El día que mi ama me feminizó por completo
Salimos de la ducha todavía húmedas y Renata notó enseguida lo excitada que estaba. Cómo no estarlo: llevaba puesto un traje de baño femenino que se me pegaba al cuerpo recién depilado, y dentro de mí seguía el plug que ella había colocado con esa crema especial suya. El agua todavía me corría por la espalda y por los muslos lisos, y cada gota me recordaba que esa piel ya no era del todo mía.
Me ordenó que me secara así, sin quitarme nada, y yo obedecí en silencio, sumisa, pasándome la toalla con cuidado para no mover el plug de su sitio. Sentía cómo se me erizaba todo cuando me secaba el pecho por encima de la tela ajustada. Me sentía más femenina con cada gesto, más entregada, como si el día apenas estuviera empezando a decidir qué iba a hacer conmigo.
—Vamos, no tenemos todo el día —dijo, y me tomó de la mano para llevarme al dormitorio.
Abrió uno de los cajones y eligió la ropa interior que debía ponerme. Después salió un momento y volvió con un vestido de sirvienta colgando del brazo.
—Te lo pones —me indicó—, y el plug se queda donde está. Te arreglas bien, te maquillas como te enseñé y preparas algo de desayunar. Tengo hambre y no quiero esperar.
Salió a vestirse ella también. Yo me quité el traje de baño, terminé de secarme y me puse las pantis blancas de encaje que me había dejado, junto con el sostén y las medias de liguero. El vestido me costó un poco más, me quedaba demasiado ajustado en la cintura. Me maquillé deprisa, me calcé los zapatos de tacón y bajé hacia la cocina.
Encontré fruta, la corté en cubos, y serví el cereal con yogur que ella me había pedido en un tazón. Puse dos lugares en la mesa, porque yo también tenía hambre. Estaba colocando las cucharas cuando Renata apareció en la puerta, con un mono deportivo rosado que se le ceñía a cada curva.
Miró la mesa, miró los dos platos, y negó despacio con la cabeza.
—Quieta ahí —dijo—. Veo que todavía no aprendiste la lección.
Me quedé inmóvil. Ella desapareció un instante y regresó con un collar de cuero y una correa. Se acercó, me mostró la placa metálica que colgaba de él. Decía «MUÑECA», así, en mayúsculas.
—Este es tu nombre ahora —murmuró mientras me ajustaba el collar al cuello—. Eres una mascota, una sirvienta. Y las mascotas no comen con su ama en la mesa.
***
Me ordenó bajar mi plato al suelo, a un lado de su silla, y dejar la cuchara arriba. Obedecí. Ella se sentó, cruzó las piernas y señaló el piso.
—A cuatro patas. Como lo que eres.
Comí la fruta del plato con la boca, sin manos, mientras sentía su mirada encima. El borde del tazón me manchaba las mejillas y ella no movía un dedo para ayudarme; al contrario, parecía disfrutar cada vez que yo tenía que estirar el cuello o lamer para alcanzar el último trozo. Cuando terminé, echó el yogur sobre el cereal y me dejó lamerlo despacio, obediente, a sus pies. Ella desayunó tranquila desde arriba, con una pierna cruzada sobre la otra, observándome como quien observa a un animal recién domesticado.
—Para el mediodía quiero el almuerzo listo —dijo al mirar la hora—. Faltan más de dos horas, así que tienes tiempo de sobra. Mientras tanto: lavas a mano la ropa interior que ensuciamos y dejas la cocina impecable. Y yo voy a estar atenta a cada cosa que hagas.
Empecé por los platos. No había avanzado mucho cuando la oí volver de una de las habitaciones; traía una fusta fina en la mano. La usó sin previo aviso: un golpe seco en la nalga que me hizo dar un respingo.
—No dejes de mirar lo que haces —dijo, con una calma que daba más miedo que el golpe.
***
Terminé los platos y seguí con la ropa. Recibí un par de azotes más por olvidarme de poner unos vegetales al fuego y por dejar una panti sucia tirada en el dormitorio. Lavé cada prenda a mano, con cuidado, mientras ella caminaba detrás de mí, paseando la punta de la fusta entre mis piernas, rozándome apenas, recordándome quién mandaba.
Limpié el baño, y ahí los golpes ya no tenían excusa: eran solo por su diversión. Cada vez que me inclinaba para fregar, la fusta encontraba mi piel. Terminé de preparar el almuerzo justo al mediodía. Renata me dejó usar la cuchara esta vez, porque la comida estaba caliente, aunque volví a comer en el suelo, a su lado, como su mascota.
Cuando dejé la cocina reluciente, ella se estiró en la silla y sonrió.
—Es hora de la última sesión —dijo—. Feminización y castigo. Tienes que irte antes de que anochezca, así que aprovechemos.
