oreja, con una ternura que no esperaba.

—No te entiendo —admitió, y la voz le temblaba pero ya no de horror—. No entiendo casi nada de lo que me estás contando. Pero sos mi hija. Eso lo entiendo. Me duele verte así, me duele imaginar lo que pasaste anoche, me da miedo todo. Pero no te voy a perder por no entenderte. Solo te pido una cosa.

—¿Cuál? —pregunté, con la garganta cerrada.

—Cuidate. De verdad. Que el deseo no te cueste la salud ni la dignidad. Que nadie te lastime más allá de lo que vos elijas. Y que sepas que, el día que quieras frenar, o cambiar, o lo que sea… acá vas a estar en tu casa. Yo voy a estar acá.

No pude contestar. Me incliné y la abracé fuerte. Ella me apretó contra su pecho y lloramos las dos al mismo tiempo. Mis pechos doloridos quedaron aplastados contra ella, el culo me palpitaba contra el almohadón, todo el cuerpo me recordaba la noche anterior. Pero por primera vez en años, sentada en el living de mi propia casa, sentí que ya no tenía que esconderme de la persona que más me importaba.

***

Esa tarde me bañé despacio, dejando que el agua caliente me recorriera cada marca. Me quedé un rato larga frente al espejo empañado: el pecho nuevo, los moretones repartidos por la piel, las caderas que las hormonas me estaban dibujando de a poco. Me toqué una de las mordidas del hombro y sonreí con una mezcla rara de tristeza y orgullo. No me reconocía del todo, y al mismo tiempo nunca me había reconocido tanto.

Más tarde bajé al departamento de Sofía, dos pisos abajo. Me recibió con un beso largo, de esos que dejan claro que no hay apuro, y me preguntó al oído cómo había ido todo.

—Le conté todo a mi mamá —respondí, todavía sin terminar de creerlo—. Me vio entrar así, hecha un desastre. Me vio las marcas. Me escuchó decirle quién soy y qué hice. Y no me echó. Me abrazó.

Sofía me apretó contra ella y me sostuvo la cara entre las manos.

—Entonces ya está, mi amor —dijo—. Ya no tenés que esconderte de nadie. Ya sos libre.

Me quedé con ella un rato, sin sexo esta vez, solo abrazadas en su sillón mientras afuera empezaba a caer la tarde. Le conté cada detalle de la conversación, cada gesto de mi mamá, cómo me había acomodado el pelo, lo que me había pedido. Sofía me escuchó sin interrumpir, acariciándome la espalda por encima del dolor.

Esa noche dormí en mi cama, en mi casa, con la puerta de mi cuarto sin trabar por primera vez en mucho tiempo. Me dolía el cuerpo entero: el culo todavía sensible, los pechos marcados, los músculos cansados de toda la noche. Pero el corazón lo tenía más liviano que nunca.

Antes de dormirme escuché a mi mamá pasar por el pasillo, detenerse un segundo frente a mi puerta y seguir hacia su cuarto sin decir nada. No hizo falta. Ya no era la persona que todos habían querido que fuera. Era Brisa. Una chica trans, deseada, dueña de su cuerpo y de su placer, y por fin, después de tanto, recibida en su propia casa por la mujer que la trajo al mundo.

Ver todos los relatos de Trans

Valora este relato

Comentarios (5)

Sofi_RDL

Que relato tan hermoso, me llegó al corazón. Gracias por animarte a contarlo!

MarcosNocturno

Esperando la continuacion!! me quede con ganas de saber como siguio todo con la mama

LuciaNocturna

Increible como lo contaste. Se siente tan real que por un momento creí estar ahí. Mas por favor!

toteo

Tremendo!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo

Curiosa_BA

Que paso despues?? me dejaste con la intriga del pasillo jajaja

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.