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Relatos Ardientes

La camarera me invitó a una copa y a algo más

—Por fin es viernes. Son las seis, dos horas más y escapo de este infierno de semana.

Eso me repetía cada viernes, aunque el fin de semana siempre pasaba sin pena ni gloria. Nada que cambiara realmente mi ánimo, nada que me sacara del pozo. Qué asco me daba a mí mismo en aquella época. Desde que lo dejé con Marina, mi vida había ido en picado y yo me dejaba arrastrar sin oponer resistencia.

Marina y yo habíamos estado siete años juntos, cuatro de ellos compartiendo piso. Puede que para muchos nuestra vida fuera aburrida. Nuestro mejor plan era una maratón de series, acostarnos tarde, un par de caricias y, dos o tres veces al mes, un sexo tranquilo y previsible. Sé lo que pensáis: esa rutina es justo lo que hay que evitar. Pero yo la añoraba. Me bastaba con saber que ella estaba en la misma habitación, aunque hiciéramos cosas distintas. Ella montaba un puzle mientras yo jugaba a la consola, y con eso me sobraba. Era mi vida entera.

Por eso mi mundo se derrumbó cuando todo se rompió. No lo vi venir. No parecía que hubiera nada mal entre nosotros, todo iba como siempre. Pero hay imágenes que no tienen vuelta atrás. Aquella tarde había salido antes de la oficina para darle una sorpresa, y al abrir la puerta de casa la sorpresa me la llevé yo. Marina estaba en la cama, con una lencería que jamás se había puesto para mí, y otro hombre de pie a su lado. Las cortinas abiertas, la luz entrando a raudales, como si quisieran que no me perdiera detalle.

Han tenido que pasar muchas cosas para que aprenda a contar esto sin que me tiemble la voz. En aquel momento yo me sentía completamente heterosexual, y la escena solo me dolía. Si me pasara hoy, os aseguro que reaccionaría de otra manera. Pero no adelantemos acontecimientos.

***

Volvamos al viernes. Quedaban dos horas para salir y yo ya me había arreglado, aunque olía a recién separado a un kilómetro. Mi economía se había hundido, porque Marina siempre ganó bastante más que yo, así que ahora vestía imitaciones baratas. Solo los zapatos eran buenos, pero hoy en día nadie se fija en los zapatos. Y el pelo… no sé por qué me había empeñado en parecer un niño formal, peinado a un lado con la raya marcada, como un señor de cincuenta. No me favorecía nada con mis cuarenta y uno.

A la salida me esperaba Bruno, mi guía en esto de recuperar una vida. Él llevaba algo más de tiempo separado. Vestía una americana de pana, una camisa decente y unos zapatos bien lustrados; su barba de tres días estaba calculada al milímetro para ligar esa noche. En los cuatro meses que llevábamos saliendo, Bruno había conseguido dos números de teléfono. No era un éxito rotundo, pero mi marcador seguía a cero.

El plan era el de siempre: el bar barato de cerca de las oficinas, un par de cervezas y, ya entonados, andando hasta una discoteca para gente de nuestra edad. Allí bailaríamos con alguien y, con suerte, aparecería esa amiga a la que Bruno siempre perseguía sin éxito. Sí, lo sé, un quizá sobre un puede ser. Pero era todo lo que llevaba esperando la semana entera.

El bar era uno de esos locales que se llenan a la hora del café y de la caña, y que el resto del tiempo están desiertos. Bruno y yo estábamos allí, cumpliendo con el guion, hablando del fútbol y de un vídeo ridículo de un influencer. Éramos como personajes secundarios de videojuego, NPCs haciendo lo que se espera que hagan los NPCs.

—Vaya, mi jarra tiene un agujero, ya está vacía —dijo Bruno con su chiste de cada día—. Te toca ir a por más.

No era cierto, la última ronda también la había traído yo. Pero no iba a discutir. Bruno era el único que conseguía sacarme del fango, y lo sabía, y se aprovechaba. Cuando cenábamos, siempre se olvidaba la cartera. Si había cola, siempre iba yo. Hasta le ayudé con la mudanza de su hermano. Si él era un NPC, yo era el aprendiz.

