La travesti que dejó de esconderse
Tres meses después, Bianca ya no tenía una sola prenda holgada en el placard. Las había tirado todas, una por una, la misma tarde en que entendió que ya no necesitaba esconder nada de su cuerpo. Lo que antes ocultaba bajo telas anchas ahora lo mostraba sin pedir permiso.
El vestido negro de aquella noche colgaba de la puerta del dormitorio como un trofeo. Todavía tenía la parte trasera manchada de lubricante y de semen seco, y ella se negaba a lavarlo. Cada vez que lo miraba sentía el mismo cosquilleo entre las piernas, el recuerdo exacto del momento en que dejó de ser una idea y se convirtió en algo real: dos vergas al mismo tiempo, una en el coño y otra en el culo, mientras se corría gritando sobre el capot de un auto ajeno.
La foto sin filtro lo había cambiado todo. Trescientas cuarenta mil personas nuevas la siguieron en una sola semana, las suscripciones se dispararon hasta un punto que no supo manejar sola, y tuvo que contratar a una amiga para responder la avalancha de mensajes. El dinero empezó a entrar tan rápido que dejó de contarlo.
Pero lo importante nunca había sido la plata.
***
Se mudó a un piso alto en Nueva Córdoba, con ventanales del piso al techo que daban a la ciudad entera. Todas las mañanas se despertaba con el sol pegándole en las tetas desnudas, se abría de piernas frente al espejo de cuerpo entero y se miraba el coño hinchado, todavía brillando por la corrida de la noche anterior. Se metía dos dedos, los sacaba pegoteados y se los chupaba sin apuro, saboreándose. Ya no buscaba el ángulo imposible. Ya no había aplicación que corrigiera nada. Solo estaba ella, tal cual, y le gustaba.
Transmitía en vivo casi todos los días. Se maquillaba frente a la cámara mientras charlaba con miles de desconocidos, se colocaba plugs de cristal en el culo con una calma de quien hace café, se dilataba despacio mientras leía en voz alta los comentarios más sucios que le escribían. "Abrite más, puta", "chupate las tetas para nosotros", "meté los dos dedos hasta el fondo del culo". Ella obedecía sonriendo, se pellizcaba los pezones hasta ponerlos duros, se abría los labios del coño con dos dedos para que la cámara viera bien adentro, rosado y mojado. A veces se corría solo con palabras, sin tocarse, con el clítoris latiéndole contra la tela de la bombacha empapada, y después se reía. Una risa de verdad, no la mueca tensa de antes.
Esto soy. Esto fui siempre, aunque tardara media vida en animarme.
Los primeros días, cuando todavía contaba los seguidores uno por uno, le costaba creer que tantos ojos quisieran verla a ella, justamente a ella, la misma que años atrás cruzaba la calle para no toparse con su reflejo en las vidrieras. Ahora pedía que la miraran. Encendía la luz del anillo, acomodaba la cámara y se ofrecía entera —el coño abierto, el culo levantado, la boca floja— y cada corazón que subía por la pantalla era una pequeña venganza contra todos los espejos que alguna vez la habían lastimado.
Maximiliano siguió apareciendo. No todas las semanas, pero sí lo suficiente como para volverse algo más que un suscriptor más entre miles. Llegaba sin avisar, golpeaba la puerta a cualquier hora, y la encontraba siempre lista: sin bombacha bajo la bata corta, el coño ya depilado, el culo con el plug puesto por si acaso. Ni bien entraba la agarraba del pelo y la ponía de rodillas en el recibidor, le sacaba la verga dura de un tirón y se la metía hasta la garganta sin preguntar.
—Chupá, puta —le gruñía, sosteniéndole la cabeza con las dos manos—. Que se te caiga la baba, que se te corra el rímel, así te quiero.
Ella mamaba con hambre, mirándolo desde abajo, dejando que la saliva le chorreara por el mentón hasta las tetas. Le apretaba los huevos con una mano mientras con la otra se frotaba el clítoris. Cuando él le sacaba la polla de la boca era solo para pegarle cachetadas con la verga en la cara y volver a metérsela, más adentro, hasta hacerla ahogar.
Después la levantaba en peso, la llevaba al ventanal y la aplastaba contra el vidrio. Le arrancaba la bata, le abría el culo con los pulgares y sacaba el plug de un tirón que la hacía gemir. Escupía en el agujero abierto, se untaba la punta y la penetraba de un solo empujón, hasta las bolas. Bianca chillaba, la mejilla pegada al cristal frío, las tetas aplastadas contra el vidrio dejando marcas de sudor, mientras la ciudad entera se extendía ocho pisos más abajo.
—Mirá bien —le decía al oído, tirándole del pelo hacia atrás para obligarla a no cerrar los ojos frente al ventanal—. Que todo el barrio te vea cómo te la meten por el culo. Que vean qué bien te la comés.