Me tomó de la correa y me llevó al dormitorio donde había dormido la noche anterior. Por el camino me fue preguntando si me había gustado todo, si de verdad lo estaba disfrutando.
—¿Y las pastillas? —preguntó—. ¿Te gustó el efecto?
—Me encantó —admití en voz baja.
Sacó otra del bolsillo y me la puso en la boca con dos dedos.
—Trágala. Vas a necesitarla.
***
Al llegar me ordenó ponerme a cuatro patas sobre la cama. Cuando obedecí, me levantó la falda, deslizó la mano entre mis pantis y me retiró el plug con un movimiento lento que me arrancó un gemido.
Entonces empezó el modelaje. Primero con el uniforme de sirvienta puesto: me fotografió a cuatro patas, bajándome y subiéndome las pantis entre toma y toma, levantándome la falda hasta la cintura. Después me hizo posar acostada, de un lado y del otro, boca abajo con las caderas en alto, boca arriba con las piernas abiertas y las manos entre ellas.
—Ahora cámbiate —dijo sin soltar la cámara—. Abre ese cajón.
Me siguió con el objetivo mientras me indicaba qué quitarme y qué sacar. Primero me hizo posar con unas tangas y unas pantimedias que tuve que usar por separado con el uniforme, para complacer cada uno de sus caprichos. Luego me ordenó quitarme el vestido y cambiarlo por una minifalda muy ceñida y una camisa transparente, con medias de liguero rojas y un juego de lencería de encaje rojo y negro.
Así me hizo tumbarme de nuevo boca arriba. Solo que esta vez dejó la cámara a un lado y me ató a la cama, tal como estaba. Me ajustó el collar de mascota y colocó entre mis piernas un dildo grande con forma de pene.
***
Tomó un par de fotos más y después sujetó el dildo con la mano y lo llevó a mi boca. Me hizo chuparlo mientras me hablaba al oído.
—Te voy a tratar como lo que eres —dijo—. Una sumisa. Una mascota sucia y caliente.
Me excitaba sentirme tan dominada. Mientras el dildo entraba y salía de mi boca, noté su otra mano sobre la falda, luego entre mis piernas, acariciándome por encima de la tela.
—Estás toda mojada —susurró—. Date la vuelta. Boca abajo.
Atada de manos y piernas, me costó, pero obedecí. Sentí su mano colarse bajo la falda y un dedo presionar despacio hasta abrirse paso. Gemí. Lo hundió más, lo movió, y volví a gemir, sin poder contenerme. Entonces deslizó el dildo bajo la falda y lo introdujo, dejándolo ahí mientras acomodaba la cámara en un punto desde el que se veía toda la cama.
***
Cuando volvió, jugó con el dildo hasta hundirlo por completo. Lo sacó y me reprochó, con esa voz suave y cruel, que gimiera demasiado, que fuera demasiado fácil. Fue a buscar una mordaza y me la colocó. Después puso una almohada bajo mis caderas para que levantara bien las nalgas, me introdujo un plug vibrador y empezó a azotarme con una regla de madera.
Me castigó así, atada, humillándome con cada golpe, contándolos en voz baja como si cada número importara. La regla silbaba antes de caer y yo me tensaba entera, anticipando el ardor. Cuando mis nalgas estaban completamente enrojecidas, me soltó las piernas solo para volver a atármelas por encima de los hombros, dejándome abierta, expuesta por completo a su mirada. Me sentía ridícula y deseada a la vez, y esa mezcla era lo que más me encendía.
Salió un momento y regresó con un juguete nuevo: un dildo largo y delgado que vibraba y, según me mostró, soltaba líquido al apretar una de dos peras que tenía en la base.
—Esto —dijo, acercándolo— es el tipo de cosa que necesita una mascota caliente como tú.
Lo introdujo despacio. Era más largo de lo normal; lo sentí muy adentro. Lo puso a vibrar y me ordenó que me mojara, que empapara la lencería mientras ella miraba. Asentí, obediente, y entonces noté que apretaba una de las peras y algo dentro de mí empezaba a crecer, a llenarme. El juguete se inflaba y no había forma de que se saliera: tenía una bola en la base que quedaba atrapada.
—Sí —murmuró mientras me acariciaba entera—. Toda llena, toda mía.
Apretó la otra pera y sentí un chorro de líquido inundarme por dentro. No aguanté más. Me corrí en la ropa interior que todavía llevaba puesta, temblando, mientras ella sostenía el juguete con una mano firme.
***
Detuvo la vibración y limpió la mano en la mordaza que aún me cubría la boca. Después se inclinó sobre mí, me apartó un mechón de la cara y sonrió con una dulzura que no tenía nada de inocente.
—Una mascota que se moja —dijo— se queda pegada un buen rato. Media hora, por lo menos. Así que te voy a dejar exactamente así.
Me besó la frente sudada.
—Cuando termine, te cambias y rematamos la sesión. Todavía nos queda lo mejor.