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Relatos Ardientes

Lo que pasó en la camioneta del campero

El calor de esa noche de enero en Chivilcoy no aflojaba ni cerca de la medianoche. El Potrero, ese boliche medio escondido en la salida del pueblo, estaba a reventar. Luces violetas barriendo el techo, cumbia vieja mezclada con reggaetón, olor a cigarrillo y a perfume barato pegado a la piel de todos. Era el tipo de lugar al que vas cuando querés que algo pase y no querés que nadie se entere.

Yo me llamo Daniela. Tenía el cuerpo justo como me gusta tenerlo: finito de tanto cuidarme, pecho chico pero firme que se marcaba perfecto bajo la remera de red negra, y una cola que el short de jean apenas alcanzaba a tapar. Esa noche me había pintado los labios de rojo y me había puesto pestañas postizas, y cada vez que me cruzaba con un espejo me gustaba lo que veía. Sabía la cara que ponía: esa mirada de «hacé conmigo lo que quieras» que vuelve loco a cualquiera.

Fui con mis amigas, todas chicas trans del centro, igual de divinas y de descaradas que yo. Apenas cruzamos la puerta ya estábamos bailando, tomando fernet con coca, riéndonos a los gritos de cualquier cosa. Yo me movía despacio, ondulando la cintura, dejando que los tipos me miraran y midiendo cuáles me devolvían la mirada. Me gustaba sentirme presa antes de que nadie me tocara.

El Potrero era así: un galpón grande con la pista en el medio, una barra larga a un costado y un montón de rincones oscuros donde la gente hacía de todo. Camioneros de paso, peones que bajaban de los campos los fines de semana, pibes del pueblo y chicas como nosotras que íbamos a buscar exactamente lo que esa noche estábamos buscando. Había una libertad ahí adentro que en pleno centro no existía. Nadie te juzgaba. Nadie miraba de reojo. Todos estaban demasiado ocupados con sus propias ganas.

Mientras bailaba, sentía las miradas posarse en mí como manos. Algunos se acercaban, me decían algo al oído, me invitaban un trago, y yo los dejaba intentar un rato antes de darles la espalda con una sonrisa. No buscaba cualquiera. Buscaba a alguien que no me preguntara nada, que no necesitara que yo le explicara cómo tratarme. Alguien que ya supiera que abajo del short tenía una polla igual que la suya y que aun así me iba a coger como a la puta más hembra del boliche.

Lo vi en la barra casi enseguida. Cuarenta y pico bien llevados, piel curtida de estar todo el día al sol, una camisa a cuadros abierta hasta la mitad del pecho. Brazos grandes, manos enormes, de esas de manejar el volante de la camioneta y tirar el lazo. Tomaba una cerveza apoyado contra la pared, solo, mirando el movimiento de la pista como quien busca una cosa puntual y todavía no la encontró.

Hasta que me encontró a mí.

Se cruzaron las miradas y no las soltamos. Él sonrió apenas y levantó la botella, como un saludo. Yo le devolví una sonrisa chiquita y me mordí el labio sin dejar de mirarlo. No hizo falta nada más. Dos temas después ya lo tenía atrás de mí en la pista, una mano firme en la cintura y la otra rozándome la cola apenas, midiéndome también él. Me dejé caer contra su cuerpo y sentí el bulto duro empujándome entre las nalgas, gordo, largo, marcándose contra la costura del jean como una amenaza rica.

Se agachó un poco y me habló pegado al cuello, con los labios rozándome la piel.

—¿Sabés lo que te voy a hacer, nena? —dijo, apretándome más contra su verga—. Te voy a partir en dos.

Se me erizó todo el cuerpo. Le agarré la mano y me la llevé a la entrepierna por arriba del short, para que sintiera que yo también estaba dura, que yo también quería. No se sorprendió. Al contrario: me apretó por encima de la tela, midiéndome la polla como quien reconoce lo que va a usar después, y sonrió contra mi oreja.

—¿Te venís un rato afuera? —me dijo, con una voz ronca de campo y de whisky.

Asentí sin decir una palabra. No me salía la voz, y tampoco la necesitaba.

***

Salimos por la puerta lateral. El estacionamiento era un playón de tierra seca lleno de camionetas y autos amontonados, con yuyos altos creciendo entre las ruedas. La suya estaba estacionada al fondo, lejos de las luces del boliche, como si la hubiera dejado ahí a propósito. Me dijo que se llamaba Hernán, que tenía un campo a veinte kilómetros, de esos que todavía tienen vacas y silencio. Lo dijo como quien no le da importancia, mientras abría la puerta trasera.