Me acerqué a la barra, donde una chica joven trataba de atender a una marea de oficinistas que intentábamos rellenar nuestros vacíos con alcohol. Era más bien bajita, con curvas: cintura ancha, vientre blando y un buen pecho apretado en un escote que todos mirábamos de reojo. Siempre había algún baboso soltándole una burrada, y ella fingía no oírlo, aunque yo sabía que sí. Estaría acostumbrada.

Esperé casi diez minutos pegado a la barra, entre codazos y el olor a sudor de alguien que no usaba desodorante. Alguien me pisó el zapato bueno y otro me derramó cerveza en el pantalón. Pero al fin me llegó el turno.

—¿Me pones dos cervezas? —dije, mirándola a la cara para que notara que no todos somos iguales.

Con un gesto ágil dejó dos botellines fríos en la barra. Estiré el brazo para cogerlos y entonces, entre el alboroto, escuché una voz que conocía demasiado bien.

—Hola, Bruno. Mira, te presento a Damián. Es… un amigo.

Me giré sin recoger mi pedido. Era Marina, saludando a Bruno con un tipo alto, de piel pálida y gafas agarrándola por la cintura. Bruno la miró, luego me buscó con los ojos. Algo en mi cara debió de bastarle, porque le susurró algo a Marina y ella, tirando de la mano de su acompañante, salió del bar no sin antes lanzarme una última mirada.

El mundo entero pareció moverse a cámara lenta. Volví la cabeza hacia la camarera y la encontré observándome con algo parecido a la comprensión. Noté una lágrima bajándome por la mejilla. Cogí las dos cervezas y regresé con Bruno.

No hablamos. Él no sabía qué decir y yo no quería decir nada. Dimos un sorbo y nos quedamos en silencio. Lo tenía claro: terminaba la cerveza y me iba a casa.

***

Cuando llevaba medio botellín, una mano se apoyó en mi brazo. Una mano femenina y cálida. Seguí el recorrido y vi a la camarera detrás de mí. Dejó sobre la mesa dos rones con cola.

—Invita la casa —dijo.

Bruno se lanzó como un resorte.

—Vaya, guapa, muchísimas gracias.

Lo vi mirándole el pecho, pero cuando quise comprobar si ella le devolvía la atención, descubrí que ni siquiera lo había mirado. Solo me miraba a mí.

—Gracias —conseguí titubear.

—¿Vais a salir luego? —preguntó.

—Claro —respondió Bruno por mí—. Pensábamos ir a algún sitio.

—Conozco uno mejor. Esperadme a que cierre y os llevo. Salgo a las diez.

No me quitaba los ojos de encima, y su mano seguía en mi antebrazo. Por supuesto que aceptamos. Bruno hablaba como si fuera él quien se la fuera a ligar; yo, como ya sabéis, no discutí.

La camarera se llamaba Lorena. Cuando por fin salió, cogió el bolso y nos hizo un gesto para que la siguiéramos. Caminaba rápido a pesar de los tacones, y por primera vez la veía entera, fuera de la barra. Vaya culo redondo y firme tenía, una sorpresa en alguien con esas curvas blandas. Yo me quedaba un paso por detrás hasta que ella me agarró de la mano y tiró de mí para que fuéramos juntos. Después de cuatro meses sin que ninguna mujer me mirara, ese simple gesto me encendió por dentro.

—Primero quiero cambiarme, esta ropa huele a bar —dijo—. Vivo aquí al lado. Subimos un momento y luego os llevo. Igual hasta tengo algo en casa para que comáis.

Lo último lo dijo clavándome la mirada, y juro que se me aceleró el corazón. Hasta Bruno notó que iba por mí.

Por el camino nos contó que compartía piso con una amiga de la infancia, las dos de veintinueve años. Se disculpó por el posible desorden y añadió que su compañera, Yael, trabajaba de gogó en una discoteca y nos conseguiría entradas. El banco había comprado el edificio entero y eran las únicas inquilinas que quedaban; por eso la música se oía desde un piso antes de llegar.

Lorena abrió sin llamar ni avisar, y así nos encontramos a Yael casi desnuda en el sofá, con un pantalón de pijama y nada más, una porción de pizza en la mano y el mando en la otra.

—¡Lorena! ¿Qué haces? —protestó Yael, cruzando el brazo sobre el pecho.

Vaya belleza, pensé: delgada, de pecho generoso y una cara preciosa. Se notaba que se había retocado, pero a quién le importaba eso.

—¡Tengo invitados! ¿Y tú por qué no estás en la disco?