La embestía sin piedad, chocándole el culo con las caderas en un ruido húmedo y seco a la vez, hasta dejarle moretones con forma de dedos en la cintura. Cuando la sentía a punto le pasaba una mano entre las piernas y le hundía tres dedos en el coño, mientras seguía cogiéndola por atrás. Bianca se corría gritando, apretándolo con los dos agujeros al mismo tiempo, y él la seguía cogiendo un rato más antes de sacársela, girarla y correrse en su boca abierta, en la lengua sacada, en las tetas levantadas. Ella tragaba lo que podía y lo demás se lo desparramaba por los pezones con las palmas, mirándolo a los ojos.
Dejaba fajos de billetes sobre la mesa de luz y nunca se quedaba a dormir. Ella tampoco se lo pedía. Así estaba perfecto: deseo sin promesas, sin la trampa de fingir que aquello era otra cosa.
***
Conoció a otras chicas como ella. Primero en pantallas, después en carne y hueso. Cenas en terrazas de moda, sesiones de fotos en grupo donde se lamían los coños entre risas mientras los flashes estallaban a su alrededor, escapadas de fin de semana a Mar del Plata pagadas por un productor que las quería a todas juntas para su sello. En una de esas sesiones terminó con la cara enterrada entre las piernas de una rubia altísima, chupándole el clítoris hinchado mientras otra le abría el culo por detrás y le pasaba la lengua desde el ojete hasta el coño en lamidas largas y lentas. La rubia se corrió a los gritos en su boca, y Bianca tragó todo sin apartar la cara, con los flashes iluminándole el rímel corrido y la sonrisa manchada.
Aprendió que no estaba sola. Que había un ejército silencioso de cuerpos híbridos, hermosos y a la vez quebrados, que reinaban sin pedir permiso a nadie.
Con ellas perdió el último resto de vergüenza. Una le enseñó a moverse para la cámara como si bailara para sí misma, a arquear la espalda para que se le marcara el culo, a chuparse los dedos como si fueran una verga. Otra le contó cómo había sido cortar con su familia y construir una nueva con las que sí la querían, mientras le metía un vibrador entre las piernas y le susurraba al oído lo linda que se ponía cuando estaba a punto. Por las noches se mandaban audios largos, se reían de los hombres que las trataban como diosas y de los que no entendían nada, y de a poco Bianca dejó de sentir que su vida era un secreto que había que administrar.
Una de esas madrugadas, de vuelta de una sesión en la costa, las cuatro amontonadas en el asiento trasero de una camioneta, Bianca apoyó la cabeza en el hombro de la que manejaba y se dio cuenta de que era feliz. No la felicidad ruidosa de las cámaras, sino otra más callada, la de pertenecer a algún lado. Había pasado la vida entera buscando esa sensación sin saber ponerle nombre, y la encontró por fin entre mujeres como ella.
***
Una noche la invitaron a una fiesta privada en el penthouse de un empresario cuyo nombre nunca llegó a saber. La pusieron en el centro de la sala, sobre una alfombra clara, desnuda salvo por los tacones plateados y un collar de cuero con una argolla al frente. Alrededor, una docena de hombres, todos con la cara cubierta por máscaras lisas, todos con las vergas ya afuera del pantalón, todos esperando.
—Tranquila —le dijo una voz desde atrás de una de las máscaras—. Hoy mandás vos, aunque parezca al revés.
Y empezó. La pusieron de rodillas y le acercaron la primera polla a la boca. Bianca la agarró con la mano, la miró un segundo y se la tragó entera, hasta la base, arrancando un gruñido del enmascarado. Otro se le acercó por el costado y ella soltó la primera para chupar la segunda, alternando, dejando que se la escupieran en la cara, en la lengua, en las tetas. Cuatro manos le agarraban el pelo al mismo tiempo, tironeando en direcciones distintas, y a ella le encantaba.
La tumbaron de espaldas sobre la alfombra, le abrieron las piernas de par en par y uno se hundió en su coño de una sola estocada. Al mismo tiempo otro se le sentó sobre el pecho y le metió la verga en la boca, ahogándola con los huevos contra la nariz. Los dos la cogían al ritmo del otro, mirándose por encima de ella como si Bianca fuera un puente entre sus cuerpos. Ella gemía ahogada, con la garganta llena y el coño estirado, sintiendo cómo el primero se corría adentro con un rugido y salía para dejarle el lugar al siguiente sin darle un segundo de respiro.