Adentro había una manta tendida sobre el asiento. Prendió la luz del techo un segundo, lo justo para verme la cara, y la volvió a apagar. Quería oscuridad, solo el reflejo violeta que entraba por las ventanillas y se nos pegaba a la piel.

No esperó a que yo dijera nada. Me agarró de la nuca con una mano, sin lastimar pero sin dejar dudas de quién mandaba, y me empujó despacio hacia abajo. Yo me dejé caer de rodillas sobre la manta, temblando, no de miedo: de ganas.

Con la otra mano se abrió el cinturón, se desprendió el jean y se lo bajó hasta las rodillas junto con el calzoncillo. La polla le saltó afuera, gruesa, larga, con las venas marcadas subiéndole por el tronco y la punta ya mojada de un hilo brillante que le colgaba. Me quedé mirándola un segundo con la boca abierta, y él se la agarró de la base y me la pasó por los labios, embadurnándome el rojo del labial contra la carne dura.

—Abrí —dijo. Una sola palabra.

Abrí la boca todo lo que pude y me lo llevé hasta el fondo de la garganta de una. Sentí la punta chocarme el paladar, después bajar más, hundirse hasta que la nariz me quedó pegada contra el vello ralo de su pubis. Él soltó un gruñido bajo, satisfecho, y no fue suave: me sostuvo la cabeza con las dos manos y empezó a moverse, marcando el ritmo, cogiéndome la boca sin apuro pero sin piedad, como si me estuviera enseñando para qué me quería.

Cada vez que llegaba al fondo yo sentía las arcadas subiéndome, la saliva cayéndome espesa por el mentón, chorreándome hasta las tetas, los ojos llenándose de lágrimas que me corrían el rímel en dos surcos negros. Y aun así empujaba la cara hacia adelante, tragándomelo entero, ofreciéndole la garganta. Le apretaba los muslos con las manos, le clavaba las uñas, sacando la lengua entre embestida y embestida para lamerle los huevos pesados que le colgaban.

—Mirá la putita tragona que me encontré —murmuró, y me dio una palmada suave en la mejilla, después otra un poco más fuerte que me dejó la piel caliente—. Chupá bien, nena. Chupá esa verga como la trola que sos.

Solté un quejido ahogado alrededor de su polla que era puro placer. Me gustaba que me hablara así. Me gustaba que supiera lo que yo era y lo dijera en voz alta. Me la sacó de la boca de un tirón, dejándome un hilo de saliva colgando entre el labio y la punta, y me la refregó por la cara, por las mejillas, por la frente, marcándome como suya. Después me la volvió a meter de golpe hasta el fondo y me cogió la garganta como si fuera un coño, sin parar, hasta que yo me estaba ahogando y le pedía más con los ojos.

Me enganchó la remera de red con los dedos y tiró hasta romperla. El aire de la noche me golpeó el pecho y se me pusieron los pezones duros como piedritas. Se agachó y me mordió uno hasta hacerme arquear la espalda, después el otro. Me los apretaba con los dedos justo hasta el límite, ahí donde el dolor se confunde con otra cosa. Me pasó la lengua áspera de un pezón al otro, me los chupó fuerte, dejándomelos hinchados y colorados, brillantes de saliva.

—Mañana, cada vez que te toques acá, te vas a acordar de mí —dijo contra mi piel.

Bajó una mano y me la metió dentro del short. Me agarró la polla entera con la palma, dura como estaba, y me la apretó un rato, midiéndomela, masajeándomela con esa mano áspera de trabajar el campo.

—Mirá cómo tenés esto, putita. Toda dura y chorreando. —Se llevó los dedos a la boca y se chupó lo que me había sacado de la punta—. Rica.

***

Me dio vuelta sobre la manta, boca abajo, y me bajó el short y la tanga de encaje negro de un solo movimiento, las dos cosas a la vez. Sentí la cola al aire, expuesta, y la mano grande recorriéndome despacio, abriéndome, como quien evalúa algo que ya decidió que es suyo. Me pasó el pulgar por el agujero, apenas rozándolo en círculos, y a mí se me escapó un gemido largo contra la manta.