—Me han echado hoy —soltó Yael, poniéndose de pie.

Al levantarse dejó de taparse, y tanto Bruno como yo nos quedamos contemplándola. Lorena la agarró del brazo y se la llevó un momento a la habitación; volvieron entre susurros y risas. Yael salió ya en sujetador.

—Perdonad, chicos, os habrá dicho lo de la disco, pero me han despedido justo hoy y no pienso aparecer por allí. Tranquilos, que algo se nos ocurrirá.

Bruno se adelantó a charlar con ella desplegando todas sus armas. Desde atrás pude verla con más detalle y entender qué me había parecido retocado: Yael era una chica trans. Y parecía contenta de vernos, porque el pijama no lograba disimular el bulto que empezaba a crecer.

—¡Voy a ducharme! —gritó Lorena desde el fondo—. Ahora salgo.

***

Los minutos siguientes fueron desconcertantes. Bruno intentaba ligar con Yael, pero ella ligaba mejor que él. Le dijo que tenía una pestaña en el ojo; él cerró los párpados para que se la quitara y Yael lo besó. Un beso de los de verdad, con lengua, sujetándole la cara. Bruno respondió, y el bulto del pijama de Yael seguía creciendo.

No sabía dónde meterme. Por un lado me sentía un mirón incómodo; por otro, la escena me parecía brutal y no quería perderme nada. Cuando me di cuenta, yo también estaba empalmado.

Yael pasó los labios al cuello de Bruno mientras le desabrochaba la camisa, y él se dejaba hacer con los ojos cerrados. Entonces ella levantó la vista y, sin dejar de besarlo, me miró directamente a mí. Me puse tenso, pensé que la incomodaba. Pero Yael sonrió.

—Creo que ya no se oye la ducha —dijo—. ¿Por qué no vas a buscar a Lorena?

—Claro —respondí.

Me levanté como pude, con el pene apretado contra el pantalón, y llamé tímidamente a la puerta del cuarto. Miré atrás: Yael había tumbado a Bruno y le besaba el pecho mientras se sacaba del pijama un miembro enorme. Bruno me observaba casi molesto por quedarme mirando. Sin saber cómo reaccionar, abrí la puerta y entré sin esperar respuesta.

Lorena estaba desnuda, extendiéndose una especie de aceite por todo el cuerpo. Me miró, sonrió y dijo:

—Te estaba esperando.

No hice nada. No podía. Estaba bloqueado. Ella se acercó, me agarró por encima del pantalón y empezó a besarme. Por instinto llevé una mano a su culo, firme y duro, y la otra a un pecho. Desnuda ya no parecía rellenita: la piel brillante por el aceite, dos pechos grandes de pezones pequeños y rosados, el sexo casi sin vello, las piernas y los glúteos trabajadísimos. Era un diez de diez.

Me empujó contra la puerta y me bajó el pantalón y la ropa interior hasta las rodillas. Suspiró de gusto al cogerme, dejó de besarme solo para pasarse la lengua por los labios y fue descendiendo despacio, rozándome con el pecho, hasta atrapar mi miembro entre sus tetas. Una baba espesa cayó de su boca y lo dejó resbaladizo antes de hacerme una paja con ellas, como en una película. ¿Era esto el karma compensando mis últimos cuatro meses? No lo sé, pero pensaba disfrutarlo.

Cuando se cansó de jugar, bajó un poco más y se lo metió entero en la boca. Marina solía lamerlo como un helado, casi nunca lo tomaba del todo. Lorena, en cambio, movía la cabeza como una experta, sin necesitar las manos, dejando siempre el glande dentro, jugando con la lengua y succionando como si fuera una pajita. Qué placer más grande.

Y entonces algo falló. No me controlaba. Iba a correrme apenas dos minutos después de empezar, y eso nunca me había pasado. Se lo dije, y por toda respuesta me agarró el culo para que no pudiera apartarla y apretó los labios. Cuando ya no me quedaba nada, exprimió la base con la mano para asegurarse de la última gota; esa la atrapó con la lengua en el aire, se levantó y me besó para que probara mi propio sabor. Salado, denso, pero no desagradable. Y, pese a haberme corrido, la noche no había hecho más que empezar.