La giraron boca abajo, le levantaron el culo con un almohadón y ahora fueron dos a la vez: uno en el coño, otro en el culo, sincronizados, empujando cada uno cuando el otro salía, hasta que ella sintió que se partía en dos. Sus tetas se arrastraban contra la alfombra a cada embestida, los pezones ardiendo por el roce. Otro más se le puso adelante y le metió la polla en la boca, y por primera vez en su vida Bianca estuvo llena de vergas en los tres agujeros al mismo tiempo, cogida como un juguete por tres hombres a la vez mientras el resto se hacía la paja alrededor esperando el turno.
Cada vez que pensaba que no podía más, otro par de manos la giraba y la acomodaba en una posición nueva —a horcajadas sobre uno, boca abajo sobre otro, de costado con una polla en cada mano y una en la boca— y ella se entregaba con una mezcla de obediencia y poder que no sabía nombrar. Estaba en el centro de todo, era el único motivo por el que esos hombres existían esa noche, y eso la encendía más que cualquier caricia.
Entre golpe y golpe alguien le susurraba lo hermosa que era, otro le tiraba del collar para que levantara la cara, y ella se dejaba llevar como quien se entrega a una corriente tibia. Uno tras otro fueron acabando: en su boca, en sus tetas, en su culo, en su cara, en el pelo. La corrida le chorreaba desde la frente hasta el mentón, se le mezclaba con la saliva, se le acumulaba entre las tetas y le resbalaba por el vientre. No había miedo en ninguna parte de su cuerpo. Solo el latido sordo del deseo, el clítoris palpitándole sin descanso, y la certeza de que esa noche entera giraba alrededor de ella, de su piel, de su voluntad.
La llenaron hasta que perdió la cuenta de las veces que se corrió. Tenía el maquillaje deshecho, los muslos temblando y pegoteados hasta las rodillas, el pelo apelmazado por el semen, las nalgas rojas de manotazos, el coño y el culo abiertos y goteando. Cuando ya no podía ni sostenerse en pie, uno de los enmascarados se acercó, se quitó la máscara despacio, y era Maximiliano.
No dijo nada. La levantó en brazos como si no pesara nada, atravesó el pasillo entre las miradas tapadas del resto, y la llevó hasta el baño. La metió bajo la ducha tibia y le lavó el cuerpo entero con una ternura que nadie habría esperado de él, ni ella misma. Le pasó la esponja despacio entre las piernas, le limpió las corridas secas del pecho, le desenredó el pelo con los dedos.
—Sos imparable, ¿sabías? —le murmuró mientras el agua se llevaba la noche por el desagüe.
Bianca se miró en el espejo empañado: los labios hinchados, las marcas de mordidas en los pechos, las caderas todavía rojas, los pezones ardiendo, y los ojos brillando como dos faros en la niebla. Levantó la mano y dibujó un círculo en el vidrio con el dedo, despejando un pedazo de su propio reflejo.
Y se rio. Una risa honda, libre, la risa de alguien que ya no necesita esconderse de nada ni de nadie.
Esa imagen —el pelo mojado, las marcas, la sonrisa— la guardó para siempre, no en ninguna cámara sino en la memoria. Era la prueba de que había llegado al lugar exacto donde quería estar, y de que el camino, por brutal que pareciera visto desde afuera, lo había elegido ella sola.
***
Hoy su perfil tiene más de un millón de suscriptores. Casi nadie recuerda ya el nombre con el que la anotaron al nacer, y a ella le parece perfecto que sea así: ese nombre pertenecía a una persona que vivía a medias, encogida, pidiendo disculpas por existir.
Cuando camina por la calle con shorts cortos y un top de red, la gente gira la cabeza y susurra. Algunos la reconocen de las pantallas, otros simplemente la miran porque no pueden evitarlo. Antes esa atención la habría hecho temblar. Ahora la usa como un perfume.
A veces, alguna chica todavía encogida en sus propias telas anchas le escribe de noche para contarle que verla la ayudó a animarse. Bianca contesta siempre, aunque tarde, aunque sea una sola línea. Sabe lo que es esperar del otro lado de la pantalla una señal de que la vida que una sueña existe en algún lado y es posible alcanzarla.
Maximiliano le propuso una vez, medio en broma, dejar todo y desaparecer juntos a alguna playa lejos de las cámaras. Ella lo pensó apenas un segundo antes de reírse y decirle que no. No estaba dispuesta a esconderse otra vez, ni siquiera por amor, ni siquiera en un paraíso. Había peleado demasiado para que la vieran como para volver a ser el secreto de nadie.
Sigue caminando, los tacones resonando contra el asfalto caliente de la siesta, la cadera balanceándose con una lentitud calculada, la mirada al frente. Sabe lo que piensan los que la miran y le da igual, o más bien le encanta.
Ya no soy una imagen en una pantalla. Soy la fantasía que se hizo carne. Y la carne ganó.
Y este no es el final de nada. Apenas, como todo lo bueno que le pasó, recién empieza.