Se agachó atrás de mí. Sentí la respiración caliente contra el culo un segundo antes de que la lengua se me hundiera entre las nalgas, gorda, mojada, empujándome el agujero para adentro. Grité contra la manta. Me lamió despacio primero, después con más fuerza, escupiéndome encima y volviendo a lamer, cavando ahí con la lengua como si me estuviera preparando para algo mucho más grande. Me clavó los dientes en una nalga, después en la otra, me chupó el culo con esa boca de tipo grande sin ningún asco, mientras con una mano me agarraba la polla por abajo y me la sacudía con el ritmo de la lengua.

—Esto está pidiendo verga, nena —dijo, escupiéndome de nuevo entre las nalgas—. Y le vamos a dar.

Me metió un dedo. Después otro. Me abría con los dedos gruesos, dándome tiempo para respirar, para acostumbrarme, mientras me mordía la baja espalda y me susurraba cochinadas contra la piel. Yo me mordí el antebrazo para no gritar demasiado fuerte, porque el boliche seguía sonando a treinta metros y cualquiera podía pasar caminando entre las camionetas. Le empujaba el culo contra los dedos, empalándome sola, pidiéndole con las caderas que fuera más, que fuera más profundo.

—Aflojá —dijo, con la voz más baja todavía—. Esto recién empieza.

Sacó los dedos. Lo escuché abrir el sobre del forro con los dientes, ponérselo con una sola mano sin dejar de sostenerme con la otra. Sentí la punta apoyarse contra el agujero, gorda, empujando apenas, avisándome. Y después entró, despacio al principio los primeros centímetros y de golpe hasta el fondo, todo de una. Solté un grito ahogado que retumbó dentro de la camioneta, un grito que era mitad dolor mitad gloria. No paró: me clavó contra el respaldo del asiento, agarrándome de las caderas con las dos manos, los dedos hundiéndose en mi carne.

Cada embestida era un golpe seco, profundo, que me sacudía entera. La verga entrándome y saliéndome hasta la mitad, después volviendo a hundirse hasta que sentía los huevos golpeándome contra los míos. La camioneta se mecía sobre las ruedas como si afuera temblara la tierra. Yo lloraba de placer con la cara aplastada contra la manta, arañando el tapizado con las uñas, repitiendo cosas que ni yo sabía que iba a decir.

—Más… así… más fuerte… rompeme… —le pedía con la voz rota—. Cogeme como una perra…

—Eso es lo que sos, ¿no? —me contestó, sin dejar de embestirme—. Una perrita caliente que se vino a buscar verga al boliche.

—Sí… soy tu perrita… soy tu puta…

Hernán me agarró del pelo y me levantó como si yo no pesara nada, me puso en cuatro patas sobre el asiento, la espalda arqueada, el culo bien alto para él. Me dio una nalgada que sonó como un latigazo en la noche, y otra, y otra más, hasta que me ardió la piel y yo temblaba entera, todavía pidiéndole que no parara. Cada nalgada me hacía apretarme entera alrededor de su polla adentro, y él gruñía cada vez que yo lo aprisionaba.

—Decime de quién sos —dijo, sin dejar de moverse.

—Tuya… soy tuya… —contesté, y lo decía en serio en ese momento, con cada fibra del cuerpo.

Me sacó la verga de golpe, me dio vuelta, me acostó de espaldas contra el asiento y me levantó las piernas hasta apoyármelas sobre sus hombros. Ahora quería mirarme la cara. Me la volvió a meter así, doblándome en dos, empalándome desde arriba con todo el peso encima, la polla entrándome más profundo todavía en esa posición. Me chupó dos dedos y me los pasó por la punta de mi verga que rebotaba contra mi propia panza a cada embestida, mojándomela, sacudiéndomela al ritmo con que él me cogía.

—Mirame —me ordenó, agarrándome el mentón—. Mirame a los ojos mientras te cojo.

Le clavé la mirada, con el rímel corrido, con la boca abierta, con la lengua afuera pidiéndole saliva. Me escupió en la boca. Le sonreí toda cochina y me tragué la saliva sin cerrar los ojos. Eso lo terminó de enloquecer.

Me metió dos dedos en la boca para que se los chupara mientras me cogía, y con la otra mano me apretó el cuello apenas, lo justo para que sintiera el peso de su voluntad sin cortarme el aire. Esa combinación —la verga hundiéndome hasta la próstata, los dedos ahogándome la lengua, la mano marcándome el cuello, mi polla sacudiéndose sola contra mi vientre— me terminó de quemar por dentro.