***

La tumbé en la cama, o quizá me arrastró ella, y empecé a recorrerle el pecho con la boca. Cumplía la fantasía de todos los babosos del bar sin haber tenido que insinuarme siquiera. Ella gemía bajito. No iba a pasarme la noche entera ahí: tenía una mujer imponente delante y tocaba darlo todo. Bajé a besos por el vientre, y Lorena me lo puso fácil abriendo las piernas y doblando las rodillas.

Comer un sexo siempre se me ha dado bien. Empecé con un dedo mientras besaba y mordisqueaba alrededor del clítoris, accesible y sin vello, lo que volvía todo más agradable. Sus suspiros me ponían a mil. Estaba muy lubricada cuando la oí decir:

—Ya te dije que tendría algo en casa para que comieras.

Y por fin entendí el chiste. Me había olvidado de Marina, del trabajo, de los zapatos pisoteados. Solo estábamos ella y yo. Lamí con fuerza mientras le metía un segundo dedo buscando el punto exacto, y los suspiros se volvieron gemidos y luego gritos contenidos.

—Qué bueno —susurró—. Pero méteme un dedo por detrás.

Me quedé quieto un segundo. Nunca lo había hecho, y menos me lo habían pedido.

—Tranquilo, me he preparado en la ducha.

No era eso lo que me había frenado, pero ese detalle me dijo todo sobre lo que ella esperaba de la noche. Lo intenté, hecho un lío con los dedos de ambas manos y la lengua, los pantalones por las rodillas y la camisa medio abierta. Debía de ofrecer una imagen ridícula, y ella lo notó.

—Espera —dijo—. Dime que has traído un condón.

—Sí… en la chaqueta, en la entrada.

—Pues ve corriendo, que te quiero dentro.

Pocas veces alguien ha tenido tanta prisa por algo. Me desplacé con los pantalones en los tobillos, me los quité por el camino tropezando con los zapatos y, cuando llegué a la puerta, ya estaba desnudo. La abrí y me quedé de piedra.

Bruno estaba de rodillas junto a Yael, que llevaba un liguero en cada pierna, una fusta en la mano y nada más. A Bruno solo le quedaba un collar de perro en el cuello. Le lamía el miembro mientras ella le daba pequeños azotes en la espalda.

Intenté pasar de largo hacia mi chaqueta, pero Yael me frenó en seco.

—Un momento, campeón. Le estoy enseñando modales a tu amigo y voy a necesitar tu ayuda.

Me dio un tirón, me agarró cuando aún estaba algo flácido y le dijo a Bruno:

—Ahora practica con tu amigo.

Lo miré. Él no me sostuvo la mirada, pero se acercó y se lanzó a tragarme. Busqué a Yael, pero ella observaba hacia la puerta del cuarto: Lorena estaba apoyada en el marco, sonriendo, y me hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

Así fue como mi amigo de toda la vida empezó a comérmela. Era la primera vez que tenía algo con un hombre, y no estaba nada mal. En segundos me la puso dura otra vez, y cuando empecé a disfrutarlo, Yael me pasó la fusta.

—Úsala si se porta mal.

***

Lorena se acercó contoneándose, acariciándose, y me besó. Sentir unos labios en la boca y otros en el sexo a la vez me llevó al cielo.

—Pero Yael también lo ha pasado mal hoy —dijo Lorena—. La pobre, despedida.

Yael agarró la nuca de Lorena, que se arrodilló junto a Bruno y empezó a atender a la trans. Cuando Bruno se distrajo mirándolas, me salió solo: le di un azote con la fusta y volvió a su tarea conmigo.

Eran dos bellezas increíbles. Yael, de cuerpo trabajado y un miembro descomunal; Lorena, con esa belleza natural y ese culo que yo me preguntaba si me dejaría profanar. Bruno no me atraía, pero tener al que se había aprovechado de mí durante meses arrodillado y obediente era otra clase de placer.

Lorena apartó a Bruno con suavidad y nos tomó a Yael y a mí a la vez. Después le dijo a Bruno:

—Ve al baño, prepárate y vuelve. En la mesilla hay algo para relajarte.

Yael pensaba destrozarlo, estaba claro. Mientras tanto seguía con nosotros hasta que cambió de idea.

—Venga, deja un poco para los demás —rio—. Hoy tú eres el rey —me dijo a mí—. Otro día te tocará devolver el favor, pero esta noche todo el placer es para ti.

Lorena asintió, sonriendo. Fui a por el condón. Cuando volví, Yael ya tenía a Lorena apoyada en el sofá, las tetas apretadas contra los cojines, las piernas estiradas y el culo abierto para mí.

—Adelante —dijo Yael, echándome un poco de lubricante—. Te la he dejado lista.

Mi primera vez por ese camino. Entré despacio; estaba mucho más prieto que cualquier sexo que hubiera conocido. Al notar la punta, Lorena dio un respingo.

—Tranquilo, sigue, pero poco a poco.

Así lo hice, hasta apoyar la pelvis contra ella, y luego entrando y saliendo con cuidado. Sus quejidos pronto se volvieron gemidos de placer. Yael nos miraba con diversión y algo de envidia. Reorganizó los sofás.

—¿Por qué no os tumbáis y jugamos los tres?

—¡Sí! —exclamó Lorena, como una niña ante una atracción de feria.

Me tumbó boca arriba, se sentó sobre mí de nuevo y se reclinó contra mi pecho, abriendo las piernas. Yael se acercó y la penetró por delante. Yo apenas podía moverme, pero sus embestidas bastaban, y de algún modo notaba la presión de los dos a la vez. Lorena ya no gemía, gritaba sin miedo.

—¡Sí, más fuerte, por favor!

Para entonces Bruno había vuelto, empalmado y con cara de saber lo que le esperaba. Lorena le hizo un gesto con el dedo para que se acercara y, aprovechando una pausa, pidió que la llenaran también por el único hueco libre. Bruno, encantado.

Durante un buen rato seguimos todos con Lorena, cambiando de postura y de condón. Hasta que dijo que no podía más y se dejó caer, exhausta, pidiendo que continuáramos sin ella.

—Creo que el efecto ya le habrá llegado a tu amigo —me dijo Yael, sacando un taburete bajo—. Ahora, criatura —le ordenó a Bruno—, apoya el pecho aquí, que vamos a darte lo mismo que tú le diste a mi amiga.

Bruno recuperó su papel sumiso y obedeció sin rechistar.

—Cariño —me dijo Yael—, ¿por qué no le das tú por detrás mientras yo le lleno la boca?

—Claro —contesté.

Si al empezar la noche me dicen que iba a hacer esto con mi amigo, me habría reído del chiste. Pero ya nadie era capaz de decirle que no a Yael. Bruno apartó la boca un segundo.

—Hazlo con ganas. Me lo merezco.

Y eso bastó. Le di con la misma energía con que Yael le tomaba la boca. Gritaba, a veces de dolor, a veces de placer, y a los pocos minutos se corrió sin que nadie le tocara siquiera. Cuando paramos para cambiar, me fui a sentar junto a Lorena, y los dos miramos cómo Yael lo seguía castigando.

—Ahora —me susurró Lorena— tú y yo, sin nadie más.

Esta vez no hubo condón. Me sentó en el sofá y se acomodó encima, metiéndome en su interior, moviéndose despacio. Toda la brusquedad anterior se apaciguó mientras ella daba pequeños botes, me besaba y me ofrecía el pecho. Al bajar el ritmo volví a sentir que llegaba al límite. Se lo dije, ella se apartó, se arrodilló y volvió a succionar hasta la última gota.

Caí rendido y Lorena se durmió abrazándome. Yael y Bruno siguieron varias horas más.

***

A la mañana siguiente, Lorena me explicó que lo de aquella noche no era normal, que había sido algo excepcional y que no la juzgara mal. Pero yo estaba completamente embelesado por ella.

Han pasado cuatro meses. Lorena y yo salimos juntos, y nos lo pasamos en grande. Cuando nota que he tenido una mala semana, invita a Yael para que se una y entre las dos me cambian el ánimo. A veces Yael trae a algún chico para que lo pongamos firme entre todos.

Ahora, cuando llega el viernes, cuento los minutos para salir del trabajo y volver a verla. Y, por fin, ya no soy un NPC.

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Comentarios (5)

Marcia_84

Increible, me encanto! Ojalá haya segunda parte

PatoBA

jajaja eso de la copa me mato. muy bueno

LauraV_cba

Muy bien narrado, se siente real y eso es lo mejor. Seguí asi!!

Daniela_mv

Me hizo acordar a una noche en un bar del centro hace años. Que memorias jaja

nacho_bsas

Por favor continuacion, quede en suspenso jaja

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