Me corrí sin tocarme. Un temblor que me subió desde adentro del culo y me hizo estallar la polla en chorros gruesos que me cayeron sobre las tetas, sobre el cuello, sobre la boca abierta, uno tras otro, mientras seguía apretándome entera alrededor de su verga. El cuerpo sacudiéndose contra el suyo, la manta empapada debajo de mí, la garganta rota de gritar. Nunca me había pasado así, sin una mano de por medio, solo de sentirme dominada, solo de que me cogiera bien.

Él me pasó dos dedos por las tetas, recogió mi semen y me lo dio a chupar. Yo se los lamí enteros, mirándolo, sin dejar de temblar.

***

Eso lo terminó de enloquecer a él también. Aceleró, gruñendo bajito como un animal, hundiéndose hasta el fondo una y otra vez, la camioneta crujiendo, mis piernas resbalándose de sus hombros por el sudor. Me agarró de las caderas y me clavó contra él, hasta el fondo, y ahí se quedó. Lo sentí tensarse entero, clavarse al máximo y descargarse con un rugido contenido, latiendo dentro de mí una, dos, tres, cuatro veces, la polla palpitándome adentro cada vez que descargaba, mientras me apretaba contra su pecho sudado.

Salió despacio. Se sacó el forro con cuidado, le hizo un nudo, y me lo mostró un segundo, cargado, pesado, antes de tirarlo por la ventanilla hacia los yuyos.

—Toda esa leche era para vos, nena —dijo.

Nos quedamos así, pegados, jadeando, sin fuerzas para movernos. Él encima, los brazos cruzados sobre mi torso como si no quisiera soltarme todavía. Me mordió el lóbulo de la oreja, despacio.

—Cuando quieras repetir, te venís al campo —me dijo al oído—. Preguntás por Hernán. Te tengo toda una noche para mí solo. Y ahí, sin apuro, te la meto sin forro y te lleno el culo hasta que te chorree por las piernas.

Yo, con la voz hecha pedazos, apenas alcancé a susurrar:

—Dale.

Nos besamos sucio, con gusto a labio mordido, a saliva y a semen, a todo lo que acababa de pasar. Su lengua me buscaba adentro de la boca todavía con hambre, como si no le hubiera alcanzado. La camioneta olía a sexo, a transpiración y a perfume barato, una mezcla que se me iba a quedar grabada por días. Afuera, el Potrero seguía sonando como si nada, las luces violetas latiendo contra los vidrios, pero nosotros dos ya estábamos en otro lado.

Me acomodé la ropa rota como pude, anudándome la remera de red para que tapara lo justo, con las tetas todavía pegajosas debajo de la tela, y me bajé de la camioneta con las piernas todavía flojas, sintiendo el culo latir a cada paso, abierto, caliente. El aire caliente de la noche me dio en la cara y por un segundo me quedé ahí parada, entre los yuyos y las camionetas, mirando las luces del boliche temblar a lo lejos. Tenía el cuerpo deshecho y la cabeza liviana, esa sensación rara de quien acaba de tocar exactamente lo que vino a buscar.

Volví a entrar. La música seguía igual, mis amigas seguían en la pista como si no hubiera pasado el tiempo. Me preguntaron dónde me había metido y yo solo me reí, me mordí el labio y no contesté. Algunas cosas no se cuentan. Se guardan para una sola, para sacarlas de noche cuando una quiere volver a sentirse así de elegida, así de cogida.

Y yo ya sabía que, tarde o temprano, iba a preguntar por Hernán en ese campo.

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Comentarios(8)

roman_cba

tremendo relato, de verdad. no pude parar de leer hasta el final!!!

Luciana_mdp

Por favor seguí con esto, quedé con ganas de saber qué pasó después. Una segunda parte urgente!!

SolMendez

Lo que mas me gustó es cómo lo contás, con esa tension que se va armando de a poco. Muy bueno.

Maru_ok

Se me hizo cortisimo, pero bien escrito. Mas!!

ElRaton_Lector

Los mejores relatos son los que no necesitan exagerar para impactar, y este es uno de esos. Bien ahí.

Kike_BA

Que buena manera de arrancar, el titulo ya te atrapa y el relato no decepciona. Seguí escribiendo así.

MarcosMDZ

Tengo curiosidad... ¿tiene continuación esto? Porque el final te deja pensando. Buen relato!

PilarGBA

Muy bien contado, se siente la tension desde el principio. De los mejores que lei ultimamente en esta categoria.

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